Capítulo 21. Dicha #2
Despacio, me tiendo encima de ella. Me inclino para besarla, para tomármelo con calma, para estar seguro, de nuevo, de que ella desea esto…, pero ella me agarra de la camisa e intenta arrancármela. No lo consigue.
Con las manos en la espalda, me despojo de la camisa por la cabeza y noto el calor de su deseo, que arde aún más intenso. Me devora con la mirada: el pecho, los hombros. Nadie ha osado nunca admirarme. Yo no estaba seguro de que hubiera nada digno de admiración.
—Eres perfecto —dice, y me irrita que use esa palabra conmigo, cuando solo ella la merece. Yo no puedo compararme a Isla. El mundo no se puede comparar a ella—. No sabía que nadie pudiera ser tan perfecto. Es bastante injusto, si lo piensas.
Me río.
—No estás ayudando a aplacar mi desmesurado ego.
Me acaricia el pecho y el gesto despierta cada una de mis terminaciones nerviosas. Siempre he tenido frío, como si mis emociones y mi corazón se hubieran congelado, pero a su lado me siento vivo. Lo siento todo.
Desliza los dedos por la cicatriz que dejó en mi piel y cierro los ojos recordando la primera vez que la vi. Recordando el momento en que mi vida cambió para siempre.
Los abro y de nuevo veo los suyos, verdes, relucientes, mirándome. Y sé que me ve tal como soy.
Mis sombras se encharcan por la estancia y por primera vez en mi larga vida experimento dicha. Un gozo auténtico e infinito.
Respira entrecortadamente y le clavo los ojos en el pecho. Tiene la piel erizada de pura necesidad y su vestido de seda no logra ocultarlo.
Ella es perfecta. No necesita adornos ni telas. Quiero notar su piel contra la mía, no quiero nada entre los dos. Levanto la mano para desgarrarle el vestido por el centro como hice la otra vez y ella profiere un sonido adorable de protesta.
—Demonio. No me van a quedar vestidos si los sigues destruyendo a este ritmo.
Estoy impaciente, desesperado por contemplar hasta el último centímetro de su cuerpo. Desesperado por hacer jirones sus prendas.
—Te compraré otros nuevos. Te compraré el mercado entero. Contrataré una modista.
Hablo en serio. Porque tengo pensado destruir muchos vestidos más.
—Vale —responde finalmente, y no necesito oír otra palabra.
Hago trizas la prenda y al momento tengo su pecho en la boca, y su gemido viaja directo a mi centro pulsante.
La muerdo con suavidad y ella jadea. Su deseo son llamas que me lamen la piel.
Le acaricio el vientre y deslizo los dedos por debajo del encaje, y, en el instante en que palpo su centro, pronuncia mi nombre.
Nunca me gustó mi nombre hasta este mismo instante en que brota de sus labios como un jadeo.
Al mismo tiempo maldigo. Maldigo su nombre.
—Isla. —Ella es la mayor amenaza a mi vida. La mayor amenaza a mi mundo, porque no dudaría en incendiarlo por ella. Porque he decidido condenar a mi reino por ella—. Acabarás conmigo.
—Eso es lo que haré —replica, y su voz es un susurro ronco— si no sigues tocándome.
Nunca dejaré de hacerlo, me gustaría decirle. Si me lo permite, seguiré tocándola siempre.
—Por favor —dice—. Quiero ir hasta el final.
«Hasta el final». Me pregunto si sabe que ansío mucho más de lo que esta única noche nos puede ofrecer.
Me libro del resto de la ropa y luego retiro lo que queda de la suya sin dejar de mirarla, y su respiración se torna más agitada. Sus labios se entreabren. Su deseo se despliega en derredor como llamas rojas.
De nuevo me tiendo sobre ella y encajo las caderas entre sus piernas. Desplazo la boca por su hombro y siento su piel erecta como reacción a mi contacto.
Su deseo no flaquea, pero noto un pico de preocupación. Clava los ojos en una parte de mí y yo ato cabos.
Está pensando… en la diferencia de tamaño…
El pensamiento basta para que casi me derrita, pero me limito a decir:
—Ya te darás cuenta de que encajamos a la perfección.
Asiente. Su respiración se torna más pesada, como si se preparara.
—¿Estás segura? —le pregunto por última vez.
—Completamente segura —dice, y yo hundo la mano entre los dos.
Con mi primera presión contra su cuerpo, mis dedos están a punto de reducir las sábanas a cenizas. Una descarga de placer me asciende por la columna.
Llevo siglos haciendo esto, pero un simple contacto basta para acabar conmigo.
Aprieto los dientes para serenarme y empiezo a empujar muy despacio. Cada centímetro me lleva a cuestionarme mi cordura. Me lleva a cuestionarme si supe hacerlo todos estos años, porque esto…
Esto es distinto.
Noto sus destellos de dolor según se va acostumbrando a mí y me detengo mientras espero a que me inste a continuar. Me tiemblan los brazos de lo mucho que me cuesta contenerme, del esfuerzo de no dejarme llevar, mientras empujo más adentro. Más.
Me clava las uñas en los hombros y yo gimo contra su coronilla. Le deslizo la nariz por la sien y maldigo en el hueco que forman el cuello y el hombro. Está tensa en torno a mí, presa de un deseo saturado, y la sensación es una puta maravilla.
Es perfecto.
Por fin llego al fondo y ella se contrae en torno a mí. Veo las estrellas y a duras penas logro contener mi liberación.
Y entonces, cuando pensaba que no podía sentirme mejor, empieza a retorcerse contra mí y yo comienzo a moverme.
Circula fuego por mis venas, mis terminaciones nerviosas son rayos, su cabeza cae hacia atrás y yo emito un sonido que suena igual que un gruñido animal mientras la poseo exactamente como había imaginado cada una de las noches desde que la conocí.
Más cerca. La necesito más cerca, como sea. Le paso el brazo por debajo del cuerpo y la pego a mi piel mientras noto el roce de su pecho contra el mío.
Une las piernas por detrás de mí y yo apenas soy capaz de respirar.
Gira la cabeza y pega la mejilla a las sábanas a la vez que suelta un grito gutural que quiero memorizar, que quiero provocarle cada noche.
Sus ojos. Necesito ver sus ojos.
Curvo la mano por detrás de su cuello para volverle la cabeza de nuevo hacia mí de tal modo que su mirada sostenga la mía.
Son verdes. De un verde salvaje. Me mira con la misma intensidad con la que me miraba cuando nos batimos en duelo. Tiene los labios entreabiertos y su respiración es jadeante.
Quiero que jadee más. Quiero que desee esto todo el tiempo, aunque solo sea por darle razones para que vaya a buscarme de nuevo.
Le levanto un poco más las caderas y ella se muerde el labio inferior como si se contuviera para no gritar de nuevo, como si le avergonzara ser tan ruidosa.
No. Yo quiero oírlo todo. Quiero saborearlo todo.
Tiro de su labio inferior por debajo de sus dientes y la beso. En el instante en que mi lengua roza la suya, lo noto. Su deseo es una corriente que busca el mío, dos fuerzas que se atraen mutuamente.
Con un choque incandescente, nuestros placeres se fusionan, fuego que se funde con hielo, luz filtrada en la oscuridad.
Nos unimos en un solo ser en más sentidos de lo que nunca creí posible, nuestros sentimientos convergen, circulan entre los dos, se mezclan completamente.
Ella ahoga un grito y late en torno a mí, y yo noto cada una de sus emociones como si procedieran de mi propia alma. Cabalgo con ella cada oleada de placer.
Empujo con más intensidad para alargar su éxtasis, y le arranco gemidos, hago que pronuncie mi nombre de nuevo y entonces… me uno a ella.
Infinito. Así me siento después y nos miramos a los ojos compartiendo aliento, con los pechos congestionados, su pulso y el mío mezclados. No sé dónde termina mi alma y dónde empieza la suya. Creo que en este momento somos uno y el mismo.
Y yo no querría que fuera de otro modo.
No nos detenemos después de la primera vez. No, los dos estamos hambrientos, y es como si fuera mi primera vez; así me siento.
Pero también es distinto.
Al final ella se queda dormida encima de mí y yo nunca me he sentido tan satisfecho. La veo dormir, pero esta vez no frunce el ceño. No, sonríe. Ronca con suavidad.
Debe de sentirse segura en mis brazos. Jamás creí que fuera posible.
Cuando se despierta, sus ojos buscan los míos de inmediato.
Sonrío.
Qué expresión tan poco habitual en mí. Sin embargo, con ella se me antoja natural, como si llevara haciéndolo toda la vida.
La sorpresa circula por su cuerpo y luego una ola de incredulidad.
—Tienes un hoyuelo —dice.
—¿Ah, sí?
Supongo que es la única persona que lo ha visto.
Se desplaza por la cama para tenderse sobre mi pecho y me mira cara a cara con la barbilla apoyada en mi clavícula. Ella también sonríe, hasta que una cuchilla de terror corta su felicidad.
Me incorporo al instante.
—¿Qué ocurre? —pregunto, dispuesto a acabar con cualquier cosa que la haya asustado.
Pestañea. Su preocupación se extiende.
—Tú no… No vas a desaparecer, ¿verdad? Ahora que… Ahora que hemos…
«Ah». Lo entiendo de inmediato. Es por lo que le dije. Por un instante se me parte el corazón.
Luego me río con ganas. No puedo evitarlo.
La inquietud de Isla aumenta. ¿Tanto la desconcierta verme reír? Sigo retorciéndome de la risa, convencido de que nada me ha hecho nunca tanta gracia, y ella me pellizca en la zona de las costillas. Apenas lo noto.
—Devoracorazones —le aclaro por fin, cuando me recupero lo suficiente para hablar—. Lo que dije es que los gobernantes nightshade tenemos prohibido acostarnos con la misma persona más de una vez. Ya solo con lo de anoche…
Lo hicimos varias veces. Varias. Por toda la habitación.
Casi me entra la risa de nuevo de pensar que pudiera ser capaz de limitarme a una sola ocasión. He matado a miles, he soportado un dolor infinito, pero sería incapaz de mantenerme alejado de ella. Cuando la tengo cerca, mi autocontrol se torna inexistente.
Realmente es una droga.
Me ha bastado saborearla una vez para convertirme en un auténtico adicto.
El alivio es una marea fresca que nos inunda a los dos. Se sienta encima de mí, se frota contra mi cuerpo y ambos gemimos.
—Bien —dice, y se agacha para susurrarme las palabras directamente al oído—. Porque quiero hacerlo otra vez. Inmediatamente.
Está claro que va a acabar conmigo. Y moriré con una sonrisa en los labios.
—Devoracorazones —le digo en un tono doliente por no estar dentro de ella ahora mismo—, eres mi adicción. — Siento la necesidad de decirle hasta qué punto me tortura. Cuánto disfruté anoche—. Yo nunca… —Me interrumpo—. Yo nunca lo había sentido así.
—Supongo que no continuarás con el numerito de las mujeres que hacen fila por el privilegio de pasar la noche contigo, ¿no?
Lo dice en un tono desenfadado, pero sé que su preocupación es real.
—No. Has acabado conmigo. —En más sentidos de lo q ue puede imaginarse—. Tengo un millón de cosas que hacer, pero lo único que quiero es encerrarme en esta habitación contigo. Quiero conquistar tu cuerpo tan minuciosamente que no haya parte de ti que no tenga un recuerdo mío.
Su deseo y el mío vuelven a converger, suficiente para ahogarnos en él.
—Hazlo —me ordena.
Cierro los ojos.
—Mi perdición… —digo.
Y luego obedezco.