Capítulo 21. Dicha
E stá enfadada conmigo por haberla salvado.
Pues claro que sí.
—¿Por qué has hecho eso? —me pregunta. Sus ojos me lanzan dagas a través de la alcoba.
—¿Crees que me habría gustado presenciar tu muerte? ¿Por la espada? ¿De verdad creías que no te elegiría a ti?
Lo hice. Estuve a punto de hacerlo.
—Por supuesto —dice—. Eso es lo que dijiste.
Tiene razón. Lo dije en serio, hasta que atisbé un mundo distinto ante mis ojos, uno que no la incluía a ella. Pensaba que la razón podía superar a los sentimientos y quizá ese pensamiento fue la mayor estupidez de todas.
—Las cosas han cambiado —aclaro.
«Cambiado» es un modo muy suave de expresarlo.
Ella ha hecho añicos mi vida como un meteoro que lo arrasa todo a su paso.
—Pero ¡tu reino! —exclama—. Dijiste que la necesitabas. Para ti es lo más importante que hay en el mundo.
—Es cierto que mi reino la necesita —reconozco. Me tiembla la mano cuando le deslizo los dedos por la sien con delicadeza, con reverencia—. Pero no es lo más importante del mundo.
Ella es lo más importante.
Ella es mi mundo.
Me mira como si fuera capaz de entenderlo. Como si pudiese llegar a conocer una mínima parte de los sentimientos que me inspira.
Si supiera que no hace tanto tiempo me creía incapaz de volver a sentir nada, nunca más…
Mis ojos resbalan por su cuerpo para comprobar si tiene heridas. Para asegurarme de que está aquí, sana y salva. Luego la miro por otras razones.
—Llegué a tocarla —se lamenta—. Durante un instante llegué a tocarla. Tal vez pueda encontrarla en el futuro, ahora que me conoce.
Suspiro. No lo entiende. Pues claro que no. Lo que le conté sobre el plan era mentira desde el principio.
—Isla —le digo en tono tierno, por fin arrepentido. Arrepentido de haber ideado un plan que implicaba hacerle daño—. Ya no quiero usar la espada.
Sorpresa. Arruga el entrecejo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Hay que pagar un precio muy alto —respondo con sinceridad.
—¿Y cómo salvarás a tu reino? ¿Cómo vas a detener a los drek?
¿Es horrible por mi parte no tener eso en cuenta? Verdaderamente soy un monstruo.
Encojo un hombro.
—Utilizaré mis poderes, como siempre. Haré de escudo. —Sonrío, aunque solo sea para que se sienta mejor—. Se me da muy bien, ¿no te parece?
No funcionará. Sé que no es una solución viable a lar go plazo.
Lo único que percibo por su parte es una inquietud oprimente. ¿Cómo la convenzo de que yo no estoy preocupado? ¿De que, por primera vez, me siento en paz?
—¿Sigue en pie tu promesa de ayudarme en el Centenario? —me pregunta.
Queda poco más de medio año para eso. Me pregunto si mi reino sobrevivirá tanto tiempo.
De ser así, la ayudaré. Seré su escudo. Su poder. Seré todo lo que ella necesite que sea.
—Dalo por hecho, Devoracorazones —prometo—. Será divertido fingir que no te conozco y presentarme de nuevo.
A decir verdad, no me puedo imaginar qué haré para comportarme como si no hubiera paladeado cada matiz de sus emociones. Como si no hubiera reparado en la infinita variedad de sus gestos a lo largo de todas las horas que he pasado observándola, esperándola y prestándole atención.
—Fingir que no sé que adoras el chocolate y atusarte el pelo, y que te ruborizas cuando te miro unos segundos de más.
O que odias el frío, pero te encanta bailar, y que frunces el ceño cuando mientes.
—Le paso un mechón por detrás de la oreja—.
Por cierto, esto último es real. Deberías mejorarlo antes del Centenario.
Se ruboriza, y yo quiero memorizar ese color, el color de su turbación, de su placer, de su felicidad.
Quiero pintar mi castillo con él, aunque solo sea por la remota posibilidad de que algún día viva allí conmigo.
Ahora irradia sentimientos como una avalancha, copos de nieve que se quedan prendidos a mi pelo y se derriten contra mi piel.
—Y será divertido fingir que no sé que las sombras forman charcos a tus pies cuando estás contento y que, por algún motivo, los sanadores han borrado todas las cicatrices de tu cuerpo menos la que te hice yo. O que tienes una bañera descomunal en tu baño, pero no tan descomunal como tu ego.
Me tenso al comprender que ha descubierto cosas en las que yo ni siquiera había reparado o reconocido ante mí mismo. Ella también ha prestado atención.
Noto las emociones de todo el mundo y, sin embargo, me he pasado la vida sintiéndome incomprendido.
Siento que por primera vez me prestan atención.
Por primera vez me siento «conocido».
Me escuecen los ojos.
Ella se muerde el labio.
—Y que, a pesar de que te odiaba con todas mis fuerzas…, cuando no estoy a tu lado, cuando estoy con otros, me siento desesperadamente sola.
«Sola». Así me sentía yo antes de conocerla.
Ya no me siento así.
Ella ha llenado cada una de esas partes dolientes que ni siquiera sabía que estaban vacías. No me puedo imaginar cómo sería no verla a diario durante el resto de mi vida. Cada día que he vivido antes de conocerla se me antoja gris, desperdiciado. Incoloro. Vacío.
Mi vida consistía en tinieblas y muerte, pero ella la ha llenado de vida y color.
Es la estrella que me guía a través de la noche.
Le tomo la mano y ella dice:
—Durante el Centenario, vamos a tener que comportarnos como si fuéramos unos extraños.
—No —le digo torciendo el gesto al oír la palabra—. Nunca podríamos ser unos extraños.
—¿Y qué seremos entonces? —pregunta, como si estuviera desesperada por saberlo, desesperada por entenderlo—. Si no somos unos extraños, si no somos… enemigos.
Sé lo que quiero y no es lo que ella merece.
Merece algo más que yo, pero no me importa. No estoy seguro de cuánto tiempo me queda antes de que los drek acaben conmigo y con mi reino, pero hay algo que tengo claro.
La seguiré durante el resto de mi vida, si me lo permite. Y si no me lo permite también, en realidad.
—No lo sé —le digo, pues ignoro qué clase de relación pueden tener las personas como nosotros—.
Solo sé que quiero ser el único a quien mires, Devoracorazones.
El único a quien insultes. Quiero que el mío sea el único nombre que pronuncies en sueños.
Quiero ser la única persona que te haga retorcerte contra la pared.
¿Sabes qué? Lo quiero todo. Contigo quiero ser codicioso y egoísta.
Quiero tus sonrisas y tus carcajadas. Prefiero morir a verte sonreír a alguien que no sea yo.
Hablo en serio. Hablo tan en serio que me asusta.
Me arrepiento de haber querido utilizarla en mi beneficio. De haber contemplado siquiera la opción de su muerte. Súbitamente quiero confesárselo. Quiero que lo sepa todo para que no haya secretos entre nosotros.
—Tengo que decirte algo.
Al parecer, ella está pensando lo mismo.
—No. Soy yo la que tiene que contarte algo.
Adivino de qué se trata antes de que lo confiese.
—Yo… Yo no…
Noto su incomodidad y quiero reducirla a cenizas. Le estrecho la mano con la mía antes de que empiece a juguetear con su pelo.
—Devoracorazones —la interrumpo mientras busco en mi interior lo necesario para ser tierno—. Ya lo sé.
Conmoción. Inseguridad.
Tengo que ser muy claro.
—Sé que las maldiciones no te afectan —le digo—. Sé que nunca has invocado el poder.
Ella retrocede hacia la pared de cristal pintado de su alcoba.
Por primera vez desde que la conozco, tiene miedo. Miedo de mí.
¿Piensa que lo contaré?
—Lo sé desde hace tiempo —prosigo, intentando tranquilizarla. Le explico cómo lo sé y que lo adiviné hace meses. Se le saltan las lágrimas.
Necesito que desaparezcan. No quiero que llore por mi culpa.
No merezco sus lágrimas. Ni ninguno de sus sentimientos.
—Grim, ¿qué me pasa?
No, no toleraré que nadie la insulte, ni siquiera ella a sí misma. Es perfecta.
Le sujeto la cara entre mis manos y le digo articulando las palabras con claridad:
—No te ocurre nada malo. No hay absolutamente nada malo en ti, corazón.
Agranda los ojos. Luego, antes de que yo pueda decir nada más, me sorprende de nuevo.
Se pone de puntillas y me besa.
Es un beso suave, y retrocede trastabillando al cabo de un momento, insegura. Noto una oleada de timidez por su parte, como si pensara que no ha escogido el momento adecuado. Como si temiera haber metido la pata.
Si ha dudado de mis sentimientos por un instante, se los voy a dejar muy claros.
Le cubro los labios con los míos y la saboreo. Deslizo la lengua por sus labios, por sus dientes, por la parte alta de su boca. Ella se tensa una milésima de segundo antes de fundirse conmigo, y sus sentimientos son como llamas que nos envuelven y chisporrotean contra mi piel fría.
—Te deseo —dice rompiendo el beso. Su pecho sube y baja agitado—. Quiero llegar hasta el final.
No se lo he contado todo. Todavía no. Ahora no es el momento. No cuando acabo de revelarle algo importante.
Sus sentimientos dicen que me desea. Su manera de mirarme dice que me desea.
—¿Estás segura? —le pregunto, sin atreverme todavía a albergar esperanzas.
—Completamente.
No sabe lo que me está pidiendo. Hemos estado juntos varias veces, pero nunca hemos llegado hasta el final del modo que ella sugiere.
Siento la necesidad de decirle lo que va a pasar, de advertirle, para saber si de verdad es esto lo que quiere.
—No soy muy delicado —le digo, pensando que eso podría disuadirla.
Sin embargo, su deseo arde con más intensidad.
—¿Podrías intentarlo? —me pregunta.
Titubeo, pues no quiero prometerle algo que no pueda cumplir. Nunca… nunca he sido delicado ni cariñoso con nadie.
Pero, por ella, seré lo que haga falta. Asiento.
«Esto no puede estar pasando», pienso. No lo valgo. No soy la clase de persona a la que le pasan estas cosas. No las merezco.
No la merezco.
No obstante, si ella me desea, lo haremos de todos modos.
Con sumo cuidado —con delicadeza— la deposito en sus suaves sábanas. Noto un destello de preocupación y enderezo la espalda, tenso. Pero está mirando la puerta.
Le preocupa que sus guardianas nos sorprendan.
—Estamos escondidos —le digo, y jamás he agradecido mis sombras como ahora.