Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 20. Verano #2
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Capítulo 20. Verano #2

No soy nadie. Yo no importo. Lo único que importa es mi deber.

Es mi reino. Me limito a pensar en los últimos siglos, en el tiempo transcurrido con anterioridad a estos últimos meses, a ella.

Pienso en los años que llevo combatiendo a los drek.

En todos los guerreros caídos. En los inocentes que han perecido.

Ahora sé lo que tengo que hacer. Para eso me entrenaron. Yo no importo. Ella no importa.

En ese estado me encuentro cuando me reúno con Isla en la cueva.

—¿Estás lista? —le pregunto en tono distante. Profesional.

—Lo estoy. ¿Y tú?

Tras eso, un instinto sordo me pide que ponga fin a esto. Que la mantenga alejada de esa espada.

Pero de nuevo la voz de mi padre resuena en mi mente. «El amor destruye reinos enteros». Mi reino está casi en las últimas. Haré lo que se espera de mí.

Asiento.

Ella asiente a su vez. Y luego se marcha a esperar junto a la entrada de la cueva.

Todo se me antoja lejano, como si le estuviera pasando a otra persona, igual que transportarme a la primera línea del campo de batalla. Igual que desenvainar la espada. Como desplegar las sombras.

Apagar las emociones y actuar. Matar. Ser una máscara fría para controlar la angustia, el terror y el dolor. Cumplir con mi deber.

Suelto la esfera que llevo en la mano y las chispas estallan de inmediato en una tormenta de estrellas: el encantamiento del mercado starling.

A los dragones les atraen los objetos brillantes. Prácticamente pinto el cielo de plata, solo por un instante.

Y la bestia sale disparada de la cueva.

«Ahora es demasiado tarde», dice esa vocecilla que habla en el fondo de mi mente.

Demasiado tarde para pedirle a Isla que vuelva.

Demasiado tarde, pues la bestia ya se abalanza sobre mí. Doy media vuelta y corro como una flecha igual que cuando intento alejar a un enemigo. Como he hecho incontables ve ces en una maniobra de distracción. Como cuando corro ha cia el peligro. Mi mente está vacía. Concentrada.

Es muy fácil no sentir nada.

En la distancia las trampas se disparan, una tras otra, las mismas que Isla ha practicado a conciencia.

«Isla».

Su nombre en mi pensamiento proyecta una flecha de emoción que vuela directa a mi muralla. Ella se acerca a la espada. Se acerca a su perdición. Se acerca a su muerte.

Rápidamente sofoco esos pensamientos y sentimientos.

Un fuerte estrépito resuena en la cueva. Eso… es nuevo. Debe de ser una trampa que no vimos las otras veces. Una que no tuvimos en cuenta.

Miro por encima del hombro y me digo que solo me importa que nos apoderemos de la espada. Romper la maldición.

En ese momento advierto que el dragón no me persigue.

No. Se precipita de regreso a la cueva.

Hacia ella.

Y yo salgo disparado. Corro más rápidamente que cuando la fiera me perseguía, hacia ella, todavía diciéndome que solo me estoy asegurando de que el plan dé resultado, que solo estoy cumpliendo mi cometido.

Ella casi ha llegado. Está delante del montón de tesoros, inclinada hacia la espada, ajena al hecho de que el dragón está entrando en la cueva.

La bestia ruge.

Dispara fuego.

No.

«No».

Ninguna muralla en el mundo podría mantener a raya mis sentimientos cuando veo que las llamas avanzan hacia ella. Ninguna muralla podría interponerse entre ella y yo, ningún muro podría mantenerse en pie firme entre nuestras almas.

Me mentiría a mí mismo si pensara que soy capaz de vivir sin ella.

El tiempo parece detenerse mientras las llamas inundan la cueva.

Mientras las veo avanzar centímetro a centímetro hacia mi corazón.

Hacia mi vida. Ella es la única persona que ha vislumbrado quién soy más allá de la sangre que ensucia mis manos, la única que me ha impedido caer al abismo, la única que querría a mi lado hasta el fin de los tiempos.

Los muros que rodean mis emociones estallan en ceni zas cuando mis sentimientos por ella los rebasan.

Mis sombras salen disparadas, apagan las llamas, forman un escudo, la protegen, la escogen.

Y, al presentir mis poderes, la espada desaparece.

No me importa. Ni siquiera la busco. Solo la miro a ella, ahí de pie. Nos miramos con los ojos muy abiertos mientras el dragón ruge, y de inmediato abro un portal y nos esfumamos.

La dejo en su alcoba sin pronunciar palabra. Tengo que aclararme las ideas. Necesito saber si experimento arrepentimiento, por poco que sea.

Pero no es así.

«¿Qué he hecho?».

Exactamente lo que sabía que haría.

Exactamente lo que pensaba que sería lo bastante fuerte como para evitar.

La he escogido a ella. Por encima de mi pueblo. Por encima de todo lo que me enseñaron a proteger. Por encima de mí mismo.

Creo que la escogí hace mucho tiempo. Hasta ahora no lo había admitido. Mi reino perecerá. Yo pereceré.

Pero ella no.

Y el mundo será mejor por ello.

Siento vergüenza. Siento miedo.

Pero no siento el menor remordimiento.

No. Debería, pero no lo siento. Merece algo mejor que yo. En realidad, me trae sin cuidado. Porque, cuando la miro, pienso…

Te escogeré por encima del mundo, todas y cada una de las veces.

Considérame un villano.

Considérame un monstruo.

Pero deja que yo te considere «mía».