Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 20. Verano
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Capítulo 20. Verano

S oy avaro, soy egoísta. Soy despreciable. Mientras Isla respira con suavidad contra mi cuello, acurrucada a mi lado con una pierna encima de mí, mientras duerme como no la había visto dormir en meses, comprendo que tendré que decirle la verdad.

Tendré que contarle mi plan. Hablarle de la espada. Y confesarle que no tengo la menor intención de asistir al Centenario.

Le doy vueltas al asunto mentalmente, una y otra vez. Todas las posibilidades desembocan en el mismo final.

No volver a verla nunca.

Cuando sus ojos verdes se abren perezosos varias horas más tarde; cuando se agrandan, como si pensara por un momento que todo ha sido un sueño; cuando una sonrisa los entrecierra y entierra la cara contra mi cuello irradiando azoramiento y felicidad, descubro que no puedo hacerlo.

«No puedo».

No solo no se lo digo…, sino que permito que sigamos adelante. Isla me informa de que hoy no tiene entrenamiento: sus guardianas van a visitar una aldea cercana. Sugiere que busquemos lo que necesito para mi parte del plan que hemos ideado juntos y yo accedo.

Así acabamos en mitad del mercado starling, buscando chispas para distraer al dragón.

Isla tira de mi mano mientras se abre paso entre los puestos con desenvoltura. Algunos venden espadas. Otros, azúcar quemada. Unos cuantos ofrecen pequeñas esferas de energía, poco más que trucos de fiesta. No, necesitamos algo mucho más potente.

—Ya has estado aquí antes —observo, e Isla se vuelve a mirarme. Algo llamativo destella en sus emociones (¿senti miento de culpa?), pero desaparece al instante.

Asiente.

—Es uno de mis sitios favoritos.

No se me ocurre por qué, pero intento entenderlo. El resplandor plateado que recuerdo de los starling de Lightlark brilla aquí más atenuado. Rebajado. Consumido.

Me sorprende la juventud de todos los presentes. Su maldición es la más cruel de todas. Ningún habitante de starling pasa del cuarto de siglo.

Por un instante me asalta una pizca de culpa. Quizá deberíamos haberlos ayudado a lo largo de los siglos. Miro en derredor y frunzo el ceño al ver el estado en que se encuentran sus nuevos territorios. Edificios deteriorados. Tejidos desvaídos. El resultado de un mundo sin experiencia.

Pensaba que todo el mundo estaría asustado. Todas estas personas están a pocos años de una muerte segura…

Pero solo percibo alegría. Felicidad. Como si la certeza de su destino les empujara a todos a disfrutar del poco tiem po que les queda.

Su talante me recuerda a Isla.

Ella vive cada día al máximo. Siente plenamente. Lucha con ferocidad. Su alma es un verano radiante e inacabable.

Yo he pasado buena parte de mi vida atrapado en las tinieblas. He pasado siglos atascado en el invierno. Ella es la mano que tira de mí para arrastrarme a una nueva estación. A un verano infinito.

Igual que tira de mí ahora entre los puestos del mercado.

Y yo… no puedo evitarlo.

Aminoro el paso. Se vuelve a mirarme con el ceño fruncido, desconcertada, entreabre los labios…

Y jadea contra los míos cuando la aprisiono contra una pared. La he arrastrado a través de un portal a una parte abandonada de la zona comercial, lejos de miradas curiosas.

Al instante busco sus labios y ella gime contra los míos. Nuestros sentimientos son como pintura que se mezcla para crear un nuevo color.

—Pensaba… pensaba que necesitábamos las chispas para el dragón, como señuelo —dice al mismo tiempo que se aparta. Respira rápidamente, su pecho empuja el mío.

—Las chispas pueden esperar —le digo, y vuelvo a besarla.

El mundo puede esperar.

El mundo puede dejar de girar si quiere, puede terminarse, joder, porque nada me arrancará de sus brazos cuando une las manos detrás de mi cabeza y me atrae con más fuerza contra sus labios.

Mi lengua acaricia la suya con movimientos rápidos y ella cierra los puños en mi pelo, tirando, mientras una corriente de chispas recorre mi columna.

Yo le deslizo las manos por los costados hasta detenerlas en su cintura.

Eso no le gusta. Las cubre con las suyas y las arrastra hacia su trasero, y yo suelto una carcajada ronca contra su boca.

Luego la aferro por debajo, la levanto contra el muro y la beso como debe ser, a mi altura.

La beso como si estuviera famélico, con voracidad, como si me estuviera muriendo y ella fuera la única cura. Porque es así como me siento. Su sabor es delicioso. Nunca tengo suficiente. La beso hasta que sus labios acaban hinchados y enrojecidos, y solo entonces me concentro en su mandíbula.

Se ríe cuando le paso la mano por detrás del cuello. Su voz suena entrecortada.

—Para ser alguien a quien no le gusta besar, no paras de hacerlo.

—Me gusta besarte a ti —le digo contra el cuello. Le deslizo los dientes por la garganta y noto su estremecimiento. Se le acelera el corazón.

«A ti».

«Solo a ti».

Arrastro sus caderas contra las mías y noto un destello de placer. Siento sus brazos en torno a mi cuello cuando se des plaza para pegarse a mí y jadea en mi oído.

—Grim —dice, y yo por poco me derrito. Lo dice en tono de súplica. Me desea aquí, en este callejón. Me desea aquí, contra este muro.

No tiene la menor idea de cuánto me gustaría hacerlo.

Pero la verdad se abre paso como una burbuja que asciende a la superficie. La verdad que le oculto. Hay tantas mentiras entre los dos… Demasiadas.

Así que la dejo en el suelo, lentamente, a pesar de sus protestas. A pesar de que me mira con sorpresa, de nuevo insatisfecha, con los labios tumefactos de mis mordiscos.

—Sabes lo que quiero —dice anonadada, incluso herida—. ¿Por qué no me lo das?

«Ni te imaginas hasta qué punto deseo dártelo», pienso.

Parece tan decepcionada que siento la necesidad de hacerle una promesa. La recuesto contra la pared, aprisionándola, y veo cómo inclina la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos. Siento que me tiemblan los brazos de deseo apenas contenido.

—Isla —empiezo, y noto el pico de sus emociones al oírme pronunciar su nombre—.

Algún día, muy pronto, te lo daré. Te lo daré durante toda la noche, de tantas maneras como lo desees, porque, créeme…

Créeme. He pensado en ello hasta la obsesión.

Voy a darte todo lo que quieras, hasta que tu voz se quede ronca, hasta que caminar se torne difícil, hasta que los dos estemos doloridos y agotados.

Ella traga saliva y yo casi la complazco; casi le doy lo que pide aquí mismo, a la vista de cualquiera que pase, tal como ella quiere que haga; lo percibo.

En vez de eso, le tomo la mano y digo:

—Vamos a buscar las chispas.

Tiene que haber otra manera.

A lo largo de los días siguientes, examino todas las alternativas, todos los poderes a los que tenemos acceso. Visito las bibliotecas que no he utilizado en siglos y examino con minuciosidad los volúmenes que contienen.

Al entrar en una de esas bibliotecas, que alberga los libros más raros y tempranos, casi me estampo contra Astria, que parece conmocionada al verme.

Va cargada con media docena de volúmenes polvorientos.

Los abraza con más fuerza mientras se apresura por el pasillo.

Por lo que se ve, mi general es una lectora voraz.

Me devano los sesos buscando soluciones alternativas, pero no se me ocurre ninguna. La espada se creó específicamente como dispositivo de seguridad, y, sin el don de Isla —sin ella para desbloquearla y suprimir la maldición—, no puedo expulsar a los drek.

Solo alguien de mi linaje puede esgrimirla; no basta con que Isla se la apropie.

A menos que…

«No».

Es imposible. Solo un vínculo de amor podría salvarnos, pero, por más que ella me importe, por más que ella se haya convertido en mi corazón, la fuerza necesaria para que acceda a mis habilidades, para que yo se las entregue…

Es más de lo que mi frío corazón podría ofrecer.

Por una vez, me odio por ser incapaz de sentir. Si pudiera hacerlo…, si no me hubiera endurecido contra las emociones hace tanto tiempo…, si fuera capaz de sentir algo tan especial como el amor, quizá podría salvar a mi pueblo y seguir con ella.

Así pues, la alternativa está clara.

O bien yo muero, y conmigo todo mi reino…

O muere ella.

La voz de mi padre resuena en mi mente, siempre recordándome mi deber, previniéndome contra los sentimientos.

Él tenía razón. Los sentimientos son la trampa más peligrosa en la que pueden caer los gobernantes.

No puedo condenar a muerte a miles de súbditos. No puedo ser el causante del final de mi linaje solo porque he perdido el control de mis emociones.

No puedo permitir que la muerte de Laila fuera en vano. Me niego a que todo aquel dolor caiga en saco roto.

De modo que no cancelo el plan.

Me doy un baño que se enfría rápidamente. Cuando termino, gruño y me miro en el espejo. Me obligo a observar la cicatriz de la herida que ella me infligió, la prueba de que intentó matarme.

Deslizo los dedos por la marca y sé que debería sentir furia. Repugnancia.

Pero lo único que siento es anhelo.

He borrado todas las cicatrices de mi piel mediante meticulosos procedimientos de sanación, como si pudiera librarme de todos mis momentos de debilidad y fracaso. De todos excepto de este. Al principio, me ayudaba a recordar el odio que ella me inspiraba.

Ahora solo me recuerda a ella.

Debería borrarla una vez que termine todo.

Sé que nunca lo haré.

Y, aunque lo hiciera, no cambiaría nada. Porque llevo su marca en el alma.

El día del plan, me levanto en un estado de calma desconcertante. Abro los ojos… y no siento nada.

Igual que antes.

Casi es un alivio. Es como si mi alma hubiera recordado que pertenece a un gobernante y que no debería sentir nada. Es como si yo, por fin, me hubiera acordado de mí mismo.

Sí, es un alivio.

Me muevo de un lado a otro como si fuera un fantasma. Me miro en el espejo al ponerme la armadura, pieza a pieza, y un zumbido lejano adormece mis sentidos.