Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 19. Volar #2
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Capítulo 19. Volar #2

Pero lo verá antes o después. Tendrá que tomar sus propias decisiones por el bien de su reino.

«No si muere desbloqueando la espada», pienso, y se me encoge el corazón.

No. Esta noche es su noche. Quería venir, participar en el festival. No la privaré de eso.

La acompaño a la zona donde están los globos aerostáticos que tantas ganas tenía de ver.

—Elige uno —le digo.

Frunce el ceño.

—No creo que podamos elegir. Hay una fila…

Con un salto entre portales, nos transporto a los dos al globo que ha captado su atención. Pasado un momento estamos flotando hacia las estrellas.

Ella contiene un grito y retrocede, directamente contra mi pecho.

La rodeo con el brazo para sujetarla junto a mi cuerpo. La abrazo tal como quisiera abrazarla siempre.

Luego me asomo por encima del borde.

El pánico se dispara. Las náuseas aparecen. Pero me obligo a mirar. Me obligo a no encogerme ante las vistas.

Por ella, no tendré miedo.

Ella es un ancla en mis brazos, una presencia que me sosiega. Poco a poco, mi pulso se normaliza. El zumbido de mis oídos se amortigua.

El mundo es pequeño allá abajo. Insignificante en comparación con lo que tengo ahora mismo entre los brazos.

A medida que mi miedo se disipa, el suyo aumenta

—Me parece que tengo miedo a las alturas —dice y, casi al mismo tiempo, yo pienso: «Estando contigo, yo no tengo miedo a nada».

En ese momento me digo que nunca volveré a temer esto. No es sano que a los dos nos asusten las alturas. La necesidad de hacer que se sienta bien supera cualquier vestigio de terror.

Quiero que sepa que está a salvo conmigo. Que la protegería con mi vida.

Me inclino para apoyarle la barbilla en la coronilla.

—Acuérdate de que puedo transportarnos adonde queramos.

Noto que empieza a relajarse, como si mi presencia contribuyera a ahuyentar su miedo, igual que ella ha hecho por mí.

Rompe el abrazo despacio. Se encamina al borde de la cesta y mira más allá, hacia los nuevos territorios de Skyling.

Su sorpresa y su fascinación me hacen sonreír.

—Nunca he… Nunca he estado en un sitio tan alto —dice. Señala una cordillera lejana—. Nunca he subido a una cima como esa. Nunca había visto el mundo tan… tan pequeño.

Me gustaría enseñarle el Algid. Las cumbres cubiertas de nieve fina como molinillos de diente de león.

Quiero mostrarle las aldeas heladas en las que me crie.

Durante siglos, cada vez que recordaba mi infancia, solamente acudían a mi mente las cosas malas.

Pero ahora… recuerdo las burbujas de luz.

Me gustaría mostrarle todo aquello que un día me gustó.

Ella me recuerda que no siempre fui un desalmado. Y que la vida no siempre fue tan cruel. «Es aquí donde quiero estar», pienso. Fuera de las tinieblas, bajo su luz radiante.

Doy un paso adelante, despacio, hasta situarme a su lado. Juntos contemplamos el mundo en un silencio apacible. Me sumerjo en su felicidad: es embriagadora, adictiva. Sin poder evitarlo, comparto una parte de esa dicha.

«Es un momento perfecto —pienso—. Me gustaría vivir en este momento toda mi vida».

Retrocede por fin y su pie tropieza con una botella. La coge e inspecciona la etiqueta.

—Vino skyling —digo torciendo el gesto. Procuro evitarlo a toda costa—. Está asqueroso.

Como cabe esperar, mis palabras no la disuaden en absoluto. Extrae el corcho y prueba un sorbo. Al instante, una explosión de alegría.

—Es lo mejor que he probado nunca.

Suspiro. Le encanta, cómo no.

Bebe un largo trago y yo le quito la botella de las manos. He visto a mucha gente beber más de lo que pretendía por culpa del sabor azucarado.

—Igual prefieres esperar un rato antes de seguir bebiendo —le advierto—. A no ser que quieras olvidarte de esta noche…

Me digo que es decisión suya. Le devuelvo la botella, pero ella niega con la cabeza.

Y, a juzgar por las emociones que proyecta, comprendo que desea recordar esta noche tanto como yo.

Se da la vuelta para mirarme a la cara y ladea la cabeza. Es adorable.

—¿Puedo decirte una cosa?

Parpadeo sorprendido. No sé si estoy preparado para lo que está a punto de decirme. Asiento de todos modos.

—Eres la persona más desagradable que he conocido nunca.

¿Nada más?

—Y tú —respondo— me amargas la existencia.

No miento. Es una maldición. Es una adicción mucho más dulce y peligrosa que el vino skyling.

Avanza un paso hacia mí.

—Me decepcionó tanto saber que no te había matado…

Sus palabras contradicen el deseo que nos envuelve.

Sé lo que quiere. Mi mano asciende por su pierna llevándose consigo el diminuto vestido. Tiene una daga prendida a la parte alta del muslo. Le doy unos golpecitos con el dedo para hacerle saber que todo el tiempo he sido consciente de que estaba ahí, y ella contiene una exclamación.

—Y a mí que no volvieras a intentarlo.

Como si alguna daga en mi pecho pudiera arruinarme la vida más de lo que la ha arruinado ella.

Podría haberme traspasado el corazón el día que la conocí. Y yo podría habérmelo arrancado para ofrecérselo.

Es suyo.

Ha sido suyo —junto con mi mente, mi cordura y todos mis pensamientos— desde el día que puso un pie en mi castillo.

Le rodeo la cintura con la mano. Le rozo el cuello con los labios, demorándome en su pulso, que late desenfrenado bajo mi boca. Arquea la espalda y profiere un sonido que ya adoro, que nunca olvidaré, cuando empiezo a pasarle la lengua por la purpurina del cuello, de la clavícula y del hombro.

—No creo que sea comestible —me advierte.

—No me importa.

Nada puede ser más venenoso que ella, y sin embargo aquí estoy, prácticamente suplicándole que me deje lamer cada centímetro de su piel.

Nuestros labios entrechocan y mis manos están en todas partes.

No alcanzo a tocar suficientes partes de su cuerpo, no puedo abrazarla con la fuerza que quisiera.

Le separo los labios con la lengua y ella gime en el interior de mi boca; la reverberación viaja directa a la parte doliente de mi cuerpo.

La levanto en el aire y la siento en el borde de la cesta.

Abre los ojos de golpe y siento su pánico repentino.

—Tranquila, Devoracorazones —le digo a través de mi respiración entrecortada, y no por culpa de la altura.

No, es la experiencia de verla ahí, acomodada en el borde de la cesta con el viento azotándole la cabellera y los grandes ojos verdes fijos en mí.

Ella no puede percibir mis sentimientos. Es ajena al torrente de emociones que serpentean por mi cabeza y por mi alma cuando abre las piernas despacio con un movimiento invitador. Me acerco más a ella, encajo la cadera entre sus piernas y…

Y siento que estoy muriendo. Siento que vuelvo a nacer. Que me han resucitado o quizá que nunca estuve realmente vivo antes de este momento.

El corazón que durante siglos mantuve guardado bajo llave ha vuelto a latir, y puedo sentirlo.

Está sentado delante de mí.

Ella es mi corazón.

Deslizo la mano por debajo de su rodilla y siento su anhelo, lo siento todo.

—Transpórtanos a mi habitación —me ordena.

Ahí está. El precipicio que llevamos tiempo sorteando, la caída que hemos estado evitando. Porque esto no es solo físi co. No lo es para mí… y no lo es para ella. Lo percibo.

La aferro contra mi pecho… y salto por el borde con ella.

No hay espacio para el miedo. Ni para el miedo a las alturas ni para el miedo a los sentimientos. A nada.

Ella ahoga un grito…, pero no está asustada. Sé que confía en mí.

Abre la boca y no tiene tiempo de pronunciar una sola palabra antes de que aterricemos en mi cama. Está encima de mí, montada a horcajadas, y jamás había contemplado tanta belleza.

Ira, ardiente como llamas, por habernos lanzado al vacío. Me dedica una mirada asesina. Pero la furia se extingue tan pronto como se desplaza hacia delante…

Y siente cada centímetro de mí contra su cuerpo.

Sus sentimientos se derriten en un deseo dulce y profundo. Se mueve de nuevo, meciendo la cadera, y temo ponerme en evidencia con ese único movimiento.

Se retuerce contra mí, como desesperada por la fricción, como si estuviera tan necesitada como yo. Arquea la espalda y se frota contra mi cuerpo aún con más ímpetu al tiempo que me araña el pecho. Sus hombros se elevan cuando jadea.

Suelto una carcajada ronca debajo de ella.

—Verte así, encima de mí…

«Sí, es mi absoluta perdición ».

Curvo las manos por debajo de sus caderas para aferrarle el trasero y me pregunto cómo sería dejarla que continúe, dejarle buscar su placer, dejar que haga conmigo todo lo que quiera.

Pero…

—Esta noche no, Devoracorazones —decido. Incluso dos sorbos de vino skyling podrían ser suficientes para nublarle el entendimiento.

Cuando esté con ella, quiero que recuerde hasta el último segundo.

Quiero que su única ofuscación proceda de lo mucho que la he complacido.

—A dormir —le digo, y su irritación es como una docena de dagas que me apuntan.

Me río entre dientes y la atraigo hacia mí para acurrucarme a su lado. Nunca entendí cuál era la gracia de dormir con otra persona, pero ahora sí. La quiero a mi lado cada instante del día, aunque estemos soñando.

—Acuérdate de soñar conmigo —le pido, y me pregunto si sabe que hablo muy en serio cuando le digo que ella aparece en todos mis sueños.