Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 19. Volar
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Capítulo 19. Volar

T umbado en la cama, rememoro esos instantes una y otra vez, visualizándolos sin cesar.

Veo sus ojos cerrarse. La oigo gritar mi nombre.

Mientras lo recuerdo todo, el placer me hace perder el mundo de vista y luego se esfuma con demasiada rapidez.

Llevo horas así. Mi mano cae rendida sobre la cama, agotada. Este lecho es tan grande… Está tan vacío…. Nunca lo había pensado hasta que la vi tendida en él. Inspiro los restos de su aroma, los retazos del aura que ha dejado ahí.

Ojalá estuviera conmigo ahora. Ojalá siempre estuviera aquí. Pero no es así. Estoy solo, armándome un lío igual que ella ha armado un lío en mi vida.

Meditando todas las formas posibles de asegurar que siempre forme parte de mi existencia.

—¿Te pasa… algo? —me pregunta Astria cuando coin cidimos al día siguiente de camino a otra reunión del conse jo.

—No. ¿Por qué? —le pregunto al mismo tiempo que miro mi atuendo. Todas mis prendas están inmaculadas, como siempre. A mí no me pasa nada.

—Por nada, es que… —Frunce el ceño—. Estabas… ¿sonriendo?

¿Ah, sí?

Puede que sea así porque, después de decir «me acordaré», Isla me besó con tanta intensidad que casi vi las estrellas en mis párpados cerrados. Me besó hasta dormirse en mis brazos y se quedó allí hasta que la transporté de regreso a su alcoba.

Me pregunto si todavía conserva mi sabor, igual que yo conservo el suyo.

Astria carraspea para aclararse la garganta. Me mira como si yo fuera un ser de dos cabezas.

—¿Por casualidad… has estado leyendo los libros de la biblioteca? —me pregunta en tono de indiferencia, pero capto un chispazo de pánico en ella.

—No. ¿Por qué?

—Por nada —responde a toda prisa, y yo abandono el tema, porque me importan un comino los libros de la biblioteca.

Puede que a Isla sí le importen. Me pregunto si le gustaría ver mi biblioteca.

He visto los libros con las esquinas dobladas que hay en su alcoba. Tal vez querría tener más. Puede quedarse los míos. Puede quedárselos todos.

Astria todavía me observa con curiosidad. La fulmino con la mirada y eso parece recordarle cuál es su lugar. Recupera la compostura y se encamina a la sala de estrategia, donde me esperan.

Yo preferiría estar en cualquier otra parte.

Cuento los minutos hasta que vuelvo a reunirme con Isla en la sala que hemos preparado en mi castillo, una estancia en la que he reproducido ilusiones de las trampas de la cueva para practicar. Ahora tenemos un plan, uno que hemos ideado juntos.

Yo incitaré al dragón a salir de la cueva. Ella sorteará cada uno de los obstáculos mágicos y cogerá la espada antes de que vuelva la criatura.

Dominar cada obstáculo me lleva tiempo, pero no demasiado. Pasadas unas semanas, ella los domina todos. Claro que sí. Me recuesto contra la pared y la veo completar el circuito con éxito por décima vez.

Me sonríe cuando termina y su gesto me llega al alma. Apoya la espalda en la pared y resbala al suelo, rendida.

—Estoy agotada —me dice, y yo estoy a punto de responder: «Lo sé, lo percibo», pero me encanta que me hable, así que no lo hago.

—Ya me imagino.

Me mira y arruga la nariz. Acabo de llegar de la grieta y estoy cubierto de cenizas.

—Tienes una pinta horrible.

—Eso me cuesta más imaginármelo, pero, si tú lo dices, te creo.

Pone los ojos en blanco y yo reprimo una sonrisa.

—Por fin estoy preparada. ¿Por qué no salimos a celebrarlo?

Ahora que nuestro plan está a punto, me apetece hacer cualquier cosa menos celebrarlo, pero su esperanza es tan burbujeante, tan estimulante, que no puedo sino enarcar una ceja para que me cuente más.

—Esta noche se celebra el Lanzamiento de Esferas en los nuevos territorios de Skyling —dice—. Celebran la presentación de los globos aerostáticos de esta temporada.

Frunzo el ceño. Los skyling y sus infinitos festivales.

—Siempre encuentran una excusa para celebrar algo. Me apuesto lo que quieras a que hacen fiesta para atarse los zapatos nuevos.

Ella frunce el ceño.

—Siempre he querido volar en globo —responde con tanta franqueza que lamento haber dicho nada.

Pero la idea de estar en el aire, de volar, me provoca un súbito desasosiego.

—¿No hay nadie que pueda acompañarte?

Me arrepiento de inmediato de mis palabras. Del tono que he usado. Pues claro que no tiene a nadie más. No tiene amigos, igual que yo.

Me fulmina con la mirada.

—¿Sabes qué? Seguro que encuentro a alguien que quiera pasar la tarde conmigo.

Está claro lo que insinúa. No se dispone a buscar a una amiga. Se da media vuelta sobre los talones, pero antes de que pueda dar un paso yo estoy ahí, sujetándole la muñeca para detenerla.

No. Ya me perdí la posibilidad de bailar con ella. No voy a quedarme sentado mientras otro la acompaña a una excursión en globo. No debería haberlo sugerido.

—Ni se te ocurra pensarlo.

Se vuelve a mirarme. Mis sombras se derraman por todas partes de lo mucho que me aterra que escoja a otra persona, y se da cuenta. Levanta el mentón con un gesto desafiante y yo no esperaba menos de ella.

—Suéltame.

—Jamás.

Y lo digo en serio.

Respira rápidamente. Todavía me mira con rabia, pero su voz suena frágil.

—Te recuerdo que no hay nada entre nosotros. Yo no te pertenezco y tú no me perteneces. Si hemos decidido… pasarlo bien, entonces de eso es de lo que se trata: de una distracción fugaz. Nada más.

Las palabras me hieren como cuchillos. Sin embargo, decido concentrarme en el objetivo final, aunque solo sea por mi propio bien. Esbozo una sonrisa maliciosa.

—Ay, Devoracorazones —me inclino tanto que mis la bios le rozan la oreja—. Si de verdad nos decidimos a pasarlo bien, no habrá nada fugaz en ello.

No… Si me deja llegar hasta el final, quiero disfrutarla al máximo.

He tenido meses para pensar todas las cosas que me gustaría hacerle. Si me lo permite, me tomaré mi tiempo. Una y otra vez. Hasta que se quede ronca de gritar mi nombre, hasta que le tiemblen las piernas, y esté exhausta y sin fuerzas.

Traga saliva, como si percibiera lo que estoy pensando. Como si captara mis deseos.

—Llévame a la fiesta —me pide sin aliento. Saboreo su deseo, tan intenso como el mío.

No quiero ir a los nuevos territorios de Skyling. Pero me lo ha pedido. Y le concederé todo lo que me pida.

—Tú ganas —asiento—. Vístete.

Isla, gobernante de Wildling, poseedora de un ropero reple to de vestidos de casi todos los colores imaginables, al parecer no tenía nada para ponerse, así que me ha enviado al mercado skyling con una lista.

No sé cómo he pasado de ser un guerrero y regente de Nightshade a convertirme en el chico de los recados, pero aquí estoy, disfrazado y deambulando de puesto en puesto en busca de purpurina.

Y lo peor es que no me molesta. No me molesta en absoluto.

Más tarde, de nuevo en su alcoba, tarda siglos en prepararse. Cuando ha transcurrido una hora, ya no puedo contenerme más.

—Devoracorazones, ¿te estás preparando para la guerra o para una estúpida fiesta? ¿Qué estás haciendo para tardar una hora?

—Si te pones así de insoportable, para las dos cosas —replica abriendo la puerta por fin.

La contemplo anonadado. Verla enfundada en todo lo que le he traído me arrebata el aliento.

Se ha puesto un vestidito de color azul y unos zapatos que deben de ser una tortura para los pies. Mis ojos se desplazan directamente a las piernas. Luego ascienden al bajo de su vestido. A su pecho. A los hombros, salpicados de purpurina.

Trago saliva con dificultad. Estoy acabado. Perdido. Más me valdría enterrarme después de esto.

—¿Qué aspecto tengo? —me pregunta al mismo tiempo que gira sobre sí misma. La falda del vestido ondea con suavidad. Cierro las manos para contenerme las ganas de tocarla.

Está despampanante.

Pero los colores son incorrectos.

—Pareces una skyling —le digo sin disimular que prefiero verla enfundada en los colores de mi reino.

—Perfecto —replica—. Eso es justamente lo que quería.

Esta celebración es ridícula.

Todos se me antojan ridículos, vestidos con relucientes tejidos que me hacen daño a la vista. Hay demasiado ruido. Demasiado estrépito. Demasiada alegría.

Frunzo el ceño cuando alguien tiene el descaro de tocarme el brazo al pasar y tengo que recordarme que vamos disfrazados. Nadie sabe quiénes somos.

Deseo marcharme con toda mi alma, hasta que doy media vuelta y la veo sonriendo a todo aquello que odio.

Su alegría es más radiante que todos los globos del cielo.

Esto le encanta.

—¡Qué bonito! —musita.

Noto el ligero calor de su turbación. Sabe que la estoy mirando. Frunce el ceño y me sujeta la cara entre las manos para obligarme a volver la vista a los globos, pero yo no cedo. Estoy contemplando exactamente lo que he venido a mirar. Le digo lo mismo que he pensado mil veces.

—Cuando has contemplado algo realmente bello, todo lo demás resulta realmente ordinario.

Toma mi mano y mi primera reacción es tensarme, soltarla. Pero luego le rodeo los dedos con los míos y, sí, esto me gusta. Podría acostumbrarme.

—Ven conmigo —me pide, y comprendo que la seguiría a cualquier parte.

Azul, gobernante de Skyling, está pronunciando un discurso en algún lugar cercano. Me pregunta por él y yo respondo a sus preguntas. Me alegro de habernos rodeado a los dos de ilusiones para camuflarnos, pues él me habría reconocido al instante y eso habría acabado con todo esto.

Verlo me recuerda hasta qué punto es imprudente haber venido sin ser invitados. Pero no me importa. En este momento, teniendo los dedos entrelazados con los suyos, no me importa en absoluto.

Pero a Isla sí. Suelta mi mano y yo vuelvo a tomar la suya, sosteniendo su palma contra la mía con más firmeza. Su deseo ondea y yo la miro de reojo.

Entonces me pregunta:

—¿Qué piensas de Azul?

Respondo con sinceridad.

—Gobierna su territorio como si se tratara de una democracia. Todo el mundo aquí tiene derecho a opinar. Es una estupidez.

Ella frunce el ceño.

—A mí no me lo parece.

Todavía no ha vivido una guerra. No ha presenciado cómo se forman los bandos y se enfrentan unos a otros.