Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 18. Nightbane #2
90%

Capítulo 18. Nightbane #2

Me pregunto si la habrán enviado mis enemigos para infligirme la tortura más cruel. Eso tendría más sentido que el hecho de que me convierta en deseo puro e irreflexivo cada vez que la tengo cerca.

Especialmente en momentos como este, cuando podría estallar en llamas porque ardo de deseo por ella, porque me muero por hacer pedazos ese vestido pegado a su piel y apoderarme de todo lo que hay debajo.

Aún peor, noto el deseo pulsante que ella irradia, su calor; me duele físicamente no tocarla todavía.

Pero no la acariciaré hasta que me lo pida.

No la acariciaré hasta que me lo suplique.

Espero a que se dé media vuelta. A que salte entre portales. A que me deje aquí latiendo en la oscuridad como ha hecho tantas veces antes.

En vez de eso, avanza un paso hacia mí.

No muevo ni un músculo. Me parece que ni respiro. Este mundo maldito podría estallar en llamas y yo no me daría ni cuenta.

Este es un tipo de duelo distinto, que no se define por el entrechocar de las espadas, sino por la tortura de la contención. Por las palabras crueles que viajan de un lado a otro. Es menos violento, pero igual de peligroso.

Permanezco inmóvil cuando ella alarga una mano temblorosa. La posa sobre mi pecho, dedo a dedo.

Pierdo el aliento. He hecho todo lo que se puede hacer con una mujer, y, sin embargo, por alguna razón, este sencillo contacto amenaza derretirme.

A continuación, alarga la otra mano. Me contempla con asombro; tiene los ojos entornados con ademán concentrado, como si yo fuera algo interesante, digno de ser escudriñado, y no un monstruo cuya espada acumula miles de muertes.

No un guerrero que hace unas horas redujo a decenas de criaturas a polvo.

Se muerde el labio inferior y mi cuerpo reacciona a ese gesto mínimo. Hago una mueca.

La respiración de Isla se torna más intensa, poniendo a prueba las precarias piezas de tela que a duras penas le cubren el pecho.

Jamás en mi larga vida he odiado y amado la seda tanto como ahora.

Observo los finos tirantes, el pronunciado escote, la forma en que el tejido se adapta a sus pechos.

Ella repara en la dirección de mi mirada.

Me espero una pulla. En vez de eso, da un paso adelante.

Para pegarse a mí. Súbitamente una parte muy concreta de mi cuerpo está pegada al calor que ella irradia a través de la ligera prenda. Resigue con el dedo la larga cicatriz que recorre mi pecho, y sigue bajando. Más abajo. Levanta los ojos para clavarlos en los míos.

—Devoracorazones.

La palabra es una advertencia excavada de lo más profundo de mi autocontrol. Hemos llevado esto demasiado lejos. Levanta los ojos de golpe para clavarlos en los míos.

No hace caso de mi advertencia. En vez de eso, se pone de puntillas como para acercarse aún más.

No ayuda demasiado para salvar la distancia entre nosotros; ni siquiera se acerca a mi altura.

Frunce el ceño y vuelve a posarse sobre los talones.

Pero exhibe una expresión decidida. Me inunda de deseo… y de temor.

Una parte de mí quiere advertirle que se mantenga alejada. Decirle que esto solo puede terminar mal. Convencerla de que soy peligroso, que no puede confiar en mí.

Mi parte más egoísta, mucho mayor, desea aferrarla por la cintura, atraerla a mi altura, envolverla.

Demostrarle de cuántas maneras distintas una persona puede experimentar placer.

Darle ese placer, una y otra vez, y observar cómo la inunda.

Pero no puedo, no hasta que oiga esas palabras, las que hace unas semanas juró que nunca…

—Tócame. —Es una orden—. Por favor.

Me quedo paralizado. Es imposible… es imposible que la haya oído bien. Permanezco muy quieto.

Frunce el ceño. Vuelve a deslizar las manos por mi cuerpo, peligrosamente cerca de mi parte palpitante, como para demostrarme que habla en serio.

—Por favor, Grim, ¿por qué no me tocas…?

No necesito oír nada más. Corto su frase con mis labios para reclamarla como mía.

De nuevo. La primera vez sucedió en la ofuscación del momento: rápidamente, con demasiada precipitación como para disfrutarlo.

Y concluyó con una daga en mi pecho. Esta vez, en cambio, le inclino la cabeza hacia atrás, le sujeto la nuca y la saboreo a fondo.

Aquel primer beso me dejó con ganas de más.

Ahora soy un auténtico adicto.

Busco con la lengua la parte superior de su boca, le lamo los dientes, la exploro a conciencia, con la intención de que guarde mi sabor durante días.

Ella gime en mi boca, y eso me arranca un gruñido gutural.

Hay algo primigenio en esto, desde el modo en que tira de mi pelo para que la bese con más intensidad hasta mi manera de acariciarle la muñe ca con el pulgar.

—¿Sabes qué? —le susurro al oído—. Me encanta este camisón.

—Recorro despacio la pronunciada línea del escote y deslizo los dedos hacia su pecho.

Su pulso se acelera bajo mis manos y yo me demoro allí, resiguiendo su cuerpo bajo la tela mientras observo cómo ella arquea la espalda ligeramente hacia mi contacto. Hacia mí—. Pero me está molestando.

Aferro la seda con ambas manos y la desgarro por el centro.

No me detengo. El camisón estuvo condenado desde el principio.

Sus horas estaban contadas desde el instante en que vi cómo se atrevía a ceñir su cuerpo tan ajustadamente como yo pretendo hacerlo.

Al cabo de un momento se convierte en jirones de tela en el suelo y ella está desnuda de pies a cabeza delante de mí.

En ese instante comprendo que nunca he sabido lo que era el placer. Lo que era la belleza. Nunca he experimentado deseo. Durante quinientos años, he vivido ajeno a todo ello.

Lo sé con absoluta seguridad tan pronto como contemplo su cuerpo al descubierto.

Pero lo que me inspira su visión —toda ella— no es solo deseo. Hay algo más, algo inesperado.

Es gratitud.

Gratitud hacia el universo por permitir que exista algo tan bello. Algo tan perfecto que desafía la lógica.

Gratitud hacia ella por haber venido aquí, a mi alcoba, arriesgándolo todo.

Gratitud hacia ella por haberme suplicado que la tocara. Y por tener horas por delante para hacerlo.

Debo de estar comiéndola con los ojos un buen rato, porque empieza a encogerse y se tapa con las manos lo que el camisón ocultaba. Se sienta al borde de la cama. Una onda de azoramiento me alcanza.

—¿He hecho algo mal? —pregunta.

Suelto una carcajada. «¿Mal?».

—No has hecho absolutamente nada mal, Devoracorazones —le digo.

Me ha pedido que la tocara.

Lo haré a conciencia.

Desplazo con suavidad las manos que tapan el pecho y las sustituyo con las mías.

Rozo con los pulgares sus sensibles cumbres y se le eriza la piel.

Al instante los reemplazo con mi boca. Es perfecta.

Toda ella es perfecta. Le separo con sumo tiento los muslos que ha cerrado.

Deslizo una mano por su vientre, hacia abajo, hasta que alcanzo esa parte de ella que responderá a la pregunta de si ansía esto tanto como yo.

Sí, lo noto, y gruño de nuevo.

—¿Siempre estás así cuando estoy cerca?

Isla jadea al notar mi contacto. Luego me fulmina con la mirada. Sonrío. No puedo evitarlo. Me encanta cuando me mira así, aunque solo sea porque entonces disfruto de toda su atención.

—Tienes muy buena opinión de ti mismo —dice con la voz entrecortada.

Dejo que mi dedo medio se deslice y ella suelta un suave gemido.

—Es difícil no tenerla al ver el efecto que tengo sobre ti. Dime, Devoracorazones, ¿alguna vez te habían tocado así?

No me hace caso. Yo continúo y se le cierran los ojos. Noto su placer vibrando por mi piel como una caricia.

—¿Soy el único que te hace sentir así?

Echa la cabeza hacia atrás con el pecho desnudo para mí.

—No hace falta que respondas a eso. Me conformo con los ruiditos que haces.

Se enfurruña.

—A ti lo que te gusta es escucharte hablar, ¿no te parece?

Su aliento se entrecorta cuando muevo la mano más aprisa. Con más fuerza.

Mi sonrisa se ensancha.

—Por supuesto. Aunque preferiría oírte hablar a ti. Así que dime.

Me detengo. Aparto la mano.

Su expresión decepcionada al notar la ausencia de contacto complace a mi parte más profunda y animal.

—¿Siempre estás así cuando estoy cerca?

Mi pregunta original.

Resopla.

—¿Y tú siempre estás tan necesitado de aprobación?

Niego con la cabeza.

—No siempre. Solo contigo.

Es la verdad. Quizá por eso quiero que lo diga. Que verbalice que desea esto tanto como yo.

Me mira con perplejidad.

—Si quieres que siga, responde a mi pregunta. —Mi pecho sube y baja a toda velocidad. La necesito más que nunca—. Por favor.

Antes odiaba esa expresión. Pasé siglos sin pronunciarla nunca.

Pero, por ella, la diré. Me pondré de rodillas y suplicaré.

A pesar del ruego, me espero una respuesta cruel. Una réplica contumaz. Sin embargo, igual que ella hace que me derrita, parece ser que mi contacto le ha quitado las ganas de hacerse la lista.

—Sí —dice, y cualquier vestigio de cordura en relación con ella se esfuma. Me pasa los brazos por el cuello. Me clava las uñas en la piel. Su boca está pegada a mi oído—. Siempre —susurra.

Estoy desatado.

La agarro por la cintura y la levanto en el aire.

Le engancho los pies a mi espalda y la llevo a la cama.

Para cuando la tiendo sobre las sábanas, mi mano vuelve a estar entre sus piernas.

Mis sueños se están haciendo realidad. En el lugar exacto en que me visitaron.

Empiezo despacio y luego acelero. Más adentro.

Más. Ella gime contra mi boca cuando la lleno.

Su pecho está pegado al mío. Me inclino para que oiga cada palabra que estoy a punto de pronunciar.

Ella grita cuando aumento el ritmo. Cuando hago girar los dedos.

—La próxima vez utilizaré la boca. Y la siguiente…

Me interrumpo al notar su mano en mí, en esa parte de mí que la ansía desde el instante en que la vi en mi cama.

Se me acelera el corazón. Maldigo entre dientes. Su contacto me hace arder las venas.

Me requiere todo el autocontrol que poseo apartarle la mano y usar la que no está ocupada para entrelazar los dedos con los suyos y acompañarlos por encima de su cabeza.

—Deja que me centre en ti. —Me inclino para poder observarla—. No quiero perderme ni un segundo.

Tiene los labios entreabiertos, las mejillas encendidas de un placer que sabe a ella, que nos envuelve por doquier, como si arrastrase las uñas por un puente invisible entre los dos.

Arquea la espalda hacia mí. Retuerce las caderas contra mi mano.

Sé que visualizaré este momento las noches siguientes y anhelo, por una vez, poder capturar este instante en el tiempo y reproducirlo una y otra vez.

—Eso es, Devoracorazones —le digo—. Céntrate en tu disfrute.

Contemplo cómo me utiliza. Le doy todo lo que me pide hasta que jadea de placer, hasta que dobla los dedos de los pies, hasta que grita mi nombre. Hasta que late en torno a mis dedos, y mi placer inconmensurable casi me lleva a la cúspide con ella, aunque no me está tocando.

—Acuérdate de esto, Devoracorazones —le digo, conservando a duras penas la compostura—, la próxima vez que quieras apuñalarme en el pecho.

Y entonces devoro su gemido final y la atraigo hacia mí desplegando una mano sobre la parte baja de su espalda. La abrazo como siempre quise hacerlo, como si no fuera a dejarla marchar, como si temiese que el mundo quisiera arrebatármela.

Pasados unos instantes, me aparto para ver su rostro. Tomo nota de todas y cada una de sus emociones.

Me mira con los ojos muy abiertos y una expresión nítida y resplandeciente. Su mirada resbala a mi parte doliente y asciende de nuevo a mis ojos cuando dice, con absoluta claridad:

—Me acordaré.