Capítulo 18. Nightbane
D urante siglos viví entre hielo y oscuridad. Hasta que ella apareció en mi castillo, reluciente como la primera estrella de la noche, y me mostró de cuántas maneras distintas el mundo todavía era capaz de hacer sonreír a una persona.
Ahora, a pesar de los avisos casi constantes para que acuda a la grieta, me fijo en las burbujas de belleza que prevalecen en mis tierras.
Y, cuando veo cosas hermosas, sien to la necesidad de mostrárselas.
Por eso pienso en llevarla al prado de nightbane.
Para ver cómo reacciona. Para demostrarle que Nightshade no es un yermo de tinieblas.
Hay color en mi reino, no todo se parece al castillo que le horroriza.
Antes pensaba que el nightbane no era más que un veneno. Que era una planta nauseabunda. Adictiva. Repugnante.
Pero ahora… Ahora veo la bonita flor y pienso que puede ser mucho más. Se puede emplear para la vida, no solo para la muerte.
—Quiero enseñarte algo —le digo tras el enésimo intento de sortear los obstáculos de la cueva. Casi estamos preparados. Este viaje pronto llegará a su fin.
Ella toma mi mano y yo nunca me cansaré de ello. De su confianza en que la conduciré a un lugar seguro. Una confianza que no merezco.
Salimos del portal y arranco una de las flores. Se la tiendo.
Nunca le había regalado a nadie una flor. No sé si estoy haciendo el ridículo y me quedo quieto un momento, tenso, esperando su reacción.
La sorpresa se mezcla con algo más profundo. Le gusta. La toma.
—Huélela, Devoracorazones.
Lo hace y frunce el ceño.
—¿Te resulta familiar?
—Tiene el mismo aroma que la pócima curativa wildling —dice. La mira con recelo.
—Creo que son la misma flor.
Ahí está, un puente entre los dos reinos. La prueba de que quizá no seamos tan distintos. Y de que tal vez… tal vez podríamos llegar a colaborar.
Gira sobre sí misma para contemplar el prado y percibo su asombro. Su desconcierto.
—¿Qué es esto?
—Es nightbane —le digo.
En ocasiones, el veneno más potente procede de la flor más hermosa.
Yo lo sé mejor que nadie.
Ella sacude la cabeza, ofuscada.
—Pero la flor wildling no mata…, cura.
—Extraemos el mismo néctar. En manos de los nightshade, con nuestro propio proceso de extracción, se transforma en una droga que produce euforia. Y, en cambio, entiendo que bajo el toque de un wildling se convierte en una pócima curativa.
Se queda mirando la flor que le he ofrecido. Desliza los dedos por los pétalos. Son suaves como terciopelo. Nunca había pensado en la belleza de esta planta hasta que se me ocurrió enseñársela.
«Son como nosotros», quiero decirle. Oscuridad y luz. Vida y muerte. Se unen de algún modo y crean algo extraordinario.
Puede que nosotros podamos hacer lo mismo.
Capto su esperanza y la veo cavilar.
Porque no está pensando en nosotros, como yo. Está pensando en su pueblo, igual que debería estar haciendo yo.
—Podemos hacer un trato —sugiere—. Nosotros…
no tenemos muchas flores de esas. Si nos proporcionáis algunas de las vuestras, os podremos dar pócimas curativas.
A cambio necesitamos corazones. De… de la gente que ya vayáis a matar.
Y otras cosas que no se me ocurren ahora mismo que podamos necesitar.
Casi se me escapa una sonrisa mientras la contemplo. Me pregunto si lo sabe. Me pregunto si sabe que, si me lo pidiera, sería capaz de darle casi cualquier cosa.
—Trato hecho, Devoracorazones.
Y, por un instante, finjo que esto podría funcionar. Que yo podría encontrar algún otro modo de acabar con los drek. Que ella podría seguir viviendo, conmigo, y que podríamos unir los dos reinos.
Le ofrezco mi mano y me la estrecha para sellar el trato.
La transporto a su habitación y ninguno de los dos suelta la mano del otro.
Ella traga saliva y yo clavo los ojos en su garganta. Me acuerdo del día que le mordí el cuello. Que se lo lamí. Que lo saboreé. Mis ojos resbalan un poco más abajo.
Cuando estaba herido, le conté más de lo que le he contado nunca a nadie.
Y ella no lo utilizó contra mí. No se burló ni me acusó de ser débil.
Está aquí, mirándome como si pudiera ver algo más que toda la sangre en mis manos. Como si pudiera desearme.
Nos miramos a los ojos y comprendo que algo ha cambiado, incluso desde aquel otro día, cuando estábamos de pie en este mismo lugar. Cuando me dijo, con suma claridad, que no quería besarme.
Ahora me mira muy fijamente. Me está aferrando los de dos y tirando de mí, hasta que su espalda toca la pared y yo despunto sobre ella de nuevo.
No despega los ojos de los míos. Eleva la barbilla hacia mí y yo entiendo lo que sugiere. Es una invitación.
Me inclino hacia ella, despacio, con tiento. He matado a miles de guerreros. Ríos rojos han corrido por incontables campos de batalla por la sangre que he derramado. He hecho que hombres adultos llorasen y se orinasen encima.
No le tengo miedo a nada.
Pero ahora, a pocos centímetros de sus labios, mi respiración se entrecorta. Me tiemblan los brazos.
Le dije que sería ella la que me suplicara que la tocara, pero soy el primero en hacerlo.
—Por favor —empiezo, y la palabra suena tan doliente como yo me siento—. Por favor, dime que deseas esto.
«Por favor, dime que no soy el único que está sufriendo. Dime que una belleza como tú podría llegar a desear a un villano como yo».
—Sé que si vuelvo a tocarte, me matará…, pero creo que podría morir si no lo hago.
Me quedo esperando a que me rechace, a que me aparte.
Pero no lo hace.
Asiente.
Y yo saboreo lo mucho que me desea.
No debería hacer esto. Debería ser más listo. Sin embargo, no puedo cambiar lo que siento, igual que no puedo cambiar el hecho de que esto no va a acabar bien.
Jadea cuando la envuelvo con mis brazos. Desliza las manos por mi cuello y aferra mi pelo, lo que me arranca un gemido gutural.
A un centímetro de sus labios, lo noto. Un desgarro en mis tierras. Mi conexión con ellas como gobernante la acusa como una cuerda deshilachada. Maldigo, no por el dolor, sino porque haya sucedido precisamente ahora.
Preocupación.
—¿Qué pasa?
—Se acaba de abrir una brecha en la grieta —digo. La miro para memorizarla.
Si los drek me matan hoy, al menos se lo habré dicho. Al menos conocerá una mínima parte de lo que siento por ella. Al menos sabré que ella quería que la besara esta vez.
Ya basta, pienso.
Me marcho a través de los portales.
Paso toda la noche luchando con los drek. Me pesan las extremidades, me arde la piel. Pero, en mitad de todo ello, solo puedo pensar en sus ojos verdes clavados en mí. En sus labios entreabiertos.
Medito el destello de emoción que brotó de ella cuando estuve a punto de besarla. No era deseo sin más…, era algo más profundo. Algo desconocido.
Los drek liquidan a una legión entera. Los veo llevarse a uno de mis mejores hombres al interior de la grieta, transportándolo entre varios. Oigo sus gritos, siento su dolor.
Al final reduzco a los seres a polvo, pero he tardado dema siado en reunir la cantidad de poder necesario para hacerlo.
Me ha costado demasiado volver a cerrar la grieta. Tardé demasiado en advertir que existía la brecha desde el principio.
Estaba distraído.
Durante cientos de años, fui conocido por ser un guerrero implacable. Quizá por mi concentración inquebrantable, por estar dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de ganar.
En el instante en que la vi, ambas cosas cambiaron.
Incluso ahora estoy despistado, cuando vuelvo a mis de pendencias abrumado por el cansancio. No me percato de su presencia hasta que casi me he despojado de la camisa.
«Es ella».
Isla. El motivo de que mis pensamientos ya no discurran a derechas.
Me doy media vuelta despacio. Con indecisión.
Está sentada en mi cama, iluminada por la tenue luz del alba que se cuela por mis cortinas.
Isla pestañea. Se levanta a toda prisa. Como si le supiera mal estar sentada en mis sábanas. Como si a ella misma le sorprendiera haber acabado ahí. Como si no hubiera pretendido colocarse en esa posición exacta.
Pero entonces noto todo lo que está sintiendo.
Mis recuerdos de la lucha se esfuman. Podría estar de vuelta en el campo de batalla, combatiendo enjambres de acorazados drek, y mi atención estaría puesta en ella únicamente, en ese camisón rojo que deja entrever algunas partes de su piel.
Tiene una abertura que le asciende por el muslo.
La seda se le pega al cuerpo como si estuviera mojada.
Igual que sus ropajes el día que la encontré en mi bañera.
Camino hacia ella con paso acechante.
Ella levanta la cabeza. Dice:
—Solo… solo quería asegurarme de que estabas bien.
Ahora sabe lo que he afrontado, después de haberme curado las heridas otras veces. Sabe que vengo de la grieta.
Arqueo las cejas para sugerir que sé que está aquí por razones mucho menos inocentes. Quizá le tomaría el pelo si no la conociera tan bien, si no pensara que eso podría incitarla a no volver.
En vez de eso, señalo mi torso desnudo y digo:
—Estoy bien.
Traga saliva con dificultad.
—Ya lo veo.
Su mirada resbala por mi pecho. Endereza la espada. Abre los labios para soltarme una pulla, una amenaza o una excusa.
Pero, antes de que llegue a articular una palabra, su mirada desciende un poco más.
Se le abren tanto los ojos que me habría reído de no ser porque mi propia palpitación me incomoda.
Al momento agacha la mirada, como si se estudiara a sí misma para entender qué ha provocado mi estado actual.
No lo sabe, ¿verdad?
No sabe la reacción que me provoca.
No sabe que estoy constantemente en ascuas desde que la conocí. No sabe que pienso en ella cada noche, cada vez que me permito aliviar mi excitación casi constante.
Jamás podría entender la reacción que me provoca su mera imagen. Desde el instante en que nos encontramos por primera vez, ha sido una maldición aún peor que las otras. Una confeccionada a medida para mí.