Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 17. Ella piensa en mí
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Capítulo 17. Ella piensa en mí

L l evamos más de un mes tratando de burlar al dragón con distintos grados de fracaso. Cada paso implica un nuevo desafío, una nueva trampa tendida por una ladrona que es una experta en encantamientos, salta a la vista. Reconozco algunas de esas barreras de mi propio castillo.

La lentitud del proceso me molestaría más si no significara pasar más tiempo con ella.

Entramos juntos a la cueva en todas las ocasiones, codo con codo.

Yo siempre he luchado en primera línea. Siempre he capitaneado las batallas y he sido el primero en cargar contra el enemigo.

Nunca he llevado a nadie al lado, hasta que llegó ella.

No puedo usar mis poderes. Estamos en igualdad de condiciones.

Vamos superando los obstáculos, uno a uno.

Sin embargo, la mayoría de las veces soy yo el que acaba herido.

Ahora soy su escudo.

Me estoy cosiendo la herida de una flecha que no esquivé porque estaba demasiado ocupado asegurándome de que una pica no la atravesara. Ella salió ilesa, naturalmente, pero yo no.

Me observa con demasiada atención. Rompo el hilo con los dientes y un destello de emoción agita el aire. Deseo.

¿Al ver mis dientes?

Me pregunto si es posible que sepa cuántas veces he imaginado esos dientes recorriendo cada centímetro de su piel, mordiéndola en lugares que podrían asustarla.

—Las emociones… —dice con una voz queda y ronca—. ¿Qué sensación producen?

Me está preguntando qué sensación producen las emociones de otras personas, obviamente. Yo antes odiaba esas preguntas parecidas a escalpelos, que hurgan en mis partes más sensibles, pero ahora las valoro, porque significan que le importo. Quiere saber más de mí. O quizá solo siente curiosidad.

En cualquier caso, últimamente las respondo casi todas.

—Es una sensación…, bueno…, es como… —le digo buscando las palabras adecuadas.

Durante siglos, nadie se ha atrevido a preguntarme nada personal.

Es un músculo que todavía estoy entrenando, al que todavía me estoy acostumbrando, esto de hablar tanto con alguien.

Me cuesta bajar las defensas, abrir un paso en el muro que he tenido que construir en torno a mí mismo, por ser un gobernante.

Es algo que compartimos. La vulnerabilidad nos pone en peligro.

—Son versiones más leves de tus emociones y flotan en el aire. Al principio resultan abrumadoras. Todas se funden entre sí. Ahora controlo cuáles quiero experimentar, en cuáles me concentro.

—Y… ¿afectan a tus emociones? —quiere saber.

—No —respondo. «No, hasta que apareciste tú».

—¿Y qué sensación producen las mías?

La sensación de estar perdiendo la cabeza.

La sensación de estar sentado junto a tu cama como un bobo, tratando de interpretar tus picos de sentimientos mientras sueñas.

La sensación de ser cautivo sin remedio de cada uno de tus estados de ánimo y deseos.

Dejo lo que estoy haciendo. Despacio, levanto la vista. Busco sus ojos. Doy un paso adelante. Ella traga saliva.

—Las tuyas son rojas.

—¿Rojas?

La palabra es solo un aliento.

Asiento.

—Rojas.

Suelto una carcajada explosiva. Eso parece sobresaltarla.

Noto cómo se revientan las puntadas de mi autocontrol, una a una. Doy otro paso hacia ella. Hacia todo ese rojo. Su aura se asemeja a mis sombras: trata de alcanzarme. Mis sombras hacen lo propio. Ambas nos arrastran hacia la perdición.

Ella está recostada contra la pared. Yo estoy justo delante. Echa el cuello hacia atrás para seguir mirándome a los ojos.

—Las emociones ajenas nunca han influido en las mías… hasta que llegaste tú.

Agranda los ojos al oír mi confesión. Puede que haya hablado demasiado. Debería retroceder. Debería transportarme a otra parte.

Pero me he cansado de esos juegos. De esconderme. Ahora comprendo que nunca he controlado en absoluto mis emociones, no en lo concerniente a ella. Todo mi mundo se tambaleó desde el momento en que la vi.

Me inclino hacia ella y veo hasta qué punto está alterada su respiración. Observo el sube y baja de su pecho tras un vestido de seda que ya he memorizado varias veces. Su pulso se acelera. Quiero que su puto corazón se desboque. Quiero que experimente una mínima parte de mi obsesión.

—Noto las tuyas tan intensamente como si fueran mías —le digo recorriendo su cuerpo con los ojos, tomándome mi tiempo.

Cuando mis ojos se posan en los suyos de nuevo, descubro que están en llamas. En sus emociones, un deseo ardiente y desatado ha ahogado la curiosidad y la sorpresa.

—Las saboreo, Isla —le digo con una voz casi doliente y…

y ella ha dejado de respirar. Agacho la cabeza hacia la suya y sus labios se entreabren instintivamente, como para decirme lo que quiere.

Yo sigo bajando hasta que noto su aliento en mis labios.

La respiro y eso es suficiente. Es suficiente para que todo mi cuerpo casi tiemble de necesidad.

—¿Te gusta el sabor? —pregunta con un susurro ronco.

Una sonrisa lánguida se extiende por mi rostro. Me aventuro a pasarle un mechón de cabello por detrás de la oreja. Mis dedos rozan apenas su piel y ella se estremece.

«Me encanta el sabor».

—Sí. —Es cuanto reconozco.

Y entonces, aunque es lo último que quiero hacer, aunque es lo último que ella quiere que haga, me doy media vuelta antes de confesar nada más. Antes de admitirlo todo y tomarla contra esta pared.

Pero su voz me detiene en seco.

—¿Por qué no me besas?

El mundo deja de girar. Despacio, me doy la vuelta de nuevo. Ella sigue pegada a la pared, jadeante.

Espero sentir nerviosismo por su parte…, pero está enfadada. Está desconcertada. Bajo mi atenta mirada, sin embargo, traga saliva.

—¿Y por qué debería besarte? —le pregunto en tono duro, como si no estuviera a punto de perder el juicio por el hecho de que lo haya sugerido.

Se enfurruña ante mi grosera reacción.

—No sería la primera vez.

—Y me apuñalaste por ello —gruño.

Todavía entorna los ojos, que arden intensos, más verdes que nunca. Mi voz aún rebosa malicia y transmite un desprecio forzado cuando digo:

—¿Es eso lo que quieres? ¿Que te vuelva a besar?

«Di que sí. Por favor».

«Suplícamelo, como te pedí que hicieras».

Mi tono le arranca un gruñido.

—No.

Sus emociones cuentan algo distinto, pero estoy cansado de discutir con ella. ¿Por qué no puedo ser sincero? ¿Por qué no me he limitado a besarla cuando me lo ha pedido?

Ahora es demasiado tarde.

Intento compensar mi error.

—No me gusta que me toquen —le digo como excusa—. Yo no beso.

—A mí me besaste —repite, como si se le hubiera escapado. Se le enrojecen las mejillas de inmediato, encendidas de vergüenza y apuro.

Me siento fatal. No quiero que sienta vergüenza cuando está conmigo. Nada de lo que diga o haga cambiará lo que siento por ella.

Pero no lo sabe. Ella no puede captar las emociones como yo. Solo puede basarse en mis impertinentes palabras y en mis repugnantes acciones.

No deseo hacerle daño. No deseo que la devoren las dudas. No deseo que me fulmine con la mirada, ya no. No deseo que me odie.

—Lo hice. —Avanzo un paso hacia ella—. Y, si no hubie ra acabado con un puñal en el pecho, habría sido perfecto.

Mis palabras aún son bruscas, pero le arrancan un jadeo de sorpresa.

No me puedo creer que haya dicho eso.

No me puedo creer que haya tardado tanto.

Tiene los labios entreabiertos, el corazón acelerado. De nuevo estamos muy cerca. Podría besarla, quiero besarla, pero me dijo que no lo hiciera. Así que, en vez de eso, le pregunto otra cosa.

—¿Tan mal lo hice, Devoracorazones? —le pregunto en tono ronco y quedo—. ¿Tan mal como para que quisieras matarme?

Estoy tan cerca que la oigo coger aliento.

—No sabría decirte —responde por fin—. Nunca lo había hecho.

Me invade una ola de satisfacción malsana. Yo fui el pri mero. No debería significar nada…, pero significa. Me acuerdo del hombre del baile. No debería haber permitido que la tocara. Yo debería haber sido el único.

Agacho la cabeza. Le rozo la mejilla con los labios.

—No me besaste como si fuera tu primera vez —le digo recordando su frenesí, su manera de agarrarme el pelo, cómo gimió contra mi garganta y absorbió mi lengua.

Ojalá lo hiciera otra vez. Ni siquiera me importaría que me apuñalara después.

Ella me sostiene la mirada cuando dice, con absoluta claridad:

—Tú tampoco.

Sus emociones ondean, buscan las mías, las acarician, y pequeños jadeos escapan de sus labios cuando me acerco. Cierra los ojos.

Pero no cambia su declaración anterior. No me dice lo que quiere. De modo que me limito a deslizarle los nudillos por la mejilla, con suavidad. Se estremece. Noto su espera. Su deseo.

Sus necesidades no abandonan sus labios, así que me marcho de nuevo dejando la alcoba llena de nuestro arrepentimiento compartido.

Esa noche la observo mientras duerme. Decido confesarle la verdad, a ella y a la callada oscuridad.

—Si tuviera el más mínimo derecho a la felicidad…, esa felicidad serías tú. Te escogería a ti.

Le paso un mechón por detrás de la oreja y mis dedos se demoran sobre su piel. Ella gime con suavidad, como si notara mi caricia. Antes de que pueda apartar la mano, se recuesta contra ella.

—Grim —exhala en un susurro.

Todo mi cuerpo se crispa como si me hubiera apuñalado otra vez.

Está soñando conmigo.

«Piensa en mí».

Me gustaría colarme en su cabeza, asomarme a sus sueños, vivir en ellos a su lado. Porque solo en nuestras mentes podríamos disfrutar de una vida de paz.

Niego con la cabeza.

—¿Qué me estás haciendo? —le pregunto, y ella suspira contra mi piel. Su gesto cambia, como si su sueño hubiera dado un giro.

He perdido el juicio. He visto sangre y entrañas desparramadas por el campo de batalla y, sin embargo, lo que me retuerce las tripas es verla fruncir el ceño. ¿Por qué se enfurruña mientras duerme? ¿A quién puedo matar para impedirlo?

La necesidad que late en mi sangre casi basta para ponerme de rodillas.

«Eres peligrosa. Eres una maldición».

Te deseo de todos modos.