Capítulo 16. Idiota perdido #2
—Los drek eran personas hace milenios. Mi antepasado Cronan maldijo a sus guerreros para que se convirtieran en bestias imbatibles.
Cronan le ordenó al herrero que le fabricara una espada y la imbuyó con su poder para que posteriores generaciones pudieran controlar el ejército drek.
Y también… para que pudieran hacer más. Después de su muerte, uno de sus descendientes predijo que los drek acabarían con el mundo, así que maldijo la espada para que ningún gobernante nightshade pudiera blandirla.
Los drek asolaron tanto Lightlark como Nightshade.
Después de la muerte de Cronan, los desterraron a todos bajo tierra. Y ahora… ahora están volviendo a salir.
—Así que la espada controla a los drek. ¿Por eso la quieres? ¿Para detenerlos?
Asiento.
—Mi padre estaba obsesionado con encontrar la espada.
Estaba obsesionado con encontrar cualquier cosa que le diera ventaja. Por un instante me acuerdo de aquella piedra. La que estuvo a punto de acabar con él al final de su vida.
Me sorprende estar hablando de mi padre, en particular con una wildling. Pero ella no es solo una wildling. Ya no.
Ella da muestras de paciencia e interés.
—¿Por qué?
—Porque quería usarla para invadir Lightlark. Y con los drek habría sido pan comido.
Yo no comparto esa misma motivación. Tampoco sería posible hasta el Centenario, en cualquier caso. Además … , jamás olvidaré la cantidad de gente que murió en la guerra. Me conformo con nuestras tierras… si puedo expulsar a los drek.
Me formula una pregunta que no me espero.
—¿Cómo era tu madre?
Guardo silencio unos instantes, mientras sentimientos largo tiempo enterrados asoman a la superficie despacio.
—No sabría decirte.
Frunce el entrecejo con gesto de extrañeza.
—¿Murió? ¿En el parto?
—No. En Nightshade, los gobernantes no toman espo sas. Ni siquiera se acuestan dos veces con la misma mujer. O, al menos, se supone que no pueden hacerlo.
Se muestra más horrorizada de lo que yo esperaba.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por precaución. El amor hace que nuestro poder sea vulnerable. Es una debilidad.
Recuerdo lo que dijo mi padre. «El amor destruye reinos enteros».
Me mira fijamente. Busco mentalmente sus sentimientos y solo encuentro tristeza.
—¿Y tú eso te lo crees de verdad?
—Sí, sí que me lo creo. Si amo a alguien, podrá acceder a mi habilidad. Es una obligación. A mis antepasados nunca les importó correr el riesgo.
—Por eso había una cola de mujeres —dice—. Las voluntarias. Para asegurarse… de que nunca duermes con la misma persona dos veces.
Exacto.
—Yo no las recuerdo, pero el palacio sí tiene registros. Es una medida de precaución. Ha sido así durante generaciones.
Entonces me dice algo que me pilla por sorpresa, aunque no debería ser así. Es inteligente. Es rápida.
—Estás intentando tener un heredero, ¿verdad?
Es verdad, aunque he dejado de intentarlo desde que la conocí.
Recuerdo haber expulsado a las aspirantes. Recuerdo haber comprendido que nadie se podía comparar a ella. La idea de estar con otra persona, incluso en el sentido más básico, me repugna.
Ella ha acabado conmigo. El mundo se me antoja un lu gar gris ahora que la he visto a ella. Todo me parece insignificante en comparación con su belleza.
Un destello de celos me arranca de mis pensamientos. Se siente incómoda.
—Y supongo que… no ha dado los frutos deseados.
—Tener hijos cuando eres gobernante puede llevar tiem po. —Comprendo por qué podría sentirse intranquila. Te ner un heredero significaría que no podría asistir al Centenario. Es una de las reglas. No podría cumplir mi parte del trato—. No, no he continuado desde que nosotros llegamos a un acuerdo.
No le digo que no tengo la menor intención de ser fiel a mi palabra. Si encontramos la espada y la desbloqueamos, ella habrá muerto antes del Centenario. Mi reino se librará de los drek.
Debe de seguir pensando en mis anteriores intentos de engendrar un heredero, porque dice:
—Piensas que los drek acabarían matándote. Y quieres que tu reino sobreviva.
Exacto.
—Es mi deber.
—Y si finalmente tuvieses un hijo, después del Centenario, ¿no querrías conocer a la madre? ¿No le permitirías… que te ayudara a criar al niño?
Me pregunto por qué le interesa tanto. De nuevo veo el destello de unos ojos verdes, procedente de mis sueños, en el rostro de un niño. Un dolor sordo me recorre, como si hubiera perdido algo que nunca tuve.
Siento lo mismo en relación con ella.
Nunca la tendré.
Pero lloro su pérdida de todos modos.
—No.
Nosotros no tenemos esa costumbre.
Ahí está. La tristeza.
—Eso suena… muy solitario.
¿Me compadece?
Al instante me pongo a la defensiva.
—No me he sentido solo en toda mi vida —replico, y es mentira.
Si no me he sentido solo en siglos se debe a que no me he permitido sentir nada en absoluto. No desde que perdí a Laila.
Ahora ella ha despertado de nuevo mis emociones y no tengo claro si es lo mejor o lo peor que me ha sucedido.
No sé si es una cura o una maldición.
Habla en un tono de voz suave. Quedo.
—Puede que todavía no sepas lo que es echar de menos a alguien. Porque nunca te abres lo suficiente para dejarlo entrar.
Su manera de decirlo suena casi a invitación.
Prácticamente lo noto en sus emociones, prácticamente le leo el pensamiento.
«Déjame entrar», me dicen los dos.
«No», quiero responder. Destruyo todo lo que me importa.
Me acuerdo de Laila. Ella confió en mí y la maté.
«La maté».
—Qué más da —digo con más brusquedad de lo que pretendía—.
De todas formas, el amor es para los idiotas.
Hace que la gente haga tonterías. —La miro con suma atención, como para asegurarme de que su alma y su esencia entiendan lo que estoy a punto de añadir—.
Y yo no tengo intención de convertirme en un imbécil.
Lo digo como si no me hubiera convertido ya en uno.