Capítulo 16. Idiota perdido
P uede que no necesite la espada.
Eso es lo que pienso días más tarde, cuando por fin he conseguido quitarme la sangre del hombre de debajo de las uñas, porque no tuve bastante con mis sombras: tuve que hacerlo pedazos con mis propias manos.
Puede que Isla no tenga que morir.
Quizá yo sea la solución. Es posible que yo sea lo bastante poderoso para detener esto. Para detenerlo de una vez y para siempre con este poder ilimitado que nunca he querido.
De ahí que acabe en la grieta con una decena de mis guerreros más fuertes.
Los chillidos resuenan por doquier: han abierto otra fisura. Los monstruos parten por la mitad a uno de mis hombres delante de mis ojos.
Mis sombras se desatan mientras yo pienso en ella.
En sus ojos verdes. Que algún día, quizá, me mirarán con algo que no sea odio.
En sus ojos verdes… debajo de mí.
En sus ojos verdes… delante de un altar.
En sus ojos verdes… posados en un niño.
El pensamiento por poco me deja sin aliento y lanzo un rugido mientras las sombras surgen en oleadas de mis dedos. Los drek, uno tras otro, se transforman en cenizas que caen en derredor, pero yo no me detengo.
Los mato a todos. Aniquilo todo aquello que se interpone entre ella y yo. Cualquier cosa que pueda hacerle daño.
Mato sin detenerme hasta que mis sombras se agotan.
Porque eso ha sido siempre lo que mejor se me da. Matar.
Me pregunto si alguna otra cosa se me podría dar bien.
Me pregunto si podría ser bueno con ella.
Y justo en ese momento un drek me araña el pecho con sus garras.
Rujo y lo reduzco a cenizas. Lo reduzco todo a cenizas.
Me despisté. Estaba distraído pensando en ella, pensando en nosotros, en el futuro que no podremos disfrutar, y bajé la guardia. Apretando los dientes de dolor, me transporto a mi alcoba y estoy sangrando. Estoy solo.
Las tinieblas reptan bajo mi piel; el veneno de drek se me filtra en la sangre. Los latidos de mi corazón se ralentizan. Empieza a costarme respirar.
No sé si mi poder bastará para sanar esto, para superarlo. Cuando se me cierren los ojos, es posible que despierte horas más tarde empapado en sudor y jadeando. O… podría no despertar.
Siempre pensé que moriría solo. Desangrándome junto a la grieta, con un millar de drek bloqueando el sol y empujándome a una oscuridad infinita.
Pero ahora… no quiero estar solo.
Quiero morir mirando sus penetrantes ojos verdes.
Me transporto a su alcoba antes de que me dé tiempo a cambiar de idea y aterrizo con un trompazo, porque apenas si me queda poder.
—Devoracorazones —digo casi sin voz.
Ella está a mi lado al momento y noto su preocupación. Es real.
—¿Grim?
—Creo que te gustará —le digo, articulando las palabras con suma dificultad. Mi sangre mancha el suelo. Está por doquier.
No parece que a ella le moleste.
—¿Ah, sí?
—Algo estuvo a punto de matarme.
No le complace en absoluto. No, está nerviosa, asustada, aterrada.
—¿Oh? Qué noticia tan maravillosa —susurra siguiéndome la corriente. Ninguno de los dos es capaz de reconocer la verdad.
Asiento.
—Lamento mucho informarte de que la tentativa no tuvo éxito.
Se encoge de hombros. Desliza la mirada por mis terribles heridas.
—Al menos, no de momento.
Suelto una carcajada que no viene a cuento. Al instante lanzo un gemido, porque tengo el pecho en llamas.
Me rodea con los brazos y, sí, me parece que podría morirme ahora, feliz. Empieza a desabrocharme la camisa y ojalá lo hiciera por algo que no fuera para examinar de cerca mis heridas.
Conmoción.
—¿Qué es esto?
Sé lo que está viendo. Venas y marcas oscuras, el devastador alcance de mis heridas. Parte del motivo por el que no hemos podido vencer a los drek.
—La pócima, Devoracorazones. La flor wildling.
Desde que la usó conmigo y descubrí su potencial, me he preguntado si funcionaría con estas heridas.
Su rostro se desdibuja. La habitación da vueltas. Noto que estoy perdiendo la consciencia.
Esta gobernante wildling es lo único que se interpone entre la vida y la muerte.
Mientras sucumbo a la oscuridad, me pregunto cuál de las dos opciones escogerá.
De nuevo sueño con ella, igual que hago cada noche.
En este sueño la llevo al palacio de invierno. Recorremos juntos los mismos salones que yo exploraba de niño.
Sustituyo los malos recuerdos por los nuevos, por instantes mejores.
En mis sueños, despierto a su lado cada mañana. «Isla».
En mis sueños, deslizo los labios por su cuello, donde late la vena, y noto cómo su pulso se acelera. Hundo las manos en su cabello y acaricio cada uno de sus mechones, y ella me lo permite.
En mis sueños, deja que me duerma en el hueco de su hombro. Me deja despertarla en mitad de la noche para enterrarme en ella.
Me deja que la mire todo el tiempo.
Cuando me la como con los ojos, no me fulmina con la mirada: sonríe. Se ríe.
En mis sueños solo estamos ella y yo, y la pequeña vida que hemos creado, y yo, por fin, soy completa, total e infinitamente feliz.
No quiero despertar.
No, mis sueños son mucho mejores que la realidad. Pero, cuando abro los ojos y veo su verde devolverme la mirada, la decepción se esfuma.
Qué manera de despertar.
Me ha salvado.
«Me ha salvado».
Podría haberse librado de mí.
Supongo que me necesita para encontrar la espada. Para que sea su aliado en el Centenario. Para salvar a su pueblo.
Pero no, el alivio que siento en ella cuando abro los ojos… no puede ser únicamente por su reino. Espero que no.
La miro con recelo. No sé qué es un sueño y qué es la realidad.
No sé si mi manera de interpretar sus sentimientos se debe solo a la esperanza. No sé cómo es posible que yo de verdad le importe, cuando no le he importado a nadie más. Cuando le doy razones de sobra para no sentir nada bueno por mí.
—Me has curado.
No solo me ha curado. Me ha quitado la camisa. Ha creado un portal a mi alcoba. Me ha tapado.
—No es la primera vez —dice con precipitación, como azorada—. Y… tú también me curaste a mí en su momento.
Es verdad. Nos hemos curado el uno al otro.
—Gracias —le digo, y me pregunto si es la primera vez que pronuncio esa palabra. Luego me inclino hacia delante y tengo un gesto tierno con ella, algo que quiero hacer desde hace tiempo.
Le rozo la frente con los labios. Un beso rápido.
No dura ni un instante, pero noto un hormigueo en los labios. El cosquilleo se extiende por toda mi piel. Se me ace lera el corazón.
Nuestros sentimientos se han fusionado. No distingo cuáles son suyos y cuáles míos.
Conmoción. La percibo como una sensación picante en la lengua.
Luego preocupación. Ofuscación.
Y finalmente, rabia.
«Rabia».
—¿Qué ha pasado? —me pregunta de malos modos—. ¿Estás… estás buscando la espada sin mí?
Ah. Piensa que el dragón ha sido el causante de las heridas.
—No, no es eso.
Como era de esperar, no me cree.
La miro con expresión de hastío.
—Soy el gobernante de Nightshade. ¿Crees en serio que trabajar contigo es la única oportunidad que tengo de que me hieran?
—Sí —replica—. Porque en el único sitio donde no puedes usar tus poderes es en la cueva. Cuando los puedes usar, tú…
Mueve las manos con aire dramático delante de su cara.
—¿Yo qué?
—Ya sabes lo que quiero decir —dice, aunque no tengo la menor idea—. Haces sombras. Muerte. Cosas. Ya sabes.
Sombras. Muerte. Cosas. Cuánto me alegro de que la mujer que no me puedo quitar de la cabeza piense eso de mis poderes.
Siento el impulso irrefrenable de mostrarle todo de lo que soy capaz, aunque solo sea para impresionarla de una vez por todas.
En vez de eso, suspiro.
—Pues, en fin, a menudo las criaturas a las que me enfrento son en su mayoría inmunes a las sombras. A la muerte. A las cosas.
Ya está. Acabo de contarle algo más que debería guardar en secreto.
—Grim —me dice, y la sensación que me produce oírla pronunciar mi nombre es indescriptible.
Quiero que lo repita. Quiero que lo jadee.
Quiero que piense en mí tanto como yo pienso en ella—.
¿Qué está sucediendo en Nightshade? ¿Qué es lo suficientemente fuerte como para herirte así? ¿Por qué necesitas la espada?
Todas son preguntas válidas. Veo su preocupación. La observo atentamente, tratando de encontrar algún indicio de que sus sentimientos sean falsos. No encuentro ninguno.
—Si te lo dijera, sería traición. Es uno de los mayores secretos de nuestro reino.
Nadie sabe hasta qué punto Nightshade es débil y vulnerable ahora mismo. Hasta qué punto está cerca de la perdición.
Ella se limita a mirarme y luego susurra:
—Todo lo que tiene que ver con esto es una traición.
Está en lo cierto.
Ella y yo, en mi cama.
Que yo piense en ella en mi cama casi cada momento del día.
Que ella… cuide de mí.
Que yo cuide de ella.
—Supongo que tienes razón —le digo.
Y entonces, después de que me haya preguntado al respecto incontables veces a lo largo de los últimos meses, después de que yo me haya negado a contestar, se lo revelo por fin.
—Hace siglos, después de que se lanzaran las maldiciones, se abrió una grieta por todo Nightshade. De ella empezaron a salir bestias aladas. Son como dragones, pero más pequeños, y es casi imposible atravesarles las escamas. Se llaman drek y ya han matado a miles de personas.
Su preocupación aumenta.
—¿Y hay gente viviendo cerca de la grieta?
Asiento.
—Cerca de las partes que están inactivas. Los ataques se han limitado a una zona en el último siglo.
Me paso una mano por la frente. Llevo años sin dormir bien. La seguridad de mi reino, de mi pueblo, el futuro de ambos descansan sobre mis hombros. El día menos pensado, la grieta se abrirá por completo y yo no podré hacer nada para evitarlo.
Podría transportar a mi pueblo a otra parte, pero ¿a dónde iríamos? El único lugar con poder suficiente para sostenernos es Lightlark.
Y no podemos acceder a la isla hasta el Centenario.