Capítulo 15. El baile
T odo el mundo se apresura para preparar el baile.
Parece contradictorio organizar una celebración cuando tu reino se está desgarrando, pero precisamente por eso lo estamos haciendo.
La gente está cada vez más inquieta. Aunque llevamos unas semanas disfrutando de una paz relativa en las inme dia ciones de la grieta, miles han muerto en estas últimas décadas, cientos tan solo en el último año.
Necesitan una distracción. Yo preferiría estar en cualquier otra parte. Preferiría estar con ella.
Paladeé su decepción cuando le dije que esta noche estaría ocupado. No hizo más que intensificarse cuando me preguntó si podía asistir al baile y me negué.
La mera idea de verla —a mi hermosa, a mi perfecta devoracorazones— en mitad de la depravación que es habitual en estas celebraciones…
La idea de que todo el mundo la admire…
Este sentimiento de posesión hacia una mujer que no me pertenece en absoluto me agarrota los huesos.
El baile es tedioso. Me quedo sentado en mi trono, observando, pero sin ver nada en realidad. Mentalmente estoy con una devoracorazones con los labios manchados y unos ojos verdes capaces de ver mucho más que mi armadura.
Las mujeres me abordan tratando de acercarse a mí — todas soñando con ser aquella que me tiente—, pero mis sombras fulguran y las dispersan.
«No me gusta que me toquen».
No solo estoy aburrido, sino también inquieto. Cuento los minutos hasta la salida del sol, cuando por fin podré abandonar mi trono. Un revuelo de emociones me envuelve: lujuria, emoción, frenesí. Todo ello se funde en un absurdo mar de nada.
En mi estado de aturdimiento me sorprendo anhelando el tono rojo de sus emociones, cómo me traspasan como cuchillos, cómo las saboreo en la lengua. Me clavan sus garras y me arrancan de las tinieblas de un modo que nadie más ha intentado siquiera.
Antes de conocerla estaba seguro de que el corazón se me había endurecido para siempre. Me creía incapaz de emociones que a menudo percibía en los demás.
Ahora sé que las mías estaban latentes. A la espera durante siglos de alguien que valiera la pena.
Alguien que no merezco y que deseo de todos modos.
Mi desesperación es tan brutal que mi mente se las ingenia para invocarla en forma de espejismo. De repente está ahí, en mitad de la multitud, una rosa en flor en medio de un campo de cenizas.
Pero no solo la veo. La siento.
«Imposible».
Enderezo la espalda. No es un espejismo.
La reconozco. Nunca podría no reconocerla.
La multitud se aparta.
Y ahí está. El esplendor personificado. El mundo palidece a su lado. No existe un resplandor comparable al suyo.
Todo el mundo la mira.
Cómo no hacerlo.
En cualquier salón, en cualquier reino, en cualquier universo, ella es el centro.
Lo comprendo de inmediato. Me está desafiando. Debería habérmelo imaginado.
Normalmente me habría hecho gracia, pero aquí ella está en peligro. Una breve descarga de furia me recorre el cuerpo. No tiene la menor idea del riesgo que está corriendo.
También estoy enfadado por otros motivos.
Ella me sonríe y me sopla un beso tentador, como si percibiera mi ira.
Me levanto de inmediato con la intención de transportarla de vuelta.
Apenas me importa que mis súbditos se hayan vuelto a mirarme.
No me importa nada excepto ella y ese triste remedo de vestido que lleva: unas tiras de tela casi transparente.
No están fuera de lugar en un sitio como este, pero ¿en su cuerpo? En su cuerpo son pura perdición.
En respuesta a mi reacción, vuelve a perderse entre la multitud, que converge en torno a ella mientras la diversión continúa.
Como si pudiera esconderse de mí.
Sin embargo…
Ella no es mía, me recuerdo. Es la gobernante de un reino. Si la transporto de vuelta a su reino ahora —si le revoco la libertad—, me odiará todavía más, si cabe.
Con los dientes apretados y la mandíbula crispada, me siento de nuevo.
Consigo atisbarla bailando sola y me esfuerzo en seguir sus movimientos por el salón atestado. Yo gobierno sobre todas las gentes de este reino, pero ella es la que manda en mi atención. Siempre.
En ese momento un hombre le ofrece la mano a modo de invitación.
Reprimo el impulso de usar la sombra más cercana para cortársela.
La devoracorazones busca mis ojos. Yo entorno los míos con un gesto de desafío. La desafío a aceptar.
Ella me sonríe y luego le sonríe al hombre. Acepta posando la mano sobre la de él.
Yo estoy tentado a reducir la estancia entera a cenizas.
Mis nudillos palidecen cuando me aferro al trono con puños de hierro mientras la veo bailar con otro.
Yo debería estar bailando con ella. Debería habérselo pedido.
En vez de eso, aquí estoy, imaginando de cuántas maneras voy a matar a ese hombre.
Está muerto.
La mano del hombre le aferra la cintura y, sí, se la voy a cortar. Él sonríe y su dentadura destella. Le arrancaré los dientes también, uno a uno, y me va a producir una gran satisfacción mutilarle la cara.
Cómo se atreve a tocarla.
Cómo se atreve ella a permitirlo.
La wildling gira la cabeza y me sostiene la mirada mien tras baila pegada a ese tipo, y yo me pregunto si es conscien te de que ha condenado a ese hombre.
Me pregunto si sabe que nunca en mi vida había tenido celos hasta este momento. Nadie ha tenido nunca algo que yo quisiera hasta ahora.
De hecho, nunca había querido nada, comprendo. En realidad, no.
No hasta que la conocí.
No voy a librarme de esto. Lo he intentado. No voy a librarme de esta necesidad, del deseo que ella me inspira, porque ya se ha enraizado en mi alma.
Justo cuando pienso que el dolor que noto en el pecho no puede empeorar, el hombre la arrastra consigo. Juntos, se abren paso por el atestado salón de baile hacia la antesala que hay al otro lado de la entrada.
Busco sus emociones desde el otro extremo de la estancia. Intento palpar su miedo o su indecisión.
Pero no noto ninguna de las dos cosas. Todo lo contrario.
Ella quiere marcharse con él. Quiere que la toque.
Las llamas del arrepentimiento me queman con una intensidad que hacía siglos que no sentía.
Debería ser yo el que estuviera con ella. Yo debería haberla invitado al baile. Haberle ofrecido una sala llena de vestidos entre los que escoger. Debería haber sido yo el que la llevara a la antesala, dispuesto a ofrecerle todo lo que ella quisiese.
Porque entonces me habría deseado a mí.
Ella ha decidido esto. Debo respetar su elección, por mucho que me duela. Decido quedarme sentado con mi padecimiento hasta que atisbo su rostro justo cuando cruza la puerta.
Tiene las mejillas enrojecidas. Nunca se las había visto tan rojas.
Al momento la recuerdo aceptando la copa que el hombre le ha ofrecido. Todo cobra sentido. Debería haberlo sospechado…
La furia se enrosca en mis huesos. Llego a la antesala en un abrir y cerrar de ojos. La localizo de inmediato, pegada a la pared con la boca del hombre en el cuello y la mano desplazándose por su estómago.
Sus emociones. Me embisten con fuerza, como siempre.
Y ella no siente nada. Nada parecido a lo que siente cuando está conmigo.
Mi espada atraviesa el vientre del hombre al instante. No es honorable apuñalarle por la espalda, pero, teniendo en cuenta lo que ha hecho, este hombre no merece nada, y menos a ella.
El desconocido cae al suelo despacio y ahí está la wildling, mirándome con los ojos abiertos como platos.
—No te preocupes, Devoracorazones. No está muerto. Me aseguraré de ello. —Doy un paso hacia ella y me inclino para poder seguir habl ándole directamente a los labios—. Porque lo llevaré al borde de la muerte mil veces antes de ser lo bastante misericordioso como para permitirle que muera.
Ella me devuelve la mirada, conmocionada.
—¿Porque… me besó? —pregunta mientras su pecho sube y baja rápidamente.
Sí.
Porque te besó.
Porque te tocó.
Porque antes de eso te drogó.
Pero no le digo eso. No quiero asustarla. No quiero que sepa que, si de algún modo sobrevive a mi plan, mataré a cualquiera que le haga algo malo durante el resto de su vida.
—No, Devoracorazones —le digo—. Porque te envenenó.
Está desconcertada.
—¿Qué?
—La bebida que te dio. Unos minutos más y estarías paralizada; un mero recipiente para su placer.
Tras eso, noto el sabor de su miedo. Auténtico miedo.
Nunca lo había notado antes, procedente de ella.
Y eso significa que en realidad nunca me ha temido.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo supe hasta que te vi salir. Tienes la cara y el pecho escarlata. Es una señal.
Quiero matar a cualquiera que lo advirtiera y no la ayudara. Quiero matar a cualquiera que fabricara ese veneno y lo distribuyó. Mataré a cualquiera que haya participado en esto. Y empezaré por ese hombre. Ladeando la cabeza, añado:
—Lo notas, ¿verdad?
Aparece un frasquito en mi mano, transportado de los almacenes del castillo. Un antídoto. Se lo tiendo y ella se lo bebe hasta el fondo. El alivio me anega por dentro cuando su congestión desaparece.
—¿Mejor?
Asiente.
Bien.
Ahora que ella ha mejorado, la furia asciende a la superficie y amenaza arrollarme. Poso la mirada en su vestido, ese vestido que me perseguirá en sueños, en la tela que ese malvado ha arrugado al tocarla. Ese patético proyecto de hombre que sangra a nuestros pies.
—Devoracorazones, ¿quién iba a decir que estabas tan desesperada por el placer?
Me fulmina con la mirada, atónita.
—Si tanto querías que alguien se acostara contigo, lo único que tenías que hacer era pedirlo.
Me arrepiento de mis palabras tan pronto como las pronuncio.
Me asquean los celos mezquinos que siento tras su roce con un peligro real.
Y, a pesar de todo, no puedo detenerme. Estoy demasiado inmerso en la turbulenta tempestad de furia que me inspira el hombre tendido a mis pies, que me inspiran el mundo y cualquiera que alguna vez haya intentado hacerle daño.
Entorna los ojos. Respira entrecortadamente.
—Prefiero morir a que me toques, demonio —me suelta.
Sus palabras son brutales pero merecidas. En cuanto a sus sentimientos…, dicen algo distinto. Frunzo el ceño.
—¿Ah, sí? —Inclino la cabeza para acercar mis labios a los suyos—. De acuerdo. No volveré a tocarte hasta que me lo pidas.
Se estremece debajo de mí. Prácticamente paladeo su deseo creciente.
—No volveré a tocarte hasta que me lo supliques.
Se le corta el aliento.
—Eso no pasará nunca —me dice—. Te odio.
Me quedo esperando a sentir ese odio. No aparece. Pero podemos fingir. Ella puede gritarme lo mucho que me odia hasta desgañitarse mientras yo la idolatro noche tras noche. No me importa, siempre y cuando sus sentimientos —su desprecio, su deseo, su amor— sean míos.
—Puedes odiarme, Devoracorazones, y aun así quererme en tu cama.
Se ríe en mi cara.
—En tus sueños, demonio.
«¿Cómo lo sabe?».
—En los mejores.
Deslizo la mirada por su vestido, que se ciñe a cada centímetro de su cuerpo. Nunca pensé que envidiaría una pieza de tela. Titubeo una décima de segundo y añado:
—Qué cosas tan depravadas hacemos en mis sueños.
En mis sueños no abandona mi alcoba en varios días. En mis sueños sus vestidos están hechos jirones y ella no nos deja dormir. En mis sueños está enredada con mis sábanas.
En mis sueños, y solo entonces, es mía. Para siempre.
Y yo soy suyo.
Isla abre la boca. La cierra.
Me inclino un poco más con la esperanza de que salve el hueco que nos separa, de que me bese. Pero no lo hace.
Todavía no.
Y me parece bien. Puedo esperar.
—Y cuando por fin me ruegues que te toque, que lo harás, ya no querrás que nadie más vuelva a tocarte, Devoracorazones —continúo—. En la madrugada, te imaginarás cómo te toco. Con las manos. Con la boca.
Recuerdo todas las veces que he soñado con ello, todos los sueños que quisiera hacer realidad. No hay vuelta atrás: ya no.
—Y tú también soñarás conmigo.
Retrocedo antes de alargar la mano para agarrar al hombre que se ha atrevido a tocarla y transportarlo conmigo a las mazmorras.
Mientras lo despedazo miembro a miembro —mientras le corto las manos que han osado acariciarla, le arranco los labios con mis sombras, escucho sus gritos y sus súplicas de piedad— solo pienso en ella.