Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 14. Flechas
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Capítulo 14. Flechas

E s un puto dragón, cómo no.

—Está dormido —dice Isla. Siento su lucha interna: miedo contra fascinación. No tiene claro que deba estar asustada.

Y debería estar muy asustada.

Los dragones son seres crueles cuya conducta depende en gran medida de su entrenamiento. Si la ladrona entrenó a este para que fuera despiadado, nos reducirá a cenizas de un soplo ardiente.

Pero tiene razón. De momento, está dormido.

Isla avanza un paso hacia el ser y yo siento el impulso de tirar de ella, de sacarla de este sitio.

Entonces veo lo que le ha llamado la atención.

Esta vez sus emociones no se funden con las mías. No influyen en las mías. Porque alberga esperanzas. Está emocionada.

—No —musita—. No es posible; no, es demasiado fácil, no puede…

—Es la espada.

Los dos la vemos. Descansa sobre un montón de reliquias. Reluciente. Dos hojas entrelazadas que se enroscan la una en torno a la otra. Salta a la vista que es la espada que estábamos buscando.

El alivio debería aflojarme los huesos, sabiendo que la llave para detener a los drek y salvar a mi pueblo se encuentra a pocos pasos de distancia.

Pero lo único que siento es miedo.

Isla no tiene ni idea. Noto su emoción, su alegría, y me entran ganas de apuñalarme con mi propio acero.

—Tan solo tenemos que llegar al otro lado a hurtadillas, sin despertarlo —dice, como si fuera tan fácil—. Eso es todo.

Siento la intensa necesidad de disuadirla. De abandonar este plan por completo.

—Y, si se despierta, nos carbonizará vivos.

No vale la pena correr el riesgo, me digo.

No puedo usar mis poderes tan cerca de la espada. Pero sortear al dragón sin ellos será imposible.

Ella sigue avanzando y yo no tengo más remedio que seguirla con el corazón en un puño mientras se acerca a ese peligro inminente, paso a paso.

La flecha surge de la nada.

Al momento estoy a su lado. Mi primer instinto es interponerme entre ella y cualquier amenaza. La inmovilizo contra el suelo y las flechas atraviesan mi cuerpo, una a una, cortándome piel y músculo mientras mi cuerpo se zarandea.

Ella levanta los ojos, desmesuradamente abiertos por el miedo. Por el terror. Abre la boca para gritar, pero mi mano la amordaza antes de que despierte al dragón.

Le sostengo la mirada y apenas siento el dolor cuando una flecha tras otra me penetra la espalda hasta el pecho, tan profundamente que casi la alcanzan a ella.

Ella parece ofuscada, como si se preguntara qué me ha impulsado a abalanzarme sobre ella sin pensarlo.

Mientras doce flechas me atraviesan, yo solo puedo pensar: «Estoy dispuesto a ser tu escudo. Estoy dispuesto a ser tu espada ».

«Soy tu enemigo…, pero también soy tuyo».

Las flechas cesan. Ella está jadeando y su pecho casi choca con el mío con cada respiración; casi roza las puntas de las flechas. Está observando mis heridas.

Mi sangre se encharca en su cuerpo. Tiene una única flecha clavada en la pierna. Me maldigo por no haber sido lo bastante rápido como para interceptarlas todas.

No debería haber dejado que tomara la delantera.

Levanta la mano para apartar la mía de sus labios.

—Abramos un portal para irnos —susurra con voz temblorosa.

Teme por mí. Piensa que podría morir. Me escoge a mí por encima de la espada.

«No». Niego con la cabeza y me incorporo sobre las rodillas. La tomo entre mis brazos y me levanto.

Con doce flechas en el pecho, la llevo al exterior de la cueva.

El dolor no es nada comparado con el miedo que he sentido al ver zumbar hacia ella la primera flecha. Mi corazón vive ahora fuera de mi cuerpo, por lo visto.

Y es tan frágil…

Cuando nos hemos alejado lo suficiente de la espada, salto entre portales a mi alcoba. Una vez que ella está a salvo, acuso el dolor y la pérdida de sangre. Me desplomo.

Vagamente la oigo corretear de un lado a otro. Abre cajones. Los cierra. Noto su pánico, intenso y amargo, que inunda la habitación.

Consigo abrir los ojos y la veo arrodillada a mi lado, con la preocupación grabada en el semblante.

—Voy a…

—Hazlo.

Rompe la primera flecha y yo lanzo una maldición. Puede que el dolor sea útil, pero también es molesto.

Extrae la flecha con destreza y luego rocía la herida con el remedio sanador que ha ido a buscar a su reino. Lanzo un bramido. Quiero decirle que no lo desperdicie conmigo. Me pondré bien. Es ella la que me preocupa.

—Quedan unas doce más de esas, así que tendrás que ser más duro —me dice, parafraseando lo que yo le dije antes—. ¿O has olvidado que el dolor es útil?

La rabia me distrae del dolor y quizá esa ha sido su intención.

—No te burles de mí —gruño—. Es la verdad.

Ella no sabe hasta qué punto es verdad.

Pone los ojos en blanco y yo tengo ganas de estrangularla. Tengo ganas de besarla.

—Te voy a contar un secreto, Devoracorazones —le digo. Doy un respingo cuando extrae otra flecha—. El dolor nos hace poderosos.

Parece horrorizada. Es posible que deba estarlo.

—No es cierto, aunque supongo que es una creencia muy arraigada entre los nightshade.

Piensa que miento. No me cree.

—No —le digo, en parte divertido y en parte escandalizado de que una gobernante no sepa eso—. No es ninguna creencia. Es la verdad. Las emociones alimentan al poder. Y el dolor es la emoción más fuerte de todas.

Frunce el ceño. Percibo su tristeza, pesada como lluvia en derredor. Luego duda.

—Es verdad —insisto. Lo sé por experiencia.

Debería haberme esperado su próxima pregunta. Yo habría preguntado lo mismo.

—¿Alguna vez… alguna vez, de forma intencionada, te has…?

—Sí —reconozco—. Me he causado dolor de forma intencionada para acceder a niveles de poder más profundos.

Fue hace mucho tiempo. Ahora ya no me resulta tan necesario.

—Es mentira. Puede que lleve un tiempo sin hacerme daño físicamente para acceder al poder, pero sin duda me he sumergido en el dolor emocional.

No estoy orgulloso. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso por el bien de mi linaje y de mi reino.

Y seguiré haciendo cosas de las que no esté orgulloso por las mismas razones—.

Y… existen muchos tipos diferentes de dolor.

Su incredulidad no disminuye.

—Sigues dudando de mí —observo. La miro a los ojos y por un momento me olvido del dolor. Quiero que lo entienda. Por alguna razón, quiero que lo entienda—. ¿Cómo crees si no que soy tan poderoso, Devoracorazones?

La fuerza de mi padre no era nada comparada con la mía, incluso antes de las maldiciones. Él podía infligirse do lor físico sin darle importancia…, pero era un dolor tempo ral. Es imposible sentir dolor emocional cuando nada te importa. Cuando no sientes nada.

Me mira como si me viera por primera vez.

No se inmuta.

No retrocede.

Me arranca otra flecha y yo lanzo un rugido.

Extrae el resto mientras yo maldigo una y otra vez.

Normalmente no haría esto sin apurar antes una botella de alcohol, pero quiero recordarlo.

A pesar del dolor…, ella está aquí, mirándome como si yo le importara.

Y, por breve que sea su preocupación, quiero disfrutarla.

Quiero seguir recordándola mucho después de que se haya marchado.

Me ayuda a despojarme de la camisa y hace una mueca de dolor al ver mi cuerpo. Eso me arranca una carcajada.

¿Cuánto tiempo hacía que no me reía?

—Ninguna mujer se había horrorizado al ver mi cuerpo desnudo —le digo.

Ella pone cara de aburrimiento.

—Debe de ser agotador ir por ahí con un ego tan grandioso.

Eso me hace reír todavía más.

Acaba de insultarme y me encanta. Además de una buena cantidad de sangre, debo de haber perdido la cabeza en esa cueva. Me aplica más loción sanadora.

—Tu pierna —le digo con voz ahogada.

Parece sorprendida de que me preocupe por ella.

—Ya está vendada —dice sin despegar la atención de mis heridas. Me atiende con delicadeza, con pericia, con ternura. Nadie me había dispensado ternura nunca. Nadie me había cuidado con tanto afecto.

Luego levanta la mirada. Mi expresión debe de sorprenderla.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Nada, sencillamente creo que es irónico que la devoracorazones que me apuñaló en el pecho ahora se ocupe de mis heridas.

Su mirada de soslayo me acelera el corazón.

—Pues yo creo que es irónico que el demonio que proclama haberse deshecho de cualquier rastro de humanidad haya usado su cuerpo para bloquear una multitud de flechas con el objetivo de salvarme.

Lo hice, ¿verdad?

Y volvería a hacerlo con los ojos cerrados.

«Doce flechas no son nada», pienso.

Nada comparado con la angustia y el sinsentido de que mi enemiga me importe tanto.

Cuando termina de curarme, sacude la cabeza con frustración.

—En serio, ¿por qué lo hiciste?

Es una pregunta peligrosa, porque lo hice sin dudar ni un instante. Interponerme entre ella y el peligro fue un gesto instintivo.

Qué irónico que su salvador suponga el mayor peligro de todos.

A estas alturas he perdido mucha sangre. Apenas puedo mantener la cabeza erguida cuando digo:

—Es una manera interesante de dar las gracias.

Ella empieza a envolverme el torso con vendas tirantes. Me apoya las manos en el pecho y son un bálsamo contra el dolor. Son chocolate, que lo endulza todo. Me mantienen atado a la consciencia. Antes de que pueda apartar las manos, las mías atrapan las suyas contra mi piel.

—El frío, Devoracorazones —empiezo. Noto sus manos frías del aire exterior. Mi voz suena muy lejana. Echo la cabeza hacia atrás—. El frío alivia el dolor.

No se mueve y doy gracias por ello.

Odio que me toquen.

Excepto cuando lo hace ella.

Aparta los dedos demasiado pronto. La ausencia de sus manos es casi tan dolorosa como las propias heridas.

Y en ese momento comprendo que soportaría mil flechas por ella, si eso implicase tener sus manos sobre mi cuerpo otra vez.

Hemos intentado entrar en la cueva de mil maneras y ahora mi objetivo ha cambiado. Ya no estoy desesperado por hacerme con la espada.

Estoy desesperado por pasar tiempo con ella. Estoy desesperado por protegerla, por ser su escudo, por ser aquello que necesite de mí, siempre y cuando ella me quiera a su lado.

Porque cuando ella está cerca… tengo sentimientos, por primera vez en siglos. Lo siento todo.

Y, también por primera vez, mis sentimientos no me parecen algo malo.

Acabamos de regresar de nuestro último intento de rescatar la espada y yo he vertido la medicina de los nuevos territorios wildling directamente en la bañera. El remedio enturbia el agua. Ella le echa un vistazo desde mi alcoba.

Está cubierta de sangre de las heridas que no he podido eludir.

—Quédate —le pido. La palabra resbala sola de mis labios.

Me mira con sorpresa.

—¿Que me quede?

Me he quitado la camisa. Está observando mi cuerpo.

—El baño es lo suficientemente grande para los dos. Y ayudará a que no te queden cicatrices.

Ella se limita a mirarme fijamente.

—Miraré en dirección contraria.

Será una tortura. Pero quiero que se cure más de lo que la deseo a ella.

—No puedo. ¿Recuerdas?

Habla del día que le hice prometer que nunca volvería a mi baño, como desenlace del duelo. Una orden estúpida.

—Retiro mi victoria. Eres bienvenida a todas y cada una de las partes de mi palacio.

Es una traición a mi reino, pero lo digo en serio. Encaja tan bien aquí que lo contrario sería extraño.

Percibo su conmoción. Luego una chocante mezcla de desafío y curiosidad.

Gana la curiosidad. Entra en el cuarto de baño.

Fiel a mi palabra, me doy media vuelta. Me despojo de los pantalones y entro en la bañera. Me quedo muy quieto mien tras la oigo quitarse las prendas. Emite un pequeño murmullo de dolor y la preocupación reemplaza al momento mi deseo creciente.

Gime aliviada al entrar en la bañera y soy consciente de que el sonido permanecerá en el fondo de mis pensamientos para siempre. Me obligo a mantenerme inmóvil y mis nudillos palidecen de la fuerza con la que me aferro a los bordes de la bañera.

—Puedes darte la vuelta —dice. No me muevo ni un milímetro, aunque todo mi cuerpo vibra de la necesidad de hacerlo—. El agua… lo cubre todo.

Espero un momento. Un poco más. Luego, víctima de mi propio autocontrol menguante, me doy la vuelta.

Es hermosa. Sencillamente hermosa.

El cabello le cae en ondas sobre el pecho y, aunque tiene los hombros y las clavículas cubiertos de sangre, es sencillamente extraordinaria.

Pero hay en ella mucho más que su belleza.

Hemos luchado codo con codo en la cueva. Me ha curado. Me ha desafiado, se ha burlado de mí y me ha cuidado.

Nos miramos hasta que el agua se aclara e Isla se acerca las rodillas al pecho. Sus mejillas se ruborizan del calor o quizá de la timidez que irradia.

Quiero decirle que no tiene que taparse, no cuando esté conmigo. Ni nunca.

Pero guardo silencio.

Ojalá ella compartiera mi poder. Ojalá intuyera cómo me siento. Ojalá toda esta incertidumbre entre los dos se aclarara como el agua.

Desvía la vista y yo salgo de la bañera antes de que mi corazón pierda la batalla con la razón.