Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 13. Rotos
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Capítulo 13. Rotos

M e han apuñalado en infinidad de ocasiones. Me han cortado la piel a tiras con sombras como dagas. Me han desollado y golpeado hasta dejarme al borde de la muerte.

Ninguna de esas torturas fue tan cruel como mantener me alejado de ella después de esa noche. Llevo sin verla un mes entero, treinta días de pura angustia.

Es una droga.

Es una adicción.

Es el dolor de mi existencia.

Es mi perdición.

—Es guapa —dice Astria después de la reunión del consejo.

Frunzo el ceño, sorprendido de que se tome esas con fianzas. No me importa de quién esté hablando. No me dig no a responder.

—La chica que está en tu alcoba. Es guapa. O sea, guapa a rabiar, ¿sabes?

Me quedo paralizado.

Guapa a rabiar. Solo hay una persona que podría merecer esa descripción. Muy despacio, me vuelvo a mirarla.

—Debería haber llamado. Es que… nunca te he visto llevar a nadie allí.

Porque nunca lo había hecho. Hasta que llegó ella.

Me transporto a mi alcoba al instante.

No está aquí, pero capto los restos de su emoción.

Preocupación. ¿Por quién está preocupada?

¿Por mí?

Pues claro. Llevo un mes evitándola, pendiente de repeler a los drek y, si soy sincero conmigo mismo, posponiendo el destino que le espera cuando por fin encontremos la espa da. Debe de pensar que estoy trabajando sin ella, que la he suprimido de mi plan.

Hay otra emoción…

Celos.

¿Celos de qué?

Casi me entra risa.

Si pudiera asomarse a mi mente un solo instante, comprendería que le pertenece por completo.

Ahora me toca a mí preocuparme. Aunque no tiene nada que ver con la espada.

«Ha venido a mi alcoba». ¿Va todo bien? ¿Está herida? Mil posibilidades nefastas desfilan por mi mente a toda prisa y la peor de todas es el hecho de que me importe tanto. El hecho de que sería capaz de arrasar todo el castillo, solo porque se ha marchado.

Me planteo si saltar por los portales a su alcoba usando las sombras para ocultar mi presencia, pero no.

Presiento que, si me presento allí, si vuelvo a verla ahora mismo, nunca podré separarme de ella. No podré hacer lo que debo.

Mi cuerpo se crispa cuando un fuerte dolor me atraviesa.

La grieta. Se ha abierto. Titubeo un momento mientras sopeso si desplazarme a su alcoba… o socorrer a mi pueblo.

La vergüenza me inunda al instante. Mi gente, todos esos inocentes, los súbditos de mi reino: están indefensos y es mi deber atenderlos. A ella ni siquiera le importo, no es mi responsabilidad.

Me transporto a la zona de los drek. Están por todas partes. Decenas de guerreros nightshade han muerto. ¿A cuántos he condenado por mi titubeo momentáneo?

Ella me está convirtiendo en un gobernante insensato.

Combatir a las bestias suele aliviar mi tensión, pero esta vez no me ayuda a liberar la furia, la frustración.

Pasan horas antes de que regrese a mi alcoba.

Me duele todo. Tengo los músculos anquilosados del poder que he tenido que emplear.

De tantos seres que he matado. La armadura me pesa como una losa.

Estoy cansado. Muy cansado, y no solo física mente.

Doy un paso hacia el cuarto de baño, todavía enfundado en la armadura.

Y se crea un portal.

«La devoracorazones». Con el cuerpo en tensión, espero a que aparezca. La ilusión se apodera de mí.

Entonces algo lo atraviesa… y no es ella.

En un abrir y cerrar de ojos, mi puño está alrededor de su cuello. Solo ha podido llegar aquí de una manera.

—¿Dónde está ella? —le pregunto con una voz que retumba por todo el mundo. Un rugido resuena en mis oídos.

No responde y no necesito que lo haga. Sin soltarle el cuello, lo arrastro por el portal y allí…

Allí está ella.

Rodeada de un puñado de hombres. En el suelo.

Sangrando.

Rompo el cuello que todavía estoy aferrando y tiro el cuerpo al suelo. Una furia incandescente me ciega, pero hablo en el tono controlado que he llegado a dominar en infinitos campos de batalla cuando digo:

—¿Cuál de ellos?

Ella no responde. Abre mucho los ojos verdes. Noto el sabor de su miedo por toda la estancia. Su dolor.

—Isla. —Mi voz emana una calma letal—. ¿Cuál de ellos te ha hecho esto?

No me contesta al instante y yo me percato de que no me importa. Está herida. Todos los presentes son cómplices.

—De acuerdo. Entonces lo pagarán todos.

Les parto el cuello a todos al mismo tiempo.

Se desploman en el suelo. Pero yo no despego los ojos de Isla. Me acerco a ella presa de la furia y el miedo. La habitación en penumbra está sembrada de cristales rotos. Estamos en el mercado, en una de las plantas abandonadas de los edificios circundantes.

Los muy cabrones le han cortado la piel con sombras afiladas. Sé muy bien el daño que hace. Ella ha sufrido una agonía insoportable. Infligida por ellos. Podría haber muerto.

Es culpa mía por dejarla sola tanto tiempo.

Y de ella.

—Idiota —le digo antes de tomarla con suavidad entre los brazos, que es donde debe estar.

Saltamos entre portales.

La rabia me ciega. Emana de lo más profundo de mi ser. Ojalá los hubiera dejado con vida. Ojalá pudiera arrancarles la piel a tiras y desgarrarles la garganta con los dientes.

La deposito en un diván de mis aposentos —un mueble nuevo— con toda la delicadeza del mundo.

—Ahora vuelvo.

Pongo patas arriba el almacén del castillo, provocando el sobresalto de unos cuantos guerreros, pero me importa un comino. Me cargo de vendas, ungüentos, todo lo que puedo encontrar, y de nuevo me transporto a mis dependencias.

Le sangra la mejilla y esquirlas de cristal sobresalen de sus delicadas palmas. De nuevo me arrepiento de haberles roto el cuello. Deberían haber experimentado cada segundo de una muerte larga y dolorosa.

¿Cómo he permitido que sucediera algo así?

Pensé que manteniéndome alejado la salvaguardaba.

En vez de eso, la puse en peligro. Es evidente que está decidida a encontrar la espada.

Nuestro acuerdo no es unilateral. Necesita que la colaboración funcione tanto como yo.

Ella también es una gobernante que trabaja por el bien de su pueblo.

Conseguir á que la maten.

Me siento a su lado y empiezo por los hombros. Se estremece y da un respingo cuando le toco las heridas, pero yo la sujeto con una mano.

—Son moonling —le digo señalando los vendajes—. Curan muy bien los cortes.

—¿Tú… comercias con ellos?

Le hago caso omiso, demasiado concentrado en sus heridas como para responder.

—Deja que te vea las manos.

Intenta esconderlas, pero… buen intento. Le agarro una al vuelo y maldigo cuando veo los daños de cerca.

Sus preciosas manos… Se las han destrozado. Veo el brillo de los fragmentos de cristal que tiene incrustados en la piel. Hay que extraerlos.

—Esto nos llevará un rato —le digo. Necesito un ángulo mejor. Tengo que asegurarme de que no se mueva, para no empeorar las cosas.

Al momento la rodeo con los brazos y la siento en mi regazo.

—¿Qué haces? —pregunta sin aliento mientras yo la sujeto.

«No tengo ni idea de lo que estoy haciendo». Eso está claro, porque la tengo encima y ahora ella forcejea contra mí.

—Debes estarte quieta —le digo entre dientes—. Si no, los cristales se moverán bajo la piel mientras trabajo y eso hará que sacarlos resulte casi imposible. —Le ofrezco una alternativa—: Puedo dejarte sin conocimiento, si lo prefieres.

De ese modo podría tenderla. No tendría que mantenerla inmóvil. No estaría encima de mí.

Se crispa en mis brazos.

—No lo prefiero, desde luego.

Espero a que me dé permiso para continuar. No haré nada que no quiera. Por fin me dice entre dientes, con una mirada asesina:

—Adelante.

Como si yo no la estuviera curando, ayudando. Aun en un momento como este, me considera su enemigo. Supongo que lo merezco, pero me escuece igualmente. Entorno los ojos.

—Fantástico —le digo antes de rodearla de nuevo con los brazos para impedir que se mueva.

Trato de reprimir la reacción de mi cuerpo a esta postura. Me resulta aún más difícil, si cabe, por el hecho de que saboreo su deseo en el aire, dulce y embriagador. Con sumo cuidado, le despliego los dedos. Arranco el primer fragmento de cristal y ella trata de apartarse. La sujeto en el sitio.

Contiene el aliento.

Recuesto la barbilla sobre su cabeza y miro mi trabajo.

—Solo en esta mano hay cerca de una decena más, así que si yo fuera tú intentaría encontrar la forma de sobreponerme al dolor.

Levanta la mirada y el verde me ciega momentáneamente.

Cómo echaba de menos ese verde.

Cómo la echaba de menos a ella.

Ella también me añoraba. Lo noto.

Odio que haya sido así tanto como lo ansío.

—¿Dónde te habías metido? —me pregunta.

Noto la puñalada de la culpa en el pecho. Se me crispa la mandíbula. Un mes exactamente. ¿Habrá contado los días, igual que yo?

—He estado ocupado —reconozco por fin.

Es verdad. La grieta se ha ensanchado. He tenido que visitarla casi cada día.

Pero esa no es la única razón de que me haya mantenido alejado. No, eso se debe más bien a que sabía que, si seguíamos viéndonos, haría alguna tontería, como poner en peligro mi reino.

Ella está demostrando ser una amenaza mayor para mi reino que los drek. Es mi enemiga. Debería odiarla.

Me odio a mí mismo por lo poco que la odio.

Suelta una carcajada explosiva.

—¿Qué puede ser más importante que encontrar la espada?

—No era más importante, tan solo más… urgente.

Está enfadada. Noto las llamas contra mi piel.

—Podrías habérmelo dicho. Podrías haber venido a verme al menos una vez… Te habría contado lo que sabía.

Si supiera que cada noche tenía que obligarme a permanecer en la cama… A no visitarla…

Arqueo una ceja.

—¿Me has echado de menos, Devoracorazones?

«Reconócelo. Dime lo que sientes. Rompe esta barrera que se interpone entre nosotros de una vez por todas. Deja que pierda la cabeza».

No lo hace. Resopla.

—No, cada vez que te veo, salgo herida o ultrajada.

Frunzo el ceño. Tiene toda la razón, ¿o no?

Me concentro en su mano, en retirar el cristal. Niego con un gesto.

—¿En qué estabas pensando?

Suspira y por fin me dice la verdad.

—Pensaba que podía encontrar la espada sin ti.

Entonces hace algo inesperado. Se recuesta contra mi pecho, y el placer y la familiaridad de tenerla entre mis brazos es más de lo que puedo soportar.

Tengo ganas de estre charla con fuerza y no soltarla nunca.

Tengo ganas de desli zarle los labios por la mandíbula y el cuello. Tengo ganas de volver a morderla.

Si ella pudiera imaginar los pensamientos que me inspira, sentiría repugnancia. No querría volver a verme nunca.

Quizá debería decírselo.

—Pero antes fui a buscarte —confiesa con voz ronca, entre estremecimientos de dolor.

—Lo sé —reconozco.

—¿Quién era esa mujer?

Ahí están de nuevo. Los celos.

¿De Astria?

Por poco se me escapa la risa.

Si supiera quién es la general, quizá no le inspiraría tanta animosidad. Por un instante siento tentaciones de decírselo.

Pero no puedo.

—Mi general. —Es todo lo que le digo, y una parte de mí se marchita de saber que le oculto tantas cosas. No tengo elección.

—¿Sospecha ella que…?

—Le conté que eras alguien de otro reino con quien me acostaba.

Eso no solo le provoca rabia. También hace que se sienta herida. ¿Por qué?

Guarda silencio un momento y siento el impulso de preguntárselo, para suavizar las cosas, para conocerla mejor. Pero no pronuncio una palabra y ella dice por fin:

—Sé dónde está la espada.

Pues claro. Ni siquiera le pregunté qué le dijo el ladrón, porque en aquel momento estaba demasiado pendiente de mi deseo.

Una parte de mí sabe que, en parte, yo también quería ganar tiempo, encontrar otra manera de acabar con los drek.

Ahora, un mes más tarde, sigo sin tener nada: solo un destino que parece cada vez más inevitable.

Y una traición que podría terminar con mi vida y con la suya.

La espada debería haber sido mi primer pensamiento, mi principal preocupación.

—¿Dónde?

—En las cuevas de Irida.

Qué interesante.

—Las conozco.

Levanta la vista para mirarme, sorprendida, como si esperase una reacción más alegre por mi parte.

En todo caso, este giro de los acontecimientos me aterroriza.

Soy muy consciente de que no deberían importarme tanto los fragmentos de cristal que tiene en las manos cuando estoy planeando su muerte.

Pero me importan.

Le extraigo hasta la última esquirla de cristal, y entonces me inclino hacia ella y le pego los labios al oído.

—Esto te va a doler —le susurro antes de verter alcohol en las heridas.

Previendo su grito, le presiono los labios con la mano y lo sofoco justo a tiempo. Ella se revuelve contra mí retorciéndose de dolor y yo me quedo quieto. Todos y cada uno de mis nervios se activan. Carraspeo y le sujeto la cadera con una mano para que no se mueva.

—Si puedes evitarlo —le pido con voz ronca—, por favor, deja de hacer eso.

Se queda paralizada.

Ha notado la reacción de mi cuerpo.

Y yo noto la reacción del suyo con cada uno de mis dolientes centímetros.

Concluyo el trabajo a toda prisa y la bajo de mi regazo, tan desesperado por estar encima de ella como por alejarme lo más posible.

—Mañana —dice.

Entonces nos reuniremos para ir a la cueva de la ladrona y dar finalmente con la espada.

—Hay un problema —continúa.

Se me ocurren muchos, pero le pregunto:

—¿Qué problema?

—Hay un monstruo que custodia la cueva.

Entorno los ojos.

—¿Qué clase de monstruo?