Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 12. Maldito vestido #2
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Capítulo 12. Maldito vestido #2

Busca mis ojos y soy yo el que siente que no tiene poderes. Porque estoy indefenso frente a estos sentimientos.

He perdido el aliento. Me ha arrebatado el aliento, el alma, el corazón, el sentido, todo… Y ni siquiera lo sabe.

Ella es mi enemiga, pero también podría ser mi salvadora.

Podría ser mi ruina.

Y yo sería capaz de darle las gracias por ello.

Tiene los ojos clavados en los míos. Despega los labios ro jos y yo quiero sentir ese jadeo en mi piel. Hace girar los brazos por encima de la cabeza, desplaza las caderas, arquea la espalda.

Por unos instantes, el mundo no existe, mi deber no existe, y siento el impulso de usar mis poderes para transportarla a través de los portales —al cuerno la espada— para llevarla a algún sitio donde pueda dedicarme a adorarla.

Entonces, de sopetón, aparta la mirada. El hombre de la serpiente le tira de la falda.

Nunca he sentido tantos deseos de matar a alguien.

Antes de que yo pueda dar un solo paso adelante, ella ha desaparecido.

Me paseo de un lado a otro para darle tiempo. Para dar le espacio. Me recuerdo que, si bien todos mis pensamientos le pertenecen, ella no me pertenece a mí.

¿Por qué eso me provoca deseos de arrancar una montaña?

Finalmente no puedo soportarlo más. Lleva allí dentro el tiempo suficiente. ¿Y si está herida? ¿Y si me necesita?

Recorro las carpas y las estructuras rajando los tejidos con mi espada y haciendo caso omiso de los gritos que me dicen que no estoy autorizado a entrar. Descorro una cortina tras otra hasta que la encuentro sentada a horcajadas sobre el regazo del ladrón.

Se me hiela la sangre en las venas.

—No lo mates —me detiene y, justo en ese momento, me doy cuenta de que estoy a punto de hacerlo.

Frunzo el ceño.

—Parece que quieres matarlo.

Pues claro que quiero. Aunque ella ya ha dejado inconsciente a ese idiota.

—Quiero matar a mucha gente —respondo intentando que lo entienda, intentando advertirle que debería mantenerse alejada de mí por más que me muera de ganas de tenerla cerca—. Mato a mucha gente.

Es cierto. He matado a miles.

Soy un monstruo. Y el dolor solo ha servido para hacerme aún más poderoso.

Merece algo mejor que yo. Ojalá fuera lo bastante fuerte para dejarla marchar. Pero hasta yo tengo mis límites.

Traga saliva y mis ojos se clavan en su garganta. En la zona del cuello en la que le late el pulso. Está desbocado, igual que el mío.

Mi autocontrol se quiebra. Avanzo hacia ella, hacia la pared contra la que ahora está recostada. No tiene ni idea del peligro que entraño. No tiene ni idea porque, si lo supiera, no me miraría con sorna. Y su tono no sería tan burlón cuando dice:

—He conseguido la información. Conozco la ubicación exacta de la espada. Por lo visto, se me da bastante bien seducir. Dime, insignificante nightshade, ¿he logrado seducirte?

Frunzo el ceño. ¿Tiene acaso la menor idea de con quién se está metiendo? ¿Es capaz de imaginar siquiera el peligro que corre?

— ¿He hecho que te enamoraras de mí sin remedio? —añade.

Se acabó.

Esa maldita palabra.

Jadea cuando la aprisiono contra la pared. La espada no está aquí, ahora lo sé, así que libero el control férreo que ejercía sobre mis poderes.

Sus emociones me golpean con una fuerza brutal. Saboreo todo su deseo de golpe, su placer. Por poco se me doblan las rodillas.

Le sujeto las caderas con las manos. Mis dedos recorren los laterales de su vientre, ascienden por las costillas hasta llegar a su pecho, y que los dioses me ayuden…

Cada una de las partes de su cuerpo es perfecta.

Su deseo estalla en llamas. Quiere esto, me desea a mí.

No debería desearme.

Cada movimiento, cada palabra nos acerca un poco más al precipicio, a una caída que se me antoja más peligrosa e inevitable con cada día que pasa.

Lo sé y, sin embargo, sigo avanzando paso a paso hacia el borde.

«¿He hecho que te enamoraras de mí sin remedio?».

—No —le digo contra los labios entreabiertos—.

Para mí no eres nada especial. No eres nada que quiera amar.

— Levanto la mano a la altura de sus labios y le emborrono el carmín con el pulgar, la misma pintura que llevaba el día que la conocí, los mismos labios que me obsesionan desde aquel instante—. Eres algo que quiero destruir.

Y entonces hago algo que me muero por hacer desde la primera vez que la vi.

Hundo la cabeza en su cuello y lo muerdo.

Lo hago con suavidad —con mucha más suavidad de lo que me gustaría—, pero ella jadea junto a mi oído y el sonido viaja directo a mi entrepierna. Le deslizo la lengua por la vena que late para notar su placer. Para saborearlo.

Su deseo muda en un incendio que ruge en derredor, suficiente para reducir el mundo entero a cenizas, suficiente para que yo quiera arder con ella. Jamás en mi vida he estado tan excitado.

Le doy media vuelta con un solo movimiento, le agarro las caderas y la atraigo hacia mi cuerpo para que note hasta qué punto deseo esto. Mis dedos resbalan por sus piernas, le levantan la falda y se doblan en la parte alta de sus muslos.

La noto temblando de necesidad, siento cada una de las cosas que ansía de mí.

Mi deseo irrefrenable casi es suficiente para que olvide mi deber, para que olvide mis planes y se lo dé todo aquí mismo, contra esta pared.

Pero ella es mi enemiga. Estoy maquinando contra ella.

Así que creo un portal a su alcoba y la empujo al otro lado, sin mí.

Estoy tan abrumado por mis sentimientos que me transporto directamente al Algid, la parte más fría de Nightshade, y me sumerjo en una balsa helada.

No es suficiente.

Mi deseo es infinito, inabarcable, y no puedo dejar de sentirlo. Igual que no puedo dejar de sentir el deseo que ella emanaba, su piel sofocada, su gemido en mi oído.

No puedo dejar de verla bailando con esas breves telas, no puedo dejar de desearla.

De algún modo, como pasa con las maldiciones, ella se ha cosido al tejido de mi alma.

Gimiendo, me sumerjo más profundamente en las aguas gélidas. No me alivia lo más mínimo.

«¿He hecho que te enamoraras de mí sin remedio?».

Es peor.

Muchísimo peor.

Estoy obsesionado con ella.

No pasa ni un minuto sin que piense en ella. No pasa ni una noche sin que sueñe con ella. No pasa ni un día sin que la eche de menos.

Esta obsesión es enloquecedora. Es debilitante.

Empapado y tiritando, regreso a mi alcoba y renuncio a seguir fingiendo que esto pasará por sí solo. Con ella en mi mente, el deseo no remite; mi excitación no disminuye.

Lo único que quiero es seguirla a su alcoba y mostrarle lo que ha hecho conmigo.

Hacer que me desee como yo la deseo. Que muera por mí como yo muero por ella.

Pero no puedo.

Es peligroso. Es una traición.

Tengo que mantenerme alejado de la tentadora.