Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 12. Maldito vestido
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Capítulo 12. Maldito vestido

Q ue los dioses me ayuden.

Le pedí a Astria que buscara un vestido adecuado para los festejos del risco de Creetan.

La fiesta dura horas y mi pueblo es famoso por lucir atuendos muy elaborados, sin restricciones.

Llevo décadas sin asistir. Apenas recuerdo qué se considera apropiado.

No sé nada de indumentarias, a decir verdad.

Nunca he prestado atención a los vestidos, hasta que llegó ella.

Noté que mi general me observaba con curiosidad, pero asintió sin hacer preguntas.

Ahora, el día de la celebración, tomo nota mental de que debo ponerme de rodillas y darle las gracias a Astria…

O asesinarla.

Isla está delante de mí con cuatro telas encima del color de mi reino y, por un momento, pierdo el aliento.

El tejido oscuro apenas le tapa el pecho.

Una abertura en la falda deja al descubierto la suave piel de su muslo casi hasta la cadera, y tengo que recordarme que debo parpadear mientras la devoro con los ojos.

Está despampanante. Es única, singular, deslumbrante.

Quiero exhibir su belleza delante del mundo entero.

Quiero asesinar a cualquiera que se atreva a mirarla.

Quiero encerrarla en mi alcoba para siempre.

La deseo de un modo posesivo y tierno que me asusta.

Porque no debería desear nada tanto como la deseo a ella.

La celebración del risco de Creetan es una especie de carnaval. Iremos disfrazados. Ella llevará una máscara, pero esos ojos verdes… Reconocería ese color en cualquier parte. Son los ojos que me atormentan en sueños.

Me atormentan en todo momento.

—¿Parezco una nightshade? —me pregunta en un tono una pizca aterrado, como si pensara que la intensidad de mi escrutinio implica que algo no va bien.

«Sí», pienso.

El vestido ha sido un maldito error.

Parece mi esposa.

Ahuyento el pensamiento al instante. «¿Esposa?». ¿En qué estoy pensando? Primero la idea del collar y ahora… ¿esto?

Los gobernantes nightshade no toman esposa.

Y, desde luego, no toman por esposa a una wildling.

Aunque aquí está ella, con una apariencia que encajaría a la perfección a mi lado.

Que encajaría a la perfección en todos los sentidos.

Hago un esfuerzo para que mi voz no suene forzada cuando digo:

—Servirá.

La espada percibe mis poderes. Hay una posibilidad de que esté allí esta noche, así que no debería usarlos.

Como medida de precaución, abro un portal en una localidad situada a más de cinco kilómetros del risco de Creetan y recorremos a pie el resto del camino.

Según nos acercamos a la celebración, oímos gritos.

Instintivamente le corto el paso a Isla con el brazo. Se me hiela la sangre en las venas. Un fuerte zumbido me satura los oídos…

Sin embargo, cuando mi visión se normaliza, veo que la mujer que gritaba… ahora está sonriendo. Abraza a la persona que tiene delante. A una amiga.

Todavía tengo el pulso acelerado.

«Los gritos…».

Isla actúa como un bálsamo que me devuelve al presente. Es un ancla que tira de mí con firmeza para atraerme a este momento.

No es consciente de mi tortura interna, pero su sola presencia basta para ayudarme a respirar con normalidad.

En lugar de sumirme en antiguos traumas, la observo.

Veo agrandarse sus ojos cuando contempla los festejos, y su asombro disminuye mi preocupación.

Cuando echa a andar hacia la fiesta, a través del gentío, no tengo más remedio que sacudirme el pánico de los huesos y acompañarla.

El tañido de los instrumentos se filtra entre la luz del día.

Frunzo el ceño al notar el aguijoneo de la música en el cerebro.

Pero ella sonríe. En otro tiempo yo habría disfrutado de una celebración como esta.

Lo hacía de vez en cuando en Lightlark, durante aquel breve pestañeo en que me liberé de todas mis responsabilidades y pude sentir realmente cada momento, sin el peso del deber.

Solo cuando nos abrimos paso entre la multitud soy del todo consciente de que esto no ha sido buena idea. Todo el mundo la contempla con admiración y yo tengo que luchar contra el impulso de liquidar a cada una de las personas que se atreve a mirarla.

Ahora bien, ¿cómo no hacerlo?

¿Quién puede culparlos por ello?

Desde el primer instante que la vi, su imagen se quedó grabada en mi alma y me dejó una marca infinitamente más profunda que la herida de su espada.

—¿Qué se siente? —susurra.

Me vuelvo a mirarla y tengo que refrenarme físicamente para no comérmela con los ojos.

—¿A qué te refieres?

—Al hecho de saber que ya no eres el temible gobernante todopoderoso de Nightshade. En una multitud como esta.

A ella le divierte que no pueda usar mis poderes.

La miro de soslayo.

—Aun así, podría matar a todos los presentes con mi espada.

Y puede que lo haga si no apartan los ojos de lo que es mío.

—A mí no.

Desvío la mirada al recordar que va a tener que morir.

—¿Te has olvidado de cómo acabó nuestro duelo?

—Entonces no te odiaba tanto. Estoy segura de que eso me ayudaría a ganar.

Reprimo la necesidad de emplear mis poderes, no vaya a ser que la espada esté aquí y capte mi presencia. Intuyo que, si pudiera leer sus emociones, no notaría ni una pizca de odio.

Ahora conozco bien sus expresiones. Puedo captar lo que está sintiendo, sin necesidad de recurrir a mis poderes, comprendo.

Nunca me había importado nadie lo suficiente como para aprender a descifrar sus emociones, al margen de mi poder. Pero a ella la he estudiado.

«A ella la he estudiado».

—¿Eso crees? —le pregunto en un tono levemente jocoso.

—No tengo ninguna duda —me responde sin la menor convicción.

Interesante.

Me pregunta cómo vamos a encontrar al ladrón, y es como un jarro de agua fría en mis pensamientos: me recuerda que estamos aquí para dar con la espada, no por diversión.

—Sabemos que tiene una serpiente. ¿Podemos encontrarlo de alguna otra manera? —Me mira con atención y, dioses, cuánto me gustan sus miradas. Por un momento me siento digno, quizá, de su interés—. ¿Sabes cómo obtener información sin cortarle las manos a nadie?

Todavía no ha superado lo que le hice al ladrón en la guarida, por lo que parece.

Sí que sé.

Hay una camarera que reparte bebidas. Me acerco a ella con la máscara puesta y no me reconoce.

Ninguna de estas personas sabe que su gobernante se pasea entre ellas.

Le pre gunto por el hombre que lleva una serpiente encima.

Por al guna razón, a la mujer le parece apropiado tocarme.

Me apoya la mano en el brazo y yo tengo que hacer un esfuerzo para no estremecerme.

Hago un esfuerzo para no retirarle la mano de malos modos.

No me gusta que nadie me toque, en particular cuando no me lo espero.

No tardo nada en obtener la información. Y estoy deseando ver la expresión de Isla cuando le demuestre que soy capaz de conseguir respuestas sin recurrir a mi espada.

—Sé dónde encontrarlo.

En lugar de mostrar admiración, parece enfadada. Me pregunto qué demonios puedo haber hecho para disgustarla.

Puede que mi presencia sea suficiente.

—Genial. Llévame.

Nos encaminamos a la carpa de los espectáculos. Está ahí. Es inconfundible. Un hombre con una serpiente alrededor del pecho.

Está mirando una función. Yo apenas me fijo en los artistas, que danzan tras unas telas transparentes. No captan lo más mínimo mi atención.

—Parece que está ocupado. ¿Cómo vamos a…?

En ese preciso instante se me ocurre una idea.

¿Reconocerá que no tiene poderes? ¿Seguirá con su actuación?

Echo un vistazo a los bailarines y luego a ella. Parece captar lo que insinúo de inmediato. Apenas soy capaz de contener el impulso de echarme a reír cuando su expresión pasa de la sorpresa al horror.

—De ningún modo, maldito demonio.

Me encojo de hombros.

—Entonces encontraremos otra manera. Simplemente se me había ocurrido que, al ser tan seductora y todo eso, tú podías usar tus poderes, ya que yo no puedo usar los míos.

Le estoy tendiendo una trampa.

«Dime la verdad —quiero decirle—. Confía en mí».

Otra parte de mí se opone a ello. «Nunca confíes en mí».

«Venga —pienso con desesperación—. Reconócelo. Reconoce que no tienes poderes o demuestra que me equivoco, por favor, demuestra que me equivoco. Dime que esto que noto en el pecho, esta experiencia de que realmente tengo un corazón y quiero entregártelo a ti, no es real».

Veo cómo el pánico transforma sus facciones, solo un momento, hasta que consigue relajarlas y adoptar una expresión de indiferencia. Levanta el mentón con aire desafiante.

No lo admitirá. Claro que no.

Eso hace que me guste aún más. Mi devoracorazones es tan terca y orgullosa como yo.

No quiere subirse a ese escenario.

—¿No puedes torturarlo para que nos dé la información?

¿Ahora sí que quiere recurrir a mis armas? Vaya, vaya…

—Claro que puedo, Devoracorazones. Pero ¿qué ocurriría si uno de los ladrones más infames, una de las pocas personas que conocen el paradero de la espada, apareciera muerto de una manera tan violenta? Levantaría sospechas. Supongo que si tú no eres capaz de usar tus poderes…

Adopta un tono ofendido.

—Por supuesto que soy capaz.

—No pasa nada. Encontraremos otra…

Eso la enfurece.

—No. —Su rostro sugiere que está decidida a demostrar que me equivoco. La rabia la torna audaz. Me planta la varita estelar en la mano—. Si me la robas, daré rienda suelta a mis otras maldiciones wildling —añade.

Se refiere a devorar mi corazón.

¿Acaso no sabe que ya lo ha hecho?

A pesar de todo, acepto la varita y la veo abrirse paso entre el gentío hasta la tarima, sorprendido de que lo esté haciendo realmente. Desaparece detrás de una cortina.

En el instante en que pisa el escenario, con una falda y poco más encima, comprendo que estoy perdido sin remedio. Porque ella no tiene poderes.

Y, sin embargo, me ha embrujado por completo.

No carga con la maldición de devorar los corazones de los hombres, pero yo le he entregado el mío por propia voluntad.

Y, aunque nunca me he encariñado con nada, solo puedo pensar en ella.