Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 11. Observar y desear #4
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Capítulo 11. Observar y desear #4

—Me transporté allí sin querer con la varita estelar. No funcionaba, y me perseguía un grupo de tus estúpidos guardias. La mujer al mando me agarró, y cuando quise darme cuenta estaba en aquella fila.

Ah.

Entonces no fue la consecuencia de un plan miserable. Fue accidental. Niego con la cabeza y me cruzo de brazos.

—Debería quitarte esa cosa. Lo único que está haciendo es acercarte más a la muerte.

«Te está acercando a mí».

—Puedes intentarlo —me dice en tono amenazador.

Bien. Me gusta cuando me amenaza. Me gusta cuando es consciente de su fuerza.

—¿Así que tienes un harén? —quiere saber. Lo pregunta en tono indiferente, pero emana emociones confusas. ¿Está… enfadada?

—No.

Se ríe, pero no con alegría. Me percato en ese momento de que nunca la he oído reír con júbilo.

Siento el extraño deseo de oírla reír a carcajadas. De escuchar su felicidad.

—Entonces ¿las mujeres hacen cola para acostarse contigo? ¿Se ofrecen voluntarias por el honor que supone?

La fulmino con la mirada.

—¿Quién querría acostarse contigo? —pregunta, y está claro que lo hace para fastidiarme.

Le funciona.

Se acabó. Me pongo de pie despacio y me acerco hasta que descuello sobre ella.

La veo tragar saliva. Un típico gesto de miedo.

Aguardo a sentir esa nube punzante que suele acompañar su temor.

No aparece. No…, siente algo totalmente distinto.

Lo noto como si mis labios resbalaran sobre su pulso, como si lo estuviera lamiendo.

—No sé, Devoracorazones —respondo con la voz tomada de contención y deseo—. Tú parecías bastante dispuesta.

Ella traga saliva de nuevo y su garganta… está muy cerca. Siento el impulso súbito, irrefrenable de morderla, de saborearla de todos los modos que ella me permita.

Habla sin convencimiento. Está claro que sus palabras son falsas.

—No. Estaba asqueada.

Esta vez sí que sonrío. Hace esfuerzos ingentes por oponerse a esto. Casi tantos como los míos. Se esfuerza al máximo por odiarme.

—¿Ah, sí?

Asiente con gesto altivo mientras yo apoyo las manos a ambos lados de su cama y me inclino para acercarle la cara. Su deseo se inflama, prácticamente lo noto en la lengua. Casi me induce a ponerme de rodillas. ¿Le gustaría eso?

Necesito que lo sepa. Necesito que sepa que soy consciente de todo.

—Percibo destellos de emociones.

Otro secreto que comparto con ella y que muy poca gente conoce. Palidece despacio mientras el pánico florece en su interior, y me complace demasiado verla tan afectada. Verla cobrar conciencia de que he sentido cada una de las emociones que ha experimentado en mi presencia.

—Y las tuyas eran muy pero que muy claras…

Contiene el aliento.

—… como lo son ahora.

Su pánico se dispara. Su deseo se profundiza.

A pesar de todo, se mantiene inflexible. Me mira con ojos feroces y una convicción infinita.

—Tus poderes se equivocan.

Ladeo la cabeza mientras lo medito. Mi mirada resbala de su pecho erecto a sus delicadas clavículas, de su cuello cautivador a sus labios. No solo deseo besarla. Deseo devorarla. Deseo dejarle mi huella.

—No —le digo—, no lo creo.

Despega los labios con el jadeo más quedo del mundo, un sonido que agudiza mis sentidos y me provoca un escalofrío en la columna. Sus ojos descienden a mis labios, a mis brazos, a mi pecho. De súbito su deseo se dispara, se mezcla con el mío hasta crear una necesidad cegadora y pulsante.

En ese momento estoy seguro.

Esto no es algo unilateral. No soy el único que observa y desea. Ella ansía esto tanto como yo.

Me ruge la sangre, que siente el tirón de la suya; algo inexplicable e inigualable vibra entre ambos.

Yo no sabía que dos personas pudieran experimentar gravedad mutua hasta que la conocí.

Ahora todos mis pensamientos y sueños giran en torno a ella, como si yo fuera una luna que orbita con adoración alrededor de su planeta.

Esto acabará conmigo. Ella acabará conmigo.

Y es muy posible que disfrute con ello.

Si no me muevo, haremos algo que imposibilitará los actos que debo llevar a cabo por el bien de mi reino.

Recurriendo a toda la fuerza de voluntad que poseo, me separo de ella y vuelvo a la butaca.

—Duérmete —le digo, consciente de que yo no voy a pegar ojo.

La veo gatear a su sitio en la cama y me pregunto cómo nos las arreglaremos para sobrevivir a esto.

Me quedo toda la noche velando su sueño y recordando cómo su seguridad inquebrantable ha vacilado cuando hablábamos de saltar entre portales. Recordando cómo sus emociones se han endurecido cuando sus guardianas le han gritado.

Puede que mi devoracorazones sea una idiota, pero no es débil. Aprenderá a doblegar la varita estelar a su antojo. Aprenderá a viajar adonde le plazca.

Yo le enseñaré.

El sol acaba de despuntar. Me revuelvo en la silla, consciente de lo mucho que me pesan las extremidades. Experimentar tantos sentimientos es agotador.

Casi se me escapa la risa. Siglos de autocontrol y esta gobernante que ni siquiera es consciente de sus poderes me ha convertido en un idiota rematado.

No puedo negarlo: ella me importa. Tengo que asegurarme de que no le pase nada malo.

Es irónico, sin duda, que su asesino en potencia se empeñe en mantenerla sana y salva. Está mal, ya lo sé.

Pero nada de esto está bien.

La dejo sola un rato para cambiarme de ropa y llevar a cabo mis deberes del día. Regreso por la noche. Parece sorprendida de encontrarme de nuevo en su alcoba. Si supiera que últimamente estoy más familiarizado con esta estancia que con la mía…

—Si vas a insistir en quedarte con mi objeto mágico y transportarte adonde te plazca, te enseñaré a no comportar te como una idiota.

Me fulmina con la mirada y su ira me atenaza como un puño de hierro.

—¿O qué?

Maldita devoracorazones, qué terca es. Su rebeldía se me antoja tan atractiva como cargante. Avanzo un paso para plantarme ante ella, de modo que tenga que levantar los ojos para mirarme.

—O te lo quitaré —le digo volviéndome a mirar el escondrijo donde lo oculta.

Miedo. Traga saliva.

—Está bien. ¿Cuándo me enseñarás?

—Ahora.

La agarro del brazo y me transporto con ella.

Pestañea. La observo fascinado mientras contempla el entorno. Quiero saber dónde se demoran sus ojos. Dónde no.

—Esto… ¿está en tu palacio?

—Es una sala de entrenamiento.

—No he traído nada.

Con un movimiento rápido de la muñeca, el artilugio que ella llama «varita estelar» cae de la nada. Su expresión de asombro me provoca una corriente cálida en el cuerpo.

—¿Cómo lo has…?

—Lo primero que debes saber es que tu instrumento no es fiable.

No le transmití mucho poder. —Recuerdo aquel día en que fui al herrero con su padre como si fuera ayer.

El proceso fue doloroso—. Cerca de otra persona con capacidad de transportación, no siempre funcionará.

El poder de transportación se basa en la visualización.

Por eso crees que no puedes ir a ningún sitio en el que no hayas estado antes.

Es raro explicarle a otra persona en qué consiste mi poder. Es uno de mis secretos mejor guardados. Uno de mis atributos más personales.

Y es más raro todavía que ella fuera a parar a mi palacio. Fue casi como si ella —o mi poder, en el interior del artilugio— se hubiera sentido atraída por mí.

—Entonces ¿cómo voy a un sitio que no pueda visualizar?

—Los mapas ayudan —le digo—. Es más fácil viajar cuando tienes una idea de la distancia y la relación con otros lugares. Bueno, con respecto a las distancias cortas…

Me transporto a su espalda, tan cerca que percibo su aroma.

Y su aroma…

Su aroma es idéntico a sus sentimientos: el veneno más potente y también, quizá, una cura. Me pregunto si existe un antídoto. Me pregunto si lo tomaría, si acaso existiera.

Hablo para distraerme de esos pensamientos tan peligrosos.

—Requiere mucho más control. Y el control se desarrolla con la práctica. —Está claro que lleva años usando la reliquia. Sin embargo, aún no la domina—. Intenta transportarte por la sala.

Ella cambia de postura y entorna los ojos con gesto concentrado. Dibuja su cúmulo.

La sigo…

A una extensión de arena volcánica.

El primer lugar al que yo me transporté.

Súbitamente, retrocedo muchos siglos en el tiempo. Soy un niño con los puños hundidos en la arena. El pánico ondea en torno a mí.

No es mío. Ahora también es el suyo.

¿Qué posibilidades había de que ella saltara entre portales precisamente aquí? ¿Como si lo hubiera intuido de algún modo? Como si… como si fuéramos aún más parecidos de lo que yo pensaba.

No puede saberlo. No puede saber lo que me está haciendo.

—Te has pasado un poquito de largo —le digo con la mente desbocada.

La transporto de vuelta al castillo.

Probamos una y otra vez, y ella aprende rápidamente. Transportarse en distancias cortas puede ser más complicado que viajar cientos de kilómetros. Requiere capacidad de concentración. Habilidad.

Mientras tanto, no me puedo quitar la playa de la cabeza. Nos parecemos… Nos parecemos mucho. Aunque, al mismo tiempo, somos como la noche y el día.

¿Es consciente ella de nuestras similitudes? ¿Piensa que nuestras vidas podrían llegar a estar entrelazadas?

Por fin, tras muchos intentos, empieza a dominar la técnica. Me invade una sensación de orgullo, de nuevo, como si su victoria fuera también la mía. Como si el fulgor de emo ción y placer que emite despertara en mí las mismas sensa ciones.

Su felicidad se apaga cuando le suelto un comentario grosero. Y esta es la realidad de nuestra situación, me digo.

Ella es una rosa en flor, maravillosa.

Yo soy la tiniebla que tapa su sol.

No sirve de nada fingir otra cosa.

Cuando terminamos de practicar la transportación, pasamos a la esgrima. Debería decirle que se marche. «Yo debería marcharme ». Bien saben los dioses que tengo mil cosas que hacer.

Pero me quedo.

Le enseño todo lo que puedo, empezando por la lección más importante de todas: podría matarla en cualquier momento.

—Muerta —le digo, dibujándole una ínfima línea de sangre en el pecho. A continuación deslizo la punta del arma por su barriga, cortando únicamente la tela—. Muerta.

Mi espada resbala por su cuello y me asaltan dos pensamientos alarmantes.

Uno. Si de verdad estuviera empeñado en salvar mi reino, la mataría ahora. Le pediría al augur que extrajera la sangre de su cuerpo y la usaría para romper la maldición de la espada cuando la encontrara.

Dos. Imagino que algo muy distinto ocupa el lugar de la finísima línea, casi imperceptible, que le atraviesa la garganta.

Imagino un collar.

—Muertísima —añado, y nuestros labios se encuentran a una respiración de distancia, y es así como me siento: muerto.

Pisando el terreno más peligroso. Precipitándome con ella a un destino fatal.

Un gruñido quedo brota de su pecho y prende el fuego en el mío. Bien. La devoracorazones se dispone a defenderse.

Ataca una y otra vez, con pericia, hasta que consigue arañarme el pecho.

Sonríe y al instante suelta un pequeño jadeo cuando su espalda impacta contra el suelo.

Estoy encima de ella de inmediato.

—Otra lección. A veces tu adversario te dejará darle un espadazo como distracción. —Desplazo la hoja al centro de su pecho. La toco solo una vez—. Muerta.

Su rabia y su calor aumentan por igual.

—Ya lo capto. Podrías matarme de muchas formas, incluso con una espada. Enséñame a hacerlo mejor.

Lo hago.

Le enseño. Le enseño todo lo que puedo, hasta que sus labios articulan una palabra inverosímil.

—Gracias.

«Gracias».

¿Cuándo fue la última vez que alguien me dio las gracias? ¿Cuándo fue la última vez que hice algo por alguien que no fuera por pura obligación?

«Esto es pura obligación», me recuerdo, aunque no tengo esa sensación.

Los ladrones nos dijeron que quien tenga la espada participará en cierto evento que tendrá lugar muy pronto en mi territorio.

—La celebración del risco de Creetan es dentro de tres días. Hazme un favor y no te mueras antes.

«Por favor», pienso, antes de transportarme.