Capítulo 11. Observar y desear #3
Se siente herida al instante. Casi me odio por ser el causante de ese dolor, pero no. Es mejor que se sienta herida. Es mejor que me odie.
Sin otra palabra, emplea su dispositivo para desaparecer.
Me siento solo al instante. Y con la misma rapidez me arrepiento de mis palabras. Me quedo allí, odiándome por haberla obligado a dejarme.
«Debes marcharte», le he dicho.
«Nunca debes marcharte», quería decirle.
Horas más tarde, estoy paseando por mi habitación.
No he conseguido hacer nada desde que se fue.
Estaba demasiado agobiado por esta nueva inquietud que me oprime el pecho.
Me la imagino desangrándose en la cama. ¿Y si los vendajes no estaban lo bastante prietos? ¿Y si la herida no se cerró del todo?
¿Y si ahora mismo está agonizando?
¿Y si ya se ha muerto?
Me prometí que dejaría de hacer esto, que no la espiaría más. Pero un pánico cegador me obliga a transportarme a su alcoba sin darle más vueltas.
Me alivia tanto verla profundamente dormida que resbalo al suelo.
«Ahí está —pienso—. Durmiendo como un tronco por los dos».
Estoy a punto de marcharme. Todo va bien.
Pero ¿y si eso cambia dentro de unas horas?
Pasado un instante, estoy sentado en la butaca que hay enfrente de su cama. La observo dormir igual que tantas otras noches.
Percibo sus emociones mientras sueña. Noto una descarga de pánico, y mis sombras actúan por instinto, acariciando su mejilla. Suspira y se da media vuelta. Sus sentimientos se apaciguan. Su sueño se torna más tranquilo.
Por una vez… soy una cura. En lugar de provocar dolor, lo mitigo.
Mis sombras todavía la acompañan y yo siento celos de ellas por primera vez en mi larga vida. Ojalá fueran mis de dos los que le acarician la sien. Los que se deslizan por su cabe llo. Los que le aportan algún consuelo.
Ojalá me mirara.
Se despierta de sopetón como si me hubiera oído.
Podría volverme invisible, pero no lo hago. Quiero que me vea.
Ella advierte mi presencia de inmediato. Pestañea rápidamente con los ojos todavía nublados por el sueño y ahoga un grito. Lo noto todo. Sus emociones están desprotegidas. Percibo las profundidades de su terror inicial, luego alivio y… algo más.
—¿Qué estás…?
—Me estoy asegurando de que no te desangras en sueños.
Enarca una ceja.
—Estoy bien.
Sus vendajes empapados de sangre cuentan un relato distinto.
—Puedes irte.
Por lo que dicen sus emociones, no quiere que lo haga.
Vaya, vaya.
Me arrellano en la silla para ponerme cómodo, deleitándome en la indignación que empieza a asomar a su expresión.
Es adorable cuando me odia, de veras.
Ahora entorna esos ojos verdes y sus manos aferran las sábanas.
Me asalta un pensamiento. Imagino sus dedos cerrados sobre las sábanas por una razón muy distinta y tengo que clavarme las uñas en las palmas de mis manos para no llevar la fantasía más lejos.
Porque me la he imaginado en esa situación, claro que sí. Con frecuencia. Debajo de mí, encima de mí, a mi lado, jadeando en mi oído, latiendo en torno a mí.
Hablo para librarme de esos pensamientos obscenos.
—Tu muerte sería de lo más inoportuna. Me quedo un poco más.
Su indignación prácticamente me arranca una sonrisa.
—¿Inoportuna?
—Inoportuna —repito—. Eres una inversión.
Es cierto. He dedicado décadas a la búsqueda de esa espada. Cada momento que paso con ella persigue un desenlace. Tengo que recordarlo.
Por lo que parece, esa palabra tampoco le gusta.
—¿Una inversión?
—Mi tiempo es valioso. Tengo mucho que hacer. He decidido trabajar contigo…, te he incluido en mi plan. Eres una inversión. No me sirves muerta.
Y viva aún eres peor para mí, si soy sincero conmigo mismo.
Ella me fulmina con la mirada. No lo haría con tanta frecuencia si supiera que es una de mis expresiones suyas favoritas.
Resopla y se acurruca de nuevo en la cama. No para de moverse. Está sufriendo. Noto su dolor en mi propia piel.
Y también noto algo más. Algo que torna casi doloroso estar aquí sentado, tan alejado de ella.
Finalmente se incorpora como si tampoco ella pudiera soportarlo más. Como si pudiera sentir hasta la última fracción de la tortura en la que estoy inmerso.
—No puedo dormir —reconoce.
—Es evidente. —Medito la situación. Los dos aquí, en sus territorios—. Si no vas a dormir, podría dejar que te quedaras en mi palacio. Y que te curaras allí.
No debería haberla obligado a marcharse. Siento un deseo brutal por mantenerla donde pueda verla, donde pueda asegurarme de que está sana y salva.
Por la espada, por supuesto.
Su repentina sensación de aversión me pilla por sorpresa.
—Detesto tu palacio —dice.
¿Ah, sí?
—¿Por qué?
—¿Aparte del hecho de que vives allí? —Eso casi me hace sonreír. Nadie más se atrevería a hablarme en ese tono. Solo esta maldita devoracorazones tiene el valor de hacerlo—. No hay color. Es tan… oscuro. No podría vivir en un sitio así.
No hay color. Vaya. Nunca me había fijado. Quizá por eso ella desentona tanto allí. Un brillante y luminoso brote de vida en mi oscuro castillo.
Sus palabras me duelen más de lo que deberían.
—¿Sabes qué? —me dice, ya cambiando de tema, ajena a mis pensamientos—. Mis guardianas me han cerrado la ventana por tu culpa.
Enarco una ceja inquisitiva, aunque sé perfectamente que tiene razón. Una llamarada rabiosa estalla en mi pecho al recordarlo. Esa guardiana suya debería dar gracias a las estrellas a diario de que todavía no la haya asesinado.
—Tenía… un cristal suelto. Lo viste cuando nos batimos en duelo. Era la única forma de escabullirme. Tuve que contárselo para explicar la herida del tobillo.
Noto el dolor, distinto al de la herida. Está claro que la ventana significaba mucho para ella.
—¿No puedes utilizar el instrumento de transportación para salir?
Me niego en redondo a llamarlo «varita estelar».
De súbito parece azorada. Avergonzada. Despega los ojos de los míos y mira al suelo. Siento el impulso de levantarle la barbilla, de obligarla a mirarme, pero me quedo quieto.
—Se… se me da fatal recorrer distancias cortas con él. Y solo puedo ir a sitios en los que ya he estado.
Ah. Todavía no domina la técnica.
Me siento transportado a siglos atrás, cuando yo tenía ese mismo problema. Cuando yo también estaba atrapado en una alcoba, desesperado por encontrar la manera de escapar.
No… Esta devoracorazones y yo no somos tan distintos como pensaba.
Recuerdo, durante un instante devastador, la desespera ción que sentía cuando estaba encerrado en aquella habita ción, antes de descubrir mi don. La sensación de soledad.
A ella le pasa lo mismo, comprendo.
—Lo siento. —Las palabras me salen solas antes de que pueda reparar en la cantidad de tiempo que llevaba sin pronunciarlas—. Por lo de la ventana.
«Debería haber matado a su guardiana, ya lo creo que sí», pienso. Antes de que sellara el panel. Antes de que la hiciera sufrir.
Me pregunta algo que me trae de vuelta al presente.
—Si tú creaste ese objeto, ¿cómo llegó a Wildling?
—No estoy del todo seguro —respondo, y es la verdad. Aunque no es toda la verdad. Eso no puede saberlo.
Pánico.
—¿Conociste… conociste a mi madre?
Frunzo el ceño.
—No. No he conocido a ningún wildling desde las maldiciones.
Alivio.
Nos observamos. Me quedo esperando a sentir otra emoción, a obtener otra pista de lo que le ronda por la cabeza, pero ella no hace nada más que devolverme la mirada con mi misma fascinación.
¿Qué le parece tan fascinante acerca de mí?
Nadie me ha sostenido la mirada tanto tiempo. Nadie se ha atrevido. Noto cómo cambian sus emociones. Empieza a ser demasiado consciente de la situación en la que nos encontramos. Ella, en la cama, prácticamente desnuda. Yo, aquí sentado, mirándola a pocos pasos de distancia.
—¿Siempre te toqueteas el pelo cuando estás incómoda? —le pregunto.
De inmediato devuelve las manos a su regazo y eso casi me provoca una sonrisa.
—No.
—Embustera. Te he visto hacerlo en no menos de tres ocasiones.
Es cierto. No sé si yo era consciente siquiera de lo mucho que me fijaba en su gesto.
Me mira entornando sus preciosos ojos. El hecho de que me escudriñe, aunque sea con malos ojos, hace que me sienta especial. Sin despegarme la mirada, gatea por la cama hacia mí, y ¿tiene la menor idea de lo que me está haciendo? Trago saliva.
—Yo aquí pensando que ni siquiera soportabas mirarme, y por lo visto has estado estudiándome con mucha atención —dice en un tono de voz distinto. Más ronco.
«No tienes ni idea».
Permanezco impertérrito.
—Eres mi enemiga. Claro que te estudio atentamente.
Cualquiera que no pertenezca a mi reino es mi enemigo. Siempre ha sido así.
No parece convencida.
—A ver, dime, nightshade —empieza, y yo observo sus labios con demasiado interés—. ¿Qué haces tú cuando estás incómodo?
—Rara vez lo estoy.
Adopta una expresión petulante.
—Me pareciste bastante incómodo cuando te apuñalé en el pecho.
Mi deseo no se enfría tanto como debería al recordarlo.
—Estoy acostumbrado a que me apuñalen.
—¿Por alguien con quien intentabas acostarte?
Se me crispa la mandíbula. Me acuerdo de aquel día. El día en el que, por primera vez, experimenté un deseo doloroso y sobrenatural, que concluyó con su intento de asesinato.
—Me engañaste. Si hubiera sabido quién eras, no te habría tocado.
Ojalá fuera verdad. Ya sé quién es y aquí estoy, duro como el acero, haciendo esfuerzos ingentes para no decirle todo lo que me gustaría hacerle ahora mismo.
Suelta una carcajada explosiva y eso no aplaca mi deseo. En todo caso, la deseo todavía más, si cabe.
—Si yo hubiera sabido lo que estaba a punto de ocurrir, no me habría puesto en aquella fila.
—¿Qué hacías allí, entonces? —le espeto.
Ojalá nunca hubiera aparecido en mi palacio. Ojalá no me hubiera maldecido con esta ansia implacable, con estos sentimientos semejantes a cuchillas que cortan en pedazos, meticulosamente, mi autocontrol.
Ella recula, asustada por mi tono de voz. «Bien. Aléjate de mí —quiero decirle—. Solo te voy a aportar dolor».
Habla con un hilo de voz.