Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 11. Observar y desear #2
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Capítulo 11. Observar y desear #2

A juzgar por la llamarada de deseo que proyectan mis guardias, apostados al fondo de la estancia, estas mujeres deben de ser deseables.

Pero no para mí.

Mis emociones permanecen tan impasibles como las aguas de un estanque.

Bien. Se supone que no debo sentir nada. «Perfecto».

Solo tengo que escoger. Puede ser cualquiera de ellas. Da igual. Estoy cumpliendo con mi deber. No significa nada.

«Escoge».

Los ojos me miran con avidez. Me invitan. Hay deseo en ellos. Me desean a mí. No tengo que hacer nada más que elegir, irme con una, disfrutar de la liberación y la distracción momentáneas.

Pestañeo… y solo veo el color verde. «Unos ojos verdes que me miran con rabia». Y rojo. «Un aura tan potente y saturada que se cuela en mis sueños». Cada uno de los tonos de aquello que nunca tendré.

Cada uno de los tonos de aquello que súbitamente necesito.

Ella no significa nada. Voy a demostrarlo. Voy a tomar a todas esas mujeres, una tras otra, sin pensar en la wildling ni una vez.

Avanzo un paso.

Luego me doy media vuelta y cierro la puerta a mi espalda. Uno de mis guardias está apostado fuera.

—¿Hay algún problema? Todas están de acuerdo, todas saben exactamente lo que…

—Despáchalas —gruño.

Me transporto de nuevo a la grieta.

Los drek ni siquiera están ahí. He cerrado todas las brechas. A pesar de todo me dejo llevar por la rabia, rugiendo, y mis sombras llamean en todas direcciones.

Me siento enfermo. Envenenado. Maldito.

La muy bruja… La odio. La odio a ella y todo lo que le ha hecho a mi mente.

Prácticamente carece de poderes y, sin embargo, posee un poder total y absoluto sobre mí.

Me sumerjo en mis deberes, en infinitas distracciones.

Y tengo distracciones para dar y tomar.

Hay rumores de grupos de rebeldes. Algunos reclaman incluso que asista al Centenario y ponga fin a las maldiciones de una vez por todas.

Los drek… Mataron civiles en el último ataque. Hay decenas, antes de que logre cerrar la grieta y liquidarlos.

Estoy agotado para cuando regreso a mi alcoba. Me despojo de la armadura y luego me quedo mirando a la pared. Tratando de reunir fuerzas para darme un baño.

Entonces…

Noto su presencia.

Todo mi cuerpo entra en estado de alerta; mis sentidos se agudizan. Está aquí. Y…

Está sangrando.

Mis sombras se derraman por el suelo de mi alcoba de puro terror y han pasado siglos desde la última vez que no fui capaz de controlarlas. Ella hace que pierda el control. Me vuelve temerario.

Me vuelve emotivo.

Hace poco más de una semana estaba gritando a los cuatro vientos lo mucho que la odio, pero al verla así…

Está en mitad de mi alcoba, amordazada. Retiro la tela al instante y el miedo me perfora los huesos mientras le examino el pecho. Le han practicado cortes como si fuera un animal.

—Lo siento. No debería haber… No sabía… no sabía adónde ir.

¿Acaso no sabe que no solo se lastima a sí misma cuando se comporta de manera imprudente? ¿Que también me hace daño a mí? ¿Que pone al mundo entero en peligro de acabar reducido a cenizas?

—Eres una necia —le digo.

—Soy muy consciente.

¿Qué ha pasado? ¿Quién le ha hecho esto? Me invade una rabia cegadora. Me lo voy a pasar en grande descuartizándole pedazo a pedazo.

—¿A quién voy a matar esta noche?

Tiene el valor de mostrarse sorprendida.

—¿Qué? A nadie.

Todavía no. Lo mataré, pero todavía no. No mientras ella esté sangrando tanto. Se morirá si no le cierro la herida.

Y la necesito viva para desbloquear la espada. Eso es lo que me digo. Por eso estoy tan asustado. Por eso tengo ganas de vomitar.

Observo su vestido desgarrado y empapado de sangre.

—No sé cómo sigues consciente —gruño. Es tan frágil…—. ¿Por qué no dejas de desangrarte?

«Su elixir sanador».

Me dice dónde está, y dudo que alguna vez haya saltado entre portales tan rápidamente. Estoy de vuelta en un instante. En lugar de dejarme que la cure, de permitir que la ayude, me arrebata el frasco de las manos y se vierte el remedio en el pecho sin pensarlo dos veces.

Su grito me hace temblar los huesos y mis sombras salen disparadas para arañar el suelo como si ellas también supieran que esto no debería estar sucediendo. Ella no debería sufrir. Si yo pudiera, soportaría el dolor en su lugar.

En vez de eso me quedo aquí sentado, sin poder hacer nada más que ofrecerle el rollo de gasa y mirar cómo se venda la herida con dedos expertos.

Cierro los puños al pensar de dónde ha sacado esa práctica.

Quizá esté más familiarizada con el dolor de lo que yo pensaba.

La furia hierve bajo mi piel. La sangre empapa los vendajes de inmediato. «Sangra demasiado».

El dolor que siente…

Lo noto. Lo noto como si fuera mío y es atroz.

No puedo hacer gran cosa. El elixir y las vendas sanarán las heridas. Pero no parece que la ayuden con el dolor.

Su gesto se crispa de nuevo. Sus labios se abren en un grito silencioso.

Ni siquiera sé lo que hago cuando bajo a las dependencias de la cocinera. Machaco chocolate. Lo derrito. No pienso en todas las razones por las que ella no debería importarme, porque me importa, está sangrando y sufriendo, y ahora mismo yo haría cualquier cosa con tal de aliviarla.

Me transporto de vuelta a mi alcoba y le tiendo la taza con brusquedad.

—Bébete esto.

Despacio, con sumo tiento, toma la taza. El pecho. Debe de escocerle horrores. No entiendo cómo es posible que no se haya desmayado de dolor.

Contengo el aliento mientras la veo beber. Estoy esperando algo, no sé qué, hasta que se le cierran los ojos. Hasta que noto la agradable sorpresa y la descarga de placer, dulce como el chocolate, antes de que otra ola de dolor engulla esas sensaciones.

Le gusta.

«A ella también le gusta».

No sé por qué ese hecho tan intrascendente se me antoja tan importante, una prueba de que quizá no somos tan distintos y, en consecuencia, ella no debería abandonar nunca mi alcoba.

Se bebe hasta la última gota y luego frunce el ceño.

—¿Tienes algo más para el dolor? ¿Qué hay de esa sustancia nightshade? —Hace memoria—. ¿Nightbane?

Se me hiela la sangre en las venas.

Me invade una furia complicada y ardiente, mezclada con miedo.

—Nunca probarás el nightbane —le digo.

—¿Por qué no?

—Es una droga. Te hace más feliz que nunca y te quita todo el sufrimiento.

Sigue en sus trece.

—Me interesa.

Será necia. Me preocupa más su vida que a ella, ¿y para qué? Si quiere portarse como una tonta, debería dejarla. Debería dejar que se muriera.

Aunque yo represento mucho más peligro para ella que la droga, siento la necesidad de hacer que lo entienda, de convencerla de que se mantenga lo más alejada posible.

—Te mata de forma lenta, metódica, eficiente hasta que pereces con una sonrisa en la boca. Consumido habitualmente, el nightbane es como una sentencia de muerte, y todo el que lo toma lo sabe.

Por fin parece renunciar a la idea y yo respiro un poco mejor.

—Entonces ¿por qué lo toman?

Yo nunca lo entendí, aunque ahora empiezo a hacerlo.

—Supongo que consideran que el placer…, por breve que sea…, vale la pena.

Todavía está sentada en el suelo. Maldigo el hecho de no tener más muebles. Aparte de la cama, mi alcoba está casi vacía. Es austera. Debería hacer algo al respecto. Me siento a su lado.

Me pregunta por qué no tengo nada más fuerte para el dolor y yo respondo con sinceridad. Algo que aprendí cuando era niño.

El dolor puede ser útil.

Se puede emplear para desbloquear niveles más profundos de habilidad. Con los drek y la grieta, mi dolor se ha convertido en un recurso importante.

Sigo contándole la verdad. Continúo hablándole y nunca había revelado tanto sobre mí mismo, a nadie. Pero siento la extraña necesidad de alejar su atención del dolor. Y algo todavía más raro, si cabe…: la necesidad de que me conozca. Porque puede que, si me conoce, ella me deje conocerla a su vez.

—Cuando tenía siete años, mi entrenamiento consistía en que me cortaran y me despellejaran hasta que apenas me quedaba piel en la espalda.

Abre los ojos como platos. El gesto va acompañado de un sentimiento que noto en los labios: preocupación. No pena…, sino preocupación. Como si tal vez no me odiara tanto como afirma.

Habla con voz queda.

—Qué atrocidad.

No se equivoca. Me limito a encoger los hombros.

—Aquí fue la costumbre durante mucho tiempo. Estaba pensado para endurecer el cuerpo y la mente en pleno crecimiento. En el sitio donde yo me entrené como guerrero…, nos castigaban por la más mínima infracción. En público. Las sombras se pueden convertir en las cuchillas más finas y afiladas.

—Eso es humillante.

—No lo era. Era una oportunidad de demostrar que no reaccionábamos al dolor.

Estar allí, recibiendo cortes y no m over ni un músculo de la cara…

, se consideraba una fortaleza. —Para mí, significaba que el dolor podía conquistarse.

Significaba que tal vez pudiera hacer lo propio con mis sentimientos.

Todo ese dolor… podía transformarse en otra cosa.

En algo útil—. Mi padre venía a mirar. Era un honor demostrarle que no me inmutaba ante el dolor.

Eso cuando todavía respetaba a mi padre.

Sigue preocupada. Interesante.

—Sabes lo mal que suena eso, ¿verdad?

Asiento. Lo sé.

—Por eso ya no se hace. Nuestro entrenamiento sigue siendo muy duro…, pero ya no es tan cruel.

Traga saliva. Miro su garganta con demasiado interés. ¿Qué sensación me produciría esa piel bajo los labios? ¿Bajo los dientes?

Su voz irrumpe en mis pensamientos.

—Pero… no tienes cicatrices.

Levanto mis barreras. Ha visto mi cuerpo.

¿Habrá pensado en mí a última hora de la noche, igual que yo he pensado en ella?

La idea me irrita tanto como me interesa.

Sabe que puedo borrar cicatrices. ¿Se preguntará por qué no he borrado la que ella me dejó?

—Tienes a un sanador moonling, ¿verdad? ¿O remedios sanadores moonling? ¿Te está ayudando Cleo?

Ya empieza con sus preguntas.

Demasiadas preguntas. De repente recuerdo mi plan. Lo que debo hacer.

—Debes marcharte —le digo, y es lo primero medianamente responsable que hago en toda la noche.