Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 11. Observar y desear
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Capítulo 11. Observar y desear

G racias al elixir de su pueblo, su tobillo sana con rapidez. Menos de dos semanas más tarde, reanudamos la búsqueda de la espada.

No está en los nuevos territorios wildling, como cabría suponer si realmente mi general se la hubiera apropiado.

No, según el herrero robaron la espada y su presencia fue percibida por última vez en Nightshade.

Por eso Isla sugiere que recabemos información entre los ladrones más famosos de mi reino.

Tan pronto como nos transportamos al pueblo pesquero, noto su descarga de pánico como veneno en mis venas.

Doy media vuelta, preparado para atacar a cualquier agresor.

Pero ella me está mirando a mí.

¿Me tiene miedo? ¿Por fin?

No… Según mi propia ola de terror se disipa, vislumbro la verdad.

Tiene miedo por mí.

Qué sentimiento tan absurdo. ¿A qué se debe?

—Tu maldición —dice. Señala la luna y luego a mí, por si no me he dado cuenta de que está ahí—. No puedes…

Ah.

—¿Salir de noche?

Asiente con vehemencia.

¿Nunca ha visto a uno de los míos sucumbir a la maldi ción? ¿No sabe que me habría convertido en un montón de ceniza a sus pies antes de que ella pudiera pronunciar una palabra?

No. Ha vivido encerrada en esa habitación. Las únicas veces que ha viajado a mis tierras con su artilugio fueron aquellas en las que se reunió conmigo.

—No será un problema —respondo, lacónico, antes de darme la vuelta.

Una llama de irritación mezclada con curiosidad aniquila su preocupación.

—Ni siquiera tú tienes suficiente poder para escapar de las maldiciones.

Suspiro. Es terca, igual que yo. No me dejará en paz, aunque daría cualquier cosa por que lo hiciera. Está claro que no sabe nada sobre su legado. Ni sobre su padre. No quiero restregárselo por las narices ni mentirle a menos que sea necesario, pero esto, lo reconozco, merece una explicación.

—No. Pero otra persona sí, y me hizo esto.

Le muestro el amuleto que llevo debajo de la camisa. Una sencilla pieza de metal colgada de un cordel irrompible.

Su perplejidad aumenta todavía más. Mi irritación hace lo propio. ¿Por qué tengo que darle explicaciones? No le deb o nada. Ni siquiera estoy obligado a hablarle.

La experiencia me ha enseñado que solo hay una manera de que deje de hacer preguntas, y es provocar su enfado.

—Aunque me halaga tu preocupación por mi bienestar —le digo en un tono que sé que detesta—, céntrate en buscar la espada. No en mí.

Lo he conseguido. Guarda silencio y percibo su ira, que arde en derredor.

Bien. Mejor que se enfade a que se preocupe por mí. Es tan absurdo que casi se me escapa la risa. Que le inquiete tanto el bienestar de su enemigo.

Pues, por más veces que la visite por las noches, todavía somos enemigos. Me apuñaló en el pecho. La engañé para que accediera a un plan que casi con toda seguridad desembocará en su muerte.

Una punzada de remordimiento me atraviesa el estómago y yo cierro las rejas que confinan mis emociones para acallarlas.

No puedo usar mi poder para transportarnos a la guarida de los ladrones, por si la espada está allí y detecta nuestro p oder, así que viajaremos en un bote de remos. Ella intenta coger uno, cómo no, y yo se lo arrebato. Lo único que hará será retrasarnos.

Cuando la tengo cerca, mi cuerpo es un ovillo cargado de electricidad. Me perturba. Si no puedo resolverlo de otras maneras, lo haré aquí, con estos remos, en el mar.

Empiezo a remar y me concentro en la tensión de mis músculos, en lugar de concentrarme en su presencia, a mi espalda. Casi me funciona, hasta que noto una emoción en ella que nunca me habría esperado aquí, en mitad del océano, en plena noche.

Miedo, tal vez. Curiosidad. Recelo.

No una ola de deseo.

Me está observando. Casi puedo notar su mirada igual que noto sus emociones.

Por primera vez en mi vida, no me conformo con mis poderes. Leer los sentimientos no me basta. Me gustaría poder leer la mente. Me gustaría saber qué le pasa por la cabeza exactamente. Y tener el valor de preguntárselo.

—Es sorprendente —dice al fin, sacándome de mi agonía.

Y eso es todo.

Nada más. Siento tentaciones de obviar sus palabras. Casi finjo que no la he oído. Pero la curiosidad gana la partida, unos minutos más tarde, cuando por fin muerdo su anzuelo.

—Dime, ¿qué es tan sorprendente?

—Tienes el don de viajar entre portales. Puedes ir a cualquier parte sin levantar un dedo. Y, sin embargo…, escalas rápido. Remas bien. Estás… musculoso.

Yo tenía razón. Me estaba observando.

¿Será posible que yo despierte tanto su interés como ella el mío?

«Pues claro», pienso. Pues claro que se ha fijado en lo mismo que me he fijado yo. Ella nunca ha recurrido a sus poderes. ¿Le habría gustado tenerlos? ¿Le sorprende que yo tampoco me apoye en ellos únicamente?

—¿Admirando mi cuerpo, Devoracorazones? —le pregunto, casi desesperado por saborear su descarga de turbación.

La paladeo y me complace de un modo extraño. Es como si pudiera sentir su rubor, su piel ardiente bajo los labios. Siento la necesidad extraña y repugnante de darme la vuelta y deslizarle los labios por la piel acalorada.

Me quedo muy quieto.

—En tus sueños —me espeta.

«En todos ellos —pienso—. Tú estás en todos ellos».

En vez de eso, digo:

—¿Me ibas a preguntar algo?

—Sí. Han pasado siglos desde la guerra. Puedes desplazarte a cualquier sitio con solo pensarlo. ¿Por qué… te man tienes en buena forma física? ¿Por qué…, cuando tienes tan tas capacidades?

Le digo la verdad. Algo que debe saber. Algo que quiero que entienda, pues ella no carece de poderes. No conozco el alcance de su magia, pero sé que está escondida, latente bajo la superficie.

—Nunca he dependido exclusivamente de mis poderes. El coraje de una persona reside en quién es por debajo de esos poderes.

Me vuelvo a mirarla. Necesito que me escuche con atención.

—Y solo un necio espera a que una guerra se declare para hacer preparativos.

Guarda silencio después de eso, y yo experimento gratitud y decepción a partes iguales.

Cuando arribamos a la costa, me giro hacia ella.

Hay algo en sus ojos. Algo en sus sentimientos. No está tan asustada como debería. Es una gobernante relativamente inexperta a punto de meterse en la guarida de los ladrones más peligrosos de Nightshade. Debería estar aterrorizada. ¿Cree que la voy a proteger?

—No te salvaré —le digo—. Si tengo que elegir entre tú o la espada, no me costará decidirme. Buscaré la forma de conseguirla sin ti.

Hablo en serio.

Tengo que hablar en serio.

—Soy consciente —me responde entre dientes.

—Bien.

Me sorprendo anhelando que no lleguemos a eso, aunque sé que será así.

Le mentí.

Oigo un ruido de cristales rotos y, que los dioses me ayuden, aunque le dije que no la salvaría, me transporto al piso inferior en un abrir y cerrar de ojos. La encuentro en el exterior, cubierta de cenizas.

Me siento infinitamente orgulloso. Hay que ser muy in genioso para matar a un nightshade tirándolo de una ventana.

Entonces se dobla sobre sí misma y vomita.

Suspiro.

No hemos terminado. Se derrama más sangre. Y, al final, cuando todos han muerto, no da saltos de alegría.

No. Está llorando. El hombre al que ha matado —y el que yo he liquidado después— era escoria, lo peor de entre los tipos que se dedican al tráfico de mucho más que objetos raros, y sin embargo su muerte la ha hecho llorar.

Noto esas lágrimas como cuchillas que me cortan las entrañas.

Todos sus sentimientos son como armas. Me afectan más que los de ninguna otra persona.

Se me hunden en la piel, como los castigos que solían infligirme. Es otra forma de tortura, pienso.

Porque… porque me importa. Me importa que esté llorando, aunque ese hombre no merezca sus lágrimas.

La transporto entre portales a su alcoba. «Pues claro que me quedaré», pienso. Esperaré a que las lágrimas se hayan secado. ¿Cuánto tiempo tarda normalmente en dejar de llorar? La última vez se quedó dormida. Nada más impidió que siguieran fluyendo.

Tiene los ojos cerrados. Si le enjugara las lágrimas, ¿dejaría de llorar? ¿Sollozaría aún con más sentimiento?

Alargo la mano, pero me detengo.

«Es tu enemiga —me digo—. La vas a matar».

Sus lágrimas no significan nada. «No pueden significar nada».

—Dentro de dos semanas hay una celebración en el risco de Creetan —le digo, cuando por fin recupero la voz—. Volveré entonces.

Aunque deseo quedarme con todo mi ser, me alejo con un salto entre portales.

La devoracorazones va a morir.

Es el desenlace ideal de las circunstancias actuales. Encontramos la espada. La desbloquea. El poder que requiere le hace daño; quizá incluso la mata.

Es inevitable.

Y precisamente por el leve parpadeo de remordimientos que me provocan esos pensamientos, sé que necesito mantenerme alejado de ella siempre que no estemos buscando la espada. Esta vez de veras.

Yo soy más fuerte que esto. Una mujer no va a aniquilar una determinación forjada a lo largo de cientos de años. Ella no es nada.

Así que dejo de transportarme a su alcoba por las noches.

En vez de eso, visito la grieta, que no para de abrirse.

Me sorprendo deleitándome en la lucha, pues es la mayor distracción de todas.

Canalizo la tensión que me embarga, los sentimientos y la furia hacia el poder, y lucho y mato hasta que todo desaparece.

Hasta que mi cuerpo no puede más y no me queda tiempo ni energía para visitarla. A veces caigo dormido directamente sobre la tierra, junto a la grieta.

Los días pasan sin ella y el alivio me inunda. Solo fue una tentación pasajera. Nada especial.

Para demostrármelo —que no significa nada, que no me controla—, le digo a Astria que convoque a las aspirantes.

Las mujeres aguardan en hilera, igual que la última vez. Todas llevan carmín en los labios. Todas vestidas con mínimas tiras de tela. Entro en la sala y me recibe su emoción efervescente. Han acudido de manera voluntaria. Saben muy bien lo que entraña.

Igual podrían ser personas sin rostro. No logro concentrarme en ninguna de ellas. Lo intento. Me obligo a mirarlas una a una.