Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 10. Me mata
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Capítulo 10. Me mata

C olaborar con la devoracorazones ha resultado ser aún más exasperante de lo que me esperaba.

¿Por qué el destino de mi reino tiene que depender de una mujer tan propensa a que… la maten?

Hace solo una hora que hemos emprendido nuestra primera salida juntos y ya ha estado a punto de morir despedazada por una pared de roca y asesinada por el herrero.

Es frágil. Es absurda y sensible, y habla demasiado para mi gusto.

Pero ¿es fácil capturarla? No.

Se las arregló para clavarle una daga en el ojo al viejo herrero, después de que él la persiguiera por el bosque. Fue mi pequeña prueba, para saber cómo se desenvolvía. Si se ría más un lastre que una ventaja en la búsqueda de la espada.

Esa no es la única razón de que hayamos venido. El herrero puede fabricar objetos encantados a partir de la sangre. Conoció a su padre; ha olido su sangre y me ha confirmado que ella puede romper la maldición de la espada.

Una parte de mí da gracias.

Otra albergaba esperanzas de estar equivocado…, de que ella no pudiera desbloquear la espada. En ese caso habría podido olvidarme de ella. Habría podido prescindir de ella.

Ahora la suerte está echada.

Como cabía esperar, en el instante en que nos separamos del herrero empieza a gritarme.

Su ira se dispara cuando pongo cara de aburrimiento al verla tan indignada.

No lo hago porque no me importe. Lo que pasa es que, en realidad, nunca estuvo en peligro.

Me mantuve a su lado todo el tiempo. Nunca habría permitido que le hiciera daño.

Soy lo más peligroso que va a tener que afrontar.

—¿Por qué? ¿Por qué le has dejado perseguirme? —me reprocha.

Percibo en ella un dolor complicado. Se siente… traicionada. Eso me hace fruncir el ceño. Que se sienta traicionada implica que de algún modo confiaba en mí.

Nos transportamos a su alcoba. Ahora que nos hemos alejado del herrero, empiezo a asimilar lo que estoy haciendo: planeo matarla y ella confía en mí.

Será necia.

Quizá su enfado esté justificado. Mi pequeña investigación le provocó una herida. Se torció el tobillo mientras huía del herrero.

Tendremos que hacer un descanso en la búsqueda de la espada para darle tiempo a recuperarse.

La dejo en casa. La noche siguiente tengo intenciones de continuar la búsqueda de la espada sin ella. Pero apenas he terminado de cerrar otra fisura en la grieta, cuando estoy tan cansado y dolorido que casi no puedo con mi cuerpo, y decido no seguir buscando.

No. Me transporto a su alcoba. Y entonces oigo los gritos en otra sección del castillo.

Son sus guardianas.

—Serás tonta —le dice una—. ¿Te crees que te tenemos aquí encerrada por gusto? No. Lo hacemos porque nos pones a todos en peligro cuando eres imprudente. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que mueran todos los habitantes del reino?

Mis nudillos palidecen de la fuerza con la que aferro los bordes de su butaca al oír cómo le grita su guardiana.

Me acuerdo muy bien. Me acuerdo de mis guardianas…

Oigo su voz a través de las paredes. Suena temblorosa. Busco sus emociones cerrando los ojos para concentrarme, y prácticamente me abrasan.

Experimenta… sentimiento de culpa. Tristeza. Vergüenza.

—Lo siento —dice.

Me tiemblan las narinas. Ni siquiera tengo claro el motivo, pero la idea de que se disculpe ante esa mujer… La idea de que esa mujer se atreva a…

—¡Pedir perdón no basta! —vocifera su guardiana—. Eres igual que tu madre. Y por culpa de eso… conseguirás que te maten. Conseguirás que nos maten a todos.

Su sorpresa y su dolor me inundan…

Pasado un instante estoy en pie. Traspaso las paredes hasta que las veo.

A las dos guardianas, juntas. Solo una de ellas habla. Isla está delante de ellas con la cabeza gacha. Las lágrimas brillan en sus mejillas.

Tengo que contenerme físicamente para no reducir a cenizas a la mujer que ahora señala a Isla. La rabia y la indignación me incitan a hacerlo.

Por poco lo hago.

Pero entonces Isla se da media vuelta para marcharse. Por poco me atraviesa. Su rostro se crispa cuando camina, como si aún le doliera el tobillo, y mis sombras invisibles se proyectan hacia ella con un movimiento instintivo.

La sujetan por debajo de los brazos con tanta delicadeza como para que no las note. A pesar de todo, se le dibuja una arruguita entre las cejas, como si advirtiera que el dolor se atenúa.

Su tristeza supera cualquier recelo. Lo noto, lo veo en su cara mientras se encamina despacio a su alcoba.

La guardiana que lleva la voz cantante la sigue. Yo me transporto y llego antes que ellas. Observo, con los puños cerrados, cómo la mujer sella el panel suelto de la pared acristalada. El que Isla ha usado antes para escabullirse. Debe de habérselo contado, para explicarle lo de la herida.

La devoracorazones se limita a mirarla; las manos le tiemblan junto a los costados. Su rabia y su dolor me inundan, pero ella guarda silencio.

«Habla», me gustaría decirle mientras me consumo por dentro.

«Defiéndete».

Pero no lo hace. Y, cuando su guardiana se marcha por fin, deja que su espalda resbale contra la pared de cristal y estalla en llanto.

Su debilidad debería asquearme. Los gobernantes no lloran. No lo han hecho en siglos.

En vez de eso… se me encoge el corazón. Estoy… ¿enfadado? Pero no con ella. Estoy enfadado con la persona que la ha hecho llorar.

Si su guardiana muriera de repente, ¿sospecharía ella que ha sido obra mía? No me importa demasiado.

Permanezco allí hasta que por fin se queda dormida, acurrucada en el suelo y con las mejillas manchadas de lágrimas secas.

No sé lo que estoy haciendo. Pero con cuidado, con sumo tiento para no despertarla, la cojo en brazos. La llevo a la cama. La deposito con suavidad sobre la sábana y luego la tapo con las mantas.

Hace frío, me digo. No quiero que muera. Está débil. No quiero que su herida empeore.

Pero nada de eso explica por qué me quedo allí toda la noche, sentado en la silla que he acercado a su cama.

Algo en ella ha captado mi interés. Puede que sea su carencia de poderes. Tal vez su linaje: wildling y nightshade.

Sea lo que sea, esto tiene que terminar. Me lo digo a diario, pero sigo viniendo, pensando que esta será la noche en la que pierda el interés, en la que sea capaz de renunciar a ella por completo, pero las garras de mi obsesión se me clavan más profundamente, igual que le pasa a cualquier adicto.

Solo es… una mujer. Cualquiera que la mirara con atención se daría cuenta de que es la mujer más hermosa que uno pueda imaginar, pero la belleza no significa gran cosa.

La belleza no basta para que se haya apoderado de mi mente.

Entonces ¿qué es?

¿Qué me ha hecho?

— ¿No tienes ni idea? —le pregunto en voz baja desde mis sombras. Ella no mueve ni un dedo—. ¿No tienes ni idea de que podría matarte de mil maneras distintas ahora mis mo?

Niego con la cabeza.

—¿No tienes ni idea de que me estás matando de mil maneras distintas?

No debería espiarla mientras duerme.

Me quedo hasta que despunta el sol.