Capítulo 9. Ella
L a grieta está empeorando.
Antaño pasaban décadas antes de que se abriera. Ahora sucede cada pocos días.
No podría visitar a la bruja para verla dormir ni aunque quisiera. Paso las noches inclinado sobre la grieta, purgándome de mis peores sentimientos y emociones. Provocándome dolor para poder transformar el sufrimiento en poder. Vaciándome hasta que acabo al borde del desmayo.
Estoy demasiado agotado para pensar en ella. Y quizá ese sea el problema. Quizá por eso me acerco más y más al borde, al fondo de mi reserva de poder, sabiendo que alcanzarlo me mataría. Mi agonía es tan grande que no puedo ni pensar en ella.
Ni siquiera mi dolor infinito es suficiente. No seré capaz de resistir mucho más. Tampoco mi ejército me puede ayu dar. Nada más que ese metal tan escaso perfora sus pellejos. Nada excepto yo puede convertirlos en cenizas.
Nada excepto la espada puede detenerlos para siempre.
Han pasado décadas desde que la estuve buscando. Si le pedí a mi general —el padre de Isla— que me ayudara a encontrarla fue también por otra razón, al margen de su habilidad.
Fue por su don. Porque era inmune a las maldiciones. La espada de Cronan arrastra una maldición desde hace siglos. La lanzó una poderosa nightshade que conocía su poder y temía que volviera a manos de Cronan. Maldijo la espada para que la sangre nightshade nunca volviera a apropiársela.
Y eso incluía a sus descendientes.
Se suponía que mi general rompería la maldición recurriendo a su don. Habría tenido que emplear una porción significativa de su poder. Habría matado a cualquier otro nightshade que careciese de su experiencia y dominio.
Puede que mi gente me tenga miedo, pero sé que a menudo ese no es el mayor incentivo para que hagan lo que les pido. Dediqué un tiempo a estudiar las limitadas emociones de mi general para desentrañar cuáles podían ser sus motivaciones.
Él odiaba el papel que le había otorgado el destino tanto como yo odio el mío. Era el asesino más hábil que he conocido, pero detestaba matar. Se detestaba a sí mismo.
Era algo que teníamos en común.
Luego me di cuenta de que también compartíamos el mismo sueño: escapar.
De modo que le prometí lo que yo nunca tendría: la libertad, a cambio de que encontrara la espada y rompiera la maldición para que yo pudiera empuñarla.
Había heredado su cargo y nunca lo abandonaría; o eso pensaba yo.
Nuestro acuerdo le permitiría liberarse de su deber.
El juramento lo indujo a buscar la espada como un poseso. Se convirtió en una obsesión. Le empujó a la muerte. O, de nuevo, eso pensaba yo.
En retrospectiva, comprendo que el miedo habría sido un incentivo mejor. Debería haberlo amenazado con matar a toda su familia si no encontraba la espada y rompía la maldición. Puede que en ese caso no me hubiera traicionado.
Necesito ayuda para encontrar la espada. Pero está claro que es demasiado arriesgado confiarle la responsabilidad a una persona de mi corte.
Una idea cobra forma en mi mente.
Ella. Puedo utilizarla a ella.
Pero no controla sus poderes… Sospecho que ni siquiera sabe que los posee. La espada de Cronan no tiene parangón. Si ella intentara vincularse al objeto, apropiárselo plenamente, los poderes que alberga estallarían. Su don rompería la maldición.
Lo más probable es que ella muriera. La avalancha de poder que provocarían la espada y su habilidad… No sobre viviría a eso. No sin décadas de entrenamiento. Y no tenemos tiempo. La idea de que ella muera me provoca un extraño desasosiego. Y quizá por eso debería hacerlo.
Descarto la idea. Ella me odia, tal como yo pretendía. Nunca confiará en mí. Nunca aceptará ayudarme a encontrar la espada. Nunca la desbloqueará por propia voluntad.
Encontraré otra manera de detener a los drek.
Pasadas unas semanas, hay disturbios en el mercado.
—Ocúpate —le digo a uno de mis guardias. Astria está en la grieta, revisando la costura en busca de puntos débiles. Los otros son completamente inútiles si mi general no los supervisa.
Pasados unos momentos, regresa el inepto del guardia. Abre la boca para darme una excusa que apenas escucho.
Pongo los ojos en blanco.
—Yo me encargo —gruño irritado antes de desaparecer.
Noto su presencia al instante.
Noto la presencia del artilugio.
Ella está aquí.
Solo tardo un momento en encontrarla con un salto entre portales. Está de rodillas, aferrando la reliquia que fui tan necio de dejarle conservar.
Le dije que se mantuviera alejada. No me hizo caso. Ha sembrado el caos en el mercado. El jaleo resuena por doquier. Mis hombres no están muy lejos. De momento, ella ha logrado escapar. Sería más admirable si ellos no fueran un atajo de idiotas.
Debería dejarla marchar. Está más segura lejos de mí. Yo estoy más seguro si ella está lejos…
Mi mano se extiende sola. El portal que ella estaba creando se encoge y desaparece, en deferencia a mi habilidad.
Levanta los ojos para mirarme y…
Sus sentimientos me inundan.
Miedo. Pero también… algo más. Algo que ya percibí en otra ocasión, cuando aferró el dispositivo contra el pecho.
En un pequeño rincón de sí misma se alegra de verme.
—Tú —le digo.
«Ella».
En ese momento comprendo que no voy a dejarla marchar. Le di la oportunidad de no volver. Le di la oportunidad de librarse de mí. Ahora ha regresado por propia voluntad.
Es mía.
El plan es monstruoso. Pero también las circunstancias lo son.
Necesito esa espada. Hacerme con ella me permitiría librarme de mis dos problemas principales.
Los drek… y ella.
No podrá atormentarme si está muerta.
Las horas transcurridas desde que la encontré me han dado tiempo para pensar.
Mi general desapareció. Dejó atrás toda su vida.
Su familia —a la que sé que amaba— le lloró.
Él tenía el convencimiento de que estaba a punto de encontrar la espada.
¿Por qué no me la trajo? ¿Por qué no se ganó la libertad?
¿El derecho de hacer lo que quisiera sin tener que fingir su muerte?
Aunque se hubiera enamorado de la madre de Isla, podría haberme dado la espada y luego haberse marchado con ella.
Podría haber visitado a su familia siempre que hubiera querido.
Habría sido un acto de traición, es verdad, pero no creo que nos hubiéramos enterado, teniendo en cuenta la distancia entre los dos reinos.
Puede que la espada no estuviera donde él creía. Tal vez esa fuera la única manera que encontró de huir de su deber sin recurrir al arma.
O…
O quizá encontró la espada. Puede que la encontrara y decidiera no romper la maldición que pesaba sobre ella. Y eso significa que quizá fuera la última persona que la esgrimió.
Es una deducción aventurada. Pero si tengo razón, implicaría que Isla no solo es capaz de romper la maldición de la espada, sino que podría serme útil para encontrarla.
Si estoy en lo cierto…, la espada percibirá el poder de su padre en ella. Las espadas antiguas son casi sintientes. Pueden ser muy obstinadas. Quizá permita que la encontremos si ella está conmigo mientras la busco.
Las prisiones son gélidas, incluso para mí.
Los golpes de mis botas reverberan contra el húmedo suelo de piedra.
Las paredes recuerdan a las de una caverna, los techos son tan bajos en algunas zonas que tengo que agacharme.
Se elevan a medida que me interno en una parte más antigua y tranquila de las mazmorras.
Ahí está.
Cuelga de las muñecas y viste una ridícula prenda que apenas se puede considerar vestido.
Los guardias le han quitado la capa y el dispositivo para saltar entre portales, y la han dejado solo con ese trocito de seda encima.
Tengo que recurrir a todo el autocontrol que poseo, obtenido con tanto esfuerzo, para no mirarle el cuerpo.
Eso hace que la odie aún más, si cabe.
—¿Se supone que esto tiene que pasar por negro?
La prenda, en el mejor de los casos, es color berenjena.
Noto el estallido de emociones como si la tuviera delante de mí, como si no hubiera barrotes entre los dos.
Siento el cosquilleo de su vergüenza al mismo tiempo que veo enrojecer su piel. Repara en mi mirada. Me culpa a mí, por alguna razón, de sus circunstancias actuales.
Ha sido ella la que ha desoído mis órdenes. Ha sido ella la que se ha transportado directa al mercado, precisamente, donde estaba claro que se iban a fijar en ella.
—Demonio —me insulta, y no se equivoca.
—Necia —replico yo.
Reduzco las cadenas a cenizas y ella cae al suelo. Su descarga de dolor se me antoja hielo en la piel. Siempre olvido lo frágil que demuestra ser en ocasiones.
—Juraste que no volverías —la acuso.
Tiene el descaro de discutir conmigo. Todo aquel que lo ha intentado ha perdido la vida.
Ella también acabará muerta, supongo.
Nos enzarzamos en un toma y daca dialéctico, igual que si fuera otro duelo. Es tan terca que posiblemente hablo en serio cuando me doy media vuelta para marcharme amenazando con dejarla ahí. Ella grita y yo casi pongo los ojos en blanco.
—¿Me vas a retener aquí?
¿Cómo se atreve a adoptar un tono tan indignado? ¿Cómo se atreve a sentirse conmocionada y dolida?
—Te presentas en mi reino utilizando una reliquia robada. Me apuñalas en el pecho. Vuelves y te escondes en mis aposentos. Luego vuelves otra vez y atacas a un hombre inocente en plena calle.
Su llamarada de ira parece fuego en esta mazmorra oscura y fría.
—¿Inocente? ¡Quería arrancarme la cabellera y vender mi pelo a mechones!
Encontré a ese hombre. Lo encontré con un hilo de vida, desmadejado en un callejón.
Terminé el trabajo por ella.
—¿Con qué clase de gente esperas cruzarte en el mercado nocturno, Devoracorazones?
La última palabra rezuma sorna, aunque suavizo el tono en mi mente.
—Me llamo Isla —me recuerda, y sus ojos verdes destellan con furia. Las llamas bailan por toda mi piel. Tiene el valor de lanzarme una mirada asesina a través de los barrotes.
—Yo nunca te llamaré así —replico.
—¿Por qué?
La miro de arriba abajo.
—Llamar a alguien por su nombre es una señal de familiaridad. De respeto.
Le tiemblan las narinas.
—¿No me respetas?
Encojo los hombros.
—No parece que tú respetes tu vida. ¿Por qué debería hacerlo yo?
Suelta una carcajada explosiva.
—Está bien. No me respetes. Me da igual. Tú no eres el motivo por el que he venido.
La bruja es impotente ahora mismo, pero sus palabras me han dolido. Frunzo el ceño.
—Eso está claro. ¿Y por qué estás aquí? —le pregunto con brusquedad.
—¿Por qué estás tú aquí? —pregunta a su vez.
Mi plan. Me alegro de que me lo haya recordado.
—Creo… que podríamos ayudarnos mutuamente. Tengo un trato que proponerte.
Su sorpresa estalla como un rayo.
—¿Un trato?
—Estoy buscando una espada. Creo que tú puedes ayudarme a conseguirla.
«Y desbloquearla con tu vida», son las palabras que me callo.
Le cuento más al respecto y le prometo que, si me ayuda, seremos aliados en el Centenario. Es mentira, por supuesto. La veo fruncir los labios mientras lo medita. Cierro los puños con impaciencia, mientras ella sigue pensando. No tiene prisa.
Por fin me dice:
—No.
Me quedo atónito. ¿Está presa y se atreve a rechazar la única posibilidad de libertad que tiene? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que alguien me dejó perplejo?
—¿No? —pregunto con incredulidad.
Encoge un hombro enfundado en ese ridículo —y exasperante y magnético— vestido.
—No.
Se me crispan los dedos de las ganas que tengo de hacerla entrar en razón.
—Muy bien —respondo, reprimiendo a duras penas la ira que me embarga.
Si quiere morir en estas mazmorras, no es mi problema.
Encontraré la espada por mi cuenta, aunque sería más fácil si me ayudara.
Buscaré la manera de obligarla a romper la maldición desde el interior de esta prisión.
Quizá amenazarla con destruir su reino bastaría para convencerla. ¿A sus guardianas, quizá?
Me doy media vuelta.
—Espera…
Me detengo.
—No me dejarías aquí, ¿verdad?
Su voz delata hasta qué punto le preocupa que me marche realmente.
—Sí.
Lo digo en serio. Aunque solo sea para tenerla localizada y asegurarme de que no me provoca más dolores de cabeza con su temeridad.
Sigo andando.
—¡Está bien! Está bien. Pero solo si me devuelves la varita estelar.
El horror me desencaja el semblante.
—¿La qué?
—El artilugio para viajar entre portales.
Dioses del cielo. Transporto su «varita estelar» a la celda.
—Estoy convencido de que me arrepentiré de esto —le digo muy en serio antes de tendérsela.
Sonríe y yo trago saliva. Qué expresión tan pura. Qué emoción tan sencilla.
Frunzo el ceño. No debería estar tan contenta. No lo estaría si supiera a qué ha accedido.
Acaba de condenarse y ni siquiera lo sabe.