Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 8. Mía #2
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Capítulo 8. Mía #2

Aunque se mantiene firme, su seguridad en sí misma vacila. Sabe que no puede vencerme, que va a ser derrota da. Su mirada se nubla, como si estuviera perdida en el labe rinto de su mente reconcomida por la duda.

Consigo abrirme paso, solo un corte superficial en el brazo.

«Mírame —quiero decirle—. Mírame a los ojos».

Algo cambia cuando lo hace. Su seguridad aumenta. Hace una mueca. Debe de tener un plan, pero eso ni siquiera me molesta. Una oleada de orgullo —por los dos— me inunda cuando encuentra el camino de vuelta a sí misma.

A pesar de todo, le digo:

—Pareces demasiado confiada para alguien con tan poca habilidad.

La pulla solo sirve para alimentar su resolución. Bien.

Ella encaja cada uno de mis golpes una y otra vez, avanza, me fuerza a retroceder un instante. Entorno los ojos mientras intento entender lo que está haciendo. Mientras intento decidir si voy a dejar que se salga con la suya.

Rodea un árbol y yo me abalanzo contra ella, de súbito desesperado por poner fin a este duelo que ahora mismo parece más bien un baile, una conversación, un encuentro.

Y noto que me hundo cuando el terreno cede a mis pies y me atrapa.

Bajo la vista y frunzo el ceño al ver el foso de arena en el que me he metido. Intento moverme. Estoy atrapado. Consigo rechazar su siguiente avance.

¿Ha pensado que esta arena me detendría?

Sí. Lo piensa. Su oleada de rencor lo dice todo.

Idiota.

Hago una mueca.

—Sabes que podría salir de aquí si creyera que afectaría de algún modo a mis posibilidades de ganar.

—Y yo creo que eso se consideraría hacer trampas —dice.

La miro con incredulidad y mi propio fastidio llamea.

—¿Y atraparme en esta sustancia repugnante no lo es?

Se acabó. Descargo la espada con un golpe circular y ella lo bloquea, deteniéndose justo al borde de la trampa de arena. Tiene ventaja, porque ella puede mover los pies, pero tengo que reconocer que su técnica es admirable.

Aunque no lo suficiente.

Molesto por el hecho de que haya sido tan ingenua como para pensar que tenía alguna posibilidad de vencerme —por el hecho de que haya invadido mi órbita como un maldito asteroide—, alargo el brazo entre las hojas y, agarrándola por la pechera de la camisa, caigo hacia atrás, arrastrándola conmigo.

Me golpeo la cabeza contra la arena, pero no me importa que los granos me inunden.

No, solo puedo concentrarme en su cuerpo, que ahora está a pocos centímetros del mío, tan solo separado por mi brazo y mi arma.

Solo puedo ver sus ojos verdes, tan abiertos.

Solo puedo saborear su sorpre sa. Y algo más… , algo inesperado.

Una pizca de deseo que no es nada comparado con el mío. Solo es un grano de arena al lado de mi necesidad.

Mi hoja le apunta al corazón.

Pero me siento como si fuera ella la que me apunta con una espada.

Por ese motivo le digo:

—No quiero volver a verte por mis tierras.

Y me transporto entre portales.

No la veo en mis tierras, pero la veo en mis sueños.

No me dan tregua. Son exasperantes.

Pero las pesadillas que antes me atormentaban, aquellas en las que me despertaba viendo el palacio de invierno cubierto de la sangre de mis hermanos, aquellas en las que los drek irrumpían de una vez y para siempre…, esas han cesado.

Me pregunto qué es peor, si soñar con las batallas o soñar con ella en mi bañera. Sus ropas empapadas y pegadas a cada centímetro de su cuerpo.

«Es absurdo».

Ella me ha convertido en un idiota.

Juró que no volvería a mis tierras, pero yo no le hice a ella la misma promesa.

Antes de que pueda recordarme todas las razones por las que no debería pensar en ella en absoluto, estoy en su alcoba, solo una semana después de verla por última vez.

No está durmiendo.

No.

«Está bailando». Sola. Canta y gira por su habitación como si fingiera estar en alguna otra parte.

Y no tengo claro si tiene la voz más hermosa que he oído jamás o si sencillamente he perdido el juicio, pero estoy extasiado.

La veo sonreír y girar en grandes círculos irradiando felicidad como un rayo de sol y…

Mi propia fascinación me horroriza.

Pero no puedo dejar de mirar. Despacio, me sorprendo des plomándome en una silla para poder observar su resplandor.

Sé que esto está mal. Yo, invisible, mirándola. Estar tan obsesionado con cada uno de sus movimientos.

Pero no soy famoso por hacer las cosas como deben hacerse.

Así que la miro mientras da vueltas por la alcoba, cantando una canción, bailando y haciendo ondear la falda.

Nunca he prestado atención a los vestidos, pero este…

Este… Me grabo en la mente cada detalle.

La curva del es cote, que revela un atisbo de piel.

Los lazos de la espalda, atados con nudos flojos.

Me imagino desatándolos muy despacio. Pienso en lo fácil que sería romper esa tela, si me dejara. Si ella…

Cuando se da la vuelta, capta su reflejo en la fila de espadas y su sonrisa se apaga. Contiene un grito y se detiene.

Como si hubiera visto mi reflejo junto al suyo. Porque lo ha visto. Durante un breve instante me he descuidado y nos hemos reflejado juntos, de un modo en el que nunca podremos estar.

Se gira a toda prisa, pero he desaparecido. Soy invisible otra vez.

No respiro. Lo que acaba de pasar nunca me había sucedido.

He perdido el control un instante. Mis sombras, normalmente infalibles, se han movido sin que yo me diera cuenta y se han encharcado a mis pies. Me han dejado expuesto.

Las sujeto con mano de hierro ahora, tensas en torno a mi cuerpo.

Por esto es peligrosa. Hace que pierda el control de mis sentimientos, de mis habilidades, de mí mismo.

Me transporto al castillo y me prometo que nunca volveré.