Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 8. Mía
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Capítulo 8. Mía

— N os han comentado… que los encuentros con las aspirantes se han demorado. A pesar de las medidas extraordinarias de seguridad —dice un miembro del consejo. La voz prácticamente le tiembla de miedo, un temor que yo percibo como una nube pútrida a su alrededor.

Se encoge, como esperando que mis sombras le estrujen el cuello.

Bien. El miedo es una motivación sólida. Frunzo el ceño al darme cuenta de que fue mi padre el que pronunció esa frase.

Supongo que no le puedo reprochar que esté preocupado. No, si ha pasado otra semana sin ningún intento por mi parte de garantizar un heredero.

Le hago caso omiso y continúo con la reunión.

El mismo consejero tiene el descaro de seguirme después de camino a mis aposentos, por los pasillos de obsidiana, de tal modo que no puedo transportarme sin más como pretendía.

«Debería matarlo», pienso. Pero mi consejo se reduce a ocho miembros. Maté a otro hace unos días, al descubrir que estaba traficando con una variedad especialmente adictiva de nightbane.

El consejero repasa sin aliento las novedades de cada una de las aldeas y legiones de guerreros, así como las novedades sobre agricultura y la cantidad de gente que sigue muriendo a causa de nuestra maldición. Cuando llegamos a mi alcoba, por fin vuelve a sacar el tema.

—¿Las aspirantes no te parecen aceptables? —dice al tiempo que me sigue al interior, algo que debería bastar para sellar su destino si yo no estuviera tan cansado, maldita sea. Demasiado cansado para matar, por lo que parece.

—Están bien —gruño, aunque no me acuerdo de ninguna que no sea ella.

—Porque, si no lo fueran, podría tratar de…

—Están bien —repito al mismo tiempo que me doy media vuelta. Las sombras se extienden por las paredes.

El consejero traga saliva. Su miedo aumenta.

—Muy bien, gobernante. No… no hace falta que me acompañes a la puerta.

Abandona mi alcoba prácticamente a la carrera, y yo suspiro. Esta jornada ha sido tan horrible como la anterior.

Necesito… Necesito despejarme. Entro en el baño y me despojo de la camisa. Abro el grifo de la bañera, como si el agua pudiera llevarse mis problemas y el estrés. En ese instante, oigo un grito.

Me parece que conozco la voz.

No. Seguro que me lo he imaginado.

Me quedo tenso un momento antes de acercarme a la bañera y mirar el interior.

No me lo he imaginado. Es ella. La bruja wildling.

Empapada en mi bañera.

«¿Qué hace en mi bañera?».

Me sacudo el deseo doliente que me atraviesa y digo, con un tono de voz que transmite lo molesto que me siento por el hecho de que, justo cuando me he propuesto olvidarla, ella aparezca en mi puta bañera:

—¿Has perdido la cabeza?

Empieza a balbucear como una idiota y me enseña un pequeño vial. Me lo lanza y yo lo cazo al vuelo.

—Es un ungüento curativo —dice—. Para… para eso.

Señala mi cicatriz.

Cómo explicarle que antes preferiría morir a borrarla. Me recuerda… me recuerda a ella.

Me recuerda que es una bruja malvada y embaucadora.

Empieza a balbucear otra vez. Acaba diciendo:

—He venido en son de paz. No tenemos por qué ser enemigos.

Si tuviera fuerzas, me reiría.

Oh, pero qué equivocada está. Seremos enemigos de por vida, aunque solo sea porque me ha sometido a la atroz experiencia de sentir algo.

Incluso ahora, que estoy más agotado y vacío que nunca, noto que mis emociones se despliegan como atraídas por ella, como si cobraran vida en su presencia.

Es un fastidio.

Tiene que marcharse y no volver nunca. Debe entender que eso que dice no va a pasar.

Tiro el vial al lavamanos y la veo hacer un gesto de dolor cuando se hace añicos.

Entonces le digo:

—Sal de aquí.

Irradia furia. Bien. Me alegro de que esté enfadada. Me quedo esperando a que se marche, a que me deje en paz de una puta vez, pero no lo hace.

En lugar de eso, se inclina hacia delante, hacia mí. Yo gruño y me aparto, como si fuera venenosa.

Es venenosa. Es dañina.

No puedo mirarla. No sin tener la sensación de que pierdo el control poco a poco. Me doy media vuelta para marcharme y su voz me detiene.

—¿Qué quieres entonces? —pregunta—. ¿Qué puedo darte?

Mi cuerpo se tensa.

Durante un instante pienso en todas las cosas que quiero, aunque se supone que los gobernantes no queremos nada.

«Puedes dármelo todo —pienso, a la par que—: Puedes tomarlo todo».

Quiero que salga de mi cabeza. La quiero en mi cama. Quiero cada uno de sus pensamientos. Quiero no volver a verla en mi vida.

En vez de eso, le digo:

—Eres incapaz de darme nada de valor.

Excepto devolverme la cordura, quizá.

Noto la rabia que la invade, mezclada con una vergüenza ardiente.

Me enorgullezco de ser la causa, pero también me odio por ello.

Entonces dice algo que me pilla por sorpresa.

—Pues resolvámoslo con un duelo. Si gano, todo el rencor entre nosotros quedará en el olvido. Y podremos empezar de cero en el Centenario.

Me vuelvo a mirarla y contengo una carcajada. ¿Tiene la menor idea de lo que acaba de proponerme? ¿Acaso no sabe la cantidad de personas que han sucumbido a mi espada?

Si lo supiera, no me invitaría a batirme en duelo con ella.

Además…, ¿por qué da por supuesto que iré al Centenario, si nunca he participado?

¿Sabe eso siquiera?

Recibí la invitación del rey recientemente. Al instante la reduje a cenizas. ¿Por qué iba a asistir a un encuentro con un grupo de personas que con toda probabilidad se proponen matarme?

—Solo un idiota creería que puede vencerme en un due lo —le respondo, porque es verdad. No sabe que Lark Crown, su antepasada, sigue viva, enterrada debajo de Nightshade. Piensa que su muerte aniquilaría a todo su reino. Y eso hace que su oferta sea sumamente imprudente.

Su desesperación despierta mi curiosidad.

¿Y si su pueblo corre tanto peligro como el mío?

Está claro que asistirá al Centenario. Está claro que cree que yo participaré. No quiere que yo sea su enemigo en el certamen.

Vaya, vaya.

Me fulmina con la mirada, aunque noto que su seguridad flaquea. Pero levanta el mentón para decir:

—Los wildling somos guerreros, igual que tú.

Eso casi me arranca una sonrisa.

—No, Devoracorazones. Igual que yo, no.

En ese momento, bajo su penetrante mirada, recuerdo que no llevo camisa. La recojo y me la enfundo mientras noto el cosquilleo de su azoramiento. Como si fuera la primera vez que ve a un hombre desnudo.

¿Es la primera vez?

Vive encerrada en esa habitación como una prisionera, aunque tiene mi artilugio. Por alguna razón, la idea de que lo use para sus encuentros amorosos me provoca un sabor amargo en la boca.

«Ya basta». Ya me ha arrebatado suficiente tiempo y cordura.

Esta podría ser mi oportunidad para librarme de ella de una vez por todas.

—Muy bien —le digo—. Y, cuando gane, no volverás aquí nunca más. Me he cansado de ti.

«Me he cansado de pensar en ti».

Sale despacio de la bañera con las ropas empapadas y pegadas a cada curva de su cuerpo. Tengo que hacer un esfuerzo para seguir respirando.

Tomo su mano con la intención de transportarnos a los dos a otra parte, haciendo caso omiso de la suavidad de su piel.

—Tengo mis espadas en la alcoba —dice.

Nos transportamos allí en un instante. A estas alturas, estoy más familiarizado con el viaje de lo que debería.

Parece sorprendida. Por lo que se ve, no sabe que ha estado usando mi poder para saltar entre portales.

—¿Cómo…?

Salen chispas de nuestras manos unidas y yo suelto la suya como si quemara. Debo ganar este duelo y librarme de ella cuanto antes.

—Tengo asuntos más importantes que atender —le espeto.

Ella elige una espada. Por un momento me pregunto por qué habrá elegido esa. ¿Será su favorita?

¿Y a mí qué más me da?

—Vamos al bosque —sugiere.

Traspaso la pared de cristal y noto una ráfaga de fresca sorpresa. ¿Acaso no sabe nada de los nightshade?

¿No sabe nada de su propio padre?

Tuerzo el gesto cuando la veo extraer un panel de cristal suelto y deslizarse al otro lado sobre la barriga. Se le engancha el vestido y se le desgarra por un lado. La parte delantera se le ha manchado de tierra. No parece que le importe ni que repare en ello.

Me adentro unos pasos en el bosque. Quiero ver si la naturaleza se inclina hacia ella —si la reconoce—, pero no sucede nada.

Estaba dispuesto a dejar que mi curiosidad muriera. Pero, ya que estoy aquí, podría poner a prueba mi teoría. Despliego mis sentidos, atento…

Y encuentro algo. Poder. Escondido en lo más profundo. Poder wildling. Poder nightshade.

Trastabillo hacia delante de la sorpresa. No cabe la menor duda. Es la hija de mi general.

Es nightshade.

Y no tiene ni idea.

¿Por qué no usa sus habilidades wildling? ¿No tiene un buen maestro? Sus guardianas la entrenan en la esgrima. ¿Por qué no la ayudan a dominar sus poderes?

Trago saliva al recordar los tiempos en que las sombras no se alargaban a mi paso. Cuando no se inclinaban ante mí.

«Basta». Nada de esto es asunto mío.

Con un gruñido, ahuyento el recuerdo y me giro blandiendo la espada.

Una descarga de sorpresa y al instante su hoja bloquea la mía. Es rápida, tengo que reconocerlo. Pero no más rápida que yo.

Avanzo rápidamente, ansioso por acabar cuanto antes, por deshacerme de ella, por deshacerme de cualquier sentimiento. Mi vida es mucho más sencilla sin ellos.

Ella es una distracción. Es un lastre.

Su hoja no flaquea. Miles de hombres han muerto tratando de rechazar estos mismos movimientos, pero ella se defiende con una fuerza admirable.

Qué interesante.

Por lo que parece, al carecer de dominio sobre sus poderes, se ha concentrado en entrenar con el metal.

Igual que hice yo.

No. No nos parecemos en nada. «Ella no es nada».

Mis movimientos se tornan más duros y ella trastabilla hacia atrás, internándose un poco más en el bosque.

—Esto es un duelo, no un paseo panorámico —le advierto, y ella emana una ola de desafío.

Defiende su territorio afianzando su postura. Yo ataco de nuevo y noto su descarga de dolor cuando rechaza mi golpe. No retrocede.

«Buena chica», pienso a mi pesar.