Capítulo 7. Calcificado
L os drek salen disparados de la grieta, uno tras otro, y sus chillidos rasgan el cielo. Desgarran a uno de mis guerreros por la mitad y su sangre empapa la tierra. Al momento destripan a otro.
Proyecto el brazo hacia delante y las sombras se disper san en fragmentos lo bastante afilados como para decapitar a un ser tras otro.
Me rechinan los dientes del esfuerzo. Estas no son criaturas normales: son guerreros malditos, bestias creadas con magia, y su pellejo es casi impenetrable. Solo mis sombras más fuertes les afectan, y el proceso me está dejando sin fuerzas.
Tengo que cerrar esa grieta.
Solo existe un metal capaz de penetrar la piel de las criaturas y se nos está acabando. Uno de mis guerreros empieza a dispararles flechas reforzadas con el metal y veo caer a un drek. A otro.
Hay decenas más.
Me transporto al lateral de la grieta esquivando por los pelos una garra afilada como una cuchilla.
Las barreras metálicas que mantenían cerrado este desgarro han volado en pedazos.
«Mierda».
El único método seguro para volver a coser el suelo requiere sombras calcificadas, que son difíciles y dolorosas de crear.
El propio trono en el que me siento se creó a lo largo de muchos años. Yo no dispongo de años. Es posible que disponga solo de unos instantes, porque mi guerrero más fuerte —el de las flechas— yace despedazado a mis pies.
Suspiro. No quería hacer esto. «Nunca quiero hacer esto». Pero ahora no hay forma de evitarlo. Me envuelvo en una barrera de sombras y cierro los ojos.
«El dolor es poder».
Mi padre me dijo esas palabras siglos atrás, y son ciertas. Son útiles.
Normalmente no me hace falta liberar mi poder con sufrimiento.
Es lo bastante fuerte por sí solo. He sido capaz de gobernar con mis sentimientos y recuerdos guardados a buen recaudo.
Durante siglos, lo hice. Pero ya no. No ahora que esos seres amenazan con reducir a polvo todo aquello por lo que me he sacrificado.
Respirando entrecortadamente, abro el cepo que sujeta mis emociones y mis recuerdos, y todos salen a borbotones.
«Agonía» al presenciar cómo los ojos de Laila perdían su luz. Al comprender que mis poderes, y la falta de control sobre ellos, la habían matado. «Yo la maté».
«Sufrimiento» cuando los crueles guardianes me arrancaban la piel a tiras. El dolor fue tan horrible que ni siquiera acabar con sus vidas uno a uno, cuando ascendí al trono, me proporcionó alivio.
«Tristeza» por no haber podido conocer a mi madre. Cuando descubrí que nunca la conocería, porque mi padre sentenciaba a muerte a todas las aspirantes una vez que habían criado a sus hijos.
Los mató a todos. Mató a todo aquel con el que tuve ocasión de encariñarme.
Luego… soledad. Quizá el sentimiento más angustioso. Es un dolor profundo como un pozo, oscuro e insondable , una noche sin estrellas. Y es peor ahora que he probado el paraíso.
Apuñalo ese dolor, extraigo su sangre, araño las profundidades de mi poder.
Y todo sale de golpe.
Mi aullido rasga el cielo por la mitad cuando las sombras estallan y se despliegan por el hueco de la grieta antes de endurecerse con un chirrido desagradable.
Me tiemblan los brazos del esfuerzo. El dolor, más mental que físico, me provoca una opresión en el pecho.
Cada descarga de agonía que me atraviesa el cuerpo es un punto en la costura que cierra el paso al caos.
Los drek ya no pueden salir. Veo cómo intentan atravesar mi barrera y fracasan.
Los seres que continúan en el cielo se precipitan hacia mí como estrellas arrojadizas. Despliego mi poder, ansioso por emplear los restos de mi dolor, el odio que me embarga como secuela. Mis sombras se elevan hasta envolver mis manos y mis brazos, como alas que gotean hasta el suelo.
Levanto los ojos hacia las criaturas y sonrío.
Mi poder estalla, se desata una y otra vez hasta que los drek vuelan en pedazos. Hasta que cierro a cal y canto, una vez más, la fortaleza que encierra mis sentimientos.
Hasta que mi corazón se endurece de nuevo, igual que esas sombras calcificadas.
El esfuerzo que he hecho podría haberme matado.
Utilizar el dolor como poder es efectivo…, pero peligroso. Es fácil dejar que se te escape entre los dedos hasta agotarlo por completo.
Debería haber sido más listo. Debería haberme controlado mejor, pero mis emociones estaban en carne viva. A flor de piel.
Alguien golpea la puerta de mi alcoba con los nudillos. Noto la sombra de un sentimiento al otro lado. «Astria».
—Pasa.
Abre la puerta y se queda parada al ver el estado en el que me encuentro.
—Has estado a punto de morir, ¿verdad?
No me digno a responder.
Niega con la cabeza y empieza a pasearse de un lado a otro.
—Necesitas más ayuda en la grieta. Déjame enviar otra legión. Podemos desplazar las fuerzas de…
Desdeño la sugerencia con un gesto de la mano.
—Solo serviría para darles más alimentos a los drek.
Es cierto. No obstante, la expresión de Astria se endurece.
Le importan mucho los guerreros que supervisa, no solo como fuerzas que sirven a nuestros propósitos, sino también como personas.
Sus sentimientos son su punto débil, pero se le da mejor que a mí emplear estratégicamente nuestras fuerzas por toda la isla, y nunca me ha traicionado.
A diferencia de mi antiguo general, por lo que parece.
—Pues deja que te acompañe la próxima vez.
—Puede —respondo, sabiendo que con toda probabilidad no lo haré. Astria es una de las pocas personas de mi consejo de las que me fío. No busca nada de lo que persiguen los demás. Ni dinero ni gloria. Trabaja con discreción y eficacia, y la admiro por ello.
—¿Y qué vamos a hacer? —dice—. Primero los drek. Y luego, por si fuera poco, la estación de las tormentas está a punto de empezar.
Tiene razón. Llevamos años sin esas tormentas letales, pero pronto van a comenzar.
Cada año aparece un nuevo problema. Otro obstáculo.
Estoy cansado. Muy cansado de todo esto.
—Ya se me ocurrirá algo —le digo.
La fe que tiene en mí nunca ha flaqueado. Sin embargo, por primera vez, capto en ella un nuevo sentimiento: miedo. Teme por nuestras tierras. Por nuestro pueblo.
Yo también.
Astria se marcha y yo cierro los ojos. La oscuridad me proporciona cierto alivio, pienso. En ella, casi puedo imaginar que nuestros problemas han desaparecido.
Pero ver a Astria me ha recordado a su primo. Mi antiguo general.
«El padre de la wildling».
Su lealtad era inquebrantable. Por eso nunca pensé nada raro de su desaparición. Supuse que había muerto. Todavía me cuesta creer la otra posibilidad.
Era más poderoso que todos mis hombres juntos. Poseía una armadura impenetrable. Era tan frío e insensible como yo, y eso reforzaba mi confianza en él. No vacilaba, como les pasa a mis otros guerreros.
Combatíamos a los drek codo con codo. Me salvó la vida más de una vez.
Sin él, no habría sido capaz de mantenerlos a raya tanto tiempo.
Fue uno de los que me ayudaron a diseñar las barreras de metal que los han contenido durante décadas, las que ahora empiezan a ceder.
De no ser porque podía intuir sus emociones —su falta de emociones—, quizá me habría sentido amenazado por sus habilidades.
Tal vez habría pensado que planeaba destronarme.
Entonces descubrimos un modo de detener a los monstruos para siempre.
La espada de Cronan: un acero que los controlaba, un arma que llevaba siglos perdida.
Juntos, empezamos a buscarla. Seguimos incontables pistas.
Creé la reliquia para facilitarle la búsqueda.
Nunca olvidaré su expresión cuando se la puse en la mano: una mirada de gratitud infinita.
No llegué a explorar esa mirada. Di por supuesto que agradecía el honor que suponía recibir de su gobernante un regalo tan especial.
Pero ahora…
Puede que quisiera marcharse. Puede que fuera eso lo que siempre había querido.
Cuando no volvió de su última misión en busca de la espada, no traté de dar con él. Lo único que podía haberle inducido a faltar a su deber era la muerte. Lo creía con todo mi ser.
Una vez que él desapareció, la búsqueda de la espada perdió fuelle. Y aquí estoy. Décadas más tarde, todavía afrontando los mismos problemas.
Noto que me tiemblan las narinas mientras medito las alternativas que tengo. Si él no me hubiera traicionado, posiblemente habríamos encontrado la espada. Tal vez hubiéramos acabado con los drek de una vez por todas.
Si no me hubiera traicionado…
Ella no existiría.
Esta revelación aparece envuelta en una mezcla de felicidad y furia.