Capítulo 6. Corazones y sangre #2
¿Se transportó a este lugar? ¿Todavía está vivo? No… O, si acaso lo está, no se encuentra en las inmediaciones de este castillo. Habría notado su presencia. ¿Cuánto fue capaz de alejarse sin la reliquia?
La ira me envuelve como una tormenta, el polo opuesto a la radiante felicidad de ella, que prácticamente resplandece. Todavía aferra el artilugio de transporte contra su pecho, como si fuera un amigo. Como si fuera su posesión más preciada.
Su felicidad es más intensa que cualquier sensación de dicha que haya experimentado yo. Me demoro en ella, la saboreo, la siento como si fuera propia. Es ligera, liviana y brillante.
Qué interesante.
De modo que eso es lo que se siente cuando eres feliz.
Me preparo para hacer pedazos ese regocijo.
—Gracias por encontrar mi dispositivo —digo desde la oscuridad.
La alegría se apaga. El alivio muda en temor al instante.
Dejo caer mis sombras.
Ella se aparta con el pecho atenazado de miedo, no de mí, comprendo. Tiene miedo de perder la reliquia.
«Pues claro que tiene miedo de perderla», pienso. Debe de necesitar el objeto para ejecutar sus planes contra mí y contra mi reino.
—Por favor —dice, y se le quiebra la voz al pronunciar la última palabra—. No me la quites.
Está llorando. Veo las lágrimas en sus mejillas; percibo su tristeza como una tempestad que nos envuelve a los dos; noto que se odia a sí misma por llorar. O puede que solo me odie a mí.
Frunzo el ceño.
Ya basta. Ella no me importa. Sus sentimientos me traen sin cuidado.
Alargo la mano para arrancarle el artilugio robado, mi artilugio, de entre los brazos. Ella pestañea y otra lágrima escapa de sus ojos. Me azota una nueva ola de una tristeza que me oprime el alma. Y luego algo más: soledad.
Los recuerdos me arrastran a siglos atrás. Recuerdo al niño aferrado a la manilla de la puerta. Recuerdo la arena en mis zapatos. Recuerdo la alegría de descubrir el mundo más allá de mis confines. Recuerdo la euforia de la libertad.
¿Será posible que el dispositivo… no forme parte del plan? ¿Podría ser su única vía de escape de esta estancia tan parecida a una jaula, no muy distinta de mi alcoba de infan cia? ¿Acaso esta habilidad es su única oportunidad en la vida, igual que lo fue en la mía?
No sé por qué, pero, justo cuando estoy a punto de arrebatárselo, cambio de idea.
No sé por qué…
Dejo que lo conserve.
Yo no estoy bien.
Debería haberme llevado la reliquia, debería habérsela arrancado de las manos. Sus lágrimas y sus súplicas deberían haberme dejado indiferente, igual que he desoído durante siglos las súplicas de misericordia en el campo de batalla.
En vez de eso, dejo que la wildling se la quede. Como un necio. Mi don para transportarme es el mayor recurso defensivo de nuestro reino. Nuestra mayor ventaja.
Ahora cualquiera que la encuentre podría apropiársela. Ante todo porque ella es una idiota temeraria que se las arregló para transportarse a mi castillo.
Se me acelera el pulso. Mis pensamientos se dispersan. No paro de abrir y cerrar las manos. No soy yo mismo. Esto no tiene sentido.
Debe de ser la maldición de la wildling. Un truco. O un encantamiento velado.
Pero no noté nada de eso cuando la tenía cerca. ¿Sus habilidades serán tan grandes como para velar una maldición? ¿Está… maldita siquiera?
En ese instante caigo en la cuenta de que no he visto a la devoracorazones devorar un solo corazón. Me acuerdo de mi general. Su don era ser inmune a las maldiciones. Él en cantó el amuleto de metal que llevo puesto, para que pudiera caminar en la oscuridad.
Me asalta una idea.
No. No es posible.
«Ella no se parece a él en nada», pienso mientras me acuerdo de mi general. Era muy serio y propenso a guardar silencio, poco dado a hablar de su vida privada.
Tampoco es que yo le preguntara al respecto. Sea como sea, no tenía ningún parecido con ella. ¿Acaso la wildling heredó los rasgos de su madre? ¿Podría mi general ser su padre? ¿Es posible que ella… heredara su don?
Imposible. Nunca he oído hablar de dones que pasen directamente de padres a hijos. A Cronan y a mí nos separan varias generaciones.
Necesito respuestas con desesperación. Con tanta desesperación que abandono el castillo como una exhalación y me transporto al hogar de un ser un tanto turbio.
El augur me está esperando en la boca de su cueva. Exhibe una sonrisa sibilina.
—Cuánto tiempo, gobernante —dice—. ¿A qué debo el…?
Le lanzo un pequeño frasco que contiene sangre: mi sangre. No le permitiré a este ser que se acerque lo suficiente como para extraerme la sangre él mismo.
La sonrisa del augur se ensancha y se le arruga la piel de alrededor de la boca, sembrada de complicadas marcas.
—No tengo todo el día —le digo, pero eso solo le hace reír.
Arranca la tapa del frasco y le da la vuelta para extraer una única gota de sangre. Tuve cuidado de no incluir suficiente como para que la guardara o la usara para encantamientos.
Se acerca el dedo manchado de sangre a los labios y emite un ruido interesante. El vacío escarlata de sus ojos emite un destello.
—¿Qué notas? —le pregunto.
Niega con su cabeza desnuda. La capa ondea a su espalda.
—Nada. Absolutamente nada. Pero esa no es la respuesta que esperabas oír, ¿verdad?
No lo es.
—¿No pesa sobre mí una maldición? ¿No me han embrujado? ¿Envenenado?
La wildling tiene que haberme hecho algo. Algo que prendió mi interés en ella de inmediato, algo que me atrapó, a mí y a mis emociones, después de una sola mirada.
Niega con la cabeza.
—No, nada nuevo.
Doy media vuelta y me marcho sin pronunciar otra palabra. Oigo su risa reverberar en la cueva.
Ella no está maldita. Y eso significa, si mi teoría es correcta…
Que es hija de la gobernante de Wildling, mi reino enemigo.
Y de mi general, el cargo de mayor confianza de la corte.
Es wildling y nightshade.
Mi curiosidad aumenta, mi interés se dispara; y, con cada ápice del autocontrol que he acumulado durante siglos, sofoco ambas emociones.
Aplasto la fascinación, la inexplicable atracción que ella me inspira y que, ahora lo sé, no se deben a ninguna maldición.
Las destruyo. Las aniquilo para siempre.
Me mantendré alejado de ella.
No es nadie. No es nada. Siempre y cuando se quede en su reino, en tanto que me deje tranquilo, no tengo ningún motivo para volver a pensar en ella.