Capítulo 6. Corazones y sangre
— T e están esperando.
Me tenso al oír la voz de mi general, Astria. Ni siquiera la he oído entrar en la sala de estrategia.
Desde que comencé a visitar a la bruja durante la noche, he descansado muy poco. La fatiga empieza a pasarme factura.
A Astria no se le escapa nada. Normalmente es una ventaja, en su papel de general. Pero, cuando le da por estudiarme a mí, ese rasgo suyo es una mierda.
Sé a qué ha venido. Ha pasado una semana desde la última fila de aspirantes.
Ha llegado el momento otra vez. Me aferro al borde de la mesa de la sala de estrategia con los ojos fijos en la representación del reino.
La grieta es una marca larga e irregular que lo atraviesa.
La mayor amenaza a mi pueblo, aparte de mí mismo y mi insistencia en no volver a visitar a las consortes.
—Diles que se marchen.
Solo de imaginar la hilera de mujeres lo veo todo rojo, literalmente, mientras recuerdo a la maldita wildling camuflada entre sus filas. Esperando a que la escogiera, como cabía esperar, igual que un necio.
Saber que ella intuía que la escogería, que me precipitaría de cabeza a su plan de asesinarme, lo empeora aún más.
Como Astria no se marcha, suspiro.
—Te dije que despacharas a las aspirantes hasta nuevo aviso.
Los drek no son las únicas amenazas a mi reino.
«Ella» es una amenaza. Ella y su reliquia robada para saltar entre portales.
—Hemos investigado a conciencia a cada una de las consortes. Todas son nightshade: lo hemos verificado. No tienen vínculos con ningún grupo rebelde. Ellas…
—Por poco me mata —le digo en un tono de voz más alto de lo que pretendía, cada palabra afilada en pura rabia. Aferro el borde de la mesa con tanta fuerza que la madera gime.
Astria agacha la cabeza. Como general mía que es, se siente responsable.
Pero no la culpo. La condenada devoracorazones sin duda daba el pego como consorte.
Nuestros puertos y el perímetro del castillo están estrechamente vigilados.
Solo pudo emplear un sistema para entrar sin que nadie detectara su presencia: mediante un salto entre por tales.
Mi poder. Usó mi poder para llegar hasta aquí.
La madera cruje bajo mis manos y las astillas saltan por todas partes. Astria se limita a mirarme.
—Les diré que se marchen —me dice haciéndome una reverencia. Luego abandona la sala.
En un arranque de rabia, vuelco la mesa de lado. Proyecto sombras como llamas que arañan las paredes.
Una mancha roja se extiende por mi camisa cuando la herida se abre.
«Se acabó».
Soy el gobernante de Nightshade. Estoy harto de esconderme en las sombras de su alcoba. Si no me enseña dónde esconde el artilugio, la obligaré a revelarlo.
Estoy esperando en la butaca que hay enfrente de la cama, invisible, cuando ella llega del entrenamiento nocturno.
Ajena a mi presencia, trastabilla al interior de su alcoba rodeada de una nube de aburrimiento. Habría pensado que estaba borracha de no ser porque no percibo el más mínimo tufo de alcohol.
Entonces descubro que se tambalea por culpa de los zapatos. Los tacones son vertiginosos. En ocasiones tiene que llevarlos durante el entrenamiento, por lo que he descubierto.
Se libra de ellos de dos patadas, aliviada, y luego dobla y desdobla los dedos de los pies con un suspiro al mismo tiempo que hace un gesto de dolor. Dolor por unos zapatos.
Entorno los ojos con desdén. Qué débil. Qué ridícula. ¿Cómo es posible que alguien tan patético me haya enredado?
¿Cómo es posible que yo deseara a una persona como ella? ¿Aunque solo fuera un momento? ¿Aunque fuera obra de un hechizo?
Empieza a desvestirse y mi deseo ruge como una broma cruel. Antes de que se desnude, le revelo mi presencia.
Un destello de sorpresa. Pero no miedo. En realidad, no.
Debería estar más asustada.
El hecho de que no lo esté hace que la odie más.
Agarra una daga que tiene escondida debajo de la mesa del tocador y la jovencita boba muda en guerrera tan rápidamente como para que tenga claro que no debo subestimarla. La han entrenado para esto.
El vestido medio desabrochado le deja un hombro al descubierto. Intento no fijarme.
—Hola, Devoracorazones.
Pronuncio la palabra con asco. Ella y las suyas son mons truos. Si tuviera mejor puntería, su arma me habría traspasa do el corazón.
¿Se lo habría comido?
¿Lo habría saboreado con gusto?
No volverá a apuñalarme. Raudo como el rayo me planto ante ella y le estrujo los dedos para que suelte la daga. Ella forcejea, así que la aprisiono contra la pared igual que hice la otra vez en circunstancias muy diferentes.
Antes quería poseerla de todas las maneras posibles.
Ahora deseo matarla.
Le doblo el brazo y le acerco su propia hoja a la garganta.
Crispa el gesto como si le doliera, pero no me va a engañar. Otra vez no.
—Maldita Devoracorazones —le escupo a la vez que le hundo la daga en el cuello—. Te atreves a venir a mi reino, disfrazada, para asesinarme…
La sangre empieza a brotar. «Bien». Ella me hizo sangrar. No merece menos.
Súbitamente me arde la pierna.
La bruja me ha apuñalado de nuevo. Rujo y, muy bien, ahora experimentará mi poder. La envuelve como una garra. Le falta el aire y se aferra a la garganta mientras yo la desplazo hacia arriba contra la pared de cristal.
—¿Era este tu plan para mantenerme alejado del Centenario? ¿Para romper las maldiciones? ¿Querías reírte de mí? ¿Para quién trabajas?
Las preguntas surgen a borbotones. Las mismas que me he formulado durante varios días, durante esas noches en las que la veía dormir, esas jornadas de locura creciente.
Me fulmina con la mirada y yo le gruño con rabia. ¿Cómo se atreve a actuar de un modo tan desafiante? ¿Acaso no ve el poder que ostento? ¿No sabe de lo que soy capaz?
A pesar de todo, no tiene miedo.
No. La única emoción que percibo es un fastidio impaciente.
Está impaciente conmigo. Comprendo que debe de ser porque le estoy formulando preguntas y no la dejo responder.
«Muy bien».
Cae al suelo y resuella. Tose. ¿Intenta que la compadezca? Agarra su daga y corretea a una esquina de la habitación.
Me mira como si fuera un monstruo. «Bien». Lo soy.
Pero ella también.
Le lanzo una mirada asesina. Se cree mucho mejor que yo, ¿verdad? ¿Piensa que yo soy la única bestia aquí?
—¿Tengo que recordarte que me apuñalaste?
Me abro la camisa para mostrarle la cicatriz irregular que me recorre la piel, allí donde su daga me traspasó.
Tiene el descaro de sentir un profundo arrepentimiento.
¿Sabe que percibo las emociones? ¿Tan buena actriz es?
¿Se cree que soy tonto? ¿Piensa que me engaña?
Camino hacia ella con decisión, sin despegar los ojos de ella, igual que haría con cualquier enemigo.
—¿Cómo llegaste a mi reino?
Esa es la pregunta que la pone más nerviosa, por encima de todas las demás. Qué interesante.
Noto su pánico como veneno en la lengua, tan intenso como noté su placer. Me sacudo esos pensamientos, esos recuerdos, porque todo fue un truco. No significó nada.
Repito la pregunta:
—¿Cómo-llegaste —«cómo llegó una bruja como tú»— a-mi-reino?
Me inclino para mirarla a los ojos. Verdes. Del color del engaño, de la codicia, de las serpientes. Ahora tiene miedo, pero no de mí. Tiene miedo por alguna otra cosa. Lo veo y lo noto, entrelazado con su pánico. Se encoge.
Y de repente tengo su espada en la garganta.
Maldita bruja.
Tejiendo la verdad con mentiras, como si supiera que noto cómo se le acelera el corazón igual que si tuviera su pulso debajo de los dientes.
—Lárgate —proyecta gotitas de saliva al hablar y yo doy un respingo, asqueado— de mi habitación
Lo dice igual que si este lugar, que tan claramente es una prisión, le inspirara afecto. Lo dice igual que si tuviera derecho a darme órdenes.
Empuja la hoja contra mi piel.
Yo podría reducir el arma a cenizas. Podría reducir su reino entero a cenizas.
En lugar de eso, me transporto de vuelta a casa.
Volveré.
¿La bruja pretende enredarme? Yo también la engañaré.
Al día siguiente, al regresar del entrenamiento, encuen tra su alcoba destrozada. Sus pertenencias están por todas partes. He vaciado los cajones, desplazado la cama, tirado los vestidos y las espadas por doquier.
En el instante en que ve el estropicio, me azota una ola de devastadora tristeza. Luego una preocupación angustiosa. Sus emociones son agudas y arden, por alguna razón.
—No, no, no, no —exclama, y sus palabras deberían complacerme. Deberían arrancarme una sonrisa.
No lo hacen.
La veo correr por su alcoba entre llamaradas de preocupación. Con dedos temblorosos, separa una de las planchas del suelo…
Y ahí está. Mi reliquia. La que creé hace un cuarto de siglo.
¿Cómo ha ido a parar a sus manos?
La veo doblarse sobre sí misma y su alivio es arrollador como una corriente de agua fría. Casi noto descender las gotas por mi columna vertebral.
¿La encontró por casualidad? No. Apenas la dejan abandonar esta alcoba…
Puede que alguien se la regalara. O que fuera un legado. Llevo observándola el tiempo suficiente como para saber que las únicas personas a las que ve son sus guardianas y, a juzgar por cómo la tratan, lo último que harían sería darle un artilugio para transportarse.
Ellas no fueron. Entonces ¿quién?
Observo la alcoba. Los paneles de cristal no siempre estuvieron pintados, deduzco. La alcoba ya estaba allí cuando Isla llegó a este mundo; pertenecía a otra persona antes que a ella. A su madre.
¿Encontró el dispositivo alguno de sus antepasados? ¿Su madre, quizá?
Por primera vez, una posibilidad se perfila mientras las dudas sobre mi general, la persona para la que se creó la reliquia, me asaltan de nuevo. ¿Será posible que la madre de Isla se la robara a mi general? ¿Fue él a parar aquí, de algún modo?
Eso no tiene sentido. No buscábamos la espada en los nuevos territorios wildling.
Antes pensaba que mi general se había perdido. Que lo habían asesinado mientras trataba de dar con el arma que tan desesperadamente necesitábamos.
Ahora contemplo la posibilidad de que me traicionara.