Capítulo 5. Tentadora. 499 años más tarde #2
Sus manos están en mi cabello, lo estiran. Yo he desterrado a muchos por menos, pero ella me provoca un escalofrío en la columna.
Huele de maravilla. Reacciona a cada una de mis caricias. Es infinitamente receptiva, su respiración es agitada y el sonido que emite cuando le arrastro los dientes por el cuello basta para que quiera repetirlo una y otra vez, solo para que no pare nunca.
No tengo práctica. No estoy acostumbrado a sentir nada. Jamás he experimentado un deseo que se parezca ni remotamente a este. Me preocupa ser demasiado brusco, de masiado apremiante, pero ella acompaña cada uno de mis movimientos con los suyos.
Sus manos están en mi pecho, con temeridad. Nadie hasta ahora se ha atrevido a tocarme con tanta libertad. No permito que nadie me toque así.
Paso la lengua por el hueco de su cuello y su gemido viaja directo a mi entrepierna. La necesito. La necesito como nunca he necesitado nada ni a nadie.
La arrastro contra la pared, ella me rodea la cintura con las piernas, y los ojos casi se me quedan en blanco.
Todavía estamos vestidos. No hemos hecho nada. Pero estoy a punto de ver las estrellas cuando le froto despacio las caderas.
Su mirada es salvaje, rebosante de emociones que prácticamente me asfixian. Deseo. Un deseo puro y descarnado. Abre los labios. Echa la cabeza hacia atrás. Cierra los ojos con un pestañeo.
Aferro su cabello con el puño y de nuevo pego mis labios a los suyos.
Ella jadea y aprovecho la oportunidad para lamer la parte superior de su boca. Mi lengua rueda contra la suya y el gemido gutural que surge de su garganta casi basta para que me pierda. Sobre todo cuando toma mi lengua entre los labios y la absorbe.
«Joder».
Me arde la piel. Estoy dolorido, casi temblando de deseo, sintiendo su calor contra el mío. Le muerdo el labio inferior y presiono su boca con más fuerza, como si pudiera saborearla más, como si pudiera grabarle mi rastro para que guarde mi sabor durante días.
Con un solo beso, ha terminado conmigo.
Me ha destruido.
Igual que el mundo parece apagado, cada emoción, cada caricia, todo palidece comparado con ella.
De pronto entiendo a los necios que toman nightbane, aunque los mate poco a poco.
Ella es una droga. Y no me importaría ser adicto.
Podría hacer esto durante horas. Podría hacer esto durante días. Mi lengua roza la suya de nuevo y el fuego incendia mi pecho.
Entonces, de repente, todo se paraliza. El fuego muda en algo frío. En dolor.
Con una ola de pesar, libero sus labios. Miro sus ojos abiertos como platos, infinitamente verdes. Luego, de mala gana, bajo la mirada a mi pecho.
A la daga que sobresale de la carne.
Me ha apuñalado.
«Me ha apuñalado».
Ni siquiera eso suprime mis ganas de besarla.
Pero, a medida que el frío empieza a extenderse, deteriorando cualquier sensación cálida, un dolor agudo derrite esta avalancha de emoción. Recupero el juicio a toda prisa.
«Me ha apuñalado».
Aunque es lo último que quiero hacer, la suelto. Capto un destello plateado prendido a su muslo.
Antes de que pueda actuar, de que yo pueda esgrimir una sombra o recuperar alguna traza de compostura, abandona la alcoba a la carrera.
Debería detenerla. Debería matarla. Debería atraparla.
Debería sentir rabia.
Sin embargo, tan pronto como se esfuma, lo único que siento es una ola de tristeza demoledora más dolorosa que cualquier herida. Porque estos breves instantes de pura dicha me han revelado la miseria en la que estaba viviendo.
Me ha mostrado el éxtasis y luego me lo ha arrebatado. Su aura ha desaparecido como si nunca hubiera estado aquí.
Lo único rojo que ha dejado es la sangre que me resbala por el pecho.
Una hora más tarde, una vez que mi locura momentánea remite, la furia se apodera de mí.
Furia contra mí mismo, por haber sido tan necio. Por haberme dejado engañar.
Furia contra ella.
La furia me hierve debajo de la piel cuando me siento en el trono con la camisa destrozada.
Hacen falta cinco sanadores y medio frasco de líquido curativo moonling para detener el sangrado y regenerar la piel.
Cada vez que noto los dedos contra mi pecho, me imagino su cuello entre mis manos.
Visualizo cómo sus ojos color esmeralda se desorbitan mientras le arrebato el aliento. Muy despacio.
Ella me ha besado.
Me ha besado y luego me ha apuñalado.
Mis sombras se afilan y arañan el suelo de obsidiana. Todos corretean para apartarse.
—Fuera —gruño—. Yo me vendaré.
No he dejado que los sanadores permanecieran aquí el tiempo suficiente como para que la cicatriz se borre. «Mejor». Me recordará lo que pasó cuando tuve la osadía de mostrar mis emociones por primera vez en siglos. Cuando me atreví a desear algo.
La fortaleza que me protege vuelve a cerrarse. Esta cicatriz me recordará a esa mujer.
Me recordará cuánto la odio.
Días más tarde aún pienso en ella. Mi furia no ha disminuido lo más mínimo. En cualquier caso, ha aumentado.
Porque ahora todo tiene sentido. Las necesidades incontrolables. La avalancha de sentimientos. Casi es un alivio.
Los guardias encontraron prendas rojas y lo supe al instante. Es una wildling.
Pues claro. Todo fue un truco. Su magia de tentadora en acción.
Me tiemblan los dedos contra la empuñadura de la espada igual que me temblaban contra su piel. Pero esta vez lo hacen con una rabia incandescente. ¿Cómo se atreve a enredarme?
¿Cómo se atreve a entrar en mi castillo?
¿Cómo se atreve a hacerse pasar por una de mis consortes?
¿Cómo se atreve a apuñalarme el pecho, mientras yo estaba erecto y dolorido, pegado a su cálido…?
Gruño al tiempo que me sacudo la maldita imagen.
Y la bruja se despierta.
Me hundo un poco más en las sombras. Visito su alcoba cada noche con el fin de averiguar cómo llegó a mi reino. Cómo me engañó.
Tardé pocos días en encontrarla. Empecé por aquí, por el castillo wildling, y… ahí estaba. Entrenando al aire libre con la espada. Llevaba la cabellera recogida y mucha más ropa encima que la última vez que la vi.
Ver la corona sobre su cabello fue casi una broma cruel. Debería haberlo adivinado. La enviaron para engatusarme. Para matarme. Y yo caí en su trampa.
Nunca más.
Solo me queda una duda: ¿cómo se las ingenió para viajar a mis tierras tan rápidamente? Aunque hubiera encontrado el modo de traspasar nuestras potentes defensas, el viaje en barco dura meses. Y, sin embargo, aquí está…
Solo existe un poder capaz de transportarla de Nightshade a los nuevos territorios wildling en un instante.
El mío.
En ese momento recuerdo el destello plateado que atisbé en su muslo. Me recordó algo. Ahora sé perfectamente lo que es.
Solo he creado una reliquia a partir de mi don: el artilugio para transportarse entre portales que le entregué a mi general.
Él desapareció hace años en busca de una espada que, en teoría, debía salvar a mi pueblo de los drek.
Siempre había dado por supuesto que se había destruido con él, en el último lugar que tuvo que explorar.
El objeto mágico debió de acabar aquí… de algún modo.
El hecho de que alguien —en especial la gobernante de un reino enemigo— tenga acceso a mi artilugio de transporte entraña un riesgo.
Esa es la única razón de que todavía no haya puesto fin a su vida. No he podido encontrarlo en las incontables búsquedas entre sus pertenencias. Tiene que mostrarme dónde lo guarda, para que se lo pueda arrebatar.
Luego la mataré.
Ya llevo cinco días así. Aprendiendo sus hábitos. Ob servándola de cerca. He venido cada noche a esperar, a ob servar.
Y la bruja ha logrado desconcertarme todavía más.
Esperaba que una mujer que tuvo las agallas de transportarse a mi reino y tratar de asesinarme gobernara su reino con mano de hierro. Desde el miedo.
No que viviría encerrada como si alguien decidiera por ella.
Su alcoba es de cristal, sellada con pintura. La ocultan al mundo enclaustrada en esta esfera. ¿Por qué? No tiene sentido.
Por un momento recuerdo mi alcoba de la infancia.
Recuerdo mi encierro.
Rechazo a toda prisa los pensamientos de aquel niño tan débil. En vilo, espero a que se transporte a alguna otra parte, que revele dónde guarda la reliquia y deje su plan al descubierto. Está claro que trama algo y que mi muerte es un elemento clave de su estrategia.
Pero lo único que esta bruja ha hecho por las noches ha sido dormir.
Ahora se incorpora con tanto ímpetu que casi se le escapa un pecho de este ridículo retazo de tela que se empeña en llevar para meterse en la cama.
Recuerdo ese pecho contra el mío.
Recuerdo su jadeo en mi oído…
«Ya basta».
Su maldición tiene la culpa, aunque no la detecto. Mis narinas aletean. Si algo da testimonio de la potencia de su embrujo es el hecho de que una malvada y desvergonzada devoracorazones pudiera fingir que…
La tentadora se tapa el pecho y los hombros desnudos con la sábana, como si notara la intensidad de mi mirada.
¿La nota? Bajo mi mirada hipnotizada, la devoracorazones levanta una mano temblorosa hacia mí.
Imposible. Es imposible que me vea o que me perciba estando envuelto en sombras.
A pesar de todo se inclina hacia delante. Más cerca. Más.
El escote ya profundo de su prenda de seda se hunde más a medida que ella se inclina, y yo trago saliva.
Entonces despego la mirada de ella.
No soy ningún necio. No me comeré con los ojos a una tentadora como si fuera un idiota.
«Muéstrame cómo viajas entre reinos —casi le suplico en mi mente—. Para no tener que volver a pisar esta tierra maldita. Para no tener que sentarme aquí cada noche a mirar cómo duermes».
Pero la bruja se limita a esconderse bajo las mantas. Se esconde como una tonta en lugar de comportarse como una gobernante que devora corazones y apuñala pechos. Parece tan frágil, tan inocente…
Es joven, comparada con los demás. Tan solo ha vivido veinte años según los documentos.
Sacudo la cabeza, cierro el puño.
Esta gobernante relativamente joven se las arregló para burlar todas las protecciones que dispuse en torno a mi reino y me apuñaló el pecho.
Enderezo la espalda en mi escondrijo, envuelto en sombras. Y de nuevo imagino mis manos en torno a su cuello.