Capítulo 5. Tentadora. 499 años más tarde
—N ecesitas un heredero.
Me aferro a los reposabrazos curvados de mi trono.
El noble que acaba de hablar lleva ochocientos años sirviendo en esta corte. Solo por respeto a esa antigüedad le permito conservar la lengua en la boca.
Tynan, un guerrero al que he querido asesinar durante todo mi reinado, toma la palabra.
—Tiene razón. Son tiempos inciertos. La tradición debe continuar.
«La tradición».
La tradición de un gobernante nightshade con decenas de herederos que luchan a muerte.
La tradición de poner a las mujeres en fila para que el gobernante duerma con ellas y liquidarlas una vez que han dado a luz.
Un atisbo de emoción atraviesa la prisión que encierra mis sentimientos, una flecha que culebrea por los huecos de mi armadura, y la atrapo. La reduzco a cenizas. Apago los recuerdos.
No es la primera vez que el consejo menciona el asunto de la sucesión. Ocurre cada pocas décadas, a medida que más y más nightshade mueren a consecuencia de las maldiciones.
Ahora un peligro mucho mayor para nuestro reino que la maldición ha colocado ese asunto en primer plano.
Afronté ese peligro la noche de ayer. Me vuelvo hacia un lado y aprieto los dientes contra el fogonazo de un dolor que solo ha remitido a medias. La piel todavía me escuece allí donde las garras estuvieron a punto de arrancarme la carne.
No quiero hijos. Nunca quise dar continuidad a ninguna de esas tradiciones malsanas. De hecho, nunca quise gobernar.
No puedo seguir aplazando esta conversación. La grieta que atraviesa nuestra tierra y que hemos tapado para contener a esas bestias aladas conocidas como los drek se desgarra de un modo preocupante. La maldición está afectando a mi poder. Mis tierras se debilitan y mi pueblo mengua.
Los drek podrían acabar conmigo en cualquier momen to, y entonces toda mi estirpe y mi pueblo desaparecerían. A menos que tenga un heredero…
En otras ocasiones, ni siquiera esa idea me ha impulsado a actuar. Pero si todos mueren…, si mi reino se pierde, todo lo sucedido antes habrá sido en vano.
De nuevo los recuerdos me asfixian. La sangre derramada por los pasillos…
El anciano consejero está hablando otra vez.
—Tu padre tuvo treinta y dos herederos. Eran débiles e inútiles comparados contigo, como bien sabes, pero él…
Su voz se quiebra con un gorgoteo. Se aferra el cuello y yo observo con aburrimiento cómo sus labios articulan súplicas mudas. Cómo sus pies se despegan del suelo y mis sombras le estrujan el cuello.
Me limito a mirarlo y no siento nada. No tengo sentimientos de culpa ni de piedad. No tengo remordimientos. Solo una infinita extensión de nada.
Ni siquiera cuando doblo un dedo y se le parte el cuello. Su cuerpo cae desmadejado al suelo. Ochocientos años de vida acaban de esfumarse.
No percibo en mí mismo la más mínima señal de que me importe una mierda.
Se hace el silencio en la sala. Incluso mis guardias se han quedado de piedra.
—Muy bien —digo a la vez que me pongo de pie. Paso por encima del cadáver cuando cruzo la sala del trono a grandes zancadas, con la capa rizándose a mi espalda y las sombras a mi zaga—. Tendré un heredero.
Una envidia dulce como veneno irradia de mis guardias mientras recorro el pasillo. Frunzo el ceño. Necios. Piensan que tengo suerte por encaminarme a una fila de mujeres dispuestas a dormir conmigo, ansiosas por formar parte de la línea de sangre que gobierna el reino.
Yo preferiría estar en la grieta, combatiendo a los drek, que aquí.
He estado con muchas mujeres y ha sido placentero, pero solo una distracción efímera. Esto es distinto. Ahora tengo un objetivo.
Nunca he estado con una mujer más de una vez. Va contra nuestras normas, para evitar el apego.
Como si yo fuera a apegarme a nadie.
«Amor». La idea me hace reír. ¿Qué necio se colocaría en esa posición? ¿Para qué? ¿Para acostarse con una persona más de una vez? ¿Para soportar quejas y molestias eternamente?
Algunos hombres de mi corte han tomado esposa.
Los compadezco.
Llego al final del pasillo y suspiro.
Una fila de mujeres aguarda. Siento sus emociones al otro lado de la puerta fundidas en un gran caldero de ilusión burbujeante. Me entran ganas de dar media vuelta sobre los talones y largarme.
El deber es lo único que me mantiene firme.
«Acabemos con esto».
Abro la puerta y me quedo paralizado.
«Rojo».
Las emociones de las personas poseen auras. Colores. Normalmente se parecen. Son anodinas. Nunca había visto este tono. Es tan intenso… Es el color de las rosas, de los corazones, de la sangre…
Ella.
«Ella».
La mujer viste la misma prenda que todas las demás, pero destaca a pesar de todo. La estancia está atestada y, sin embargo, ella acapara toda mi atención. Y no se debe solo a la peculiaridad de su aura, lo reconozco.
Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Tan pronto como el pensamiento cobra forma, lo incinero. ¿Hermosa? Qué absurdo. Nada en este mundo sembrado de cenizas ha merecido esa palabra en siglos.
«Nada —pienso—, excepto ella». Aprieto los dientes mientras trato de apaciguar mis pensamientos, mientras me apresuro a aplastar la acometida de las emociones. Pero su aura roja es como un tóxico que se filtra por los huecos de mi coraza.
Cuanto más la miro, más venenosa se torna.
Su cabellera es castaña, larga, rizada en las puntas. Todos y cada uno de los mechones resplandecen. Me imagino que acaricio ese cabello, que se lo retiro de la cara. El rubor se extiende por sus mejillas, resaltando las pecas de su rostro, y yo siento la extraña necesidad de contarlas.
Mis pensamientos me horrorizan.
No debería estar pensando en ella. No debería mirarla fijamente.
Pero no puedo evitarlo.
Yo no estoy bien. Puede que me hayan envenenado. Debería marcharme, transportarme al otro extremo de la isla.
En vez de eso, sigo mirándola como un bobo.
Lleva carmín en los labios acorazonados. Yo no beso a nadie y no dejo que ninguna mujer se me acerque tanto, pero ahora mismo… Ahora mismo siento el impulso de retirarle esa pintura con la lengua. Porque no necesita ningún afeite —nada— para estar bella.
Ya lo es.
Es la perfección en persona.
Es el esplendor en persona.
Es peligrosa.
«Escoge a otra —me dice la vocecilla interna—. La que sea».
—Tú.
La palabra surge de mis labios y ya no hay vuelta atrás.
Verdes. Me mira con unos ojos verdes que veré mentalmente esta noche, mucho después de que se haya marchado.
«¿A mí qué me pasa?».
Cuando por fin abandono la sala, haciendo caso omiso de la ola de decepción que emanan las otras mujeres, me rechinan los dientes.
No soy tan débil. Ejerzo un control absoluto sobre mis sentimientos.
Me lo demostraré a mí mismo.
Su aura parpadea detrás de mí. Emana emociones contradictorias, como si estuviera luchando consigo misma, igual que yo.
Como si estuviese quizá tan ofuscada y agitada como yo me siento. Desdeño mis absurdas sensaciones y me concentro en las suyas.
Está… nerviosa. Está… emocionada.
Por encima de todo, está conmocionada.
¿Conmocionada? ¿Le sorprende que la haya escogido? Frunzo el ceño, incapaz de recordar ninguna de las otras caras de esa sala.
Tiene que ser consciente de su aspecto, sin duda. Es perfecta. Eso es un hecho. Sí. Indiscutible. Objetivo. Esto… es una reacción momentánea a su apariencia. Nada más. Nada significativo.
Los dos sabemos qué hacemos aquí. Cumplo con mi deber, pero… quizá podría disfrutarlo. No sería un crimen que me olvidara de todo durante unos instantes. Que me librara de toda esta tensión.
La estaría utilizando. Ella no importa.
Siempre tomo a las mujeres en otra alcoba: la idea de que toquen mis cosas me repugna. Pero, por alguna razón, esta vez doy media vuelta. Abro mi puerta, sorprendido de mis actos.
«Es morbo —me aseguro—. Nada más».
En cuanto ella entra, en el instante en que está entre estas cuatro paredes que nunca me han visto acostarme con una mujer, una avalancha de deseo me embiste. De posesividad. Hacia una mujer que ni siquiera conozco.
Algo en mi sangre —desconocido, desconcertante— se afila al tenerla cerca. Mis sentimientos me arañan el pecho como una bestia que llevara siglos enjaulada.
El juicio me abandona.
Solo queda ella. Y yo.
Cuando la puerta se cierra a su espalda, no puedo evitarlo. Soy como un animal rabioso. Me abalanzo sobre ella al instante, la aprisiono contra la pared y…
Espero. Espero, porque quiero verla de cerca, quiero saber si será posible que me desee una mínima parte de lo que yo la deseo a ella.
Por lo general tengo que tantear en busca de las emociones, hacer un esfuerzo, pero las suyas me atraviesan la piel. Cierro las manos en torno a sus brazos desnudos y su piel… Su piel es cálida y suave. Sumamente suave. Es tan hermosa que me duele mirarla.
He perdido la cabeza: ya es oficial.
Sobre todo cuando sus emociones se intensifican y me mira con ese verde abrasador. Y cuando esos nuevos sentimientos me embisten…
No solo los noto.
Los paladeo.
Paladeo hasta qué punto ella desea esto, y casi es suficiente para que caiga de rodillas.
Pero necesito que me lo diga.
—¿Te parece bien? —pregunto, y la contención me estremece el cuerpo.
—Sí —musita con una voz tallada con mis sueños más oscuros, y la palabra es una llave que abre una cámara acorazada de sentimientos. Lo desata todo.
Tan pronto como la afirmación sale de su boca, mis labios están sobre los suyos.
Nunca he besado a nadie. Siempre me pareció inútil. Nauseabundo, de hecho. Demasiado sentimental.
En el instante en que pruebo su sabor, sé que no habrá forma de olvidarla. No. Ella es como una maldición; jamás podré librarme de ella.
Es una maldición que nunca quiero romper.
Pego su mano a la pared acariciándole la palma con el pulgar y la noto estremecerse debajo de mí.
Ella también está temblando. Como si pudiera igualar mi vehemencia, mi necesidad, el rugido de mi sangre.
No solo quiero saborearla; quiero devorarla. Mis labios resbalan por su mandíbula, por su cuello.