Capítulo 4. Paz
H oy por fin me han dejado salir de la prisión para llevarme al castillo.
Habría preferido permanecer en la celda.
Allí dentro nadie se atrevía a tocar mis cosas.
Una sirvienta sale a toda prisa de mi alcoba tan pronto como me ve, y descubro que ha tenido el valor de hacerme la cama.
Nadie tiene permiso para tocar mi lecho excepto yo.
No me gusta que invadan mi espacio.
En Nightshade, mi padre se rodeaba de un círculo reducido. Solo un puñado de sirvientes de confianza tenían permiso para entrar en las dependencias privadas del castillo.
Aquí… hay gente por todas partes. Los nobles ni siquiera se preparan la comida. No afilan sus armas.
No me extraña que el memo del rey Egan no se atreviera a pisar el campo de batalla. Seguro que alguien se encarga de empuñar su espada.
Cabrito enclenque.
Su hermano, en cambio… Oro. El segundo hijo. El príncipe.
Su hermano visitaba mi celda con tanta frecuencia que empecé a preguntarme si no se sentiría tan solo como yo, aun con esa colección de irritantes amigos.
Notaba sus emociones, el odio que yo le inspiraba y que no tenía nada que envidiarle al que me inspiraba él. Pero luego, pasados unos meses, tras una aventura mortal, su odio y el mío se atenuaron hasta mudar en algo parecido a amistad.
Tuerzo el gesto solo de pensar esa palabra. Pero es la verdad.
Mi enemigo se ha convertido en mi único amigo.
Qué existencia tan triste.
Dejo de transportarme a casa por las noches.
Le digo a mi padre que estoy maquinando, buscando, la manera de apoderarnos de la isla, pero es mentira.
Se supone que estoy encarcelado, y sin embargo hacía tiempo que no me sentía tan libre. Aunque la gente de por aquí me odia, algunos no rehúsan mi compañía.
Estoy con mujeres de vez en cuando y nunca las vuelvo a ver.
El dolor no disminuye, pero lentamente aprendo a convivir con él.
Poco a poco empiezo a abrirme a los demás.
Oro y yo practicamos con la espada. Charlamos.
Voy a isla Agreste de vez en cuando, a pasar el rato.
Noto destellos de algo parecido a felicidad.
De algo parecido a paz. U na vida sin derramamiento de sangre.
Transcurren casi dos décadas sin incidentes y entonces, una noche, una wildling se presenta en mi alcoba.
Me pide que le traiga cierta flor, una que crece en los restos de isla Noche. Muy bien. Algo que hacer.
Se la busco, se la doy y me acuesto con ella. Lo paso bien. No es algo digno de ser recordado ni suficiente para sentir nada en absoluto.
—No me quedo. Nunca me quedo.
Horas más tarde estoy durmiendo en mi cama cuando lo oigo.
Un grito.
Otro.
Luego, el mundo entero está gritando.
El dolor emerge a borbotones. Esto se parece al día que mi padre descubrió mi don. El día que lo cambió todo. El día que todavía me atormenta en sueños. Presiento que ha ocurrido lo mismo, de algún modo.
Sé que, si salgo de mi alcoba, los encontraré a todos muertos.
Lo hago de todos modos, y estoy en lo cierto.
Desde las ventanas del castillo veo a los skyling caer del cielo.
Veo a los sunling estallar en llamas. Veo a las wildling arrancar corazones con los dientes.
Corro por los pasillos, pasando por encima de los starling que tapizan el suelo de plata.
Muertos. «Todos están muertos». Igual que mis hermanos.
Los recuerdos me ciegan y se mezclan con el presente.
Es una maldición. La noto por doquier.
¿Quién la ha lanzado? ¿Qué ha sucedido?
Doblo un recodo y casi tropiezo con alguien que está arrodillado en el suelo.
Oro. Mi amigo. Mi único amigo.
Un alivio frío me inunda al ver que está vivo.
Él aferra el cuerpo de la guardiana de su hermano, una starling. Está muerta. Junto a ella yace su hija, Ara. La niña que rescatamos juntos años atrás. Percibo la pena inconmensurable del sunling. Su angustia profunda como un cráter. Tan inmensa como para llenar todo el castillo.
A continuación, una rabia feroz, cuando levanta los ojos.
Me mira como si quisiera matarme.
Me quedo atónito. Llevaba años sin mirarme así. Ayer mismo estábamos sentados juntos en el acantilado, planeando un futuro más prometedor para nuestros reinos.
Ahora… Ahora, donde antes había confianza y amistad, solo siento odio puro y descarnado. Piensa que yo soy el autor de esto, que soy el responsable de todas las muertes.
¿Será cosa de mi padre? Es una maldición nightshade. ¿Habrá enviado a alguien? ¿Se ha cansado de mis visitas, cada vez más infrecuentes, y de mis maniobras de dilación?
No he sido yo. Pero Oro ya ha decidido que sí.
Hoy no solo han muerto estas gentes. Nuestra amistad muere también. Para siempre.
Y un fragmento irregular de mí mismo, hecho de confianza, esperanza y una pizca de felicidad, muere con ella.
Salgo corriendo en sentido contrario. Me encierro, construyo muros, entierro cualquier emoción que hubiera asomado en las últimas dos décadas. Fue un error. Siempre fue un error. Regreso a mi alcoba y hago lo mismo que llevo años evitando.
Vuelvo con mi padre.
Es poco más que piel y huesos. La cota de malla le cuelga como un saco cuando se pone de pie con tembloroso esfuerzo.
El asunto de la maldición le sorprende tanto como a mí. Esperaba que estuviera exultante. Todo el mundo está muriendo. Es nuestra oportunidad de apoderarnos de la isla.
En vez de eso, dice:
—Ha llegado el momento, pues.
Lo miro de hito en hito, pensando que debo de haberle oído mal. Su voz es un graznido ronco.
—¿El momento de qué?
Avanza con paso inseguro hacia el centro de la sala, hacia mí.
—Mientras estabas fuera, asesiné al profeta —dice en un tono tranquilo—. No quería desvelarme el futuro. Pero el muy necio escribió un libro entero de predicciones. Torturé a sus seguidores hasta que me revelaron una profecía.
Ladea la cabeza. Sus ojos rebosan una determinación ardiente.
—El poder de Cronan resurgirá. Nuestra estirpe los gobernará a todos. Nightshade recuperará todo lo que hemos perdido.
Me está hablando a mí. No me mira con desilusión. Por una vez, me mira con orgullo.
—La piedra —dice con expresión emocionada— será tuya. Tú te apoderarás de ella.
El diamante. Infinito.
Mis emociones permanecen apagadas, pero noto un cosquilleo de inquietud. Ya he presenciado demasiadas muertes, ya he arrebatado demasiadas vidas en nombre de mi padre. Hoy otros tantos han perecido en Lightlark. ¿Cuánta muerte más puede soportar este mundo?
Él sigue hablando.
—Dejaremos todo esto atrás, aunque será a costa de un gran sacrificio. Tengo que dar mi vida por ti. Ha llegado el momento.
No. Jamás, ni en mil años, habría pensado que mi padre se sacrificaría. Pero lo único que le importa es la continuidad de su estirpe. Quiere que conquistemos el mundo, aunque eso implique su muerte.
Yo no comparto su sentido del deber. No comparto sus sueños de conquista.
En Lightlark, cuando era libre para hacer lo que me placía…, cuando nadie me ordenaba que asesinara a infinidad de personas…, por fin experimenté algo parecido a la felicidad.
Todo eso se ha esfumado.
Busco en el aire algún atisbo de emoción. Un alma en mi desalmado padre. Tristeza. Miedo. Remordimientos.
No percibo absolutamente nada.
—No puedes hablar en serio —le digo—. ¿Estás dispuesto a morir? ¿Por esto?
Me mira.
—¿Crees que temo a la muerte? —Niega con la cabeza—. Esto me trasciende. Te trasciende a ti. Esto es el destino. Cada uno de nosotros debe cumplir su cometido para que nuestro linaje nunca desaparezca. Para que los gobernemos a todos.
Da un paso hacia mí.
—La profecía incluía algo más. ¿Sabes qué ha provocado todo esto?
¿Las muertes de hoy? ¿Las maldiciones? El amor.
—Pronuncia la palabra como si le asqueara—.
¿Y sabes cuál es la mayor amenaza a nuestra estirpe?
No son los seres maléficos. No son los otros reinos.
Es el amor. Eso fue lo que Cronan nos advirtió desde el principio y el aviso que contenía la profecía. «El amor destruye reinos enteros».
Me agarra del cuello de la camisa con una fuerza sorprendente, teniendo en cuenta su estado.
—Tú nos conducirás a la grandeza. Tú te asegurarás de que se cumpla la profecía. Aniquila tu corazón, Grimshaw. Asesina tus sentimientos. No te comportes como un necio.
Me tiende su corona.
Se me antoja venenosa al tacto. Como si algo en la médula de mis huesos ya supiera que esto es un error.
—Cuando este día termine, yo estaré muerto y habrá llegado tu momento —dice mi padre—. Es hora de que el poder de Cronan se alce triunfante.
Lo transporto a Lightlark. Sé que es la última vez que lo veo.
Y sé que las cosas ya nunca volverán a ser las mismas.