Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 3. Furia. Veinte años más tarde #2
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Capítulo 3. Furia. Veinte años más tarde #2

En el último momento empleo hasta el último vestigio de fuerza que poseo para convertir mi cuerpo de carne y hueso en una voluta de humo, igual que hago para traspasar las paredes, y la hoja me atraviesa sin rozarme.

Pero los dos lo hemos visto.

Él ha ganado. De no haber usado mi poder, me habría quitado la vida.

El segundo hijo ha vencido esta batalla contra mí.

Trastabillo hacia atrás para internarme en las llamas. Las empleo como muro tras el que ocultarme y me transporto al castillo.

Mis sentimientos, mis recuerdos han desplazado ese eje que con tanto cuidado había construido.

Siento. Estoy sintiendo. Doy unos pocos pasos antes de vomitar.

Me paso la mano por la boca cuando termino.

Con los dientes apretados, intento enterrar nuevamente las emociones, igual que hice antes.

Consigo doblegar unas cuantas, pero no to das.

Conservo los remordimientos, el odio a mí mismo, el dolor…

Encuentro a mi padre desparramado en el trono. Cuando me ve, apenas puede levantar la cabeza.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto, y es la primera vez que le pido cuentas de algo. Su debilidad implica que me dejó solo ahí fuera y tuve que matar a miles porque él así lo había ordenado.

«Y él no tiene fuerzas ni para sentarse erguido».

Entorna los ojos ante mi insolencia, y yo me pregunto si sería capaz de matar a su único heredero. Los sentimientos que llevo dentro se agitan de nuevo y casi deseo que lo intente.

En vez de eso me muestra la palma de la mano. En el centro hay una marca que no entiendo.

—¿Qué es…?

—Estoy maldito —me dice—. Lo noté, y el augur hizo una lectura de mi sangre. Me lo confirmó.

¿Maldito?

—¿Qué clase de maldición?

Las maldiciones son una práctica ancestral que solo unos pocos a lo largo de nuestra historia han dominado.

—Una vinculada a un objeto.

Mi voz suena áspera, desesperada, porque este cabrón no puede morir.

—¿Qué objeto?

—En la isla de Atlas hay un…

—Un diamante.

Susurro la palabra al recordar uno de los muchos secretos que Laila me contó. Pensar en ella me genera otra dolorosa llamarada de arrepentimiento. Me esfuerzo en apagarla.

Asiente.

—No pude apoderarme de él… y me maldijo por intentarlo.

Me quedo atónito. A lo largo de estos últimos años he investigado sobre ese diamante que se conoce como Infinito.

Dicen que alberga una habilidad sobrenatural.

Cuentan que la escalada para apoderarse de él es traicionera.

Y… la pie dra ha acabado incluso con la vida de aquellos que han llega do a la cima de Atlas.

No entiendo por qué mi padre, gobernante de Nightshade, corrió un riesgo tan grande. Luego se me ocurre un motivo.

—Pensaste que su poder nos ayudaría a ganar la guerra.

Una sonrisa asoma a las comisuras de sus labios. Parece próximo a perder el juicio cuando se inclina hacia delante.

—¿La guerra? Esa piedra me habría permitido conquistar el mundo.

Ahora que mis emociones están desatadas, una extraña rabia me invade, porque yo albergaba estúpidas esperanzas de que terminara el derramamiento de sangre. La muerte inacabable.

Pero está claro que solo es el principio.

Mi padre nunca se dará por satisfecho. No solo quiere Lightlark. Lo quiere todo.

Comprendo la realidad de nuestra situación.

Mi padre se está muriendo.

Acaba de matar al rey y a la reina. Si la respuesta del segundo hijo se puede considerar un indicio, cada una de las personas de esa isla atacará pronto a nuestras fuerzas, y con saña.

Ya hemos perdido a demasiados guerreros.

Y yo… yo no puedo luchar así. Necesito alejarme un tiempo de la batalla, del derramamiento de sangre, alejarme del padre que odio para recuperar el control de mis emociones.

Para olvidar. Para reforzar los muros que los sentimientos y las palabras del sunling han derribado.

—Tenemos que rendirnos —declaro con voz firme.

La rabia destella en los ojos de mi padre.

—Tienes que concentrarte en cómo sobrevivir a esto —le digo, fingiendo que me importa lo más mínimo su bienestar, al margen de mi propio destino—.

Aunque ga nemos…, no estamos en posición de ocupar Lightlark.

Volverán a someternos. No podemos permitirnos más pérdidas.

No contigo en ese estado… Podría ser el final de Nightshade.

Mi padre se niega. Intenta participar en la siguiente batalla, como para demostrar que no ha perdido las fuerzas, y casi lo paga con la vida.

Yo soy un despojo. Pues ahora que han caído los muros que protegían mi mente y mi alma, lo siento todo.

La tristeza. El dolor. Y sale a la luz mi propio yo, hasta que solo la carne y mi armadura sostienen la vergüenza y el autoodio infinitos que soy.

En el campo de batalla, eso por poco me cuesta la vida. Y casi me gustaría haberla perdido.

Mi padre adelgaza. Palidece todavía más, si cabe. Es prácticamente un pellejo cuando me pide que acuda a la sala del trono varias semanas más tarde. Tiene otro plan. El primer paso es la rendición.

Está tan débil que apenas puede levantar la mano para firmar el tratado de paz.

—Ve —dice—. Encuentra la manera de que nos apoderemos de la isla de una vez por todas, desde dentro.

Tan pronto como arribo de nuevo a las costas de Lightlark, me encierran.

Y durante meses no abandono las mazmorras.