Capítulo 3. Furia. Veinte años más tarde
M i hoja está cubierta de sangre. Nada nuevo; al me nos, no desde que mi padre declaró la guerra a Ligh tlark hace cinco años.
La deslizo por la hierba para limpiarla y me abalanzo hacia delante con semblante inexpresivo.
Alguien suplica misericordia a mis pies. Dice que tiene hijos.
Le abro la garganta antes de que pueda decir nada más.
«Necio», pienso. Solo un necio tendría familia siendo guerrero. Solo un necio haría algo tan estúpido como amar algo o a alguien, cuando nada evitará que la vida conduzca a la muerte.
Son patéticos, todos ellos.
La primera vez que pisé el campo de batalla, me recibió una avalancha de miedo, pánico y dolor. Por poco me ahogo en tantas emociones.
Así que aprendí a cortarles el paso.
Igual que aprendí a cortar el paso a las mías.
Dicen de mí que soy despiadado. Cruel. Un monstruo. La muerte en persona. Tienen razón. No hay piedad en mí. No tomo rehenes ni dejo cadáveres atrás.
Porque nadie jamás mostró misericordia conmigo.
Mi acero traspasa otro pecho. Liquido a todos los guerreros, uno a uno, tan solo concentrado en el camino de mi espada.
Sigo órdenes. Es mi deber. Es mi papel.
Y se me da bien.
Al final, cuando todos han caído, transporto los cuerpos a Nightshade para que nuestro pueblo sepa hasta qué punto somos fuertes a las órdenes de mi padre. Algunos dicen que es una crueldad no permitirles enterrar a los muertos.
Puede que estén en lo cierto. Sin embargo, desde que soy el heredero al trono, nunca he fingido ser algo distinto a un monstruo.
Recorro los pasillos del castillo nightshade con andares decididos entre el repicar de mi armadura y los ecos de mis botas contra el suelo de piedra negra.
Mi padre está sentado en su trono hecho de sombras calcificadas, susurrantes y onduladas. Me saluda con un gesto, un simple movimiento del mentón, el único reconocimiento que me va a dispensar.
Me inclino ante él sobre una rodilla.
—Quinientos trece —le informo. Es el recuento de los muertos. Es el recuento de los que han sucumbido a mi espada.
Tuerce el gesto.
—Deberían rendirse —dice—. ¿Por qué no lo han hecho?
Me incorporo.
—Es el comandante. El príncipe sunling.
«El segundo hijo». Él lidera los ejércitos. Él, con sus arengas, su esperanza y su pasión, ha reunido hombres que son más que meros soldados.
Mis hombres luchan por miedo a mi padre.
Los hombres sunling…
Esos hombres luchan por amor a su hogar, a su pueblo.
El amor es para los necios y los ha convertido a todos en unos insensatos. Ha empujado a miles a la batalla casi sin tener el equipo adecuado.
Hay que ser idiota.
Aunque… han resultado ser más fuertes de lo que yo preveía. Más resistentes.
Mi padre frunce el ceño.
—¿Un segundo hijo supera a mi heredero? ¿Ni siquiera el primogénito?
Me rechinan los dientes. Si mi padre hubiera participado en la batalla, si no se hubiese negado a quedarse en casa hasta el final de la guerra, quizá no habría durado tanto.
Podría haber concluido hace mucho tiempo, de haber contado con la fuerza de mis sombras. Pero eso habría requerido reabrir mis emociones. Desenterrar aquel dolor. Es lo único que me niego a hacer. Afortunadamente, mi padre no sospecha que me estoy conteniendo.
Estoy harto de luchar. Puede que se me dé bien matar, pero no disfruto con ello. Y con cada vida suprimida… siento que el muro se derrumba. Mis emociones reprimidas se agitan. Ha llegado el momento de acabar con esto de una vez y para siempre.
—Era uno de sus bastiones de resistencia más duros, y lo han perdido. Esta noche, mientras se recuperan, trataremos de tomar el castillo.
Se levanta.
—Entonces ¿ha llegado el momento? —pregunta.
Asiento.
—Ha llegado el momento.
Ha llegado el momento de que perezca el rey de Lightlark.
Han muerto, él y su esposa.
Mi padre acaba de matarlo. Era la primera vez que le veía ejercer tal poder: brotó a borbotones, como si llevara tiempo acumulándolo. Guardándolo para este momento.
Las sombras envolvieron su acero. El metal las proyectó para abatir a los dos gobernantes a un tiempo. Cayeron juntos.
Ahora oigo al comandante gritar desde el otro lado del campo.
El castillo está aquí mismo, a nuestro alcance. Sus soldados más poderosos han creado una muralla que opone resistencia a nuestros guerreros.
«Vamos a ganar», pienso.
Miro a mi padre. Su espada reabsorbe las sombras. Me devuelve la mirada y me quedo petrificado.
Le tiemblan los brazos. Sus ojos están inyectados en sangre. Parece un hombre debilitado, y eso no tiene sentido porque en teoría es el más fuerte de todos nosotros.
El comandante, el príncipe sunling, llega corriendo, directo hacia nosotros. Apunta a mi padre con su espada.
Lo va a matar.
«Debería permitírselo», pienso. Debería dejar que este sunling de ojos arrasados en lágrimas, cuyos rugidos de rabia ahogan el resto de los gritos, acabe con la vida de mi padre.
Pero entonces yo sería el gobernante. Y no quiero serlo. Nunca, si puedo evitarlo.
La guerra me ha pasado factura. Las infinitas batallas. Los ríos de sangre.
Llevamos siglos con esto y estoy cansado.
«Muy cansado».
—Ve —le digo a mi padre—. Yo me ocuparé de él.
Asiente. Lo transporto entre portales usando sombras para camuflarlo.
Luego relajo los hombros y desenvaino mi acero.
El príncipe sunling exhibe un gesto de rabia. Ruge. Llora…
La emoción me asquea.
A pesar de eso, decido advertirle.
—Es mejor que no te enfrentes a mí —le digo mientras se acerca.
No afloja el paso. No vacila, aunque advierto que un grupo —sus amigos, por lo que parece— intentan detenerlo.
En respuesta a sus gritos crea una muralla de llamas que los obliga a apartarse. Obliga a apartarse a su gente.
El muro se curva hacia nosotros hasta convertirse en un anillo que nos envuelve. Solo estamos él y yo.
—¿Dónde está tu padre? —me pregunta mirando a un lado y a otro con frenesí. El ansia de venganza le desencaja el semblante.
Respondo en un tono de voz inexpresivo.
—Se ha marchado. Tendrás que luchar conmigo.
No siento nada.
Él…, en cambio… Dejo caer la barrera que nos separa y sus emociones me golpean como un ariete. Casi me hacen trastabillar.
Dolor. Dolor a raudales.
Pérdida.
Furia.
Frunzo el ceño. ¿Es eso lo que se siente cuando quieres a tus padres?
—¿Quién es? —le pregunto con curiosidad genuina—. ¿Quién es aquel cuya muerte te ha empujado a ser tan temerario como para venir aquí a enfrentarte conmigo? ¿Tu padre?
Noto un leve cambio en sus emociones.
—¿Tu madre?
Ahí está. Ahí, una oleada de tristeza arrolladora. Casi hace que lo compadezca, que compadezca a mi enemigo. A la persona cuya sangre está a punto de resbalar por mi hoja.
—Ah, ella…
Se abalanza sobre mí y mi espada a duras penas intercepta la suya.
—Ni se te ocurra hablar de mi madre —gruñe.
Emoción. La emoción nubla el juicio. Distorsiona la habilidad.
Eso me permitirá ganar, comprendo.
Hurgo en la herida. Retuerzo la vena hasta dejarla seca.
Una sonrisa se extiende por mi rostro. Es fría. Privada de cualquier sentimiento.
—Te voy a decir una cosa. Reduce las llamas y te dejaré conservar su cuerpo. Te permitiré que le des un entierro digno.
Como si este fuego pudiera atraparme.
Una nueva fuente de dolor atraviesa el aire. Es pesado, como lluvia. El sunling arremete de nuevo y esta es la habilidad que he visto de lejos. No es mal luchador.
Solo que yo soy mejor.
Giro sobre mí mismo raudo como el rayo y le atravieso la armadura. Pero es como si no notara el dolor.
La sangre mana a chorro de la herida y él se limita a embestirme contra las llamas. Solo mis sombras impiden que me chamusque.
—Tu padre me lo ha quitado todo —dice, y su voz es pura rabia y agonía. Sus ojos brillan incandescentes—. Yo se lo quitaré a él.
Se abalanza contra mí y consigue arañar mi armadura.
Por poco me echo a reír. Como si yo pudiera significarlo «todo» para alguien.
Si le importo a mi padre, se debe solo a que garantizo la supervivencia de nuestro linaje. Mi capacidad de transportarme entre portales le convenció de que teníamos que recuperar todo lo que perdimos. Todo aquello que, según él, nos pertenece por legítimo derecho.
Lo conseguimos. Estamos a punto de conquistar Light lark. El rey y la reina han muerto. Esta guerra, por fin, pue de concluir.
Esto ya se está prolongando demasiado.
Contraataco con todas mis fuerzas. En el último momento, él aprieta los dientes y rechaza el golpe. La punta de mi acero le abre un tajo en la mejilla, pero de nuevo se comporta como si no notara el dolor punzante. Es como si no pudiera sentir nada que no fuera esa tristeza demoledora.
—Tú no puedes entenderlo —dice con la voz temblorosa de rabia mientras nuestras hojas patinan una contra la otra—. No has experimentado el dolor de ver a la persona que más quieres perder la vida delante de ti.
Me quedo paralizado. El mundo se detiene. Se acalla. Esas palabras… Esas palabras son más poderosas que su espada. Es posible que rechace su metal con el mío, pero esa frase me traspasa.
He dejado caer la barrera para sentir sus emociones.
Las mías regresan de golpe, por primera vez en décadas, con la fuerza de un maremoto.
«Laila».
Su ofuscación cuando comprendió que padre la había traicionado. Su grito contenido cuando se dio cuenta de que iba a morir. Yo la maté.
«Yo la maté».
No puedo respirar. Me tambaleo hacia un lado, desequilibrado.
Reprimir las emociones no las ha erradicado, les ha prestado más potencia, como si se hubieran concentrado debajo de mis costillas para acumular fuerzas, y ahora me ciegan, me traspasan como las cuchillas de sombras que la traspasaron a ella.
Yo la maté. Veo los jirones de su carne, toda la sangre. Veo la luz apagarse en sus ojos. Siento el dolor, la traición.
Ella confió en mí y yo…
Parpadeo justo a tiempo de ver la espada de Oro a pocos centímetros de mi pecho, a punto de atravesarme el corazón. Debería dejar que lo hiciera.