Capítulo 2. Insondable. Cinco años más tarde
D urante años, no empleo mi don. Finjo que no existe. Pero, según se aproxima la Justa, empiezo a hacerme preguntas.
Empiezo a preguntarme por los límites del mundo. Por todas las estrellas que alcanzo a ver.
Una noche, cuando todos están durmiendo, busco ese poder.
Lo aferro.
Voy a parar a los jardines. Tardo horas en volver a mi alcoba. La noche siguiente pruebo a transportarme más lejos. A las montañas nevadas que hay en las inmediaciones del palacio.
Luego a los mercados.
No puedo parar. No quiero hacerlo. Cada noche me transporto a un nuevo lugar. Visito todo un mundo fuera de mi alcoba. Fuera del palacio. Fuera de los terrenos de entrenamiento.
Y es maravilloso.
Hay una tienda en particular que visito una y otra vez. Una tienda de regalices. La golosina me mancha la lengua de morado.
Laila se da cuenta.
—¿Qué es? —me pregunta.
—Los robé de las cocinas —miento.
Coge uno. Lo mastica. Frunce el ceño.
—Es asqueroso.
—Mejor. Más para mí.
Me paso meses enteros explorando, aprendiendo y poniendo a prueba los límites de mi poder, de este don. Aun que el momento de mi muerte está cada vez más cerca, nun ca me he sentido más libre.
La Justa se celebrará dentro de tres días.
Todos mis hermanos están entrenando. Se preparan para la lucha a muerte.
Algunos han intentado envenenar a los demás como medida previa a la Justa.
Por eso la guardiana Sorsa, que es mi tutora más reciente y me trata con una bondad poco habitual, me dice que no me beba el té matutino.
Cada día veo cómo sacan del castillo los cadáveres de mis hermanos y los entierran.
El engaño se aplaude. Cualquier medio es válido para conseguir el objetivo inevitable. La supervivencia del más poderoso.
Laila me visita una noche. Entra volando en mi alcoba por un orificio de la pared y aterriza de pie.
—Debo preguntarte una cosa —me dice. Tanteo el aire en busca de sus emociones y no percibo ninguna. Está totalmente tranquila cuando pregunta—: ¿Cómo quieres que lo haga? ¿Tienes alguna preferencia?
Por una vez, noto un estremecimiento de tristeza ante mi muerte inminente. Dejar este mundo se me antoja peor ahora que tengo algo por lo que vivir.
—Atraviésame el corazón —le pido.
Asiente.
—Bien.
Y luego hace algo inesperado. Me abraza.
Entierra la cabeza en mi hombro. Solo entonces percibo en ella una única descarga de emoción. Es una de las pocas veces que exhibe algo parecido a un sentimiento.
—Te echaré de menos —me dice—. Me he… me he divertido en nuestras aventuras.
Levanta los ojos y veo lágrimas en ellos. Está llorando.
—Yo también me lo he pasado muy bien —respondo con sinceridad, aunque casi siempre acabara castigado.
Es la única de mis hermanos que nunca me marginó por no ser capaz de usar mis habilidades.
Es la única persona que me ha invitado alguna vez a salir de esta alcoba.
Sin ella, jamás habría visto aquel cúmulo de estrellas.
Nunca habría ansiado conocer las tierras que se extienden más allá de estos muros.
Y, aunque voy a morir sin ver la mayoría de las maravillas de este mundo, he visto algunas y con eso me basta.
—Algún día serás una gran gobernante —le digo, también de corazón.
Ella sonríe y una sola lágrima escapa hacia el hoyuelo de su mejilla.
—Lo sé. Solo desearía que estuvieras aquí para verlo.
Laila se marcha y yo permanezco a solas, mirando cómo la nieve se derrite en la ventana velada de mi alcoba.
Me quedan pocas noches de vida y quiero ver qué hay más allá de estas tierras. Quiero ver más.
Quiero ver la otra isla.
Está prohibido. Nadie tiene permitido abandonar Night shade y nadie está autorizado a entrar. Se considera traición.
Pero no tengo nada que perder.
No hay mapas de nuestro mundo en este castillo, pero he encontrado bibliotecas abandonadas.
Mientras los demás perfeccionaban sus habilidades para la matanza, yo investigaba y recogía información.
Ahora, por fin, conozco el camino. Conozco la distancia.
Eso de ser prescindible, de que nadie se fije en ti, tiene sus ventajas.
La última vez, me digo. La última ocasión para abandonar esta alcoba y explorar lo que hay en el exterior. Me transporto más lejos que nunca.
Me transporto a Lightlark.
Este territorio no está cubierto de cenizas. Es verde. Las playas no son de roca pulverizada, son suaves y doradas. Es hermoso, como las estrellas amarradas del cielo.
Estas gentes son nuestros enemigos.
Se considera traición estar aquí.
Pero me quedo. Me quedo toda la noche, explorando bosques con frutos que nunca había visto, transportándome a tierras plateadas, azules, doradas y de un verde profundo.
Para cuando vuelvo, he consumido tanto poder que voy a parar a los jardines del palacio de invierno. Apenas me queda magia para llegar a mi alcoba.
Me sumo en un sueño tan profundo y apacible como un mar sin olas.
Al día siguiente, me despiertan los gritos.
Luego, silencio.
«Laila».
Mi puerta está cerrada, pero me transporto al exterior. Me apresuro por los pasillos.
Y entonces empiezo a verlos.
A mis hermanos, desparramados por el suelo con los cuerpos mutilados. Amontonados. Ensangrentados. Tengo que pasar por encima de los cadáveres.
«Laila». Mis habilidades se expanden hasta abarcar todo el castillo en busca de la tonalidad única de sus emociones. El pánico se derrama por mi pecho.
Por fin la percibo. Está viva. Capto su ofuscación.
Recorro un pasillo tras otro hasta que por fin la avisto.
A mi padre, plantado en medio de sus hijos muertos.
Sujetando a Laila por el cuello.
El terror de mi hermana me atenaza los huesos. Es la primera vez que la noto asustada. Nunca había tenido miedo, ni una vez.
—Dime, Grimshaw —empieza mi padre. Se vuelve despacio a mirarme, arrastrándola consigo—. Dime dónde estuviste anoche. Dime a la cara cuál es tu secreto.
Sus ojos negros son dos pozos insondables.
—Yo…
La mente se me queda en blanco un momento mientras él aferra a Laila con más rabia.
El miedo me gotea por dentro. Alguien debió de verme cuando aparecí en los jardines de la nada.
Mi padre habrá puesto a prueba su teoría encerrándome en mi alcoba.
Me las arreglo para hablar con voz firme, no sé cómo, cuando le cuento lo que ya sabe.
—Puedo transportarme entre portales. He abandonado el castillo —confieso—. Ahora suéltala.
Mi padre entorna los ojos al oír la orden y esa única mirada habría inundado de temor mi corazón si no rebosara ya terror. Él no me asusta. Temo por ella.
—Si tuvieras otro don que no fuera el de Cronan, te rebanaría la garganta.
Busco mi poder. Intento transportarla a otra parte, rescatarla del peligro, pero no funciona. Mis emociones son demasiado inestables ahora mismo, están desatadas. Nunca he transportado a nadie que no fuera yo.
Todavía la sujeta por el cuello.
—Mátala —me ordena mi padre.
No me falla la voz, aunque desobedecerle implica traición.
—No.
Ladea la cabeza.
—Veamos si ella te dispensa la misma misericordia.
La empuja delante de mí.
«Laila».
Alargo la mano para ayudarla, para llevármela a alguna parte.
Pero ella no la coge.
Entorna los ojos. Y, justo cuando intento aferrarla entre mis brazos, desaparece.
No, no ha desaparecido; se ha transformado. No he tenido tiempo de pestañear y ya es un murciélago. Pienso que va a escapar volando, que abandonará este lugar, pero entonces la percibo.
Una oleada fría de determinación. Una concentración total y despiadada mientras se abalanza directa hacia mi cuello con los colmillos por delante.
Debería haberlo imaginado. Laila lleva años hablando de asesinarme. Somos los dos últimos herederos vivos y ella ha querido esto toda su vida.
¿Qué pensaba yo que pasaría? He sentido sus emociones. Me tiene cariño hasta cierto punto, pero el poder le importa más. Igual que a padre.
Dejo caer las manos. No me transporto a otra parte ni busco la espada. La decepción de mi padre me asfixia, pesada como alquitrán, pero me da igual. No voy a defenderme. Me niego a enfrentarme a ella.
Sus dientes como cuchillas encuentran mi yugular… y entonces sucede algo. La profunda mina de poder que albergo cobra vida.
Sombras cortantes brotan a borbotones de mi piel.
Todas la traspasan a un tiempo y la veo agrandar esos ojos gatunos. La fuerza de mis sombras la empuja. Cuando llega al suelo, vuelve a ser ella misma.
Y su cuerpo está hecho jirones. «No». ¿Qué he hecho? Me precipito hacia ella y me golpea una ola de dolor y terror tan inmensa que me caigo al suelo. Gateo hacia ella y acuno su cuerpo mientras ella sangra por mil heridas.
—Lo siento —le digo tratando de detener la hemorragia. Tratando de despertarla—. No… No sé qué ha pasado, yo…
Sus ojos.
Rebosan sentimiento de traición. Conmoción. Una tristeza devastadora.
Luego, nada.
Ha muerto.
Rujo aferrado a su cuerpo. No. Esto no puede estar pasando. Tiene que haber… Tiene que haber una manera de deshacer esto.
He leído unos cuantos libros sobre sabiduría antigua. Sé que existe algo, una manera peligrosa de compartir poder. De salvar una vida. De transferirla. Pero requiere verdadero cariño por ambas partes.
Sé mejor que nadie que, en el fondo, Laila nunca me ha querido. Lo intento. Lo intento a pesar de todo. Intento darle mi propia vida, mis propios poderes, para compensar el hecho de que la he matado.
Pero ella se enfría en mis brazos. Sus ojos siguen abiertos, ahora vidriosos. Su sombra, su aura, ha desaparecido.
Ha muerto.
Dolor. Un dolor insoportable.
Las sombras irrumpen de golpe. Lo destruyen todo a su paso, desgarrando incluso los suelos. Arrasan el castillo como una violenta tormenta de oscuridad. Los cuerpos de mis hermanos se convierten en cenizas delante de mí. El cuerpo de Laila cae en la grieta y yo aúllo.
Solo quedamos mi padre y yo.
Permanezco minutos enteros ahí plantado, jadeando, mirando lo que acabo de hacer. «¿Qué he hecho?».
Entonces padre se acerca. Me apoya una mano en el hombro y yo doy un respingo. Es la primera vez en mi vida que me toca. La primera vez que parece ser consciente de que existo.
—El dolor es poder —se limita a decirme.
Se marcha, y mi cuerpo por fin se derrumba. Me desplomo en lo que queda de suelo.
Está muerta por mi culpa.
Todos lo están.
Esto… esto duele demasiado. Dolerá por toda la eternidad.
Mi dolor es infinito.
Y, a partir de ese día, también mi poder lo es.
Sorsa me encuentra en el suelo horas más tarde, cubierto de cenizas, temblando. Ese estallido de poder me ha dejado va cío y frío. Me levanta despacio y me seca la cara. Me trae prendas limpias.
Me lleva a las cocinas.
Estoy tiritando. No puedo parar.
Suena un leve tintineo mientras ella trasiega por la cocina, pero yo apenas lo oigo. Apenas soy consciente de su presencia hasta que la tengo delante otra vez. Me tiende algo. Una taza.
Al principio mis sombras atacan afiladas como garras, pero ella deja la taza delante de mí. Oigo el suave chasquido de la puerta al cerrarse.
Estoy a punto de romper la taza en mil pedazos cuando su aroma me inunda. Dulce. Es dulce.
El mero hecho de que huela bien me enfurece, pero tengo frío y estoy vacío, así que la cojo a pesar de todo.
Bebo.
Chocolate. Es chocolate.
Pruebo otro sorbo con tiento.
El dolor no cesa. En absoluto. Pero la bebida ayuda, aunque sea solo un poco. Me mantiene consciente. Me mantiene anclado a este sitio, a pesar de que lo único que quiero es dejar atrás el mundo y a mi padre con él.
La bebida se convierte en mi único remedio contra el dolor, que canalizo en poder. Odio a mi padre, pero es la única persona que me queda, así que el odio se transfor ma en el deseo de complacerlo. En la necesidad de que todo esto haya merecido la pena.
Porque si no… todos habrán muerto en vano. Ella habrá muerto en vano. El dolor de la pérdida me resulta insoportable, así que guardo mis emociones a buen recaudo. Endurezco mi corazón.
Me convierto en lo que Laila siempre quiso ser.
Me convierto en la mejor arma de mi padre.