Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 1. Infinito #2
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Capítulo 1. Infinito #2

Esta será la única oportunidad que tendré de ver este cielo.

Lo observo con suma atención. Me gustaría poder soñar con él en alguna ocasión. Quizá no sea la última vez que lo contemple.

En mis sueños, no lucho con mis hermanos. En mis sueños, puedo abandonar el castillo sin ganarme un castigo. En mis sueños, no soy el hijo del gobernante de Nightshade. No soy nadie. No me agobian las responsabilidades, el deber ni la tradición. Soy como las estrellas, libre, y nunca estoy solo.

—¿Te da miedo morir? —me pregunta Laila arrancándome de mis pensamientos.

No percibo ninguna tristeza en ella, solo curiosidad. Me giro hacia ella y sus grandes ojos castaños me observan con la misma intensidad con la que yo miro las estrellas.

Recuerdo haber visto esos ojos por primera vez hace años, en un pasillo. Era la única de mis hermanos que a veces me miraba al pasar. Me fijé en sus ojos porque tenían un color raro, dorado. Me recordaron a los ojos de un gato.

Fue en esa misma época cuando empecé a meterme en líos.

Yo tenía tres años en aquel entonces y parece ser que me había propuesto encontrar a mi madre.

De alguna manera me colé en una sala del palacio que albergaba a las aspirantes que todavía les daban el pecho a sus herederos.

Les fui preguntando de una en una si alguna de ellas era mi madre, hasta que los guardianes me encontraron y me sacaron de allí a ras tras.

Lo sé porque la guardiana Asa me contó esa anécdota hace poco, mientras me cortaba la piel a tiras como castigo por dejarme golpear durante el entrenamiento.

Debió de conocer la historia a través de sus precursoras.

Se rio mientras me la explicaba. Su retorcido sentido del humor fue como una nube envenenada, y por primera y única vez deseé la muerte de alguien.

—No —le digo de corazón—. La muerte no me asusta. No si eres tú la que me mata. —Procurará que sea rápida. Confío en ella—. ¿A ti te da miedo estar sola? —le pregunto a mi vez.

Cuando gane, se convertirá en hija única. Con el tiempo será gobernante. No tendrá permitido casarse. El amor, y todo lo que implica, está estrictamente prohibido.

Laila se queda pensando. Su curiosidad es como una libélula que revolotea alrededor. Luego noto júbilo, cálido como un raro claro de sol.

—No —responde por fin—. Los gobernantes están destinados a vivir solos. Solo hay espacio para uno en el trono.

Las palabras podrían haber salido directamente de los labios de nuestro padre. Es probable que procedan de ahí. Pasa más tiempo con Laila que con cualquier otra persona. Creo que la Justa será una mera formalidad esta vez. Todos —incluido nuestro padre— sabemos quién ganará.

Y Laila tiene razón. Los gobernantes están destinados a vivir solos para siempre.

Es un alivio que yo nunca vaya a saber lo que se siente.

Las estrellas centellean en lo alto. Algunas salen disparadas dibujando espirales. Casi parece un mensaje de los dioses. Me gustaría saber qué significa.

Algunas caen y me pregunto si aterrizarán en alguna parte. Laila y yo nos incorporamos para mirar.

—¿Sabes dónde está? ¿El sitio al que van a parar? —susurra señalando al mar.

No lo veo desde aquí, pero sé a qué se refiere. Habla de Atlas, la pequeña isla que hay junto a la costa septentrional, compuesta de refulgentes trozos de roca. Asiento.

—Hay un diamante muy poderoso allí —dice con los ojos brillantes de la emoción.

Yo solo escucho las conversaciones de tanto en tanto, cuando me siento muy cerca de la puerta y acerco la oreja a la cerradura.

En cambio, Laila lo oye todo. Poder esconderse en las vigas para espiar es una de las mejores ventajas de su don, en mi opinión.

—¿En serio?

Asiente sonriendo, complacida consigo misma por saber algo que yo no sé.

—Dicen que Cronan lo escondió.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—No lo sé, pero todo el mundo lo quiere. Padre está decidido a apoderarse de él, pero de momento no lo ha conseguido. ¿Te lo puedes creer? —Su sonrisa se ensancha—. Yo lo conseguiré algún día. Tiene nombre, ¿sabes?

—¿Cómo se llama?

—Infinito.

Frunzo el ceño.

—¿Eso qué significa?

El orgullo la envuelve, denso como una nube.

—Es el mayor número del mundo. Significa «todo al mismo tiempo en todas partes».

Todo… al mismo tiempo… en todas partes.

—Algún día mi poder será infinito —dice con orgu llo—. La piedra será mía y nadie será capaz de detenerme. Y, si padre quiere castigarme, no podrá hacerlo.

Su mirada se ilumina, ávida, y yo no me puedo imaginar cómo debe de ser un deseo tan grande.

—Lo será —asiento, y devuelvo la mirada a las estrellas. Me pregunto qué ven desde ahí arriba. Seguro que las estrellas son muy sabias, todavía más que Laila. Deben de conocer todos los secretos y todos los rincones de este mundo que nadie ha explorado nunca.

Las envidio.

Nos quedamos mirándolas tanto rato que Laila se duerme en la nieve. No frunce el ceño. No, parece estar en paz. Me invade una tristeza inmensa al pensar que, algún día, será responsable de todo un reino.

Si pudiera, la salvaría de todo esto, de este destino, pero es lo que ella quiere. Es lo que siempre ha querido.

Cuando la última estrella se apaga por fin y el cielo nocturno recupera el tenue resplandor de siempre, la llevo a casa.

Me las ingenio para saltar el muro con ella a cuestas.

Procuro esconderme detrás de las estatuas para que no me vean desde las muchas ventanas.

Pero mis botas crujen ruidosas contra la hierba helada por culpa del peso añadido.

Cuando doblo el recodo del palacio para entrar por la puerta trasera, la guardiana Asa nos está esperando.

Me quedo helado y doy media vuelta. El pánico que siento genera una única sombra, suficiente para ocultarnos, pero la guardiana Asa debe de notarlo, porque la sombra desaparece al momento como si una mano la arrancara. Su mano.

Clavo los dedos en el brazo de Laila. Al momento está despierta y volando por los aires.

Seguro que Asa se da cuenta de que el murciélago es ella, pero no hace el menor intento de capturar a Laila. No, en todo caso, su capacidad de escapar será recompensada.

Y mi incapacidad de volar tendrá un castigo.

—Es la tercera vez, Grimshaw —dice Asa, que me agarra el brazo con tanta fuerza que me hace sangre con las uñas. Me sobresalto y ella me las clava aún más profundamente en la piel—. No sirves para nada. Mira que corromper a tu hermana, futura gobernante de Nightshade.

Como si no hubiera sido idea de Laila.

No digo ni pío. Nunca lo hago.

—Vas a pagar por esto.

La guardiana Asa se pasa horas enteras rajándome la piel con sus sombras. Me corta nuevas tiras y profundiza las capas de cicatrices.

Pero me inunda la calma cuando pienso en el remolino de estrellas y, por primera vez, apenas noto las heridas. Apenas noto la sangre cálida que me resbala por la espalda aterida de frío.

Es la primera vez que no aúllo de dolor y eso solo sirve para que me corte más profundamente, hasta que por poco me desmayo por la pérdida de sangre.

Para cuando la guardiana Asa ha terminado conmigo, hacen falta nada menos que tres guardianes para llevarme a mi alcoba. Apenas conservo la consciencia. Noto su fastidio, su irritación.

Tienen esperanzas de que yo muera.

Yo espero vivir. Pues esa cadena de estrellas me ha mostrado que la belleza existe. ¿Cuántas cosas aguardan a ser descubiertas fuera de los muros del palacio? «Infinitas maravillas», pienso. Hay todo un mundo ahí fuera, y esas estrellas se me antojan una promesa de días mejores.

Los guardianes me dejan en el frío suelo de piedra y yo todavía estoy pensando en el cúmulo de estrellas cuando cae la oscuridad.

Parpadeo una vez. Otra.

Todavía es de noche. Todavía estoy vivo.

«Laila».

¿Estará herida? Los guardianes nunca la han castigado, pero ¿y si han hecho una excepción por esta vez?

Me van a volver a castigar, pero me da igual. Me levanto del suelo apoyándome en los temblorosos brazos. Grito de dolor, porque tengo la espalda en carne viva, la piel desprendida. La tela de la camisa me roza el músculo desnudo. Lo veo todo negro, pero me las arreglo para aguantar.

Consigo llegar a la puerta y me quedo helado cuando intento empujar la manilla.

Me han encerrado.

Yo suelo seguir las reglas hasta que Laila me pide que las rompa. Pero no paso con ella todo el tiempo. Entrenamos en partes distintas de la montaña. Los guerreros cumplen las órdenes y yo también.

Sin embargo, saber que me queda tan poco tiempo… Saber que puedo contar con los dedos de una mano los años que faltan para la Justa…

Sacudo la manilla, pero no cede. Intento derribar la puerta a patadas y mis fuerzas mermadas no son nada al lado de la madera de mil años de antigüedad.

Intento invocar sombras. Estoy tan desesperado que cobran vida. Avanzan muy despacio antes de desaparecer por completo.

Me desplomo en el suelo y…

No puedo respirar. No puedo… respirar.

No. Al contrario. Respiro con tanta ansia que las bocanadas de aire no llegan a mis pulmones. Me aferro la garganta, intento emitir un sonido, pero mi voz no quiere salir.

«Salir».

Tengo que salir. Tengo que salir de esta alcoba en la que me han encerrado. Necesito ser libre, de una vez por todas, por favor. Por favor, por favor, dejadme salir.

DEJADME SALIR.

Caigo de rodillas y apenas noto la piedra del suelo. Golpeo los ventanucos de la habitación y araño el cristal, como si pudiera rasgarlo.

Y de repente estoy aferrando arena.

Oigo el suave susurro de las olas a mi derecha. Una espuma plateada burbujea alrededor de mis rodillas.

Levanto la vista despacio y veo el castillo nightshade, en el que reside mi padre, erguido como una bestia en la distancia.

Es imposible.

¿Cómo ha sucedido?

Tiene que ser un sueño, pero no lo es. Todavía me escuece la espalda. Parpadeo una y otra vez, y nada cambia.

Estoy aquí realmente. Hace un momento estaba deseando salir del castillo…

Y, de repente, me encuentro en el otro extremo de Nightshade. El miedo desciende por mi estómago.

«Imposible». A duras penas soy capaz de controlar las sombras y está claro que no…

No tengo un don.

No tengo este don. No puede ser.

Esto era lo que quería. Ser libre. Salir. Debería sentir alivio, una calma fría como este mar que se encharca alrededor, pero lo único que siento es el veneno agudo del pánico.

Porque sé lo que esto significa.

No. Miro el castillo. Está encaramado precariamente sobre el acantilado, como un ser que se dispone a atacar.

Él no puede enterarse.

Padre no puede enterarse de que soy capaz de hacer esto.

Tengo que volver a casa. Pero ¿cómo?

¿Cómo he llegado aquí?

El amanecer se derrama por el horizonte y yo solo puedo pensar en el momento en que la guardiana Asa abra mi puerta y encuentre mi alcoba vacía.

Solo de imaginar su rostro siento una alegría malsana. Y una agradable idea atraviesa mi sensación de pánico.

¿Y si no volviera? ¿Y si esto fuera… un don? No podrán castigarme si no me encuentran.

La esperanza me permite volver a respirar profundamente y mis pulmones se llenan de sal, mar y brisa matutina.

Podría hacerlo. Podría escapar. La gente de Nightshade no sabe qué aspecto tengo; pensarán que soy un niño normal y corriente.

Y entonces… quizá pueda marcharme más lejos.

A lugares con los que ningún nightshade ha soñado.

Planeo toda una vida en segundos, una existencia repleta de momentos tranquilos, trabajo honrado y quizá una familia. Hijos que no tengan que matarse unos a otros por poder.

Pero entonces, como me pasa siempre, vuelvo a pensar en mi padre.

No le importará que me haya marchado. Prácticamente no sabe que estoy vivo. Pero cuando descubra que fui capaz de escapar de una habitación cerrada…

Solo otra persona en la historia de mi reino tuvo esta habilidad. Cronan Malvere. El fundador de Nightshade. Y si padre descubre que puedo transportarme entre portales…

Querrá que sea su heredero.

Una imagen de Laila muerta entre mis hermanos asoma a mi mente y niego con la cabeza para ahuyentarla.

No. Nadie debe enterarse. Lo guardaré en secreto y Laila me matará sin llegar a enterarse. Nunca lo sabrá.

Noto una sensación de ahogo, como si se me cerraran las costillas. Me escuecen los ojos. Tengo esta oportunidad, esta única oportunidad de ser libre, y la voy a dejar escapar.

Volveré al castillo, por ella. Encontraré la manera de volver.

El sol empieza a asomar. Los guardianes pronto abrirán mi puerta.

«Tengo que volver».

Araño la arena pensando en el castillo. Suplicando al sol abrasador y a la caricia fría del mar que, por favor, POR FAVOR…

Pasan horas y es una oleada de cariño hacia ella lo que al final me transporta de vuelta a mi alcoba. La puerta sigue cerrada por fuera. Todavía no han entrado.

Me desplomo hacia delante de puro alivio, todavía temblando del frío del océano, sintiendo el violento escozor de la sal en las heridas.

El alivio lo suaviza todo.

Estoy aquí.

Laila no correrá peligro.

Nadie repara en la arena de mis zapatos.