Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 1. Infinito
57%

Capítulo 1. Infinito

S iempre que me siento solo, me imagino desperdigado por el cielo.

Me imagino que soy inacabable, ilimitado, que me expando más allá de lo que alcanza el pensamiento. Me imagino que trasciendo esta única existencia.

Pronto descubriré que esa idea tiene un nombre.

Mi hermana me lo va a enseñar.

—Algún día lo conseguirás.

Doy un respingo, porque no me esperaba que Laila estuviera detrás de mí, recostada contra la pared como si llevara allí un buen rato. Debe de haber entrado volando por algún hueco del muro. Me da rabia que haga eso.

Me pongo tan colorado de la vergüenza que noto pinchazos en la cara y me escondo la mano en el bolsillo. Llevo media hora intentando crear una sombra enmascaradora. Por mucho que me concentre o corrija mi postura, no sucede nada.

Tengo poderes. Los he usado otras veces.

Pero son caprichosos. Raros. No me resulta fácil invocar sombras. Apenas las noto estremecerse bajo mi piel.

Es como si permanecieran en reposo, a la espera. ¿De qué? De eso no estoy seguro.

Yo no soy como mis hermanos. A veces los miro desde mi ventana cubierta de escarcha. Las sombras de los jardines se sienten atraídas por ellos cuando pasan. Mis hermanastros y hermanastras, que son todos más o menos de mi edad, las encadenan con descuido como si fuera sencillo, de manera natural.

«Es una carga», oí decir a un guardián en cierta ocasión, refiriéndose a mí, así que he probado de todo para llegar a ser esencial.

Salgo del palacio de invierno a primera hora de la mañana para acudir al entrenamiento con mis hermanos y con el resto de los hijos de la nobleza nightshade. Mientras que ellos se integraron con los esgrimidores de sombras, yo me uní a los guerreros. Me concentré en el manejo de la espada.

No puedo confiar en mis habilidades, pero puedo fiarme de mi metal.

Por desgracia, un acero tiene sus limitaciones.

—Deja, yo lo haré —dice Laila, que endereza la espalda y da un golpe de muñeca como si nada. Una sombra imponente se curva entre sus dedos y nos cubre como una capa.

A los ocho años, solo uno más que yo, mi hermana ya domina completamente sus habilidades.

Pienso que voy a notar el pellizco amargo de la envi dia…, pero no siento nada. No tengo celos de Laila. No ten go celos de las personas que quiero.

Me alegro de que sea capaz de crear sombras. No querría que perdiera esa capacidad.

Aunque ella las necesite menos que nadie.

Laila ha encontrado —o excavado— orificios por todo el palacio. Seguramente también por los terrenos de entrenamiento, en las montañas del Algid. Podría transformarse y salir en un instante. Esto lo hace por mí.

«Es una carga», oigo. Un susurro que resuena entre mis recuerdos.

Con la sombra tendida sobre nuestras cabezas, avanzamos despacio por el castillo.

Rozo con el brazo la fría piedra de las paredes, que emite un fulgor tenue.

Murmullos de pasos reverberan en las inmediaciones; sirvientes que se apresuran por los pasillos.

Dejamos atrás incontables puertas de roble y yo oigo a mis hermanos en el interior, entrenando.

«Siempre están entrenando». Suena el siseo de las sombras.

El chirrido estridente de las tinieblas que se afilan.

Justo cuando llegamos al final del pasillo, una sirviente nos corta el paso.

Es Asa, una de las tutoras. Apenas lleva unos meses en el cargo y ya es la guardiana más cruel de todos. Enderezo la espalda con un gesto automático y noto la tensión de la piel, el cosquilleo de las cicatrices, que me recuerdan el dolor que me ha infligido.

Nos han pillado. Trago saliva, porque ya noto el fantasma de sus sombras afiladas como cuchillas, ya…

Laila me clava las uñas en el brazo y me arrastra a un lado para apartarme del camino de la tutora. El corazón me late desbocado. Las chispas de la tensión nerviosa se me arremolinan en la barriga, aunque pasa por nuestro lado sin darse cuenta de que estamos allí.

En Laila solo percibo burbujas de expectación. Emoción. Es casi como si quisiera que la pillaran.

«Nos hemos librado por los pelos».

Solo cuando cruzamos la puerta y salimos a los jardines respiro aliviado. Noto el golpe del aire frío y se me relajan los músculos a medida que la tensión me abandona.

Odio el ambiente viciado del interior del castillo. Aquí, en el frío, siento que por fin puedo respirar.

Un instante. Obtengo un instante de paz.

Luego Laila suelta su sombra y sale corriendo.

Estalla en carcajadas. Yo lanzo una maldición y corro tras ella.

Las hojas de hierba cubiertas de escarcha me arañan los tobillos al abrirme paso entre los elegantes árboles y las antiguas estatuas que hay más allá del misterioso y gigantesco laberinto.

Las estatuas representan a nuestros antepasados, inmortalizados en piedra.

Los ganadores. Los que fueron lo bastante fuertes como para proseguir nuestro linaje.

Los tutores podrían estar observándonos desde las ventanas, como hacen a veces.

Los guardias que patrullan los terrenos podrían vernos.

En teoría no tenemos permitido abandonar solos el palacio de invierno.

Por si fuera poco, se supone que no podemos hablarnos y menos mantener relaciones cordiales. Ninguno de los herederos puede.

Laila nos meterá a los dos en un lío.

Cuando se lo digo, me lanza una mirada de aburrimiento por encima del hombro. Su pelo negro es liso como una tabla y se lo corta toscamente con su propia espada, justo por encima de los hombros.

—Bien. Me gustan los problemas.

—Porque a ti no te castigan como a todos los demás.

Laila es la favorita de nuestro padre. Es una de los pocos hijos del gobernante que han nacido con un don, un poder extraordinario que nuestro linaje no garantiza. Tiene la capacidad de convertirse en murciélago, con unos colmillos tan afilados como para desgarrarle el cuello a cualquiera.

Una vez lo hizo. Ese acto de violencia solo sirvió para aumentar la simpatía de padre.

Yo no soy como Laila. Padre ordena a los guardianes que me castiguen cada vez que rompo las reglas. Esta noche nos estamos saltando unas cuantas.

Aunque Laila y yo llevamos años rompiéndolas.

Cada vez que nos pillan, usa su don para largarse volando y me toca a mí pagar las consecuencias.

Ni siquiera le sabe mal. Lo sé. Puede que yo no tenga un don, pero noto las emociones de las personas que tengo cerca, un poder nightshade cada vez más escaso.

Nunca he percibido en ella nada parecido al arrepentimiento.

Quizá debería dolerme que me abandone así, pero lo único que siento es admiración.

Al fin y al cabo, es esa característica suya lo que la convertirá en una buena gobernante. Igual que padre, que nunca ha tenido remordimientos.

Un día no muy lejano nos enfrentaremos a muerte en la Justa que decidirá quién será el heredero de padre, igual que hizo él antes que nosotros y su padre antes que él.

Todas las generaciones desde que Cronan fundó Nightshade han luchado en la arena contra sus hermanos.

Solo el más fuerte de cada generación continúa la estirpe, mientras que los demás alimentan la tierra con su sangre.

Una vez que los más jóvenes alcanzamos la edad necesaria para entrenar, debemos hacer lo propio.

Laila afloja el paso por fin y luego se detiene. La nieve mezclada con barro salpica sus botas de cuero. Se ha parado de cara a un murete de piedra que rodea el perímetro de los terrenos. Yo me detengo a su lado y veo las nubes que forma nuestro aliento.

—Estás pensando en eso otra vez, ¿verdad? —me pregunta Laila, volviéndose a mirarme—. En la Justa.

—No.

Se ríe. Es un sonido amable, que contrasta de una manera chocante con sus ojos penetrantes y felinos.

—Querido Grimshaw, mientes fatal.

Me enfurruño.

—No me llames así.

Padre me llama por mi nombre completo. Y se me ponen los pelos de punta cada vez que lo oigo. No me identifico con ese nombre. Cuando me llama así, es como si le hablara a otra persona.

—Mientes fatal, Grim. ¿Contento?

Nunca.

Suspiro.

—Vale, estaba pensando en eso. ¿Tú no?

Se encoge de hombros.

—Claro que sí. Pero yo no me pongo triste.

—Porque sabes que vas a ganar.

Sonríe enseñando su blanca dentadura, con unos caninos más afilados que los míos.

—Será rápida —me dice—. Tu muerte. Procuraré que no te duela.

Algo es algo.

Me agacho para aupar a Laila. Cuando está en lo alto del muro, me tiende la mano.

Para cuando llegamos a la cima de la colina, tengo los pies helados dentro de las botas.

No noto la nariz. No me importa el frío —de hecho, me gusta—, pero también me siento como si me estuviera muriendo.

De haber sabido que emprenderíamos una caminata tan larga, me habría puesto prendas más gruesas.

Habría buscado calcetines sin agujeros. Estoy a punto de decirle a Laila que deberíamos dar media vuelta cuando lo veo.

Los dos nos quedamos paralizados en la cima de la colina.

Por esto… por esto hemos venido.

El cielo es negro azabache y en el centro se ha creado un círculo luminoso, como si hubieran atado todas las estrellas juntas. Se mueven con rapidez, de un modo antinatural. Es hermoso.

Parece… parece como si las estrellas bailaran. ¿Será posible que sean felices? De repente siento envidia de las estrellas. Las envidio al verlas girar a la par, como niños que juegan al aire libre, de un modo que mis hermanos y yo nunca hemos podido jugar.

—¿Cómo sabías que esto estaba aquí? —musito mientras me siento despacio en la nieve.

Laila se encoge de hombros al tiempo que se acomoda a mi lado.

—Oí hablar a unos seguidores del profeta en la ciudad. Se dirigían a su colina para contemplarlo. ¿Sabías que algunos tienen permiso para abandonar su montaña?

Mi padre odia al profeta, aunque no sé por qué. Me sorprende que no haya reducido su montaña a cenizas.

—Le daban un nombre, no recuerdo cuál, pero era bonito. Por lo que decían, sucede cada cincuenta años, siempre el mismo día.

Una vez cada cincuenta años.

Yo no viviré cincuenta años.