Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 33. Amor
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Capítulo 33. Amor

A mo a Isla Crown y ella está a punto de odiarme. Otra vez.

Cleo y Azul entran en la sala del trono. Un charco de agua sigue a Cleo, como si no se fiara de ninguno de nosotros. Se niega a presentarse desarmada.

Azul exhibe una expresión seria. Está preocupado. Y tiene motivos.

—Las maldiciones se van a romper —anuncio en tono grave. Debería estar contento, lo sé, pero únicamente me siento vacío. «Ella me odiará por eso. Por reunirme a sus espaldas».

Le aseguré que no le pasaría nada. No le mentí. Pero también le prometí que podría escoger a otro reino al que salvar… y eso… no sé si podré cumplirlo. La elección del gobernante que debe morir nos afecta a todos, especialmente aquí, en la isla. Tengo que saber qué piensan los otros gobernantes.

—Me gustaría saber qué reino, en vuestra opinión, debería desaparecer —digo.

—Nightshade —responde Azul sin pensárselo.

Asiento. Cleo duda. Su mirada va y viene entre los dos.

—Starling.

Tenía sospechas de que Cleo había herido a Celeste. Acaban de quedar plenamente confirmadas.

—¿Y qué piensas tú, rey? —pregunta Cleo.

Debería encarcelarla por haber abandonado a Isla para que muriera. Puede que lo haga. Pero antes tenemos que poner fin a las maldiciones. Tenemos que dar el paso final.

—Nightshade.

Si esperaba que Isla escogiera salvar a Nightshade, me equivocaba. Cuando llega el momento, no escoge a Grim.

Escoge Starling. A Celeste.

Y ahora sabe que hemos decidido que sea Nightshade el reino que desaparezca. Dio por supuesto que yo querría la muerte de Cleo. Y así es, pero no tanto como para condenar a uno de mis reinos.

Si quiere salvar a Celeste…, Grim debe perder la vida.

Los remordimientos me reconcomen. No solo por haber provocado su enfado, sino porque Grim tenga que perecer. Lo odio. Es mi enemigo.

Pero no siempre fue así.

Está claro que ella tampoco quiere que muera. Está dispuesta a luchar. A luchar por él.

Su daga está ahora en mi garganta. El metal se estremece contra mi cuello. Podría haberlo impedido, pero no lo he hecho. La veo alzar los ojos hacia mí, con el pecho agitado, los ojos arrasados en lágrimas.

—Hazlo —la desafío. No me matará: eso implicaría condenar a muerte a miles. Pero ¿me hará sangrar? ¿Me infligirá un sufrimiento aún mayor del que ya me ha provocado?

Nos miramos compartiendo un mismo aliento.

Luego me deja ahí, preguntándome si volveré a verla algún día.

Debería seguirla. Debería ir a su alcoba.

Casi puedo percibirlo. Noto cómo se dispone a traicionarme. Cómo busca la manera de salvar tanto a Celeste como a Grim.

Entonces ¿por qué no la odio por ello?

Estoy caminando de un lado a otro por mi alcoba cuan do el castillo se estremece. Me tenso, esperando notar la des car ga de dolor, pero no llega. No es la isla que se rompe.

Es otra cosa.

Los gritos resuenan por los pasillos inferiores. Abandono mi alcoba al instante para correr hacia allí.

Parte del castillo está en ruinas. Lo han destruido. Hue lo chispas, poder starling…, pero no hay un starling vivo ca paz de hacer algo así.

Este nivel de destrucción requiere un maestro. Hace años que no existe un maestro de poder starling, que yo sepa.

Desde luego, no en el castillo.

Los sirvientes están muertos. Utilizo mi energía star ling para retirar todos los escombros que puedo, pero nin gún cuerpo da señales de vida. Han muerto aplastados.

Celeste sigue incapacitada tras el ataque. E Isla jamás participaría en un plan que implicara matar a inocentes. Así pues, ¿quién ha hecho esto?

¿Alguien ha conseguido una bomba starling? No he visto una tan fuerte en siglos. Sencillamente no existe la cantidad de energía necesaria para crearla.

«Isla». ¿Está en peligro?

Corro a su alcoba. No me paro a pensar, solo salgo corriendo. Necesito saber que está sana y salva.

Golpeo la puerta con los nudillos, pero no hay respuesta. Espero un buen rato, hasta que por fin anuncio preocupado:

—Voy a entrar.

La estancia está vacía.

No, no está vacía del todo.

El corazón de Lightlark descansa sobre su mesa, proyectando su luz en la alcoba, resplandeciente en la oscuridad. Junto a él hay una carta. La leo y se me hiela la sangre en las venas.

«No».

Se ha marchado.

Me ha dejado… para irse con él. Piensa que ha encon trado la manera de salvarlo. Y lo noto al momento. El fue go de mi pecho se apaga. Se hiela.

Sin embargo, a través del dolor, a través de la herida, me embarga la preocupación. Esto no me gusta: algo va mal. Lo noto en el alma. Isla está en apuros.

¿Dónde se ha metido?

Grim, con su don, podría haberla llevado a cualquier parte, quizá incluso a Nightshade. ¿Se habrá marchado ya?

Entonces recuerdo las chispas starling.

«Celeste». Está inmovilizada. Pero ¿y si no lo está? Vuelo por los pasillos. Tengo que confirmar que sigue ahí.

Pero su cuerpo ha desaparecido. La han liberado.

Las chispas starling… ¿Habrá sido capaz Celeste de tanto poder?

Comprendo que no le he prestado suficiente atención. Está claro que la he subestimado. Isla piensa que Azul atacó a Celeste. Yo di por supuesto que había sido Cleo…, pero puede que ella tuviera razón.

¿Descubrió algo Azul que no debía saber? No tengo tiempo de preguntarle. Isla está en peligro, estoy seguro. Si acaso sigue en la isla, me parece que sé a dónde ha ido. Recuerdo todas las veces que la he seguido. Recuerdo el lugar al que se dirigía una y otra vez.

A la Casa de Espejos wildling.

Vuelo tan lejos como puedo, hasta que la barrera de poder que rodea la Casa de Espejos me impide continuar. A partir de ese momento avanzo a la carrera.

El palacio resplandece, reflejando la noche. Se me acelera el corazón. Mis sentidos se contraen, como si volviera a estar en el campo de batalla y me concentrara únicamente en un objetivo. No dejo que nada me distraiga.

Al cabo de un momento estoy dentro. Y entonces la veo.

Al principio, el alivio me afloja los huesos al saber que ella está bien. Todavía no se ha marchado. Sigue aquí.

Luego atisbo la aguja que asoma de la palma de su mano y que la conecta con la starling. La reconozco de in mediato.

—Isla —digo con cautela. Al instante me atraviesa un dolor agudo. Me están arrebatando algo. El oro que corre por mis venas me abandona, el fuego de mi corazón se apaga.

Estoy perdiendo mis poderes.

«Imposible».

Grimshaw está atrapado contra la pared, también doblado sobre sí mismo. Como si estuviera experimentando lo mismo que yo.

Celeste está aquí. Empieza a sangrar y entonces lo veo: su sangre alberga los seis poderes.

No tiene sentido… hasta que ato cabos.

Celeste prorrumpe en carcajadas. Empieza a hablar. Temblando, me obligo a seguir erguido; entonces proyecta el brazo hacia delante y me empuja contra el cristal.

—¿Cómo? —musita Isla.

Yo apenas la oigo. El rugido de mis oídos ha silenciado el mundo. Jamás me he sentido tan débil, tan exhausto. Tengo la sensación de que, si cerrara los ojos demasiado rato, no podría volver a abrirlos.

—¿Por qué no les preguntas? —sugiere Celeste. Me mira a los ojos—. El amor en Lightlark es un asunto peligroso, ¿verdad?

Tiemblo de rabia. Está muerta. Le ha hecho daño a Isla y yo voy a matarla. Ni siquiera necesito oír lo que va a decir a continuación. Ya está muerta.

Se encamina hacia mí y suspira.

—El soberano desconfiado y cruel… ¿enamorado de una wildling?

—Sonríe y yo quiero prenderla en llamas.

Quiero verla arder—. Qué tortura, ¿verdad, rey?

Luchar contra tus sentimientos. Creer que te encontrabas bajo su hechizo…

sin saber que nunca estuvo en posesión de magia wildling, hasta que te contó su secreto.

Ahí está. La pura verdad.

Y la siguen muchas más.

Celeste no es Celeste…, sino Aurora. La novia de mi hermano.

Grim lo sabía. Lo sabía todo. Sin ser consciente de lo que hacía, le entregó el corazón de Lightlark, que permitió a Celeste lanzar las maldiciones.

Era responsable de ellas en parte, tal como yo sospechaba.

Y, según Aurora, Isla y él compartían una historia, una que Grim borró de su memoria.

Para que pudiera enamorarse de mí.

Todo ello con el fin de que Isla obtuviera acceso a mis poderes y a los de Grim… Y para que Aurora pudiera apoderarse de todos.

El hecho de que Aurora haya traicionado a Grim no hace que lo odie menos.

Grim mantuvo a Isla en la ignorancia. No la hizo partícipe de su plan. Tomó todas las decisiones por ella.

La subestimó. Aurora la subestimó.

Pero van a saber quién es ella. Les veo descubrirlo cuando Isla se las arregla para escapar. Y entonces… ella hace algo impensable. Regresa con aceros y una armadura.

No tiene muchas razones para preocuparse por nosotros o por esta isla. Sin embargo, ha vuelto. Estoy aliviado y horrorizado a partes iguales. Lleva la determinación grabada en el rostro y el fuego arde con fuerza en sus ojos verdes.

Está en llamas.

Es soberbia.

Aurora intenta enjaularla, pero la jaula se hace añicos.

E Isla esgrime el corazón de Lightlark. De algún modo lo está utilizando. Se abalanza hacia Aurora sin perder ni un segundo. La aguja, el «vinculador» que transfiere poder, está en su mano ahora. Aurora no se esperaba nada de esto.

Sus facciones se retuercen y se desencajan cuando recupera la apariencia de Celeste.

«No confíes en ella», quiero gritarle a Isla.

No lo hace. «Claro que no». Isla no vacila ni un instante cuando le clava la espada a la mujer que creía su amiga: directamente en el corazón.

Entonces la isla se estremece.

El tiempo se ralentiza. Veo a Isla salir proyectada hacia atrás con la fuerza de las maldiciones rotas, ahora que la ofensa original se ha cometido de nuevo. El suelo de la Casa de Espejos se resquebraja por la mitad.

El cuerpo de Celeste cae a la sima.

E Isla la sigue.

«No».

Toda la angustia de las horas previas, el horror de perderla por primera vez, emerge de nuevo. Me ruge la sangre.

Las enredaderas que nos apresaban se han aflojado. Grim y yo nos precipitamos hacia Isla. Pero es demasiado tarde.

Solo el poder wildling funciona aquí.

Sus gritos reverberan en mi cabeza, igual que lo hizo su canto.

No sé lo que es el miedo.

No sé lo que es el pánico.

No sé lo que es el amor.

Nunca experimenté ninguna de estas emociones, en realidad no. Lo comprendo con absoluta certeza en el instante en que todas me asaltan a un tiempo, con toda su potencia.

Nunca las experimenté en el pasado, porque no la conocía.

Esto no puede terminar aquí. No. Un amor como este es infinito.

Extiendo la mano hacia ella a través del cristal que se rompe y del estruendo, le entrego al mundo cada uno de los fragmentos rotos y reparados de mi ser, dispuesto a caer tras ella, aunque solo sea por la remota posibilidad de salvarnos a los dos.

Y entonces noto algo.

Un amarre que nos une.

Es poder. Poder wildling.

No me hago preguntas. Lo acepto y lo empleo para lanzarle una liana recurriendo a toda mi concentración, amor y desesperación, a mi necesidad de volver a verla, a la necesidad de que la llama no se extinga.

«Demasiado tarde». He llegado demasiado tarde.

La liana se tensa.

Tiro de ella para sacarla de la grieta, centímetro a centímetro, hasta que se aferra al borde y sale con un último esfuerzo. Mira mi mano. Yo abro el puño.

Lo sabe.

«Lo sabe».

Y, solo cuando está sana y salva delante de mí, me concedo permiso para aceptar esta verdad. He empleado su poder. Tengo acceso a él.

Isla… me ama.

Yo la amo.

Y ella me corresponde.

Ni siquiera le dirijo una mirada a Grim cuando él se da media vuelta y huye de la Casa de Espejos. Sostengo la mirada de Isla y ella sostiene la mía.

En ese instante, todo parece precipitarse sobre ella al mismo tiempo, e Isla se desploma de rodillas y lanza un sollozo.

«Ella me ama».

No hablamos durante varias semanas. Le concedo tiempo y espacio. Cada noche le dejo infusiones y prendas có modas en la puerta, como si eso pudiera ofrecerle verdade ro consuelo.

Lo ha perdido todo. La han traicionado.

Necesita tiempo.

De modo que espero. He esperado cientos de años a que llegara. Puedo esperarla cien más.

Otros deberes requieren toda mi atención. Las maldiciones ya no nos afectan y en la isla reina el caos. Acabo de volver de una reunión con los nobles cuando me asomo a la ventana y la veo en su balcón.

Es la primera vez que abandona su habitación en semanas.

Aterrizo en su balcón, detrás de ella, con suma delicadeza. No busco el amarre entre los dos por miedo a que haya desaparecido. Sus sentimientos podrían haber cambiado en este tiempo. La avalancha de emociones pudo ser fugaz.

Y yo lo entendería. Me parecería bien. Seguiríamos siendo amigos. Yo seguiría amándola, aunque fuera en secreto, aunque no fuera recíproco.

Entonces se vuelve a mirarme y el poder me golpea con una fuerza capaz de doblegarme.

El puente brilla entre los dos.

«El amor».

Un vínculo. El acceso a sus poderes.

Lo uso ahora para crear una rosa. Ella hace algo inesperado, pues, por más que la haya estudiado, siempre se las arregla para sorprenderme. Aspiro a pasar toda mi vida aprendiendo y desentrañando su misterio cautivador.

Arroja la flor por el balcón. Yo la miro atónito, pero, antes de que pueda preguntarle qué quiere en vez de eso, se pone de puntillas y pega la frente a la mía.

Está muy cerca. Y me mira como yo la he mirado a ella infinidad de veces.

Como si yo fuera un enigma que desea descifrar. Como si mis ojos pudieran ser la mitad de hipnóticos que los suyos. Le devuelvo la mirada como si ella fuese la respuesta a una pregunta que yo no era consciente de estar formulando. La llave de un cerrojo que ignoraba haber cerrado.

«Busca tu fuego», me decía mi madre.

Cuando la miro, siento que estoy en llamas. Siento que ardo con cada una de las necesidades y los sueños que, durante mucho tiempo, creí que me estaban vetados.

Cuando la miro, siento que este mundo podría ser un lugar que merezca la pena ser salvado.

«Busca tu fuego».

Cuando la miro a los ojos, a ese verde incandescente con motas doradas, pienso…

«La he encontrado».