Capítulo 32. Esperanza
A lguien golpea mi puerta con fuerza.
Ninguno de mis amigos tiene tan buenos modales como para llamar.
Abro, ya con el fuego en la palma…
Es ella. Estaba a punto de aporrear la puerta otra vez y yo le sujeto el puño. Durante un momento nos limitamos a mirarnos, como si desfilaran ante nosotros los días que lleva mos sin vernos.
A continuación me empuja con el cuerpo y yo la dejo entrar, estupefacto.
Ha recuperado esa pasión feroz que la caracteriza. Vien do la expresión de su rostro, tengo la sensación de que pue do conseguir cualquier cosa. Que juntos podemos superar cualquier obstáculo.
—Esto no ha terminado —declara—. Me niego. — Avanza hacia mí—. Me niego a aceptar que esto vaya a acabar así. —Me clava un dedo en el pecho—. Eres el rey de Lightlark, la persona más poderosa de todos los reinos.
Enarco las cejas. Y yo que creía que solo era un «miserable»…
—Tiene que haber otra manera. Otro final.
Su dedo sigue hundido en mi pecho. Lo miro y luego a ella.
—¿Qué sugieres?
Pestañea. Abre la boca. La cierra. Me sabe fatal que se muestre tan sorprendida de que le haya pedido su opinión.
Ninguno de mis planes ha funcionado. En todo caso, han empeorado la situación. Puede que a ella se le ocurra uno mejor.
Y así es.
Cómo no.
Tardamos días, pero discurre la solución. Hace aquello que yo no fui capaz de hacer en décadas. Es brillante. Ella es brillante como el sol, como el oro.
Sabe dónde está el corazón.
Nos reunimos en plena noche, igual que tantas otras veces.
Me saluda pegándole un capirotazo a mi corona.
Su obsesión con el objeto es desconcertante. ¿La odia? ¿La ama? Yo me la quito y se la doy. Se la planto en la cabeza y la corona resbala hasta descansar sobre su frente.
—Si tu teoría es cierta, wildling, podrías llegar a ser incluso más poderosa que yo —le digo.
Ojalá fuera así. Nunca quise ser la persona más poderosa. Yo no escogí mi cargo: lo recibí por herencia. Incontables personas tuvieron que morir para que esta corona llegara a mis manos.
Renunciaría a ella sin pensarlo, si pudiera. Tal vez Isla haría mejor trabajo que yo. Puede que ella sea la clave no solo para romper las maldiciones, sino también para sobrevivir a lo que venga a continuación.
Me entrega su corona a cambio. Parece minúscula en mi cabeza, incómoda incluso, pero no intento librarme de ella.
No soy dado a hacerme ilusiones. No me han traído nada bueno a lo largo de los siglos. Pero viéndola tan sonriente, caminando con orgullo, portando mi corona con la barbilla alta…
Ella hace que tenga ganas de volver a albergar esperanzas.
—¿Qué harás? —me pregunta cuando llegamos a isla Luna—. Cuando rompamos las maldiciones.
«Cuando» rompamos las maldiciones, no «si» las rompemos. Su seguridad casi me arranca una sonrisa.
Me concedo permiso para imaginar un mundo más allá de este desastre. Un mundo en el que nos alcemos triunfales.
—Llevamos siglos concentrados en las maldiciones. En encontrar el modo de romperlas. En el modo de vivir con ellas y sobrevivir a ellas. Una vez que todo eso desaparezca, espero ser libre para devolverle a Lightlark su antigua gloria.
Me mira con recelo.
—¿Bajo el dominio del reino Sunling?
Niego con la cabeza.
—No. Antes de eso. Cuando todos los reinos estaban unidos.
Imagino un mundo en que los reinos no vivan divididos por las maldiciones. En el que vuelvan a prosperar. A crear. A vivir.
Suspira.
—No tengo claro que el pueblo de Lightlark reciba a Wildling con los brazos abiertos.
—Tendrán que aprender a convivir con ellos —respondo con firmeza. Ella se vuelve a mirarme. Yo no desvío la vista, aunque me siento expuesto, vulnerable—. Y quizá tú quieras quedarte.
«No te marches», quisiera suplicarle, como si tuviera derecho a hacerlo.
«Construye conmigo un mundo mejor».
Lo he comprendido esta mañana, antes de verla.
Estaba emocionado, ilusionado. Y también destrozado.
Porque, cuando las maldiciones desaparezcan, ella no tendrá motivos para seguir aquí.
Tiene un hogar al que volver a miles de kilómetros de distancia.
Siempre supe que estos cien días llegarían a su fin: jamás pensé que, por su causa, lo lamentaría.
Se queda muda un momento, sorprendida por mis palabras.
—Puede ser —dice por fin.
Sabor amargo.
De repente me pesa el corazón.
Caminamos en silencio hasta que el pájaro azul planea hacia nosotros graznando a viva voz.
Isla lo sigue y yo la sigo a ella, consciente de que la seguiría a cualquier parte si ella me dejase.
La nieve que revolotea en derredor nos dificulta la visión y el hielo sustituye a la tierra. Los árboles son cada vez más escasos.
El pájaro desciende planeando para posarse en un nido.
Allí. Tiene que estar allí, en alguna parte. Solo tenemos que esperar a que el corazón se revele.
Hay una caverna cerca con vistas al nido. Enciendo un fuego sin demasiado esfuerzo mientras recuerdo cuánto me costaba al principio. Es curioso que las cosas más complicadas se tornen sencillas con la práctica.
Isla observa mi fuego con curiosidad. Me gustaría saber qué está pensando cuando desliza un dedo despacio por los bordes de mi corona. Da un respingo y se mira el dedo, enfurruñada. Una minúscula gota de sangre cae al suelo, una mancha roja en la nieve.
—No tiene sentido que esté tan afilada —declara.
Me río. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me reí con ganas?
Ella sonríe, en absoluto ofendida, casi feliz de verme contento y…
Un fuerte dolor me atraviesa. Me doblo sobre mí mismo y pierdo la visión, solo un momento. Cierro los puños.
Fuego… Fuego y hielo me traspasan. Noto que me estoy fracturando. En el exterior de la cueva, la nieve cae y el hielo se rompe.
Clavo los dedos en el suelo de la cueva según trato de canalizar el poder para sostener el mundo. Estamos demasiado cerca. Demasiado cerca de dar con el corazón como para que la isla se rompa en pedazos ahora.
«Todavía no —suplico para mis adentros con todo mi ser—. Todavía no».
Siento la piel en carne viva. Me duele todo. Me estre mezco y luego me tenso mientras ella se arrodilla delante de mí. Cierro los ojos con fuerza y me recuesto contra la pared.
—¿Te encuentras bien?
Asiento, y al momento doy un respingo cuando otro temblor me recorre. Estampo la mano abierta en el suelo y me percato de que la piedra de la cueva se rompe bajo mis dedos. En lugar de retroceder, ella se inclina hacia mí. No teme mi poder. En absoluto.
Noto su mano en el hombro y me quedo quieto. La retira y de inmediato acuso la ausencia.
Otra sacudida dolorosa.
—¿Qué… qué puedo hacer? —me pregunta.
Solo necesito alivio.
Este dolor lacerante me impide sentir vergüenza. Por eso le pido algo que llevo queriendo pedirle desde que la conocí.
—Cántame, wildling.
No es tanto una petición como una súplica.
Y lo hace. Su voz es tan hermosa como aquel primer día, como lo fue en la fiesta de Carmel. Es la misma voz que lleva meses resonando en mi cabeza. Ahora reverbera en la cueva y me envuelve en su canción. «Podría morir así», pienso con una sonrisa en los labios.
Ella canta sin descanso y es como una medicina. Despacio, el dolor cede. Abro los ojos. La miro. Está sentada sobre sus pies, con las rodillas cerca de mis piernas, todavía cantando.
Y entonces se calla.
—¿Por qué paras? —le pregunto, y me pregunto si tengo derecho a pedirle que continúe.
Señala algo a mi espalda y dice sin aliento:
—Por eso.
Estoy de pie al momento. Los dos lo estamos. Corremos a la entrada de la caverna mientras el sol empieza a despuntar.
Algo flota justo debajo del nido. Es blanco, como la luna.
—¿Es un huevo? —pregunta Isla.
Desciende, despacio…
Y se abre. La yema emerge a la par que el sol se eleva en el horizonte.
—El huevo entero representa la luna —susurra—. La yema es el sol.
Se vuelve a mirarme y sus ojos…
Son más brillantes que nada que haya visto, ni siquiera el alba.
—Es eso —dice—. Es el corazón.
«Ahí está. Justo delante de mí».
Sonrío y la levanto en volandas sin pensármelo dos veces. Nos reímos juntos mientras la hago girar por los aires. Luego sacudo la cabeza. Alargo la mano para enderezarle la corona pensando que a ella le queda mucho mejor que a mí.
Pensando que le daré mi corona, mi corazón o cualquier otra cosa que quiera.
—Adelante, wildling —le digo—. Ve a buscar nuestro corazón.
Sonríe y se gira hacia el nido. El pájaro grazna en señal de alegría. Me inclino hacia delante tanto como me permite la luz del sol y la contemplo con reverencia. Con admiración. Lo hemos conseguido.
«Ella lo ha conseguido».
Sucede en un instante.
Está sujetando el corazón de Lightlark con una mano. El oro brilla entre sus dedos.
Al momento siguiente, una flecha le atraviesa el corazón.
Un sonido de pura agonía me desgarra el pecho. Sacude la isla. Sacude el mundo entero.
En un abrir y cerrar de ojos el bosque está en llamas. Los vinderland han venido a buscar su venganza —a por la sangre que ansían— y ahora no son más que ceniza.
Ni siquiera los miro.
La miro a ella, que está de rodillas. Exhalando su último aliento.
No.
«No».
Extiendo los brazos hacia ella con un rugido, sin pensar en la maldición, sin pensar en nada que no sea Isla. La piel de mi mano revienta en el instante en que asoma de la cueva, pero no me importa. «La abrazaré hasta que muera», pienso.
Pero no hace falta. Súbitamente aparece alguien más.
Grim.
Por primera vez en siglos, siento alivio al verlo. Porque ahora estoy seguro de que la quiere. Lo veo en su expresión desolada cuando repara en la herida. No dejará que muera.
—Por favor —digo, dispuesto a suplicarle. Dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que la salve.
Él parece anonadado ante la desesperación de mi voz, de mi rostro, pero su propia angustia supera todo lo demás. Coge a Isla en brazos. Ella se queda inmóvil.
Y entonces él hace algo imposible…
Desaparece.
No solo se ha tornado invisible. No. Hasta este momento, yo notaba la presencia de Isla. Y ahora no. De algún modo se la ha llevado a otra parte. Lo sé.
Algo que es inconcebible.
¿O no?
Siempre hemos sospechado que Grim tenía un don. ¿Es este? ¿Saltar entre portales? Podría haberlo empleado antes. Seguramente lo ha hecho. Ha guardado el secreto durante siglos por alguna razón.
¿Por qué lo revela ahora? ¿Por una mujer que acaba de conocer?
Pero yo no puedo juzgarlo. Porque el dolor que me embarga tampoco tiene sentido. Me desplomo de rodillas, me aferro al suelo y, por primera vez en siglos, imploro.
Imploro a los dioses que le salven la vida y ni siquiera sé por qué me importa tanto.
Ella misma me lo dijo. Se marchará a sus nuevos territorios tan pronto como esto termine. Ella y yo no somos nada. Ella no es nada mío.
Un sabor amargo como veneno me inunda la boca.
Y es entonces cuando lo sé con absoluta seguridad.
Lo sé.
Concedo un gran valor a la verdad: a lo largo de mi extensa vida, he saboreado más amargura que dulzura. Las mentiras están en todas partes, allá donde vamos. La verdad es el bien más escaso del mundo.
Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Y yo llevo mintiéndome un tiempo.
Este… Este es el momento en el que soy sincero por primera vez en meses.
Este es el momento en el que sé que la amo. Porque esa flecha le ha atravesado el corazón, pero igual podría haber atravesado el mío.
Amo a Isla Crown.
Y ahora es posible que esté muerta.
El corazón de Lightlark titila en el suelo, delante de mí, justo donde Isla lo ha dejado.
Me he pasado décadas buscándolo. Al principio del Centenario, no quería nada más. Habría hecho cualquier cosa por conseguirlo.
Ahora me gustaría no haberlo buscado nunca.
Me llevo la corona de Isla al pecho y suplico. Suplico misericordia a los dioses y a cualquiera que pueda estar escuchando. Hago toda clase de promesas.
—Por favor —imploro, de rodillas, mirando directamente al cielo—. Dejad que viva y seguiré luchando. Mantendré viva la esperanza en un mundo capaz de vivir en paz.
»Dejad que viva y la dejaré marchar. Si eso es lo que quiere, si eso es lo que el mundo necesita, la dejaré marchar.
Mi amor es egoísta, desesperado, absoluto.
Pero solo quiero que viva, aunque no sea conmigo. Aunque nunca vuelva a verla.
Me basta con que siga existiendo. Me basta con saber que semejante belleza continúa viva en un mundo tan dañado como este.
—Por favor. Ella es demasiado buena para este mundo, pero os pido que la dejéis continuar en él.
Las horas son una tortura mientras aguardo la puesta de sol. Ni siquiera aguardo a que la luz se apague del todo. Salgo volando tan pronto como sé que no me matará.
Los débiles rayos de sol del ocaso me queman y me revientan la piel, me la cubren de sangre, pero nada se puede comparar con esta preocupación, con esta agonía.
Si está muerta, nunca me lo perdonaré.
Si está muerta, jamás volveré a ser feliz.
Pero las puertas de su balcón se abren y…
Ahí está.
De pie, respirando con demasiada rapidez. «Respirando».
—Estás viva —le digo.
El alivio por poco me hace caer de rodillas.
Ni siquiera pido que sea mía. Puede que nunca llegue a ser mía, pero el mero hecho de que esté viva demuestra que la perfección existe.
Demuestra que este mundo todavía alberga maravillas.
El hecho de haberla conocido es el mayor regalo que podía hacerme el mundo.
Recuerdo mis promesas. Si ama a Grim…, si le escoge a él…, me conformaré. No la asustaré con mis sentimientos. No le diré nada. Nunca lo sabrá. Esta carga no le pertenece a ella, sino a mí. Y estaré encantado de llevarla sobre los hombros.
—Bien —añado, enderezando la espalda, haciendo lo posible por no mostrar mis sentimientos. Tratando de endurecer mi corazón, que ahora arde y se rompe.
Para no pensar en ello, me concentro en otro corazón ardiente. Despliego los dedos para mostrárselo.
—Lo conseguimos —dice, y el alivio se derrama por sus facciones.
«Lo conseguimos». Ojalá pudiéramos compartir ese plural por siempre. Pero no podemos. Esto casi ha terminado.
Se lo tiendo y me pregunto si es consciente de que le estoy entregando dos, no uno.
Isla sigue cubierta de sangre y tierra. Recuerdo lo que debo hacer ahora. Recuerdo que cualquier cosa que sienta por mí en este momento mudará en odio muy pronto. Tal como siempre supe que pasaría.
—Báñate, Isla. Y vístete. Luego reúnete conmigo en la biblioteca.
Me marcho antes de que ella pueda decir nada más.