Capítulo 31. Cenizas
N o está ahí.
Nos hemos internado en territorio enemigo, las tierras de los vinderland, y el corazón de Lightlark no se encontraba en el último emplazamiento. Nos hemos equivocado.
Yo me he equivocado.
Veo a Isla golpear el hielo con los puños, gritando de rabia. Me gustaría hacer lo propio, pero temo destruir la isla entera. Las profundidades de mi rabia y mi tristeza, acumuladas a lo largo de siglos y luego reprimidas, podrían ser suficientes para arrasar este mundo si les diera rienda suelta.
Isla rompe en llanto.
Me deja que la levante del hielo. Pronto estamos de re greso en el castillo. Ella tiembla ligeramente en mis brazos, y ¿qué es esta rabia que se acumula dentro de mí?
¿Qué es esta desesperación que se derrama?
Ni siquiera me mira cuando la dejo en el balcón. Se mete en su alcoba y cierra las puertas.
«No te rindas todavía», me gustaría decirle, aunque estoy a punto de hacer lo mismo.
Pero, por alguna razón, la idea de que esa llama interior suya se apague me duele demasiado como para contemplar la posibilidad.
Llegó a esta isla con el alma en llamas. Me di cuenta el primer día.
La estoy perdiendo poco a poco. La luz de sus ojos casi se ha extinguido. ¿Cómo podría remediarlo?
¿Cómo hacer que el fuego que lleva dentro vuelva a arder con fuerza?
Regreso a mi alcoba. Esto no puede ser el final. Todavía quedan veinte días de Centenario. Puede que la isla no dure tanto tiempo, pero tenemos que intentarlo.
Quiero ir a su habitación, quiero hacerla reaccionar antes de que ese fuego se apague, pero yo no significo nada para ella. En todo caso, soy yo el que ha extinguido esa llama.
Me arrepiento de todas las cosas crueles que le he dicho. De cada comentario hiriente. Eran espinas que usaba para protegerme del arduo y doloroso proceso de abrir el corazón.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunta Enya. Está enfurruñada, pero no parece sorprendida.
Nunca pensó que mi plan daría resultado. Creía que me aferraba a una posibilidad inverosímil. Tal vez hice mal dedicando tantas décadas a esta estrategia. Quizá, de haber sido más capaz, habría tomado una ruta distinta. Una que hubiera funcionado.
—¿Nos despedimos? —sugiere Zed con poco acierto mientras usa su viento para lanzar dagas contra la pared.
—Habla por ti —replica Enya.
Me vuelvo a mirarla de golpe.
—¿Tienes tiempo?
Hunde el mentón.
—Sí.
«Sí».
En ese caso, su muerte no es inminente. O, al menos, el destino no la tenía prevista.
Me pregunto cómo funcionan las profecías del oráculo. ¿Se pueden cambiar? Los textos que he leído afirman que todas y cada una de las profecías se han cumplido, pero vivimos tiempos inciertos. ¿Tienen prioridad las maldiciones?
Mi vida está vinculada a la de mi amiga.
Si no está destinada a morir ahora, ¿significa que lo conseguiremos? ¿Encontraremos la solución?
—Dímelo —le suplico—. Por favor. Esto… podría ser importante.
Enya suspira.
—Mi respuesta siempre será la misma, Oro —dice. Exhibe una sonrisa triste. Me apoya una mano en el hombro—. Sobreviviré a los cien días. ¿Contento?
«Sí».
—¿Y no nos lo podías haber dicho antes? —le reprocha Zed.
Ella le lanza una mirada torva.
—No sé tanto como crees que sé. Solo… unos pocos detalles. Durante mucho tiempo no supe lo que significaban. Las circunstancias…, el momento…, pero ahora lo sé.
No dice nada más.
A pesar de todo, las palabras de Enya prenden una llama de esperanza. No todo está perdido. Encontraremos la solución de alguna manera.
—Calder. —Me vuelvo a mirar a mi amigo—. Necesito tu ayuda.
Volvemos a isla Luna, donde hemos estado infinidad de veces desde mi entrenamiento. Nos internamos en territorio vinderland, una zona a la que pocos osarían volver.
El lugar en el que nos hicimos amigos.
Cuando estuve aquí con Isla, los vinderland nos atacaron. Ella se defendió. Los dos lo hicimos. Matamos a varios de sus hombres en defensa propia.
Y yo había liquidado a otros tantos antes de aquello, cuando la capturaron.
Nos odian más que nunca. Pero podrían ser cruciales para encontrar el corazón.
Puede que lo extrajeran de las raíces del árbol o incluso del castillo abandonado. Es posible que lo hayan visto.
Calder conoce hasta el último centímetro de esta isla. Hemos buscado el corazón otras veces, siempre sin éxito, pero los vinderland dominan el territorio incluso mejor que Cleo.
Según Calder, los vinderland están divididos. Hay una pequeña secta rebelde que se ha escindido del grupo principal.
Ellos son nuestra mejor opción.
Nos detenemos ante la boca de una caverna de la que sobresalen estalagmitas de hielo de treinta metros de altura, como si fuera el lomo de una bestia.
—Ven —dice Calder. Levantando el brazo, divide la nieve para crear una puerta.
Hay alguien allí dentro. Un hombre cubierto con la piel de un leopardo dientes de sable. Esgrime una espada hecha de hielo afilado.
Nos muestra los dientes con un gesto de rabia.
—¿Acaso no has matado ya a suficientes de mis hombres?
Se dirige a mí.
Lo fulmino con la mirada. Me acuerdo perfectamente de cómo se precipitaron sobre nosotros desde los árboles. Re cuerdo que estuvieron a punto de hacerle daño a ella.
—No matamos a nadie que no intentara matarnos a nosotros primero.
—Cualquiera que se interna en nuestro territorio está sentenciado a muerte. —Nos mira de arriba abajo y sus ojos se detienen en Calder, que descuella sobre él—. Lo que os convierte en un par de necios por estar aquí.
Soy el rey de la isla. Esto es territorio moonling. Nada de eso le afecta a este vinderland, que exhibe unos dientes afilados como pinchos.
—Espero que podamos colaborar —le digo—. Estoy buscando algo. Ayúdame a encontrarlo y hablaremos de lo que deseáis. Tierras. Recursos. No hay nada descartado.
El vinderland niega con la cabeza. Se lame las puntas de los dientes.
—¿Qué te hace pensar que queremos algo de eso?
Me encojo de hombros.
—No tengo claro lo que queréis. Pero, si me ayudáis y está en mi mano otorgarlo, os lo daré.
Es una oferta insensata, pero son tiempos desesperados. Los días casi han concluido. Estoy a punto de morir y mis fuerzas menguan rápidamente.
—¿Y si fuera algo que ni siquiera tú, rey, eres capaz de darme?
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres?
—Quiero a la wildling.
La nieve empieza a derretirse a mis pies.
Avanza un paso hacia mí.
—Quiero extraer hasta la última gota de sangre de su cuerpo. Quiero arrancarle hasta el último mechón de cabello. Quiero quitarle la piel a tiras. Quiero beberme su poder directamente del cráneo. Quiero…
Su cuello está en mi puño antes de que me dé cuenta de lo que estoy haciendo. La furia calienta tanto mi mano que se le salta la piel, el hueso cruje y se rompe, los ojos se desorbitan y estallan. Pronto mi fuego le ha quemado la garganta y la médula espinal por completo.
Su cabeza cae a la nieve. El cuerpo se desploma hacia el otro lado.
Calder suspira.
—Vaya manera de declarar la guerra.
Yo jadeo mientras la rabia recorre mis venas. Quemo el resto del cuerpo, incapaz de darme por satisfecho hasta que el último vestigio del vinderland ha desaparecido.
—Irán a por ti. Su secta. Sabrán que estás buscando algo. Sabrán que tú lo has matado —me advierte Calder.
—Pues que vengan —le digo antes de dar la espalda a las cenizas.