Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 30. Llamas
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Capítulo 30. Llamas

D e nuevo estamos en isla Luna. Isla guarda silencio, pero no se me escapa el dolor de sus ojos ni el gesto grave de su mandíbula.

Está preocupada por su amiga. Pues claro que sí.

Yo también lo estoy. La starling sigue viva…

, pero, si los moonling no encuentran la cura para el siniestro hechizo, uno de los reinos de Lightlark caerá.

Y, si fue Cleo quien la atacó, buscar una cura quizá sea inútil.

Caminamos en silencio. Ambos sabemos qué hay en juego.

Nos detenemos delante de una torre. Es la única parte visible de un castillo enterrado bajo la nieve.

Hace siglos que no entra nadie. Ni vive nadie, claro. Ahora lo habitan criaturas nightshade, bestias con garras como cuchillos y aletas que parecen jirones. Es un lugar peligroso. Uno que tenía esperanzas de evitar.

Pero que podría ser nuestra salvación.

Accedemos por una ventana de la torre y bajamos una escalera tras otra hasta que llegamos a una planta completamente anegada. Es aquí. El penúltimo emplazamiento de isla Luna con posibilidades de albergar el corazón: un sitio donde la oscuridad se reúne con la luz.

Empiezo a desnudarme maquinalmente e Isla se gira hacia mí a toda prisa con los ojos abiertos como platos. ¿Escandalizada?

—¿Qué haces? —me pregunta.

¿Acaso no es evidente?

—Hay seres en el agua con los que no es fácil lidiar. No necesito prendas que me lastren o les ofrezcan algo con lo que ahogarme.

Me desprendo de la capa. A continuación, de la camisa.

Siento el golpe del aire frío en la piel y me tenso.

Noto su mirada fija en mí. Me doy la vuelta despacio y la sorprendo mirándome…

el pecho. Me estremezco. ¿Le asquea el gris de mi piel?

¿El hecho de que esté muriendo de manera lenta pero segura?

—Supongo que habrás visto muchos cuerpos antes que el mío —digo en tono inexpresivo bajo su mirada cada vez más atenta.

Traga saliva con dificultad.

—Pues claro que sí.

«Mentira».

Me quedo atónito. La sorpresa me paraliza.

Le hablé de mi don. Debe de darse cuenta de que sé que ha mentido. A pesar de todo levanta el mentón, decidida a no dar su brazo a torcer.

El gesto casi me arranca una carcajada. Qué terca es. Qué embustera.

¿Hasta dónde será capaz de sostener el cuento? ¿Cuánto rato seguirá mintiendo sin inmutarse? Doy un paso hacia ella y la miro ladeando la cabeza.

—Dime, wildling, ¿con cuántas personas has estado?

Sus mejillas enrojecen y yo contengo el impulso de sonreír.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —se indigna, pero eso no me está respondiendo. Intenta escabullirse.

La verdad. Es lo único que le he pedido siempre. Es lo que siempre le he ofrecido. Está mal, pero si no me la brinda sin más se la sacaré palabra a palabra.

—Solo era curiosidad. —Me encojo de hombros—. Yo he estado con muchas mujeres. No es algo que quiera esconder.

«Hace mucho tiempo», me abstengo de añadir. Tanto que no recuerdo sus caras ni sus nombres. Seguramente ni las reconocería si las tuviera delante.

Tampoco es que me tomara la molestia de observarlas ni de conocerlas. Era algo meramente físico que pasaba al olvi do, porque se suponía que había aprendido de los errores de mi hermano.

Se suponía que había aprendido que el amor podía nublar incluso el entendimiento de un gran rey.

Me mira con desdén, arrancándome de mis pensamientos.

—Pues debió de ser hace siglos, a juzgar por lo estirado e insufrible que eres.

Una sonrisa asoma a la comisura de mis labios.

—Es posible. Pero no has contestado a mi pregunta.

Mi tono de voz es impaciente. Noto un nudo en la garganta. ¿Por qué siento tanta curiosidad?

—Y no lo pienso hacer.

Me fulmina con la mirada y veo en sus ojos esa chispa que tan bien conozco, un brillo desafiante.

Sí que es obstinada.

Sin apartar los ojos, se desabrocha la capa y mi sonrisa flaquea. La prenda cae al suelo en silencio. Sin titubear ni un instante, se desprende de la camisa y asoma la curva de sus pechos por encima de la esbelta cintura…

Y esto se parece a mi sueño. Ella, desnudándose ante mí. Sosteniéndome la mirada. Noto una sensación de ahogo. Cada una de mis terminaciones nerviosas está en llamas.

Les toca el turno a los pantalones y al momento la tengo delante de mí, enfundada en un pantaloncito ajustado y una camiseta interior que bien podría estar mojada de tanto que se le ciñe al cuerpo. He dejado de respirar.

«Mierda».

Se encoge de hombros, ajena al hecho de que estoy a un instante de perder el juicio.

—Solo es piel —dice casi sin aliento.

Y yo quisiera arrebatarle el aliento de otras maneras. Ansío sentir esa piel contra la mía, ahora, en este suelo. Contra esa pared.

Me trago mis pensamientos.

—Solo piel —repito.

Pasa andando por mi lado y empieza a bajar los peldaños. Me desprendo del resto de la ropa y la sigo, dando gracias por el frío hiriente del agua.

Tengo que esforzarme para no mirarla, para concentrarme en la tarea que tenemos entre manos.

—Estas aguas albergan seres antiguos y malvados. Sé precavida.

Me sumerjo en el agua con la esperanza de que aplaque el calor ardiente de mi piel.

«Qué cuerpo». Tiene que saber el efecto que me causa. ¿Es eso? ¿Se ha propuesto torturarme? De ser así, le está funcionando.

Estoy tan aturdido que apenas capto el raudo movimiento: rizos de aletas negras y sedosas.

Se me calienta el puño cuando mis llamas despiertan incluso debajo del agua para advertir a los seres que se mantengan alejados.

«Concéntrate», pienso, pero soy incapaz.

Mi mente me lleva de nuevo a Isla allí de pie, desprendiéndose de las vestiduras.

Sé qué imágenes poblarán mis sueños esta noche y noto una descarga de culpa.

Soy el rey de Lightlark. Controlo esta isla y a sus gentes, pero no puedo controlar mis propios pensamientos.

El corazón no está aquí.

Llego a las escaleras y fuerzo la vista para avistar su figura en el agua. Todavía no ha regresado. Debe de seguir buscando.

Entonces la veo. Una nube rojo escarlata. El destello de una cola que se aleja a toda prisa.

Noto una opresión en el pecho y mi cuerpo se precipita hacia delante, preparado para volver a saltar al agua. Pero ella ya se ha abierto paso hasta los peldaños. Está herida y sangrando, y yo lo veo todo rojo. Me arrodillo a su lado y examino el corte que le recorre un costado.

La herida empieza a sangrar profusamente e Isla chilla de dolor.

Le murmuro palabras tranquilizadoras con el tono de voz más suave del mundo, haciendo todo lo que puedo para reconfortarla. «Ya sé que te duele, cariño», pienso.

Ella yace de espaldas sobre la fría piedra, temblando.

Tiene frío. Yo podría hacer que no tuviera frío nunca más.

Le apoyo la mano en la barriga y vierto mi calor en su cuerpo. Luego empleo el agua para cerrarle la herida. Es un proceso lento y doloroso. El rostro de Isla se crispa de dolor y yo emito otro sonido apaciguador, con la esperanza de que la ayude, aunque sea solo un poco.

Repaso la herida con los dedos y noto la sangre caliente bajo mi mano.

Nos miramos a los ojos.

Y ella no baja la vista. Estamos a pocos centímetros de distancia y por una vez… tengo la sensación de que me mira de veras, quizá del mismo modo, aunque sea mínimamente, que la he mirado yo a lo largo de estos meses.

Posa la mano sobre la mía y doy un respingo. No esperaba que me tocara. No esperaba que su tacto fuera tan delicado, tan tenue. Me aprieta la mano con la suya y tapamos juntos su herida.

No desviamos la mirada, ninguno de los dos.

Nos contemplamos largo rato con las manos en contacto y la sensación es distinta a la del día de las espinas y a la de aquella ocasión en la caverna.

Me recuerda a mi sueño. Cuando Isla me deseaba tanto como yo a ella.

El aire está electrizado y ella me sigue contemplando como si quizá yo fuera digno de su atención.

La herida ya está sanada, pero yo dejo la mano en su cuerpo mucho más rato del necesario, súbitamente ávido y deseoso de que cada instante dure un poco más, mientras esos ojos verdes siguen clavados en mí.

Mientras esos labios se separan, como si ella pudiera desear que se los abriera un poco más con la lengua.

Le deslizo los nudillos por las costillas, rozando los bordes de la herida. Mis dedos se demoran, pero ella no se mue ve, aunque tiene que saber que ya está curada. Tiene que sa ber que llevamos demasiado rato mirándonos.

—Ya está —digo, porque sé que está mal. Porque sé que no deberíamos hacer esto.

Retiro la mano y ella se estremece de inmediato al notar la pérdida del calor. Le toco la rodilla —una zona más inocente, creo— para calentarla de nuevo.

—¿Lo has encontrado? —me pregunta sin aliento.

«Sí, creo que sí. Estuvo ahí todo el tiempo, pero congelado. Esperando…».

Sin embargo, sé que no habla de mi corazón: habla de otro.

—No. No estaba ahí.

Y eso significa que solo nos queda un lugar que inspeccionar.