Capítulo 29. El jardín más importante
A sistir a Carmel es lo que menos me apetece.
Se trata de una fiesta tradicional del Centenario, di rigida al pueblo. Destinada a levantarles el ánimo. Este año, tras las muertes en el baile…, es un milagro que haya venido alguien.
Dura veinticuatro horas, aunque yo no puedo participar hasta la puesta de sol.
He ido a ver a la wildling más veces de las que debería, para asegurarme de que está sana y salva. Tengo muy presente que Cleo debe asistir a Carmel si quiere aspirar al premio.
Cleo. Nunca me ha caído bien, pero ahora la odio. Abandonó a Isla dándola por muerta.
¿Y si intenta terminar el trabajo durante las celebraciones?
He apostado guardias en la puerta de la wildling. Según dicen, todavía está en su alcoba.
La starling la ha visitado. Noto un destello de felicidad en el pecho al pensar que ha encontrado a alguien con quien pasar el rato. Yo no sería nada sin mis amigos, lo sé. Me alegro… me alegro de que ella haya encontrado eso.
El sol se esconde y yo continúo en el castillo, recorriendo los pasillos. Deseando que esta celebración termine de una vez para poder inspeccionar los dos últimos emplazamientos en isla Luna con la wildling.
Paseo de un lado a otro por delante de las ventanas…
Y entonces la veo.
Está en el jardín de mi madre. Luce un vestido cubierto de pétalos de color fucsia y rojo, como si fuera la flor más gloriosa del jardín más importante.
Me acuerdo de las rosas doradas que cultivaba mi madre. Su jardín no había visto nada tan hermoso desde aquel entonces.
Mis guardias la siguen. Observo cómo los evita con una sonrisa incipiente.
La contemplo hasta que el anhelo me duele y me doy media vuelta de nuevo.
Reanudo mi paseo por el interior del castillo durante más de una hora.
Está desierto, porque la mayoría de los sirvientes se encuentran en la celebración.
Estoy absorto en mis pensamientos cuando por poco resbalo con algo que hay en el suelo.
Me inclino para recogerlo frunciendo el ceño.
¿Un pétalo?
Hay un camino de pétalos ante mí. Me suenan de algo. Se parecen a su vestido. Encuentro una corona de flores a continuación.
Y entonces algo rasga el silencio.
Su voz.
Su canto.
Cierro los ojos. Es el sonido más bello que he oído jamás; tiene que ser un sueño, porque el mundo no es tan hermoso y yo no tengo tanta suerte como para oír semejantes sonidos dos veces.
Pero continúa. Y luego oigo una explosión de carcajadas. Abro los ojos al momento.
Sigo los pétalos; los seguiría al fin del mundo. Hay más flores arriba, por los pasillos, y unos zapatos que recojo al pasar. Todo conduce a ella.
Todo conduce a…
—¿Isla?
Ella se da media vuelta y sonríe.
Sonríe.
Igual que hizo en mi sueño.
—Oro —dice, y oír mi nombre… Nunca me ha emocionado el sonido de mi nombre hasta ahora. Oír mi nombre en sus labios, su voz susurrante y emocionada…
Trago saliva con dificultad. La última vez que la vi me fulminaba con la mirada. Todavía me odiaba.
¿Me ha perdonado?
Se acerca descalza. Yo llevo en la mano los zapatos desechados y ni siquiera se fija en ellos.
Se limita a pisar sus pétalos, a reír y a ponerse de puntillas en un intento fallido por alcanzar mi altura.
A continuación, le propina un capirotazo a mi corona, y la broma me llega al alma.
La miro estupefacto.
Ella vuelve a reír. Ojalá esto fuera real, ojalá fuera verdad, pero Isla nunca me perdonaría tan fácilmente. No se estaría riendo, no en un momento como este.
—¿Te encuentras bien?
Pone los ojos en blanco con aire histriónico.
—Estás siempre tan enfadado… ¿Por qué? ¿Nunca sonríes?
Sí, sonrío, pienso. Sonrío cuando pienso en ti.
Todavía está de puntillas y se inclina hacia un lado al perder el equilibrio. La sujeto automáticamente para que no se caiga. Tan pronto como recupera la estabilidad, la suelto.
Me fulmina con la mirada, de nuevo enfadada.
—No soy venenosa.
Oh, sí que lo eres. Eres el más letal de los venenos. Eres la clase de veneno que quiero beber sin límite, disfrutar y ansiar hasta que acabe conmigo.
«Soy tu enemiga, ¿recuerdas?».
Lo sé. Y el hecho de que sienta algo por Grim la hace aún más peligrosa.
Lo sé y no puedo dejar de mirarla, enfundada en ese vestido destrozado.
No puedo dejar de estudiar cada uno de sus movimientos.
No puedo dejar de ansiar que me cuente más verdades, para poder atesorarlas mucho tiempo después de que haya abandonado esta isla.
Da unas vueltas bailoteando.
Está claro que ha bebido vino en la fiesta.
—Te acompaño a tu habitación. ¿Te parece bien? —me ofrezco.
No sé hacer esto. No sé cortejar a una mujer y no, no es eso lo que estoy haciendo. Pues claro que no. A pesar de todo, nunca me había sentido así: nervioso, dudando de si hablar por miedo a decir algo incorrecto.
Se encoge de hombros.
—Bien. Iba hacia allí…, pero los pasillos no están en su sitio.
Sí, es evidente que ha tomado vino.
—¿Has bebido neblina?
Asiente con alegría y luego empieza a cantar de nuevo, por la mitad de la canción, como si no se hubiera interrumpido. Canta más alto y gira sobre sí misma, y después exclama que nunca se había sentido tan bien en su vida, y que no entiende por qué Poppy y Terra no la dejaban beber.
No sé de quién habla.
—¿Son tus guardianas?
Asiente.
—¿Tú tenías guardianes?
Su pregunta me transporta a siglos atrás. El dolor se abre paso cuando recuerdo a la starling que encontré en el suelo.
—No, yo no. No estaba destinado a ser gobernante ni rey. Era mi hermano el que los tenía.
No le hablo de Agnes. Pero me gustaría hacerlo.
—¿Ah, no? ¿Y qué estabas destinado a ser?
Nada. Yo pensaba que no sería nada.
Hasta que encontré mi fuerza y a mí mismo entrenando en las islas. Con el tiempo, demostré poseer la capacidad necesaria para unir a nuestras fuerzas. Para entrenarlas juntas y prepararlas para un futuro que mi padre consideraba imposible: la guerra.
Cuando Nightshade atacó, di gracias por todo el tiempo que había dedicado a preparar a nuestros guerreros.
—Yo lideraba nuestros ejércitos —respondo con sencillez.
Se queda de piedra. Pone los brazos en jarras y me mira con recelo.
—¿Estabas al mando de los ejércitos de Lightlark? ¿Tú?
En otras circunstancias, su incredulidad me habría ofendido. Pero me limito a asentir. Ella sigue hablando.
—Por eso lo odias, ¿verdad?
«A él». Sé a quién se refiere, por supuesto. No voy a plantarme ante ella para contarle todas las cosas imperdonables que ha hecho Grimshaw Malvere. No voy a envenenarla contra él, por más que quiera hacerlo.
—Ambos perdimos a muchos guerreros —me limito a decir—. Y yo no estaba de acuerdo con su manera de luchar.
Ya hemos llegado a su puerta. Todavía se tambalea ligeramente y yo arrugo el entrecejo.
—¿Estarás bien?
Los guardias están aquí; nos han seguido. Se asegurarán de que nadie se acerque a su puerta. Podría marcharme ahora.
—Por supuesto.
Pues claro que sí. Hago caso omiso de la extraña punzada de decepción, asiento y me doy media vuelta para marcharme. Me agarra por la muñeca y es como si mi sangre notara la llamada de la suya, como si saltaran chispas entre los dos.
Pero ella no parece haber sentido nada.
—Espera. Aún tengo muchas preguntas. ¿Por qué no entras?
No. «No me invites a entrar», quiero decirle, sabiendo cómo me siento en este momento. Sabiendo que entrar en su alcoba, el hecho de que me invite, solo servirá para empeorar esta obsesión.
Ella debe de notar que estoy indeciso, porque dice:
—Prepararé una infusión.
«Una infusión». Eso me anima a cruzar el umbral de su alcoba.
Una infusión no entraña peligro. A los dos nos gustan.
Forma parte de la creciente lista de cosas que tenemos en común.
Pongo agua a hervir. Ella saca de alguna parte una extraña mezcla de especias con un nombre absurdo que, de hecho, sabe de maravilla.
Luego se inclina hacia delante. La tengo tan cerca que veo las motas de sus ojos. Son doradas. Tiene manchitas doradas en los ojos.
Atisbo destellos de aquel sueño. De sus labios contra los míos. De su aliento contra mi oído.
—No duermes bien últimamente, ¿verdad?
«No —quiero decirle—. Evito dormir porque solo sueño contigo. Y eso es peligroso».
—No. Hace mucho que no duermo bien.
Porque, antes de ella, antes de soñar con sus ojos verdes en un tramo dorado de playa, todo eran pesadillas. Recuerdos de la batalla. Los gritos inacabables cuando se lanzaron las maldiciones.
—Me siento muy culpable —añado sin más, porque eso resume todas las razones de mi insomnio.
La isla está vinculada a mí. Estas personas están vinculadas a mí. Debería dedicar cada instante de vigilia a buscar el corazón, a tratar de romper las maldiciones. En vez de eso, dedico una cantidad de tiempo descomunal a pensar en ojos verdes y labios rojos.
—¿Cómo me encontraste? —me pregunta de súbito.
—¿En el pasillo? He seguido un rastro de pétalos.
Niega con la cabeza.
—No… Antes.
Ah. En el bosque de isla Luna.
—Oí al pájaro. Así te encontré. Seguí al pájaro.
Isla bosteza. Se le cierran los ojos. Por un instante siento envidia de su capacidad de estar cansada. De conciliar el sueño. Sonríe y yo no puedo desviar la vista, aunque casi me duele mirarla, pues es como mirar directamente al sol.
Se tumba. Apoya la cabeza en mi pierna.
Yo me quedo sentado, muy quieto, como si este momento fuera de cristal y temiera romperlo. Ni siquiera me atrevo a respirar.
—Tengo miel en la cabeza —musita, y yo sonrío, porque conozco la sensación, aunque nunca se me ha ocurrido expresarla así. Sus respiraciones se alargan. Se tornan más profundas. Se ha dormido.
Se ha dormido encima de mí.
¿Significa eso que confía en mí? La contemplo con avidez, decidido a memorizar cada detalle. Cada curva de sus labios entreabiertos, cada gesto de sus pestañas, cada mechón de su cabellera desplegada sobre mi pierna.
Es hermosa. La hermosura personificada.
Y así me quedo dormido.
Contando de cuántas maneras el mundo no está a la altura de su belleza.
Hay alguien delante de mí.
Me despierto de golpe por puro instinto, ya proyectando calor de la mano extendida, con las primeras llamas en la palma.
Hasta que veo dos ojos verdes que parpadean en la oscuridad.
Vale. Me he quedado dormido… en su alcoba.
Con ella.
Frunzo el ceño. Hacía años que no dormía tan profundamente. Bajo la mano.
—Te has dormido —me dice con voz queda—. Gracias… Gracias por quedarte conmigo. Lo siento, me parece que te has perdido parte de la… fiesta.
Pues sí.
Entro en pánico. Tengo que asistir a Carmel antes de que termine. Todavía es de noche. Aún tengo tiempo…
Pero nunca había hecho algo así, dormirme cuando tengo un deber que cumplir. Jamás he sido tan imprudente.
Ni tan irresponsable.
Algunos de mis súbditos murieron en la última celebración. Necesitan que su rey sea fuerte. Necesitan a alguien que les ofrezca esperanza.
Ella se levanta. Parece un poco avergonzada y evita mirarse el vestido, que exhibe una raja hasta el muslo.
Yo también me pongo de pie, desviando la vista.
—Debería volver a la fiesta —le digo, arrepentido de estar aquí. Arrepentido de todo.
Isla estaba bebida. No pretendía invitarme, no quería pasar tiempo conmigo. Todo ha sido una mentira. Y ahora ha terminado.
—Claro —responde, y no se le ocurre otra cosa que tocar mi corona.
Como si hubiera intimidad entre nosotros. Como si algo de esto fuera real.
—Dos emplazamientos más en isla Luna —le recuerdo con voz apagada y quizá cruel. Nuestro pueblo es la prioridad. Cualquier otra cosa sería egoísta. Absurda—. Mañana inspeccionaremos el primero. Pasado, el segundo. Y entonces habremos terminado.
—Bien —asiente con la misma brusquedad, y el tono me dice todo lo que necesito saber.
Tan pronto como salgo a los jardines, me asaltan aún más remordimientos.
¿Por haberle hablado en ese tono? Me atrevería a jurar que, cuando me ha dado la espalda, he visto un atisbo de algo. ¿Se sentía herida?
No. Imposible.
Me arrepiento de haber estado en su alcoba. De haber pensado por un momento que podíamos ser algo más que compañeros en este juego, un juego que vamos perdiendo.
Al menos la isla parece más animada. La gente apura neblina en los vasos de vino. Algunas copas vacías ensucian el césped por el que mi madre solía caminar.
Suspiro y empiezo a recogerlas. Los sirvientes se apresuran a ayudarme, pero les digo que no se preocupen, que disfruten de la noche.
Al final me interno en lo más profundo de los jardines.
Distraído, giro por el recodo equivocado del laberinto.
Cuando me doy la vuelta para volver, veo un antiguo banco de piedra medio desmoronado.
Y caigo en la cuenta de dónde estoy.
Aquí crecía el antiguo rosal de mi madre, el de las rosas doradas. Ella se sentaba en este mismo banco a mirar las delicadas flores.
«Cuidado —me decía cuando era niño y me acercaba demasiado—. Las rosas más hermosas tienen espinas. Te harás daño».
«¿Por qué tienen espinas?», recuerdo haberle preguntado después de pincharme el dedo y ver cómo brotaba una gota de sangre.
«Es una especie de armadura. Es su protección».
Me siento en el banco de piedra y deslizo los dedos por los derruidos bordes.
—Siento que no volviera a crecer —digo con voz queda en dirección a la noche.
Espero, como si fuera a recibir una respuesta. No la obtengo, claro que no. Nunca la obtengo. Apoyo la mano en el centro del banco, donde ella tomaba la mía.
—Espero que haya rosas doradas allá donde estés —susurro a la oscuridad—. Espero que practiques la esgrima a diario y tomes té cada noche. Espero que haya miel para dar y tomar. Y espero… Espero que seas feliz.
El viento silba junto a mis oídos. Inclino el cuerpo hacia atrás y miro el cielo.
—A veces me pregunto si puedes verme. Si el parpadeo en el fuego del hogar eres tú, que has venido a decirme que busque mi fuego, aunque llevo siglos viviendo en la oscuridad.
—Trago saliva cuando noto un nudo en la garganta—.
Y a veces… A veces me pregunto si estarás con Egan.
Entonces me pongo celoso. Celoso de que estéis todos juntos en alguna parte, sin mí.
Respiro entrecortadamente. El dolor se propaga por mi bra zo hasta el hombro. Es la mancha azul, que crece una vez más.
—Quizá pronto me reúna contigo —le digo a mi madre y, por primera vez, el pensamiento no me aterra.
Me levanto.
Y un chillido rasga la noche.
Luego otro.
Y otro.
Salgo corriendo, ofuscado, buscando el camino por el laberinto.
Entonces oigo otro grito y este lo reconocería en cualquier parte.
Surco los aires a toda velocidad y solo desciendo cuando la veo. El alivio me golpea el pecho y se derrite en mi interior como si fuera hielo. «Ella está bien. Está viva». Entonces veo a la starling, que flota envuelta en seda de araña.
Alguien la ha atacado. ¿Quién?
Isla le tiene cariño a la starling. Abre unos ojos inmensos, anegados de dolor y miedo.
El tiempo se acaba para todos.
Tenemos que encontrar el corazón.