Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 28. Desatado
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Capítulo 28. Desatado

I ntento no pensar en Isla, pero es tan inútil como tratar de no respirar. Cualquier pensamiento que me asalta sobre ella es como aire en mis pulmones y me ayuda a seguir adelante. Especialmente después del puto sueño.

«Aquel sueño». Nunca me había despertado tan acalorado y doliente.

Quise correr a buscarla. Ponerme de rodillas y reconocer todos los pensamientos que ella me inspira, aunque solo fuera por la remota posibilidad de que ella hubiera pensado lo mismo sobre mí.

Pero no lo hice. He apostado guardias para que la vigilen, para que se aseguren de que está sana y salva. No me necesita. Ahora mismo, no. Y, de creer lo que sugería el ardiente sentimiento de traición que vi en su rostro, no quiere verme ni en pintura.

Tengo que terminar el trabajo que he iniciado con Cleo. Solo entonces podré contarle el plan a Isla. Solo entonces habrá alguna posibilidad de que me perdone.

He tardado semanas en conseguir que Cleo confiara en mí lo suficiente como para que me abra cierta puerta en una montaña, tras la cual se oculta un laberinto. Por un ins tante, me concedo permiso para albergar esperanzas de que todo esto acabe hoy. De que el corazón de Lightlark esté aquí dentro.

Pero no está.

La traición no ha servido para nada. Su dolor no ha servido para nada.

Me recuerdo que estamos mejor, que reduce significativamente los lugares en los que puede ocultarse el corazón, que los dos emplazamientos restantes son tan peligrosos para las wildling que esperaba poder evitarlos, pero no sé si ha valido la pena.

No cuando llevo semanas sin verla. No cuando me acuerdo de la expresión de su rostro.

Estoy recorriendo el bosque moonling a pie, de vuelta a casa, demasiado cansado y enfadado para volar, cuando un pájaro planea muy cerca de mí entre graznidos. Lo reconozco. Isla y yo lo vimos cuando vinimos a hablar con los oráculos.

«Isla». Solo de pensar en ella… En lo que le hice…

Maldito pájaro. Me agacho sin hacerle caso, pero no me deja en paz. Al final me doy media vuelta y lo miro. Vuela directo a mi cara.

—¿Qué quieres? —le pregunto.

Aletea una vez. Dos.

A continuación, echa a volar en dirección contraria.

Me siento aliviado hasta que oigo su graznido de nuevo y lo veo volver hacia mí. ¿Cómo? ¿Me está pidiendo que lo siga?

Está claro que he perdido el juicio si pienso que el pájaro quiere comunicarse conmigo.

Sin embargo, no me deja tranquilo.

—Muy bien —le digo apretando los dientes. Lo sigo.

Al poco oigo las voces.

Voces masculinas. Hablan de una cacería. O de una captura. De algo que han encontrado. De algo que van a comerse.

Luego empiezan a hablar de un rostro. De un rostro hermoso.

El pájaro grazna con más urgencia que antes. Asciende y desciende en picado justo delante de mí. Me abro paso entre los árboles y la veo. Un grupo de vinderland carga con ella, atada. Congelada.

Una rabia y un miedo desconocidos hasta ese momento agitan la propia isla. El mundo tiembla.

Mi fuego se desata. Proyecto una explosión de energía starling. Hay sangre por todas partes. Destrozo a los hombres uno a uno, los mutilo hasta dejarlos irreconocibles. No me detengo. No tengo piedad, ni siquiera cuando uno me la suplica de rodillas. Lo veo todo rojo.

Mi poder ruge.

La furia me engulle. «Le han hecho daño. Iban a matarla».

Liquido al último que queda con vida y la cojo en brazos.

Y me la llevo a casa.

He sobrevivido a siglos de maldiciones. He sobrevivido a la guerra.

A pesar de todo, no tengo claro cómo he sobrevivido a varias semanas alejado de ella.

La echaba de menos.

Está helada. Deseo calentarla de la cabeza a los pies, deseo ser la llama que arde en su corazón, que se abrase por mí tanto como yo me abraso por ella.

Con suma cautela, empleo mi poder para derretir el hielo, despacio. Despacio.

Hasta que se mueve. El alivio casi me ciega. «Está bien. Se va a poner bien».

—Solo un poco más —digo casi para mis adentros.

Al sonido de mi voz, se queda inmóvil. Luego, de algún modo, intuyo exactamente lo que hará a continuación.

Ni siquiera me aparto cuando me atiza una patada, que falla por los pelos.

Tiene los ojos cerrados, cubiertos de hielo. Eso ha afectado a su puntería. Aunque no me conviene, le cubro los ojos con la mano para disolver la escarcha.

Tan pronto como los abre, veo su furia como una ola inmensa que inunda sus ojos verdes.

—Tú —gruñe.

Está enfadada. Pues claro que sí. Casi veo los pensamientos que se arremolinan en su mente cuando me ruge con rabia y se dispone a insultarme.

—Antes de que hagas ninguna de las cosas horribles que ahora mismo estás imaginando, déjame hablar.

De no estar parcialmente congelada, no me cabe duda de que su daga ya estaría en mi garganta.

—No te he traicionado, wildling. Aunque el hecho de que lo pensaras ayudó mucho a…

—¿Ayudó a qué? —me espeta.

Se lo cuento. Le explico por qué necesitaba a Cleo. Es la verdad. De la primera palabra a la última.

Su enfado apenas remite. Mira en derredor, como si quisiera posar los ojos en cualquier parte menos en mí, y yo veo el momento exacto en que cae en la cuenta.

Descubre que está en mi alcoba.

«En mi cama».

No sabía a qué otro sitio llevarla. Retrocedo un paso.

—Te traje aquí después de dar contigo. Supuse que no querrías que los demás supieran lo que había pasado.

No le digo que tenía que hacerla entrar en calor, que quería que estuviera en un lugar seguro. Y que me produce una satisfacción vergonzosa verla en mis sábanas…

Ahuyento esos pensamientos volviendo al tema del cora zón. Le cuento que no estaba en el laberinto de isla Luna.

—Ahora solo nos quedan dos emplazamientos que revisar.

Mis palabras no la tranquilizan del modo que yo esperaba. Niega con la cabeza y hace algo que apaga hasta la última ascua de mi fuego interior.

Rompe a llorar.

Las lágrimas resbalan por sus mejillas.

—No se trata solo de que cambiaras de compañera. — Se le quiebra la voz y con ella mi corazón—. Yo confié en ti. Y tú se lo contaste. Tú…

No. No valió la pena.

Ningún plan merece la pena si provoca esto.

Cierro los ojos. Comprendo cómo debe de sentirse. Su mayor secreto… revelado como parte de mi estrategia.

—Ya lo sé. Lo siento. De veras. Cleo empezaba a sospechar. Se enteró de que habíamos visitado isla Luna el día anterior, no sé cómo. El único modo de convencerla de que me ayudase era menospreciarte. En público. Tu reacción y tus actos a partir de ese momento tenían que ser genuinos.

Me escucha. Luego niega con la cabeza.

—No te creo.

Jamás en mi larga vida he deseado tanto que alguien me creyera.

—Nunca te he mentido, Isla. Aunque tú me hayas engañado una y otra vez.

—Doy otro paso hacia ella, hacia mi cama—.

Me revelaste tu secreto. Ahora yo te revelaré mi don.

—Abre los ojos verdes como platos. No debería decirle esto.

Es el único secreto que me queda. Pero lo hago de todos modos—.

Nadie puede mentirme, porque noto cuando alguien no me dice la verdad.

Estupor. Silencio.

Sí. Es consciente de todas las mentiras que me ha contado. Lo veo en su rostro.

«Embustera».

—Me contaste una mentira tras otra y a pesar de eso te hablé del corazón. Te lo conté todo, excepto esto.

—Tu oferta sigue en pie, entonces —dice finalmente. El dolor no ha desaparecido, pero, por lo que se ve, la preocupación por su pueblo es mayor que el odio hacia mí.

«Me odias, ¿recuerdas?».

«Te odio».

«Mentiroso».

Me sacudo los restos del sueño y asiento.

—Cuando encontremos el corazón, podrás utilizarlo. El poder del premio será tuyo.

Accede a volver a colaborar conmigo, pero noto la brecha entre los dos. Se ha roto algo que en realidad nunca fue una unidad.