Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 27. Combustión #2
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Capítulo 27. Combustión #2

Me horroriza, pero no voy a cambiar de plan.

Entra en la sala con la barbilla alta. Las lágrimas han desaparecido, ha recuperado la seguridad en sí misma y detesto saber que estoy a punto de arrebatársela.

—Opino que ha llegado el momento de cambiar de compañeros —digo ante una sala llena de gobernantes, y juro que veo romperse la frágil tregua que existe entre nosotros.

Sus ojos me buscan, los ojos verdes, y la inquietud los abre desmesuradamente.

Inquietud que yo he provocado. Mis palabras siguientes los anegan de puro dolor—.

Cleo, ¿te parecería bien formar equipo conmigo para que busquemos juntos la reliquia en isla Luna?

Cleo sonríe.

—¿Estás seguro, rey? Tenía la sensación de que la wildling y tú os llevabais de maravilla.

Sus palabras me escuecen más de lo que ella nunca imaginará. Hago oídos sordos. Hago caso omiso al rugido de mi sangre, porque mi cuerpo sabe que esto está mal. Casi siento la angustia que me llega desde el otro extremo de la estancia como si fuera propia.

Pero hago esto para protegerla. Para protegernos. Para proteger a todo el mundo.

Emparejo a los otros gobernantes cruzando los dedos, rezando para que sea suficiente. Cambiar los equipos. Segu ro que Isla está furiosa, pero su secreto se encuentra a salvo. Puede que no tenga que revelarlo.

Sin embargo, Cleo insiste.

—¿De verdad lo tienes claro, rey? Reconozco que no acabo de fiarme… Esto no será una estrategia que habéis planeado la wildling y tú, ¿verdad?

Es exactamente eso, pero la wildling en cuestión no lo sabe.

Los emplazamientos restantes están en isla Luna.

Voy a necesitar que Cleo me dé acceso para mirar.

Por eso he cambiado los equipos, por eso he abandonado a Isla.

Pero Cleo no es ninguna necia y apenas me atrevo a adivinar sus planes e intenciones.

Lleva siglos construyendo una flota. Ni siquiera participó en el último Centenario. Está a punto de traicionarnos a todos.

Tengo que hacerle creer que ambos estamos en el mismo bando…

Contra la wildling.

Me esperaba su reticencia, sus sospechas. Por eso sonrío y me obligo a parecer complacido. Allá va.

—Te haré partícipe de un secreto que podría explicar mi decisión —digo en tono tranquilo. Indiferente. Frío. Desalmado. A continuación, miro a Isla y noto que algo se quiebra en mi pecho cuando esos enormes ojos me devuelven la mirada. Eso no me detiene—. Isla Crown carece de poderes.

El silencio se apodera del mundo. El tiempo se ralentiza. Miro a Isla, incapaz de bajar la vista, esperando que su fuego ruja.

Sin embargo, no parece enfadada.

No… Parece dolida.

Y eso, pienso, es mucho peor.

Cleo da un paso adelante. «Esto es un error». La moonling va a intentar matarla, aquí y ahora, y yo tendré que interponerme entre las dos, renunciando a cualquier pretensión de que conspiro contra Isla.

Pero no tengo que hacerlo. Grim toma la mano de Isla y al instante siguiente han desaparecido.

Me odio a mí mismo.

Aún peor, ella me odia.

Bien. Eso es bueno, pienso. Su odio hará que todo esto sea más convincente. Cundió el caos entre los gobernantes cuando Grim los tornó invisibles a los dos y abandonaron la sala. Como es natural, ahora todos creen que están aliados. Y seguramente es cierto, gracias a mí.

Ella me ha mentido incontables veces. A pesar de todo, me odio a mí mismo por haberle provocado el más mínimo dolor.

Enya me dijo que olvidara mi sentido moral, que hiciera lo necesario por romper las maldiciones de una vez por todas. Lo hice.

Así pues, ¿por qué me siento como si yo mismo me estuviera rompiendo en pedazos?

Mi plan está funcionando. Poco a poco, Cleo empieza a confiar en mí. Si le pregunto demasiado pronto, recelará, pero estoy a punto de sugerirle que busquemos el corazón de Lightlark en el laberinto al que solo ella, como gobernante, tiene acceso.

Sé que esto es lo que necesito para encontrar el corazón. «Lo sé».

Pero no puedo quitarme de la cabeza la expresión de Isla.

Durante las semanas que siguen a la traición, sigo soñando con ella, como si mi mente estuviera conspirando contra mí. Sueño con sus ojos. Con el mar.

Sueño con nosotros, juntos de un modo que jamás estaremos.

Ahora hablo con ella constantemente en esos sueños.

Son muy vívidos, como si estuvieran ocurriendo en la realidad. Y siempre tienen lugar en aquella playa.

Esta vez estamos tendidos de espaldas, mirando las estrellas. La oigo moverse a mi lado y me vuelvo a mirarla. Es aún más gloriosa que el firmamento nocturno. Que cualquier cosa, de hecho.

Tiene la cabeza apoyada en la arena y me mira fijamente. Hay luz en sus ojos, un brillo de curiosidad.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—¿Por qué te gusta tanto este sitio? —quiere saber. Debe de preguntarse por qué siempre la traigo aquí en mis sueños.

Alargo la mano hacia ella y le deslizo los dedos por la mejilla para retirarle la arena. Me deja hacer. Se inclina hacia mi caricia y cierra los ojos con languidez.

—Antes porque me tranquilizaba. Ahora…

Abre los ojos despacio, pestañeando. Sonrío y la sensación es de mármol que se ondula, de hierro que se derrite, de algo duro y frío que cede el paso al calor.

—Porque me recuerda a ti.

Ella me devuelve la sonrisa, y ese gesto… daría cualquier cosa por prolongarlo. Pero no dura. No… Su júbilo se muda en algo distinto. Algo que me anuda la garganta.

Sus ojos se oscurecen, solo una pizca. Abre los labios. Lenta, muy lentamente, alarga también la mano hacia mí hasta que las yemas de sus dedos rozan mis labios.

No respiro. No mientras su pulgar me separa los labios. No mientras desplaza la mano a mi nuca, la cierra sobre mi cuello y la usa para acercarse más.

No hasta que la tengo justo delante, de lado, y entonces vuelvo a respirar.

Aspiro su aroma floral, la miro mientras me observa de arriba abajo y yo la observo a ella a mi vez.

Largo y tendido. Lleva el vestido del primer día del Centenario, el verde, el que es del color de sus ojos, del color de este mar, del color de todos mis malditos pensamientos y sueños, y una ola se estrella empapándonos a los dos, pegándole el vestido al cuerpo, pero no parece que le importe el agua. A mí tampoco.

Me enreda los dedos en el pelo y luego sus labios están sobre los míos.

Desconozco a qué sabe, pero en este sueño tiene el sabor de las bayas.

Sabe a un fruto que deseo devorar. Le separo los labios con la lengua y ella gime cuando acaricio la suya con la mía mediante movimientos largos y lánguidos.

No es suficiente. Ni de lejos. Sujeto la parte trasera de su cabeza como para saborearla más profundamente. Pero todavía la necesito más cerca.

Desplazo la otra mano a su cintura y arrastro su cuerpo hacia el mío mientras el mar rompe otra vez.

Las olas nos alcanzan; estamos empapados, pero no nos importa.

Isla pega su cuerpo al mío, la tela mojada ape nas oculta nada y…

Qué cuerpo… Lo he escudriñado con atención excesiva.

Lo he imaginado demasiadas veces, a las tantas de la noche.

Me coge la mano que tengo detrás de su cabeza y la arrastra hacia abajo, por encima de su pecho —ese pecho que me mata—, y yo prácticamente tiemblo de deseo.

Quiero arrancarle la tela. Quiero tocar su piel cálida, retirarle el agua con la lengua, tomarla en esta arena, entre estas olas.

Sus caderas están pegadas a las mías. Se incorpora para sentarse a horcajadas sobre mi cuerpo, para sentirme entero, y yo la contemplo, contemplo su maldita imagen perfecta.

Sin despegar los ojos de los míos, retira despacio uno de los tirantes de su vestido, que le resbala por el hombro.

Luego el otro. La tela se arruga, todavía parcialmente pegada a su piel húmeda.

Se inclina hacia delante y el vestido resbala hacia abajo cuando se acerca a mí, revelando más de su cuerpo.

Me siento como si estuviera muriendo. Me siento como si volviera a la vida.

Sus manos me aferran el pecho, pero, antes de que pue da arrancarme del todo la camisa, sus labios perfectos dibujan una sonrisa maliciosa. Se echa sobre mí despacio, atrapándome, como si conociera a la perfección el alcance del poder que tiene sobre mí.

—¿Me deseas? —pregunta.

«Joder, sí». Asiento.

Ante eso, se inclina un poco más y me araña la piel con tanta fuerza como para hacerme sangrar. Pero no me impor ta. Nada en absoluto.

—Soy tu enemiga —me dice, y noto su aliento cálido contra los labios—. ¿Recuerdas?

Asiento. Lo recuerdo.

—Dilo.

—Eres mi enemiga —repito. Haré lo que me pida.

Sonríe como si las palabras la complacieran.

—Me odias —me susurra al oído con voz melodiosa antes de deslizarme los labios por el cuello. Su lengua lame mi pulso acelerado. Sus caderas empiezan a mecerse contra las mías.

«Joder».

Ante mi silencio, se detiene. Me mira a través de las pestañas.

—Te odio —repito automáticamente, atrapado entre la realidad y el sueño, entre el deber y la verdad.

Ella sonríe contra mi cuello. Me besa mientras asciende hasta que su cara está sobre la mía.

Ladea la cabeza. Su larga y hermosa cabellera está mojada y pegada a su pecho, cubriéndola a duras penas.

El vestido ha acabado enrollado a la altura de sus caderas.

Se inclina hacia mí y yo necesito saborearla. Entera. La necesito como una droga.

De nuevo sus labios están casi encima de los míos.

—Mentiroso —me dice contra los labios.

Y entonces me despierto.