Capítulo 27. Combustión
M e permite que la lleve en brazos.
Volamos a isla Luna para preguntarles a los oráculos por el corazón, y ella entierra la cara en mi pecho. Me clava las uñas en los hombros. Me enseña cómo sostenerla. Cómo acunar su cuerpo contra mi pecho. Cómo hacer que le resulte cómodo.
¿Notará los latidos acelerados de mi corazón? ¿Es mínimamente consciente de que apenas soy capaz de respirar?
¿Qué haría si supiera que pienso en ella en la cama, cuando debería estar durmiendo? ¿Si supiera que me desvelo recordando todo lo que me ha dicho alguna vez?
He perdido la cabeza y carezco de la voluntad para que me importe.
Caminamos por la nieve y esta vez, cuando se estremece, le tiendo mi capa sin pronunciar palabra. Nunca le había prestado mi capa a nadie, pero me sale de dentro mantenerla caliente. Ofrecerle cualquier cosa con la esperanza de que lo acepte.
Lo hace.
Y los oráculos nos brindan la revelación más importante hasta el momento.
El corazón está en isla Luna. Está aquí.
El alivio se mezcla con el temor, pues sé que, en el ins tante en que encontremos el corazón, ella ya no tendrá motivos para pasar más tiempo conmigo.
Y eso ni siquiera es tan importante, ¿verdad? Sin embargo, por la noche, cuando me siento en la cama, no puedo pensar en nada más.
Miro con atención la capa que le he prestado y que ahora descansa en el otro extremo de mi alcoba. Se la ha ceñido al cuerpo con fuerza. Como si fuera un tesoro. Jamás pensé que sentiría celos de una prenda de ropa.
Pasan diez minutos con una lentitud insoportable. Me sorprendo abandonando el lecho. Aferro la capa entre las manos y me la acerco a la cara.
Desprende su aroma.
Quiero que toda la alcoba huela a ella.
Quiero que ella huela a mí.
Es una idea tan primitiva que suelto la capa y retrocedo. Este calor, este anhelo… son embriagadores. Venenosos. Estos pensamientos, estos deseos… entrañan un gran peligro. No son propios de mí. Yo nunca he sido así: nunca he deseado nada ni a nadie tanto como la deseo a ella.
El corazón. Tengo que volver a concentrarme en él. El corazón está en isla Luna. Solo nos quedan unos pocos lugares en los que buscar. Estamos más cerca que nunca de romper las maldiciones.
El sueño no me volverá a visitar. Me visto y camino por el castillo, como si pudiera arreglar los problemas que lo aquejan. Acabo en una de las pocas salas de la torre cuyas ventanas no han sido selladas con pintura.
Todo me recuerda a ella, incluso la luz de la luna. Recuerdo cómo se refleja en sus ojos y les arranca destellos. Rememoro todo lo que me ha dicho: cada verdad y cada mentira.
Repaso mentalmente cada interacción, cada detalle, con la mano abierta contra el cristal para serenarme. Yo…
Suena un sollozo a mi espalda.
De inmediato adivino quién es. Me doy media vuelta a toda prisa…
Es Isla. La mujer en la que no puedo dejar de pensar. La wildling que me oculta algo desde el principio. Está aquí, llorando. De repente me trae sin cuidado que sea una mentirosa.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto. Intento imaginar qué podría haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde que nos hemos separado—. Apenas hace un par de horas que nos hemos visto.
¿Quién la ha disgustado? ¿Quién la ha hecho llorar?
No me responde. Se limita a decir:
—¿Tu oferta sigue en pie?
«Mi oferta». Tengo la sensación de que hace toda una vida que le planteé mi propuesta en la caverna, aunque solo han pasado unos días.
Asiento. En aquella cueva, lo único que yo quería era conocer su secreto. Pero ahora, por alguna razón inexplicable, me importa más que deje de llorar.
—¿Puedo confiar en ti? —pregunta, y su voz se rompe.
—Sí. Nunca te he mentido, Isla. Ni una sola vez.
Es cierto. La dulzura se expande por mi boca. «Puede confiar en mí». Aunque yo no confíe en ella.
Otra lágrima resbala por su rostro, y, antes de que pueda preguntarme qué demonios estoy haciendo, camino deprisa hacia ella. Le poso una mano en la frente para comprobar si tiene fiebre.
¿Está enferma? ¿Puedo arreglarlo?
Cierra los ojos y, a juzgar por su expresión, está sintiendo un gran dolor. Lo que sea que ha pasado le provoca un enorme sufrimiento y quisiera encontrar la manera de evitárselo.
Le tiemblan los labios.
«Su secreto».
Intento recordar por qué su secreto me importa tanto.
Escudriño su rostro y casi estoy a punto de decirle que no lo comparta al presenciar su tormento. Estoy a punto de prometerle que le daré lo que me pida, con tal de que deje de llorar. Con tal de poder arreglar esto.
—Nací sin poderes.
Todo se detiene.
Oigo un zumbido leve, lejano, como si me hubieran golpeado la cabeza con la empuñadura de una espada. Noto una opresión en el pecho, igual que si me lo hubieran pateado.
«No». No puede ser verdad.
Pero lo es. «Paladeo hasta qué punto es cierto». Es verdad, con un toque de falsedad que no logro descifrar. Tengo que ser más claro. Formular una pregunta concreta.
—¿Me estás diciendo que no sabes emplear la magia?
—le pregunto en un tono severo, exigente.
Me siento como si mi mente se estuviera desmoronando.
Como si estuviese a pocos instantes de enloquecer.
Porque, si lo que dice es cierto, su voz en mi cabeza, los incesantes pensamientos sobre ella, todo lo que me está sucediendo… Todo es real.
—Sí —responde.
«Verdad».
Casi empiezo a echar de menos sus mentiras.
Porque si carece de poderes…
Esta obsesión es toda mía.
Me siento en el trono a meditar qué debo hacer a continuación. Ha sido una noche muy larga. Los oráculos, el secreto de Isla…
Al menos debería tratar de dormir. Cuando empiezo a moverme, un dolor me atenaza el costado. La mancha azul. Sigue expandiéndose.
Despacio, vuelvo a acomodarme en el trono. Paz. Lo único que quiero es un instante al margen del caos más absoluto.
Mi cabeza cae hacia atrás. Se me cierran los ojos.
Ahí está. Isla. Sentada en el acantilado que descuella so bre mi playa favorita. Me mira por encima del hombro cuan do me acerco.
El sentimiento de culpa se expande por mi pecho al pensar en el plan que he ideado.
—¿No podías dormir? —pregunta. Solo entonces reparo en las estrellas que hay sobre ella. Únicamente Isla podría distraerme tanto como para no ver un cielo estrellado. A su lado, todos los astros palidecen. Toma mi silencio como un asentimiento—. Yo tampoco.
Esto es un sueño. Lo sé. Apenas le hablo en estas ensoñaciones.
Me conformo con estar sentado a su lado en este acantilado o en la playa de abajo, pero me percato de algo.
Aquí, en mi mente, puedo ser sincero con ella de un modo que jamás me permitiría en el mundo real.
Puedo ser honesto acerca de mis sentimientos.
Acerca del torbellino que ha desatado en mí.
Si lo expreso todo, aunque solo sea mentalmente, puede que estos pensamientos tan inoportunos me abandonen. Porque tienen que hacerlo, para poder hacer lo que tengo que hacer.
—Isla.
Me mira pestañeando.
Y yo pronuncio las palabras que quería decirle. Las que no pude articular en la cueva. Las que están forjadas de mi misma alma. Hablo con voz ronca, irritada.
—Te odio. Te odio, Isla. De veras. —Doy un paso hacia ella—. Te odio por transformar mi hielo en fuego y mi fuego en hielo. Por enfurecerme y hechizarme al momento siguiente.
Me paso las manos por la cara. Hablo en tono acusatorio, enfadado.
—¿Acaso tienes idea de lo difícil que me resulta mirarte? Mirarte se parece a ahogarse. Me ahogo en ti, Isla, y lo peor es que sé nadar, veo la orilla, y sin embargo me quedo aquí, en el centro de tu tormenta.
El fuego crece en mí, todas estas emociones que me he esforzado por reprimir. Todas las palabras que he intentado borrar, pero aquí están. Son reales.
—No recuerdo la sensación de los rayos del sol en la piel, pero, cuando me miras, siento algo muy parecido. Siglos de oscuridad y aquí estás tú para recordarme que este mundo maldito todavía alberga belleza, que todavía alberga lucha.
»Pero pasar un rato contigo… implica más dolor que placer. Es desgracia. Es tormento.
»Porque tu sonrisa es un amanecer. Pero tú… tú eres un ocaso. Este tiempo contigo está destinado a finalizar. Siempre finaliza.
»Y que los cielos me maldigan si no deseo que sea infinito. De veras que sí. Pero tú eres una mentirosa. Eres mi enemiga. Eres el reflejo de mis peores defectos y miedos.
»Y quizá todo se reduzca a eso: mis piezas irregulares buscan tus piezas serradas. Y encajan, de algún modo.
»El fuego que albergo busca tu fuego. Y prende. Prende por fin, tras mucho tiempo apagándose.
No me he postrado ante nadie desde que ascendí al trono, pero me arrodillo ante ella porque necesito que me entienda. Le suplico que me libere de esto.
—Isla, eres hermosa de un modo que las palabras no pueden expresar.
Ojalá tuviera todo el tiempo del mundo para decirte de cuántos modos distintos me has cautivado , pero harían falta vidas enteras y ya vivimos un tiempo prestado.
—Niego con la cabeza—. Ojalá… ojalá no fuéramos enemigos. Pero lo somos.
Recurro a toda mi fuerza de voluntad para levantarme. Para pedirle perdón de antemano. Para dejarla en ese acantilado con vistas a la playa.
Me despierto sobresaltado.
Sé lo que tengo que hacer.
Isla me va a odiar. Me acuerdo de sus ojos, enrojecidos e hinchados. Me acuerdo de esas lágrimas, cada una de las cuales me traspasó el pecho como una daga. Estoy a punto de empeorarlo todo. Me confió su mayor secreto y yo me dispongo a revelarlo.
«¿Puedo confiar en ti?», me preguntó.
Le dije que sí. Y puede. Puede. Este plan la beneficiará. No la traicionaré, en realidad, no. Pero ella no lo verá así. Lo sé. Me odiará por siempre.
Tengo que hacerlo de todos modos.
Pronunciaste las palabras, me digo. Ya no tienen motivos para molestarte. Debes hacer lo que es mejor para la isla, pero no para ella, no para una mujer. No seré como Egan.
Esto demostrará que no soy igual que mi hermano. Si puedo hacer esto, me demostraré a mí mismo que pongo el deber por delante de todo. Incluso de ella.