Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 26. Coronas y jaulas #3
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Capítulo 26. Coronas y jaulas #3

—Desde que era niño —respondo, sorprendido de ser capaz de articular las palabras.

Llevo siglos evitando cualquier conversación al respecto, porque la vergüenza y el sentimiento de culpa casi me devoraban vivo.

Pero ahora no. No delante de esta wildling que no se avergüenza de sus sentimientos, que está asustada todo el tiempo y, a pesar de todo, da la cara a diario y lucha.

Y esa lucha, esa llama, es la misma que yo casi había olvidado—.

Me dijeron que lo ocultara —le explico, recordando a mi madre.

Recordando que me enseñó a esconderle a mi padre todo aquello que pudiera usar contra mí.

Y entonces, un día fatídico y terrible, lo hice sin pretenderlo. No hubo forma de ocultarlo.

Le cuento algo más. Algo que no me ha preguntado; por alguna razón, me apetece hablarle de mi familia. Que conozca una parte de lo que me hizo ser quien soy.

—Egan era el mayor, el heredero. En teoría tenía que ser el más fuerte.

—Pero él no podía convertir las cosas en oro —adivina, rellenando el hueco.

Asiento.

—¿Y por qué ahora? ¿Por qué mostrárselo al mundo?

Le digo lo que le dije a Enya.

—Porque me estoy muriendo. Me trae sin cuidado compartir todos mis secretos.

Adopto un tono desenfadado, pero el miedo aletea dentro de mí. La espada de Remlar no debería haberme afectado tanto. No debería haberme desmayado mientras volaba. Debería haber tenido fuerzas para llegar al agua, cuando menos.

Me estoy debilitando. La incapacidad casi total de detener los temblores en el baile lo demostró. La mancha azul se ha extendido a la práctica totalidad de mi cuerpo.

El tiempo se agota para todos. Le pregunto algo que me intriga desde hace tiempo.

—¿Cuál es tu secreto, Isla?

«Isla». Salvo en situaciones oficiales, casi nunca me dirijo a ella por su nombre. Normalmente la llamo «wildling». Abre mucho los ojos. ¿Estará pensando lo mismo?

—¿Cómo? —musita en un tono tan quedo que apenas oigo el sonido.

Le sostengo la mirada. Por esto la he seguido a todas partes. Esta es la pregunta que me he formulado una y otra vez. Quizá, si descubro su secreto, mi extraña obsesión con Isla y todo lo relacionado con ella desaparezca.

—El secreto que no quisiste revelar en mi presentación. ¿Qué era?

Veo el movimiento de su garganta. La observo con la máxima atención. Apenas puedo respirar mientras espero…, con la esperanza de que sea honesta también ahora.

Pero se limita a negar con la cabeza. No me lo dirá.

Me río sin ganas. Pues claro que no.

—Me lo imaginaba.

Al menos no me ha mentido.

—A ver qué te parece esta… ¿Por qué me dejaste ganar el duelo?

No se la ve sorprendida de que lo haya adivinado.

—No quería ponerme en el punto de mira.

—Ah.

Tiene sentido.

Entorna los ojos. Levanta la barbilla. Antes de que abra la boca, ya sé que la pregunta va a ser trascendente.

—¿Cuál es tu don?

Su atrevimiento casi me arranca una sonrisa. ¿Acaso no sabe hasta qué punto es privada esa cuestión? ¿Desconoce que ningún gobernante se atrevería a preguntarle a otro al respecto? ¿Le importa siquiera?

Me asusta darme cuenta de lo mucho que quiero revelarle mi don. Hasta qué punto deseo que lo sepa, para poder acusarla por fin de ser lo que es: «una mentirosa».

—Comparte tu secreto y te lo diré.

Las palabras flotan entre los dos como una oferta.

Me quedo muy quieto mientras me pregunto si aceptará mi propuesta.

Me fulmina con la mirada y yo le devuelvo una sonrisa.

Eso parece alterarla todavía más. Solo el hecho de que esté obsesionado con su secreto explica las palabras que pronuncio a continuación.

—A ver qué me dices a esto. Si me cuentas tu secreto, dejaré que ganes tú.

Guarda silencio un momento.

—¿Cómo?

—Cuando encontremos el corazón, podrás usarlo y cumplir la profecía. Podrás quedarte con el inmenso poder prometido. —Me encojo de hombros, como si fuera una oferta sin importancia, aunque tiene una trascendencia enorme—. Pero solo si me cuentas tu secreto.

Únicamente entonces podré confiar en ella. Porque se ha esforzado mucho en ocultarlo. Y quiero conocer el motivo. ¿Qué esconde? ¿A quién protege?

Eso despierta a su vez sus sospechas, porque así es ella.

—¿Y por qué ibas a hacer eso? —pregunta—. ¿No deseas el poder para ti?

El oráculo no concretó de qué poder se trataba, pero cabe suponer que será grandioso.

No. Jamás.

—No quiero convertirme en un dios. El exceso de poder es peligroso. Nunca he querido ganar. Solo quiero salvar Lightlark.

—¿Y por qué ibas a entregármelo a mí?

No tiene un gran concepto de sí misma. Me maldigo por haber contribuido a ello.

Y sí. Sí, se lo entregaría a ella. Porque comparte la misma llama: el fuego que arde en mí.

El deseo de ser mejor. De hacer bien las cosas.

De proteger a los que le importan. Y esas son las cualidades que siempre admiré en Egan.

—¿A quién si no? ¿Piensas que debería dárselo a Cleo? —Hace una mueca—. A eso me refería.

—¿Y por qué no a Azul? —pregunta.

—No.

Lo último que desea el gobernante skyling es acumular más habilidad. La veo meditarlo. Me pregunto durante una eternidad qué le está pasando por la mente. Ojalá conocie ra hasta el último de sus pensamientos. Ojalá me los revela ra por propia iniciativa.

Finalmente niega con la cabeza.

Me recuesto contra la pared, sorprendido.

—O bien eres la única gobernante que no está interesa da en el premio del Centenario, o bien tu secreto es aún peor de lo que me temía.

—Esa no es la cuestión —replica irritada.

Tras eso, el juego llega a su fin.