Capítulo 26. Coronas y jaulas #2
—Sí, wildling. Aunque puedo vestir de azul, blanco o plata si quiero.
Lo hice durante años, en los entrenamientos.
—Te toca.
Quiero preguntarle tantas cosas que podríamos pasarnos días enteros en esta cueva. Algunas son estratégicas. Otras… no deberían interesarme tanto.
Ella ha empezado con algo sencillo. Con una pregunta de baja intensidad. Así que la imito.
—¿Cómo es tu existencia en los nuevos territorios wildling?
Pestañea sorprendida. No se esperaba que yo mostrara interés en su vida al margen del Centenario.
A mí también me sorprende que pueda interesarme esa faceta de su vida.
—Es… —Cambia de idea en el último momento. ¿Ha de cidido formularlo de otra manera? ¿Responder con otra men tira? Se revuelve en el sitio. La veo entornar los ojos, como si acabara de tomar una decisión. Entonces dice—: Es horrible.
Estaba preparado para varios minutos de veneno constante, pero la dulzura anega mi boca.
Una dulzura especial, que paladeo con agrado.
Las verdades de Isla poseen un sabor distinto.
O, al menos, lo hacen ahora. Son más dulces que las de cualquier otra persona, como una fruta que ansiara probar desde hacía más tiempo del que estoy dispuesto a admitir.
Sigue hablando y yo la escucho hipnotizado, incapaz de nada salvo albergar esperanzas de que nunca vuelva a mentirme.
—Quería a mis guardianas. Son mi única familia, pero… —Entorna los ojos—. ¿Alguna vez te has sentido como un pájaro enjaulado?
«Constantemente».
Me siento atrapado en el castillo durante el día, a causa de la maldición. Mi corona es una jaula en sí misma. Vivo entregado al deber. Mis necesidades no importan. Mi vida misma está atada a esta isla.
Nunca había oído a nadie formularlo de ese modo, nunca he conocido a nadie que pudiera entenderlo, pero sí.
—Cada día a lo largo de los últimos quinientos años —le confieso.
Las preguntas asoman a la superficie de mi mente.
Me deleito en estos instantes como si fueran arena que resbala entre mis dedos.
Quiero preguntarle todo lo que pueda mientras esté dispuesta a ser sincera, porque me siento como si me franqueara la entrada a su mente, aunque solo sea un momento.
Es lo que he deseado desde hace semanas.
Solo saber lo que está pensando. Simplemente… conocerla.
—¿Quién te encierra?
—No estoy encerrada…, solo… preservada —res pon de, y no llega a ser una mentira, pero tampoco toda la verdad. Me formula otra pregunta—. ¿Alguna vez te has enamorado?
—No.
—¿Por qué no?
—Los reyes de Lightlark no se enamoran. El amor te hace vulnerable. Nuestro poder sería vulnerable. —La miro, consciente de que eso es algo que tenemos en común—. Supongo que nos parecemos en ese aspecto…, en la incapacidad de disfrutar del amor.
Su maldición le impide enamorarse. Implicaría una sentencia de muerte para quienquiera que amase. ¿Es eso lo que desea romper? El pensamiento me traspasa el cráneo. ¿Se está enamorando de alguien?
¿De alguien que no soy yo?
—¿Crees que es posible que un soberano se enamore de otro? —me pregunta—. ¿Amor verdadero, no como parte de un plan?
Lo he adivinado: se está enamorando. Y sé de quién. Se me encoge el corazón. Noto un sabor amargo en la lengua, aunque no me ha mentido.
—No —respondo con sinceridad, porque jamás en mi larga vida he presenciado un amor desinteresado entre gobernantes—. En realidad, no.
Una parte de ella parece marchitarse.
—Entonces ¿tu hermano no estaba enamorado de su fu tura esposa?
El tema de mi hermano dispara diversas emociones y yo las entierro en mis profundidades. Procuro adoptar un tono desenfadado, aunque se trata de un tema delicado.
—Egan amaba a Aurora. Pero no de ese modo.
A lo largo de los años que duró su compromiso, llegaron a ser amigos íntimos. Confidentes. Pero él nunca la amó, no como ella deseaba ser amada.
Aunque supongo que sí amó a otra gobernante…
Yo no pasé con ellos el tiempo suficiente como para saber si se trataba de amor verdadero, sin segundas intenciones.
¿Cómo iba a serlo? Los gobernantes tienen que pensar en sus reinos.
Pienso realmente lo que le he dicho. El amor verdadero, desinteresado, no existe entre gobernantes.
No puede existir. Me pregunto un instante si estoy intentando convencerme a mí mismo de ello… o si de verdad lo pienso.
—¿Cómo lo sabes? —me pregunta.
La miro a los ojos. Es muy fácil averiguar si el amor es sincero. En el caso de los gobernantes hay un método infali ble.
—No compartían poderes.
Parece aún más desanimada, si cabe, y detesto que mis palabras le hayan producido ese efecto…, aunque haya di cho la verdad.
—Tu turno —me invita.
Noto una opresión en el pecho. Cuando estoy con ella me olvido de mi corona, pero sus palabras me obligan a pensar en mi reino. En mi deber. Y en el hecho de que mi compañera, a juzgar por las señales, se está enamorando de mi mayor enemigo.
¿Será posible que sienta algo por él en tan poco tiempo? ¿De verdad Grim se ha encariñado con ella, cuando él mismo me ha dicho que nada ni nadie le importa un comino?
Tengo que averiguarlo.
—¿Conocías a Grim antes del Centenario?
—No.
Verdad.
Dice la verdad. Pero no tiene sentido.
Pone los ojos en blanco, como si notara mi agitación.
—No nos hemos aliado contra ti, tranquilo.
Verdad. Dulce y pura verdad.
¿Qué más le podría preguntar? Sus palabras son claras y concretas. No está conchabada con él. No colabora con él contra mí. Me inundan el alivio y la sorpresa.
Ella sigue preguntando.
—¿Cuál es tu parte favorita de Lightlark?
No sé si se debe a su inesperada sinceridad, a la pérdida de sangre, al alivio que me produce que me haya confirmado que no está aliada con Grim o al hecho de que acabe de tener ese sueño tan raro, pero le confieso algo que solo le he contado a Enya.
—Hay un tramo de playa apartado en isla Sol, junto a un acantilado, con carbones enormes en el agua que chisporrotean cuando el mar los azota. El mar tiene allí un tono extraño. Verde oscuro.
La miro y no sé qué me induce a pronunciar las palabras siguientes, pero lo hago.
—Del color de tus ojos.
Mi color favorito.
Aunque mi color favorito no es un verde cualquiera. Es su verde.
El verde del renacimiento. Del crecimiento. El verde de volver a empezar. Mirarla a los ojos se parece a tomar una bocanada de aire tras pasar un rato bajo el agua. Se parece a encontrar un oasis en el desierto. Es como descubrir estrellas en la oscuridad.
Sus ojos son esperanza en momentos desesperados. El sol a través de la noche.
Son unos ojos rebosantes de verano incluso en pleno invierno.
—Debe de ser bonito —dice.
«Sí —pienso sin despegar la mirada de ella—. Increíblemente hermoso».
—Tu manera de cantar —sugiero.
Se muestra sorprendida.
—¿Qué quieres saber?
Me encojo de hombros, pues me apetece conocer más de ese aspecto suyo. Algo de lo que quizá nunca le ha habla do a nadie.
—Háblame de ello.
«Cuéntamelo todo —me gustaría decirle—. Nunca he querido saber tantas cosas sobre nadie. Nunca nadie me ha importado tanto como para preguntar.
»Y si este mundo no fuera tan cruel, si no tuviéramos que cargar con su peso, consideraría un honor dedicar cada día de mi vida a la incomparable y eterna tarea de conocerte».
Responde, y la dulzura vuelve a mi boca.
—Me tranquiliza. Es algo que se me da bien de manera natural, sin tener que esforzarme.
—¿Como la esgrima? —sigo preguntando mientras observo cómo nuestro juego se transforma en una conversación, cómo las líneas entre los dos se desdibujan.
—No. Para eso tuve que esforzarme mucho. No nací con ese don, como el canto. Me frustraba hasta lo indecible… Terra, mi instructora de lucha, me regañaba todo el tiempo por ser tan impaciente.
Trato de imaginarlo. A Isla de niña, entrenando.
—Así que practiqué. Mucho. Cada día, todo el rato, constantemente. Hasta que la espada se tornó ingrávida en mi mano. Hasta que acabó formando parte de mí, tanto como mi voz. Me obligué a ello.
Atisbo el fuego de su corazón, parecido al mío. Combustible para demostrar algo. Para demostrárselo a sí misma, ante todo. Me pregunto si sabe cuán infrecuente es poseer esa clase de pasión. Si acaso imagina cuánto tiempo pasé yo sin que me importara nada en absoluto. Nada más que mi deber.
Nada más, hasta ahora.
Nos miramos. ¿Podría llegar a considerar mi rostro tan interesante como yo considero el suyo? ¿Podría de sear conocerme tanto como yo deseo descubrirla a ella, sin cesar?
Traga saliva. Su gesto se crispa y yo la conozco lo suficiente como para percibir el cambio. La levedad muda en gravedad. Ya viene. La pregunta que me quiso formular desde el principio, la razón de que haya sugerido este juego.
Pues si bien yo quiero hacerle mil preguntas que no guardan ninguna relación con este juego, ella no ve en mí nada más que un medio para conseguir un fin.
—¿Hay una reliquia en la isla capaz de romper un vín culo? ¿Que pueda romper las maldiciones de aquellos que la esgrimen?
De modo que era eso lo que buscaba en las bibliotecas. Una reliquia.
¿Una que rompa maldiciones? Ha estado buscando algo inexistente.
—No. De haberla, habría encontrado el modo de usarla.
Frunce el ceño. Desvía la vista.
—¿Es eso lo que has estado buscando? —le pregunto para confirmarlo.
Asiente.
Está claro que ya ha conseguido la respuesta que buscaba; aunque no está nada satisfecha. No tiene que preguntar nada más.
Pero entonces dice:
—¿Desde cuándo eres capaz de transformar las cosas en oro?
Me quedo atónito. Estoy dividido entre la sorpresa de que quiera seguir jugando y el hecho de que su pregunta aborde el último asunto del mundo del que me apetece hablar.
Con ella, sin embargo, a lo largo de estas semanas… he hablado de muchos temas complicados. Hemos hecho cosas difíciles, juntos. Esta solo es una más.