Capítulo 26. Coronas y jaulas
L a isla está en ruinas. El castillo no fue lo único afectado por los temblores.
Hemos celebrado los funerales por los que hemos perdido. He participado en incontables reuniones, cada vez más aterrado. Pero, en el instante en que la veo, mi mente se acalla. Es como si volviera a estar en esa playa que llevo siglos sin visitar.
Ella parece preocupada.
—¿Te encuentras bien? —pregunta.
Sus ojos recorren mi cuerpo, y ¿por qué tengo la sensación de que no puedo respirar?
No. No estoy bien. Ninguno de nosotros lo está. Pero no se lo digo. En vez de eso le respondo con brusquedad y eso le dibuja un ceño en la frente. Le digo que debemos visitar a Remlar, otra criatura ancestral que podría saber dónde está el corazón. Una a la que esperaba no tener que enfrentarme.
Ella se muerde el labio con aire de concentración.
—¿Qué estás pensando? —le pregunto. Daría cualquier cosa por poder colarme en su mente aunque solo fuera un momento.
Se muestra sorprendida. Supongo que es normal: no acostumbro a preguntarle su opinión sobre nuestros planes. Quizá debería. Es lista. Capaz. Habla en tono firme.
—¿Y si les dejamos que me capturen? ¿A ese ser ancestral y a su pueblo? Dijiste que odian a los wildling, ¿no?
«Ni en sueños». Esa es mi reacción inmediata. Pero le digo:
—¿Y por qué íbamos a hacer eso?
Se encoge de hombros.
—Dijiste que era poco probable que accediera a hablar contigo. Nos estamos quedando sin tiempo. Le obligaremos a recibirte.
—… usándote a ti como cebo.
Asiente.
No quiero reconocer que se trata de un buen plan.
A pesar de todo…, no me gusta. Isla tiene razón.
Los se res primordiales odian a los wildling.
Remlar y su pueblo me detestan a mí también.
Piensan que los abandoné des pués de las maldiciones.
Y puede que… puede que lo hi cie ra. Muchos grupos estaban sufriendo.
Intentamos ayudar los a todos, pero a causa de eso nadie se sintió acompañado del todo.
—¿Estarías dispuesta a correr el riesgo? —le pregunto.
Encoge un hombro.
—Todos estamos en peligro si no averiguamos dónde está el corazón.
«Todos estamos en peligro». No se refiere únicamente a su reino. Lo noto en la convicción con la que habla de esta isla, aunque Lightlark no haya hecho nada más que ata carla todo este tiempo.
Es valiente. Insensata pero valiente.
—Muy bien.
No estoy preparado para ver a la wildling capturada, de rodillas, con un cuchillo apuntándole a la garganta.
El instinto me pide que reduzca a cenizas la colmena y a todos los presentes, excepto a ella. El corazón me aporrea el pecho. Cierro los puños.
Siento algo por ella.
Antes de que pueda moverme, una espada me apunta a la garganta.
Remlar chasquea la lengua.
—Un solo movimiento, rey, y comprobaremos si la muerte te apresa con tanta facilidad como a todos los demás.
Isla parece presa del pánico. Sé que no teme únicamente por la isla. Me está mirando a mí. Le devuelvo la mirada, como si la viera por fin tal como es.
Tengo los ojos clavados en Isla, así que no estoy escuchando a Remlar cuando desliza la espada por mi garganta.
El dolor me atraviesa como veneno.
Solo oigo el grito que Isla contiene. Luego la veo buscar su daga, como si también fuera un gesto instintivo. Veo cómo la lanza por el aire con una puntería perfecta, como hizo el día de la exhibición. Surca el aire directa al corazón de Remlar.
Parece conmocionada, enfadada, preocupada incluso. Me mira a mí.
Me mira como si quizá también sintiera algo por mí.
Levanto una mano y la daga se detiene justo antes de hundirse en la carne. No podemos matarlo. Necesitamos la información que nos puede proporcionar.
Pero Remlar es testarudo. Quiere algo a cambio. El corte de su acero no ha sido profundo, pero noto la sangre que me resbala por el cuello. Estoy perdiendo demasiada.
—Quiero a la wildling —dice.
Lo veo todo negro.
Estoy al otro lado de la colmena, pero, en un abrir y cerrar de ojos, me planto ante Remlar y le aferro el cuello con la mano envuelta en llamas.
Lo mataré. Y voy a disfrutar haciéndolo.
No sé por qué estoy tan enfadado, por qué me muestro tan posesivo, si ella no me pertenece. No pertenece a nadie salvo a sí misma. Pero esta furia es como una tormenta que lo quema todo a su paso.
Mis llamas bailan en los ojos de Remlar cuando dice:
—Solo quiero que la wildling me visite. Una vez que todo esto haya terminado.
«Una vez que todo esto haya terminado». Me permito albergar una llama de esperanza, creer que tal vez haya luz al final de este túnel, que realmente es posible romper las maldiciones.
No obstante, la idea de que Isla tenga que volver me inunda de rabia.
Ella da un paso adelante antes de que yo pueda pronunciar otra palabra. Accede. ¿Por qué?
Estoy respirando a un ritmo desenfrenado. Estoy sangrando demasiado. Apenas oigo a Remlar cuando nos ofrece una información de valor incalculable: que el corazón de Light lark solo florece donde la oscuridad se reúne con la luz.
Deduzco de inmediato a qué se refiere. Habla de un lugar en el que convergen Lightlark y los restos de la influencia de Nightshade. Quedan pocos lugares que coincidan con esta descripción.
«Estamos cerca». Estamos muy cerca de terminar con este sufrimiento.
La colmena parece dar vueltas cuando partimos. El mundo resbala a mis pies. No noto las manos ni las piernas. De algún modo consigo trastabillar hasta el exterior de la estructura de madera.
—Un plan —digo para mis adentros, y me pregunto cómo he conseguido articular las palabras—. Tenemos un plan.
Oigo mi nombre. O puede que lo esté imaginando.
Es imposible que Isla me esté susurrando mi nombre al oído mientras sobrevolamos el bosque. Es imposible que su voz —«esa voz»— rebose preocupación.
—Oro.
Sucede nuevamente. ¿Estoy soñando? Apenas veo nada. Apenas soy capaz de tomar aliento. Noto una sensación extraña en la cabeza.
La miro para comprobar si acaso esto es real, y ahí está. A pocos centímetros de mi cara. Me mira con los ojos verdes abiertos como platos.
Quiero perderme en ellos, en este momento, en un mundo en el que tal vez podamos ser aliados. Quiero perderme en ella por completo.
Nos estrellamos contra los árboles y el sueño toma el control.
Unos ojos verdes, risueños, cuando Isla sonríe. Está tendida en la arena dorada. Gotas de agua resbalan por su piel recalentada por el sol. Deslizo los labios por su hombro y ella emite un sonido que nunca había oído. Quiero arrancárselo de nuevo.
Luce la mínima expresión de un vestido, casi sin tela y mojado, y no me parece bien mirarla, escudriñarla con tanta atención, pero entonces toma mi mano y la desliza por su cuerpo.
—Oro —dice.
«Isla».
—Oro —jadea mientras le deslizo los labios por el cuello.
«Isla».
—Oro —me susurra al oído.
«Isla».
—ORO.
Abro los ojos y descubro que Isla ya no está debajo de mí. Se encuentra en el otro extremo de una caverna oscura.
Trago saliva y mi rostro se crispa de dolor cuando las últimas horas se desploman sobre mí. Remlar cortándome el cuello. Isla y yo en pleno vuelo.
Y luego cayendo.
Me tenso y vuelvo a mirarla. ¿Está herida?
No. La sangre que huelo es solo mía.
Intento encajar las piezas mientras me acerco la mano a la garganta. La piel ha sanado.
Recuerdo vagamente el frío de una corriente de agua. ¿Cómo logramos llegar allí? ¿Ella… me arrastró?
¿Nos ha traído a los dos aquí?
Busco con la mirada la boca de la cueva, por la que entra la luz del sol, a pocos pasos de distancia. Es de día.
Han pasado horas. El sol me habría matado. Y, sin embargo, aquí estoy, en esta caverna. Mirando a una mujer que aún podría ser mi enemiga.
—Me has salvado —le digo frunciendo el ceño.
Ella me lanza una mirada mordaz.
—Quizá no soy tan débil como tú piensas.
¿Piensa que me sorprende que haya sido capaz de salvarme? No. No lo hace. Me sorprende que lo haya hecho con tanto miramiento.
—Nunca te he considerado débil —alego, y un sabor dulce se expande por mi boca.
Parece sorprendida. Supongo que no siempre me he deshecho en elogios con ella. Ni con nadie.
Pero podría hacerlo. Podría hacer muchas cosas, si me dejara.
—Bueno, pues estamos empatados, supongo —le digo recordando aquel día en el balc ón, cuando salté al agua para rescatarla. En aquel entonces, lo único que conocía de Isla Crown era su voz, que se apoderó de mi pensamiento como una maldición.
—Supongo que sí —responde.
Nos quedamos sentados. Mirándonos. Estoy atrapado aquí dentro hasta la puesta de sol. Pero ella no.
—Deberías irte —le sugiero, aunque es lo último que deseo. No quiero retenerla aquí. No quiero ser una carga, más de lo que ya he sido. Doy por supuesto que se marchará.
En vez de eso, dice algo que me hace enmudecer de la sorpresa.
—Me quedo.
Propone que juguemos a algo para entretener la espera.
—Un juego —digo en tono apagado.
Detesto todos los juegos, excepto Bola de Fuego.
Mi reacción no la desanima. ¿Y no podría mostrarme mínimamente amable por un instante, maldita sea? ¿Por qué tengo que ser mezquino, como si quisiera ahuyentar la, como si temiera encariñarme de ella más de lo que ya lo estoy?
—A las preguntas, una y una. Yo contesto y luego tú. Con sinceridad.
Casi se me escapa la risa al oír esa palabra. «Sinceridad». Como si Isla Crown me hubiera dicho toda la verdad un solo día desde que colaboramos.
Así que se trata de eso. El motivo oculto. La razón por la que ha decidido quedarse. Quiere información. Sabe que soy un público cautivo aquí dentro. Frunzo el ceño al recordar que Grim dijo algo parecido hace siglos.
Aplasto el pensamiento. No quiero pensar en él.
Estupendo. Vamos a averiguar qué es eso que tanto le interesa. Vamos a averiguar si Isla Crown es capaz de ser «sincera».
—Muy bien, wildling. Tú empiezas.
Se incorpora con aire emocionado y yo espero sus preguntas con intriga. No sé si he cometido un error al acceder a este juego.
Su primera pregunta es absurda.
—Di la verdad, ¿nunca te cansas de vestir de dorado?
Le lanzo una mirada de hastío.