Capítulo 25. El baile
M e parece que soy incapaz de respirar.
Isla Crown baja las escaleras enfundada en un vestido que está confeccionado enteramente de hojas, y yo no puedo hacer nada más que mirarla. Algunas cosas fueron creadas para ser admiradas y ella es el máximo exponente.
Estoy más acalorado de lo habitual; me siento febril. Soy consciente de cada uno de sus movimientos, como si ella fuera el sol y yo un planeta que orbita en torno a él.
La miro porque no me fío de ella, me digo. Estoy esperando a que me muestre quién es en realidad.
Como era de esperar, noto un sabor amargo.
Ella es la clave para dar con el corazón.
Por eso me importa. Por eso quiero seguir con los ojos cada uno de sus movimientos y la forma de su vestido.
De nuevo el sabor amargo. Odio mentir y, de repente, me sorprendo engañándome a mí mismo todo el tiempo.
Ella tiene la culpa. Me ha enloquecido. Me ha embrujado.
Me ha convertido en un maldito mentiroso.
—Qué sed tienes —comenta Zed al acercarse. Tiene los ojos clavados en la copa de vino que estoy apurando. Sus ojos siguen la trayectoria de mi mirada y una sonrisa traviesa asoma a su rostro cuando ve a Isla.
—¿No tienes un perímetro que vigilar? —le espeto. En lugar de enfadarse por mi tono de voz, parece encantado.
—Perdona por taparte las vistas —se burla antes de alejarse.
Doblo los dedos en torno a la copa casi vacía. Una descarga de dolor me recorre el brazo, un recuerdo de lo mucho que la mancha azulada se ha propagado.
Yo no debería estar aquí, bebiendo vino de una copa y mirando fijamente a una mujer que no tiene ni idea de que la están observando. Pero no puedo evitarlo.
Cinco siglos de oscuridad. Sin poder ver la luz del sol. El fuego de mi pecho se amortiguó y murió, y solo ahora un ascua ha vuelto a prender.
Un ascua por ella, por la wildling que me odia.
Se da la vuelta y sus ojos se topan con los míos. Trago saliva con dificultad.
No puedo negar el deseo abrasador de mi pecho cuando nos sostenemos mutuamente la mirada. Por un instante, el ascua se transforma en una llama viva que se extiende por mis extremidades y me alcanza el vientre, el centro de mi ser.
«Ni siquiera he llegado a tocarte —pienso—. Pero todos mis pensamientos giran en torno a ti».
No quiero desviar la mirada. En todo caso, quiero observarla más de cerca. Quiero aprendérmela como si fuera un poema. Descifrarla como un acertijo. Quiero resolverla como si fuera un problema. Quiero convertirme en el mayor experto del mundo en ella.
El rubor se apodera de sus mejillas, como si hubiera oído mis pensamientos, mis necesidades. Me entran ganas de cruzar la habitación y arrancárselos. De gritarle, de enfadarme con ella por haberme convertido en un necio burdo y obsesivo, de susurrar cada una de mis verdades contra su piel.
En vez de eso, me limito a saludarla con una inclinación de cabeza y tomar otro sorbo de vino con la esperanza de que eso apacigüe el ritmo errático de mi corazón.
No lo hace. Como tampoco los intentos por distraerme.
Mi mente no está pendiente de ninguna de las conversaciones que se despliegan en torno a mí.
Ni de la fiesta, que está en pleno apogeo a pocos pasos de distancia.
Ni de la música. Solo está pendiente de la wildling, que ha desaparecido de mi campo de visión.
No está. ¿Se ha marchado? No debería importarme. No debería ir en su busca.
Pero ¿y si está en peligro? Vuelve a ser mi compañera, gracias a la conversación que mantuvimos anoche, en la que arreglamos las cosas. Ella es esencial para mi plan. Su seguri dad es importante para mis intereses. Esa es la única razón de mi preocupación.
El sabor amargo inunda mi boca de nuevo.
El reino Wildling es crítico. Necesita un gobernante que no se deje dominar por Nightshade. Por eso me importa.
Veneno amargo.
Cierro los puños. Muy bien. Es ella la que me importa, reconozco por fin ante mí mismo. «Me importa ella, joder».
Dulzura.
Abro las puertas de golpe para seguirla. Los guerreros que hacen guardia fuera parecen sorprendidos, pero ninguno me hace preguntas y, por una vez, doy gracias de ser el rey. Vacío mi copa y la dejo en una repisa con descuido, junto a una antigua escultura.
No puede haber ido muy lejos. Reviso una estancia tras otra, cada vez más desesperado. Cada vez más preocupado. Y entonces la encuentro.
Los encuentro. Están bailando.
Isla y Grim.
A solas.
Y así, sin más, la llama de mi pecho chisporrotea y se apaga. Abandono la sala sin que ninguno de los dos se percate de mi presencia.
Regreso al salón de baile y súbitamente todo se me antoja distinto. No me mintió la otra vez, cuando me dijo que no le hablaría a Grim de nuestros planes. Lo sé. Puede que empezaran a colaborar después de eso.
O quizá… no se hayan aliado en absoluto y sencillamente disfruten de la compañía mutua.
Eso es peor, mucho peor, pienso, que si sencillamente estuvieran conspirando contra mí.
Porque ella me importa… y a ella le importa él.
Nunca he tenido celos del nightshade. Jamás. No hasta que le vi bailar con ella.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta Calder en tono desenfadado cuando se acerca sin despegar la vista del baile.
—No ha pasado nada. ¿Por qué? —le digo con un gruñido al notar el sabor amargo en la lengua.
Enarca las cejas.
—Tienes una expresión más amargada de lo normal — observa Zed, que se une a nosotros tras completar otra ronda—. Además, pensaba que no mentías.
Fulmino con la mirada a mis amigos y apuro otra copa de vino.
Enya echa un vistazo al cáliz vacío cuando completa el grupo.
—Hacía siglos que no te veía beber tanto.
—Y a pesar de eso afirma que todo va bien —responde Zed con malicia.
Enya parece preocupada.
—¿Qué…?
Todos reparamos en la llegada de Grim e Isla, que entran juntos en el salón de baile. Igual podrían ir de la mano, por su manera de mirarse. La sala bien podría estar en llamas de tanto calor que proyectan.
El nightshade se queda mirando a alguien mezclado con la multitud. No veo quién es. Luego el gentío se desplaza y atisbo algo de color plata. ¿Celeste? ¿La starling? Antes de que llegue a formularme preguntas, Grim capta mi mirada. En lugar de expresar complacencia, parece… preocupado.
Estoy a un instante de prender en llamas su capa. En ese momento, le murmura algo a Isla y abandona la sala.
—¿A dónde crees que va?
Enya se cambia de sitio para asomarse por la columna que le tapa a Grim.
—¿Lo sigo? —pregunta Zed.
Asiento con un gesto casi imperceptible y el skyling desaparece.
Veo a Celeste acercarse a Isla. Parece que están traban do amistad. No oigo su conversación, pero por lo que perci bo es intensa. ¿Le preocupa Grim a la starling? ¿Sospecha de él? ¿Por eso se ha marchado el nightshade al ver que le miraba?
Súbitamente doy gracias por la presencia de la starling. Súbitamente podría besarle los putos pies. Doy un paso adelante. Quizá pueda oír lo que dicen. Tal vez.
La sala se tambalea.
Luego se hace pedazos.
E Isla desaparece. Desaparece.
Antes de que pueda localizarla, el suelo se abre a mis pies, y Enya se aparta al vuelo antes de que se hunda por completo.
El castillo se estremece. El mundo entero se estremece. Busco la feroz mirada de Enya.
—Grim —me dice en tono ácido—. Tiene que ser Grim.
Zed ha salido tras él. El corazón me golpea el pecho con fuerza. ¿Estará bien el skyling?
El techo se desmorona y los gritos resuenan por todo el salón. Levanto la mano para crear un escudo starling y evitar que sigan cayendo escombros, pero el veneno azul se introduce en mis venas y contrae mi menguante poder. El escudo se agrieta. No aguantará.
—Ve, salva a tantos como puedas —ordeno. Enya asiente, pero tiro de ella antes de que se marche para preguntarle sin aliento—: ¿Vas a…?
Ella niega con la cabeza.
—No. Hoy no —me dice, y a continuación se aleja de un salto para sacar a un grupo de sunling del salón. Crea cuerdas de llamas para reforzar mi escudo y evitar que se desplome el resto del techo.
El suelo está cubierto de sangre.
Yo vuelo por la estancia a trompicones, recogiendo gen te para transportarla a las zonas laterales, al tiempo que in tento cerrar el orificio que se ha creado en el centro del suelo.
Cada vez que arreglo algo, otra parte se rompe.
La piedra se agrieta. Fragmentos del techo se cuelan por las grietas de mi poder.
Temblores constantes agitan el castillo hasta los cimientos.
Chillidos. Gente aplastada en derredor. Peticiones de socorro.
Un dolor agudo me atraviesa el costado y me desplomo patinando por el mármol restante.
Mi escudo se desintegra. El techo se desploma. Busco mi poder.
Pero me arde la piel. Se está rompiendo como si yo fuera una gran costura, una cicatriz que se abre.
El dolor es cegador, insoportable. Clavo los dedos en el suelo tratando de contener las sacudidas del castillo, intentando parar los temblores.
Yo soy el único que puede detener esto. «Tengo que detenerlo».
Pero mi poder no es suficiente.
Oigo a mi padre en mi mente.
«Eres débil. Eres patético. No sirves para nada».
Puede que tenga razón. Aquí estoy, debilitado y moribundo. Incapaz de proteger a mi pueblo.
Y entonces oigo algo más.
Mi nombre. Es un cuchillo que atraviesa los gritos y las voces de mi cabeza.
«Esa voz». La reconocería en cualquier parte.
Me obligo a abrir los ojos y ahí está, arrodillada delante de mí igual que yo me arrodillé ante ella en el bosque, cuando estaba cubierta de pinchos.
No la miro mucho rato. Si lo hago, quizá no sea capaz de apartar la vista.
Tal vez deje que se desplome toda la sala solo por poder contemplar mi color favorito una vez más antes de cerrar los ojos para siempre.
Pero ella no permitirá que muera, por lo que parece.
Me aferra por los hombros y me grita a la cara:
—¡Levanta! La gente está muriendo. ¡Te necesitan!
Es cierto. Sin embargo, no encuentro la fuerza de voluntad necesaria para seguir luchando. No me quedan fuerzas. Y estoy cansado. Muy cansado. Debería marcharse. Debería salvarse.
No se mueve. No corre. No me dejará aquí. Contra mi voluntad, levanto los ojos despacio y busco los suyos de nuevo.
Verdes. De un verde ardiente, intenso, como un mundo en llamas.
El dolor me recorre como un rayo una vez más y yo gruño con los dedos clavados en el suelo.
Entonces pronuncia dos palabras que nunca imaginé que saldrían de sus labios, al menos no dirigidas a mí.
—Por favor —me suplica.
—Márchate —le ordeno con los dientes apretados.
No soy tan fuerte como ella piensa. Si muero…
, puede que ella sobreviva. Es wildling: no está conectada a esta tierra tanto como los otros reinos.
Quizá, cuando la isla sea un montón de escombros en el fondo del mar, algún retazo de belleza haya sobrevivido.
No mueve ni un dedo.
No. No irá a ninguna parte. Lo veo en el gesto frustrado de su labio. Con un gruñido, me aferra por la camisa y me empuja hacia atrás con una fuerza sorprendente, arrancándome de mi trance adormecido.
A continuación, dice:
—Es posible que te estés muriendo, pero aún estás aquí, maldito seas, así que levántate y haz algo antes de que el sacrificio de tu hermano y todo lo que tenemos se pierda.
«Mi hermano». Egan. Siempre fue el mejor de nosotros dos. Él merecía vivir, no yo. El dolor me atraviesa como una lanza.
Y al momento algo aún más poderoso lo reemplaza. El amor.
Incluso después de lo que hizo, nunca dejé de amarlo. Aun después de los siglos transcurridos, nunca olvidé a mi madre. Mi amor por mis amigos jamás flaqueó. Mi amor por este lugar, por esta isla que alberga todos mis recuerdos, los mejores y los peores, es infinito.
Amo mi tierra. Amo a mi gente. Ese amor resplandece dentro de mí en una llama que mi madre me enseñó a encontrar.
La busco con un gemido, tanteando entre la oscuridad y el dolor.
La aferro con las manos y dejo que se disperse por mi sangre.
Usar las emociones para alimentar el poder es una temeridad.
Es peligroso. Pero no tengo elección. Ya no.
No cuando esta isla se hace pedazos en derredor.
«Por ellos… por ellos encontraré mi fuego. Tantas veces como haga falta».
«Hasta que me extinga por completo».
Hundo las manos en el mármol y me obligo a extraer hasta el último vestigio de poder que nunca debí poseer, cada recuerdo hermoso y doloroso de mi familia, todo lo que merezco y lo que no merezco, hasta que por fin se hace el silencio en la estancia.
Entonces, solo veo oscuridad.
—Está respirando.
Los brazos de Enya me envuelven. Me abraza contra su cuerpo. Su cabellera pelirroja se derrama sobre mi cara. Su corazón late desbocado contra mi piel.
—Dejaré de hacerlo, si me estrujas con tanta fuerza — articulo con dificultad, y su risa se mezcla con un sollozo de alivio. Se despega de mí y pestañeo al ver sus ojos hincha dos y enrojecidos. Ella no llora. Nunca.
—¿Tan cerca he estado? —pregunto.
Incluso Zed exhibe un gesto solemne.
—Ni te lo imaginas. Por un momento… por un momento pensamos que no respirabas.
Fue peligroso usar las emociones. En teoría no debemos hacerlo. Corres el riesgo de agotar tu fuente de poder y morir en el intento. Nunca lo habría hecho de haber pensado que había otra manera de detener los temblores.
—Fue obra de Grim —digo.
—No, no lo fue —responde Zed.
Me vuelvo a mirarlo. Mis ojos le instan a explicarse.
—Le estuve observando todo el tiempo, Oro. No empleó sus poderes.
Niego con la cabeza. Grimshaw es capaz de crear espejismos: sus poderes son más grandes de lo que podemos imaginar.
—¿Cómo lo sabes?
Zed frunce el ceño.
—Porque me pilló siguiéndolo y estaba a un pelo de clavar me su acero en el pecho cuando el castillo empezó a temblar.
Maldigo, y Zed se encoge de hombros.
—Él… palideció. Salió corriendo hacia el salón de baile como un loco. Y yo también.
Grim temía por Isla. Lo sé con seguridad. Le importa de un modo que yo creía imposible.
Hasta que yo experimenté esos mismos sentimientos.
Ahora ya no tengo claro que nada sea verdaderamente imposible.
Si Grim siente algo por Isla, no habría puesto en riesgo su vida para destruir el castillo.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Calder se queda pensativo.
—Puede que nadie. Tal vez… la isla se esté rompiendo. Muriendo, igual que tú.
Eso explicaría el dolor. Tuve la sensación de que se me desgarraba la piel, igual que la tierra.
—Tenemos que poner fin a esas maldiciones —digo—. Cuanto antes. Antes de que transcurran los cien días.
Egan y el resto de los gobernantes se sacrificaron para darnos la oportunidad de salvar esta isla y a los reinos.
Nadie vendrá a salvarnos, lo sé.
La salvación depende únicamente de nosotros.