Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 24. Poseída
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Capítulo 24. Poseída

Z ed tiene un mensaje para mí. Me aborda en el pasillo, cuando voy de camino a la alcoba de Isla.

—La wildling —me dice—. La han visto con Grim… en la abadía.

Me quedo helado hasta la médula.

—¿Haciendo qué?

—No estoy seguro. Los han visto corriendo al interior para refugiarse de la lluvia.

A estas alturas, ya ha abandonado el castillo con él varias veces. No están colaborando, así que ¿por qué él busca su compañía? ¿Y por qué ella se lo permite?

La wildling tiene que saber quién es Grim. Sin duda conoce su reputación.

Llamo a la puerta de Isla con los nudillos, golpeando con más fuerza de la necesaria.

Noto el calor de la ira en la piel. Ella abre de inmediato.

El fastidio y la furia asoman a su semblante cuando me ve.

Normalmente eso me haría gracia. Pero esta noche yo también estoy enfadado. En particular cuando veo su corona.

La mella que le hice ha desaparecido. Han alisado el material.

Y sé perfectamente quién lo ha hecho.

—Han pasado ocho días —me suelta con brusquedad.

¿Me lo estaré imaginando? ¿Me ha… echado de menos?

Aplasto esa esperanza. No. Me desprecia. Eso salta a la vista en cada uno de nuestros encuentros. Seguro que está enfadada porque piensa que estaba trabajando sin ella. Es lo que yo imaginaría de estar en su lugar.

Me obligo a hablar en un tono inexpresivo, profesional. Sabe que estaba buscando al ser primordial.

—He tardado cinco en encontrarla. Dos en convencerla de que saliera de su escondrijo. Uno en sellar un trato.

Isla me observa con recelo antes de dar por buena la explicación.

Nos encaminamos a isla Estrella en silencio. Me sorprende descubrir que añoro sus preguntas. Nunca pensé que querría hablar con ella. Isla no dice nada hasta que llegamos a las ruinas y eso no hace sino intensificar mi irritación.

«Háblame —quiero decirle—. Habla conmigo y no con él».

«Porque yo también añoraba tu compañía».

Pero no pronuncia ni una palabra y yo estoy más convencido que nunca de que esta fascinación absurda es unilateral.

El espectro no tarda ni un instante en revelarle a Isla nuestro trato.

—¿Qué? —Isla está furiosa, como era de esperar. Pero su furia no me provoca la hilaridad que esperaba. En absoluto—. ¿Y por qué no el tuyo?

—Me ofrecí. Pero ella deseaba… algo muy concreto.

Solo ahora me arrepiento del trato que hice.

—La muchacha más hermosa del archipiélago, eso fue lo que pidió. Y tú eres perfecta.

De súbito me gustaría que el espectro estuviera vivo para poder asesinarlo.

Isla parece horrorizada. Doy gracias de que no se pare a pensar en el hecho evidente de que la considero hermosa.

—Ni soñarlo. ¿Cómo sé que no se quedará aquí dentro? —Se vuelve a mirarme—. ¿Que no estás enamorado de ella y solo necesitas un cuerpo para que lo habite por toda la ete rnidad?

Le lanzo una mirada de hastío que espero resuma la opinión que me inspira esa teoría.

—¿Y bien? —me pregunta de todos modos.

—¿No confías en mí?

Su respuesta es explosiva.

—¡No! ¡Ni siquiera me habías hablado de esto hasta que la has invocado!

Quizá no fue el mejor enfoque, lo reconozco.

Esperaba que se alterara, pero parece al borde del asesinato.

Comprendo que se trata de una reacción del todo lógica al descubrimiento de que otra persona ha negociado con tu cuerpo.

Pero no tenemos tiempo que perder. Y desde el principio tuve la intención de darle a elegir.

Suspiro.

—¿Qué quieres a cambio?

Está a punto de volver a gritarme, pero se lo piensa mejor. Lo medita. Y puesto que cada vez la conozco mejor, sé que…

Está tramando algo. Quiere algo.

Por fin dice:

—Llévame a la biblioteca de isla Sol. Déjame echar un vistazo al interior. A solas.

«Ahí está». Nunca estará tan cerca de reconocer que tiene un plan. Las bibliotecas. Quiere inspeccionar las bibliotecas de todas las islas. El patrón está claro. La he visto hacerlo.

—¿Por qué? —le pregunto, por si se le ocurriera decírmelo.

—Me gustan los libros. Quiero ver lo que tu islote tiene para ofrecer.

Una verdad seguida de una mentira que me quema la punta de la lengua. «Embustera». Ojalá pudiera decirle que soy consciente de que miente. Pagaría por ver la expresión de su rostro.

Comprendo al instante que darle lo que me pide implica la posibilidad de participar en su plan.

—Muy bien.

Eso la pilla por sorpresa. Esperaba una batalla.

Yo también la esperaba.

Isla inspira hondo para prepararse. Luego, con los ojos destellando de la emoción, el espectro entra en Isla.

El cuerpo de la wildling se agita de un modo imperceptible antes de asentarse. Cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, la mirada asesina de Isla ha mudado en algo más… íntimo. Parpadea y veo un destello verde.

Pero sus ojos no son en absoluto los mismos.

Porque Isla Crown jamás en su vida me ha mirado de este modo. Nunca me ha mirado como si me desease.

—Vaya, majestad. ¿De modo que así te gustan las mujeres?

Es su voz, pero no es ella. El espectro usa las manos de Isla para palparse. Las desliza por su cuerpo como para evaluarlo.

—No la toques —gruño, y el espectro sonríe antes de detenerse.

—Muy bien —me dice—. ¿Puedo tocarte a ti?

Da un paso hacia delante y yo permanezco en el sitio.

—Has dicho que tengo unos instantes. No me has prohibido hacerlo, ¿verdad?

Le lanzo una mirada de advertencia, y ella se limita a reírse.

—Venga. He visto cómo la miras. Deseas esto, ¿verdad?

Sigue caminando hacia mí y yo me tenso.

Inclina la cabeza y la cabellera oscura se le derrama por la cara. A continuación, se muerde el labio.

—Te mueres por besarla, ¿no es cierto? —pregunta, y yo trago saliva con dificultad—. Has imaginado que lo hacías, ¿no?

No respondo, porque no soy un mentiroso.

Ella sonríe con conocimiento de causa.

—Lo imaginas con frecuencia, ¿verdad que sí? Te avergüenza lo mucho que piensas en ella.

La fulmino con la mirada y ella se ríe. Desliza las manos por mi pecho, las desplaza a mi pelo. Enreda los dedos en mi cabello, estira…

El espectro está en lo cierto. He imaginado esto. Demasiadas veces. Pero con Isla. Y, si bien estas son sus formas…, no es ella. En realidad, no.

Lo sé con seguridad, porque la conozco. Conozco su manera de respirar, de fruncir el ceño, y sé que ella nunca se mordería el labio tanto rato, nunca se pondría de puntillas de manera tan precaria.

La han entrenado para la lucha, aunque sea torpe, y en ella se percibe la huella de ese entrenamiento, de ese dominio del cuerpo, que ahora brilla por su ausencia.

El espectro se inclina hacia delante. Tengo el rostro de Isla justo frente al mío, tan cerca que podría contar las motitas doradas de sus ojos verdes.

Sus labios casi rozan los míos. Están a solo un suspiro, como siempre he soñado.

—Suficiente —gruño.

Isla pestañea, y sé que la estoy viendo a ella. Lo sé porque abre mucho los ojos, jadea una pizca y noto su aliento contra los labios.

Entonces se sobresalta y por poco se cae hacia atrás antes de que la sujete.

El espectro nos dice que el corazón no está en isla Estrella.

Un islote menos en la lista. El tiempo se agota. Tenemos que encontrar otras maneras de eliminar lugares en los que buscar.

Debería estar discurriendo cómo hacerlo. Sin embargo, mientras nos encaminamos al puente, me pregunto si alguna vez Isla querrá acariciarme como lo ha hecho el espectro.

Si acaso existía alguna posibilidad, desaparece pasados unos minutos, cuando Isla da por supuesto que nos dirigimos a la biblioteca de isla Sol, y yo le digo que tendrá que esperar un tiempo.

Cuando le informo de que tendría que haber sido más específica con las condiciones de su petición. Como un imbécil.

Y sé que hago bien y que ninguno de los dos debería albergar ninguna clase de sentimientos por el otro, pero una parte de mí se marchita al ver que me mira como si fuera un traidor.

La voz le tiembla de rabia cuando me espeta:

—Eres un miserable egoísta y cruel.

Me mira como si yo fuera escoria.

Y, por alguna razón, esa única mirada me enfurece. Me frustra hasta lo indecible. Estoy al borde de perder la cordura por completo.

Ella me está volviendo loco. Y puede que esa haya sido su estrategia todo el tiempo.

—¿Este es tu plan, wildling? —le pregunto con rabia, incapaz de seguir callando más tiempo—. ¿Atormentarme hasta que te entregue mi corazón?

Ese fue el plan de sus antepasadas. Tiene que ser el suyo. Estos absurdos pensamientos que me distraen de mis objetivos y amenazan con ser mi ruina tienen que ser obra suya. Escudriño sus ojos, tratando de entenderlo. Porque nada de esto tiene sentido. Estoy hundido, desesperado por comprender.

Y ella se limita a reírse. Se ríe a carcajadas un buen rato. Por fin, la ira parece embargarla de nuevo, porque avanza un paso hacia mí y me dice, muy despacio:

—No tengo el más mínimo interés en ti, rey.

Y yo enmudezco de la sorpresa, porque dice la verdad.

Nunca he odiado el sabor dulce en mi boca tanto como ahora.

—Entonces ¿qué es lo que te interesa, wildling? —la increpo, porque necesito saber. Necesito entender algo en este mar de incertidumbre—. ¿Para qué quieres acceder a mi biblioteca? ¿Qué estás buscando?

No me responde.

Doy otro paso adelante.

—Te he observado. Eres un camaleón que se transforma en aquello que desean los demás, constantemente. Salvo cuando estás conmigo… Parece importarte un comino lo que piense de ti.

Niego con la cabeza.

—Las tierras que me han confiado están muriendo.

Yo mismo me estoy muriendo. Haré lo que haga falta para romper esas maldiciones.

Ni tú ni lo que sea que estés tramando me vais a impedir que logre mi objetivo.

—Hablo muy en serio. Es necesario que hable en serio.

La miro con atención, como si pudiera llevar la verdad escrita en la piel—.

Así que te lo preguntaré otra vez. ¿Qué buscas, wildling?

Ojalá pudiera ordenarle que me respondiera. Ojalá pudiera ordenarme a mí mismo no estar tan necesitado de una respuesta. No dice nada. Se limita a marcharse rabiosa, diciendo que está harta. Está harta de mí.

Pero yo no estoy harto de ella.

Ni mucho menos.

—¿Por qué estaba la gobernante wildling en nuestra biblioteca? —me pregunta Enya pasados unos días.

—Porque yo le di acceso —gruño. Tenía intención de negarme. Pensaba seguir el consejo de Enya y prescindir de mi sentido moral. Comportarme como un cerdo.

Pero al final no pude hacerlo.

—¿Que hiciste qué?

No respondo.

—Es casi seguro que la wildling está tramando algo contra ti —me recuerda Zed.

—Ya lo sé.

—Lo más probable es que estuviera buscando alguna manera de hacerte daño.

—Ya lo sé.

—Te estás portando como un idiota.

Me revuelvo en el asiento.

—Lo sé. Pero necesito que confíe en mí. —Paseo la vista por sus rostros—. Nuestros primeros encuentros no fueron perfectos, ¿cierto?

Guardan silencio. Después Enya abre la boca y yo la silencio con la mirada.

—Tú y yo éramos bebés cuando nos conocimos —ale go—. Eso no cuenta. Aunque recuerdo que me encerraste en múltiples armarios tan pronto como aprendiste a andar.

Al oírlo, pone los ojos en blanco.

—Entonces, estás diciendo que podría llegar a ser… ¿tu amiga? —dice Calder.

Me paso la mano por la cara.

—Estoy agotado. No sé ni lo que digo.

—Por fin estamos de acuerdo en algo —dice Zed, y yo lo miro con hastío.

No sé si Isla es amiga o enemiga. Ahora mismo ni siquiera somos ya compañeros. Hablaba en serio cuando me dijo que ya no quería trabajar conmigo. Y no se lo reprocho.

Solo espero que ofrecerle una rama de olivo sea suficiente.