Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 23. Apunta mejor
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Capítulo 23. Apunta mejor

—E s ella, ¿no es cierto? —me pregunta Enya con cautela.

Estamos tomando el té en el jardín de mi madre. Hoy es el día en el que nuestras madres celebraban su cumpleaños. La madre de Enya no conoció a sus padres y no sabía qué día nació, así que su madre y la mía escogieron una fecha para celebrarlo juntas, igual que compartían todo lo demás.

—¿Quién? —le pregunto, como si no supiera de quién me habla.

—La wildling.

Frunzo el ceño.

—¿Qué pasa con ella?

—Ella es la razón de que estés… sintiendo de nuevo.

Lanzo una carcajada amarga.

—Sí, si acaso te refieres a sentir fastidio.

«Mentira». Me muerdo la lengua contra el estallido amargo. Es potente, como si mi cuerpo me regañara. A juzgar por la expresión de Enya, ella también lo ha notado. Igual que si compartiera mi poder. Aunque, después de siglos de amistad, no lo necesita.

—Estás colaborando con ella, pero estos son tiempos desesperados. Sospechas que planea algo contra ti. Es tu enemiga —me dice, como si yo no lo supiera. Como si tuviera que recordármelo.

—Soy muy consciente —le digo entre dientes. No despego los ojos del té.

—Estoy preocupada por ti.

—Haces bien —respondo—. Voy a morir.

Ella suspira con sentimiento.

—Hablo en serio.

Levanto el brazo para examinar la piel azulada.

—Yo también. —Bebo otro sorbo de té—. ¿Y tú… vas a morir?

—¿Si voy a morir pronto? No. Todavía no.

La verdad de sus palabras es más dulce que la miel de mi té. Eso, al menos, es un alivio.

—Bueno —le digo, deseoso de cambiar de tema—. ¿Me quieres ayudar a encontrar a un espectro?

Enarca las cejas.

—¿Por qué?

—Puede que las criaturas primordiales sepan dónde está el corazón de Lightlark.

—¿Lo has probado alguna vez?

Sí. He consultado a varias.

—Todas dicen que han oído hablar de él, pero que no lo han visto últimamente. El espectro de isla Estrella sabrá si está allí o no.

Hay demasiadas zonas en las que crecen las plantas que Isla señaló como para inspeccionarlas todas en lo que resta del Centenario. Si tenemos suerte y escogemos la isla correcta —o podemos descartar alguna—, la búsqueda será más sencilla.

Enya hace un gesto de dolor.

—Odio a ese espectro.

—Ya lo sé —le digo, pues recuerdo muy bien un desafortunado encuentro con ella, siglos atrás—. Ahora es aún más difícil dar con ella, aunque te cueste creerlo.

Apuro el té.

—¿Qué me dices? ¿Te apuntas? ¿O mejor le pregunto a Zed?

Enya deja la taza en el platillo y sonríe.

—Pues claro que me apunto.

Observo a la wildling desde una ventana, en la lejanía, con cuidado de evitar los rayos de sol que asoman entre las nubes.

Lanza cuchillos contra un muro. Está enfadada por algo.

Yo también lo estoy.

Hace unas horas me he enterado de que los nobles moonling han atentado contra su vida. Calder los estaba observando, pero esa facción tiene muchos grupos. Para cuando el ataque en el puerto en ruinas llegó a sus oídos, solo quedaban cadáveres con un mensaje escrito en sangre.

«Esfuérzate más».

El ingenio de la wildling me habría arrancado una carcajada de no ser por el miedo que me atenazaba.

En teoría, los nobles actuaban por su cuenta. Pero, si Cleo está detrás del atentado, será sometida a juicio. Eso va contra las reglas. Esto era exactamente lo que trataba de evitar cuando hablé con ella.

«La wildling ha estado a punto de morir asesinada».

Lo pienso mientras la veo lanzar cuchillos. Mientras noto un alivio palpable en los huesos al saber que los moonling han fracasado. Por un instante albergo el deseo de estar ahí abajo con ella, a la luz del sol; el deseo de ver sus ojos bajo los rayos solares.

Y de repente… lo veo a él. Grimshaw acaba de aparecer como por arte de magia. Me aferro al alféizar y me quemo al hacerlo. Retrocedo a toda prisa maldiciendo.

Ella le lanza un cuchillo, y yo lamento que no le haya acertado en la cabeza por unos pocos centímetros.

«Apunta mejor la próxima vez, cariño», pienso.

No les oigo. Detesto esta maldición. Detesto el hecho de no poder bajar ahora mismo y llevármela.

Se marcha con él.

No puedo seguirlos, pero estoy en una parte del castillo lo bastante elevada como para ver adónde se dirigen. Han puesto rumbo a isla Agreste. ¿Le ha pedido ella que se la muestre?

¿Por qué no me lo ha pedido a mí?

Aguardo con impaciencia durante horas, sin despegarme de la ventana, pero no vuelven. Al menos, no por el camino que han tomado al partir. Tan pronto como se esconde el sol, abandono el castillo y vuelo en dirección a isla Agreste mientras me pregunto si aún estará allí. Puede que haya regresado…

Ahí está. La veo desde las alturas, en el exterior de la Casa de Espejos. Está sola. Tomo tierra cerca del puente, antes de que mis poderes se apaguen, y recorro a pie el resto del camino.

Cuando llego a la Casa de Espejos, ella está en el interior. Ha dejado un rastro de huellas que me permite seguirla. Entro sin hacer ruido y me encamino con sigilo a la zona trasera. Está demasiado concentrada como para reparar en mi presencia. Mira fijamente una pared. Intenta abrir una puerta.

Qué interesante. No sabía que allí hubiera una puerta. La Casa de Espejos es un lugar misterioso. Rara vez la he visitado desde que las wildling se marcharon.

Parece concentrada en ese único punto. Gruñe mientras trata de encontrar la manera de entrar. Si mis poderes funcionaran en este lugar, puede que la ayudara.

Me quedo más tiempo del que debería, observando desde las sombras. Luego me encamino a isla Estrella para reunirme con el espectro.

Enya y yo tardamos días en dar con ella, agazapada en un montón de antiguas ruinas. Me costó todavía más convencerla de que abandonara su escondrijo.

Se negó a salir mientras Enya estuviera allí, a causa de lo ocurrido la última vez. Enya se limitó a poner los ojos en blanco y a desearme buena suerte.

Hoy estoy solo. La espero en el centro de las ruinas sin dejar de pensar en Isla. Pienso en ella tratando de abrir a toda costa esa puerta secreta.

El aire se enfría.

—Majestad.

La voz del espectro es como una campana que toca una aguda melodía en mi mente.

Cuando me vuelvo, la veo salir de una columna.

Su apariencia es la de una mujer normal en todos los aspectos…

, salvo por el resplandor de su piel y su extraña cabellera, que flota como si estuviera bajo el agua.

Camina a mi alrededor, demasiado cerca para que me sienta cómodo, con los ojos grises muy abiertos y brillantes de la emoción.

Siente una extraña fascinación por mí; nunca he entendido el motivo y suelo evitarla a toda costa.

Sin embargo, en este caso, podría serme de utilidad.

Alarga la mano hacia mí y yo retrocedo. Voy directo al grano.

—¿Sabes si el corazón de Lightlark está escondido aquí, en isla Estrella?

Hace un mohín, como si le molestara que no esté aquí sencillamente para mantener una conversación animada. Tras un largo silencio responde por fin:

—Lo sé.

Verdad.

Avanzo un paso hacia ella.

Una sonrisa maléfica se dibuja en su pálido semblante. Al parecer, mi desesperación la complace. Me importa un comino.

—¿Eso significa que sí? ¿O que no? Si me lo dices, te daré lo que quieras. Fortuna. Información…

Eso le arranca una carcajada.

—¿Para qué quiero yo fortuna o libros? No. Solo quiero una cosa. Una única cosa y te daré lo que me pides.

—¿Qué es?

—Quiero habitar un cuerpo.

Me recorre un escalofrío.

—No.

No da su brazo a torcer.

—Solo unos instantes.

Pienso en el corazón. En cuán desesperadamente necesito dar con él.

—Muy bien —articulo con dificultad. Alargo los brazos, sabiendo con absoluta seguridad que me arrepentiré de esto.

Ella vuelve a reír y sus carcajadas chillonas reverberan en las ruinas abovedadas.

—No, no. No has entendido nada. No quiero habitar tu piel, sino otra.

Me pregunto si alguno de mis amigos se prestaría. Está claro que no puedo contar con Enya.

—Lo intentaré…

Ella entorna los ojos.

—No quiero cualquier piel, majestad. Quiero lucir la piel de la mujer más hermosa de estas islas. La mujer más hermosa que hayas visto jamás. —Pestañea con aire coqueto—. Eso es lo que quiero. Nada menos.

Me rechinan los dientes. Ojalá no hubiera visualizado a alguien de inmediato. Ojalá pudiera mentirle y decirle que no conozco a nadie a la altura de su petición.

Pero sí conozco a una persona.

La wildling es objetivamente hermosa. Veo cómo la miran los demás. Cómo la admiran. Yo me dejo deslumbrar por ella como si fuera mi único objetivo en la vida.

Ella complacerá al espectro.

—Muy bien —accedo, aunque soy consciente de que a la wildling le horrorizará la idea. Dependerá de ella aceptar o no, por supuesto.

Espero que esté tan desesperada como yo por romper las maldiciones.