Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 22. Sin corazón #2
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Capítulo 22. Sin corazón #2

Las lágrimas se deslizan por sus mejillas. Tiene el rostro congestionado de dolor y seguramente también de ira. «Todo esto para nada», debe de estar pensando. Porque es lo que pienso yo también. Me asalta la absurda idea de enjugarle las lágrimas.

Siento la necesidad de acunarla, de incendiar el puto bosque por haberle hecho daño, de llevarla volando al castillo y exigir al mejor sanador de isla Luna que la atienda.

—Puedes irte —me dice cerrando los ojos.

Esta vez no es una orden. Así que no lo hago. Me quedo.

Parece sorprendida cuando abre los ojos de nuevo y me ve aquí. ¿De verdad ha pensado que me marcharía? Eso me induce a preguntarme si alguna vez la habrán dejado sola en una situación de extremo dolor.

Y me entran ganas de quemar vivo a cualquiera que le haya hecho daño.

Alargo la mano hacia ella, una vez más. Se le va a infectar la espalda si no extraemos las púas. Da un respingo.

Levanto las manos en ademán de rendición. Quiere hacerlo ella. Muy bien. Pero no es necesario que lo haga sola.

—Los pinchos son todos tuyos —le digo, mirando los más grandes. Hay decenas de minúsculas espinas en su espalda que no ve. No se las puede arrancar sin ayuda—. Yo me ocuparé de las espinas más pequeñas.

Parece a punto de protestar, como si fuera demasiado testaruda como para aceptar la maldita ayuda de nadie, así que añado:

—Será más rápido. Cuanto antes terminemos, más pronto podremos reanudar la búsqueda.

Con eso no puede estar en desacuerdo, espero.

—Vale —dice, y una pequeña ascua de sorpresa prende dentro de mí.

Se trata de un gesto mínimo. Pero es un gesto de confianza. De cooperación.

Procedo con suavidad. Intento no hacer nada que la induzca a cambiar de idea, a exigirme que me marche de nuevo.

No quiero dejarla aquí, a solas, crispada de dolor y sangrando en el suelo forestal.

No quiero dejarla y punto. Ella nunca se separa de mí en realidad.

Siempre está en mi maldita cabeza. Siempre está en mis malditos sueños.

Y su manera de rechazar mi ayuda… Su manera de dar por supuesto que la voy a dejar aquí…

Me recuerda a aquel día de mi entrenamiento moonling en que di por supuesto que Calder me dejaría morir.

Me recuerda al alivio que sentí cuando abrí los ojos y vi una mano tendida hacia mí, ofreciéndome ayuda. ¿Ella tiene algún amigo? ¿Lo desea?

Chilla de dolor y esta vez mi rostro se crispa, como si yo también experimentara su sufrimiento. Rodea con la mano una púa más gruesa que las demás, justo al lado de la columna vertebral.

No concibo tanto dolor. Es fuerte. «Es muy fuerte, joder». El mero hecho de que siga consciente…

Se la arranca mordiéndose la lengua con tanta fuerza que le brota la sangre. La veo gotear de su boca.

Sin pararme a pensar, le ofrezco mi mano en lugar de su lengua.

—Toma —le digo para que pueda morder algo sin hacerse daño. Ella la acepta sin mirar siquiera. A continuación, su boca está sobre mi piel, húmeda y cálida, y su sangre cubre mi mano—. Te vas a arrancar la lengua. Lo he visto en alguna ocasión; necesitas morder algo para…

Muerde al instante. Con fuerza. Contra mis nudillos.

Pero yo no noto el dolor. No, todo lo contrario. Me produce alivio paliar su tormento. Ofrecerle alguna clase de consuelo.

Ella lucha con las últimas púas, relajando el cuerpo y tensándolo.

Es obstinada. Sumamente obstinada. Muy fuerte.

Por fin, cuando las ha extraído todas, se desploma contra un árbol.

Solo entonces abre los ojos y ve mi mano.

Está cubierta de su sangre y de la mía, de las marcas que sus dientes han dejado en mi piel.

Agranda los ojos y los levanta hacia los míos.

Está sorprendida y eso me revienta. Me entristece que piense que yo no haría cualquier cosa para que se sienta mejor.

Pero, como es natural, no sabe lo que sería capaz de hacer por ella. Tiene razón: me he portado como un miserable todo este tiempo.

Es un mecanismo de defensa. Un escudo que esgrimo entre los dos.

Soy cruel con ella para recordarme que no debería encariñarme.

Soy cruel porque quiero que me odie; porque, si alguna vez ella me deseara una mínima parte de lo que yo la deseo a ella, no tengo claro que fuera capaz de sobrevivir.

No como rey. No como la persona que en teoría debería poner a todo el reino por delante de sí mismo.

Echo mano del odre de agua para empezar a curarle las heridas.

No lo hago tan bien como los verdaderos sanadores moonling, pero sé con seguridad que rechazaría cualquier ayuda que no fuera la mía.

No quiere que los otros reinos la consideren débil.

Es lista. Así que todo depende de mí, y yo me concentro más que en toda mi vida en aplicar hasta la última gota de mi poder sanador, en recordar hasta el último detalle de mi entrenamiento.

Cierro cada abrasión, cada herida de las garras del bosque, hasta que deja de sangrar.

Más tarde me doy cuenta de que no me he curado la mano.

Sentado en mi cama, miro las marcas de sus dientes. Dibujan formas de medialuna contra mi piel. El tiempo las curará.

No hago nada para acelerar el proceso.